Texto: Ali Salem Iselmu, periodista y escritor saharaui
Volver a recordar es volver a reencontrar
lo que se ha vivido. Hay recuerdos imborrables que permanecen quietos a lo
largo de la vida, te acompañan en cada paso que das, en cada momento. Uno de
esos momentos que queda para siempre en la memoria es aquel día caluroso en la
ciudad de Madrid. Era un nueve de julio de 2005. Varios escritores y poetas
decidieron crear la Generación de la Amistad Saharaui. Llevar entonces la
palabra convertida en verso a otros lugares del mundo. Luchar contra la
desmemoria y el olvido. Convertir el lenguaje en un territorio irreductible capaz
de desafiar fronteras y barreras.
Los versos de la Generación de la
Amistad Saharaui se convirtieron en libros, en un nuevo oasis que bebe de los
pozos de Tiris, de sus parajes interminables y de sus cumbres oscuras que
emergen en el espejismo. La hasanía se funde con el castellano, los versos de
Beibuh y Badi nacen después de una lluvia, de una tormenta de arena, cerca de
la luz de una hoguera. Allí es donde la generación del exilio dialoga con otro
lenguaje nacido en los poemas de Limam Boicha, de Zahra Hasnaui o de Bahía
Mahmud Awah.
Los recuerdos de la Radio Nacional
Saharaui desde el exilio resuenan como voz nítida que unió a los poetas de la
Generación de la Amistad para siempre. El programa Poemario por un Sahara Libre
mantuvo la esperanza en la tierra perdida al convertirse en ese territorio
intangible. Desde Madrid la periodista y escritora Conchi Moya Fernández se
convirtió en la antologa que acompañó a este grupo de poetas saharauis,
transmitió su literatura y la desmenuzó desde una mirada profunda.
Jamás un grupo de poetas saharauis
pensó que sus versos iban a ser leídos en la lengua de Shakespeare, de moliere,
de Dante Aligieri o de Bernardo Atxaga.
Nunca la palabra estuvo tan ligada al
exilio, a la perdida de forma dolorosa de un territorio como en los versos saharauis
de la Generación de la Amistad. La imagen de una acacia, un árbol de Ignin, las
huellas de un dromedario, un pozo de agua, nos llevan hacia la inmensidad donde
el calor de una hoguera nace en una noche estrellada.
Palabras como Aagla, Tiris, Dajla,
Aaiún nacen en cada verso, se mezclan como un susurro que busca en la memoria
de la poesía la identidad perdida. El territorio como poesía traspasa
fronteras, florece en un árbol de mangos y olivos, descubre la humedad, la
escarcha o la nieve. Nada escapa a este viento de arena, a esta lluvia que se
precipitó hace veinte años en la ciudad de Madrid.
Nunca una Generación había luchado
tanto para no ser borrada por el olvido. Son sus versos los que señalan el
camino hacia el mar, hacia el territorio que habita en la memoria de cada poeta
y no perece.
Veinte años de antologías, libros y
universidades han acompañado la voz de un pueblo al que quieren robar el
relato, desterrar sus versos en hasanía y castellano. Quieren hacer desparecer
sus raíces, enterrar la historia de sus eruditos.
En el “Libro del nomadeo” “Kitab Albadía”
del sabio Chej Mohamed Elmami, vemos como la tierra de los saharauis queda
cubierta de versos que viajan como la arena hacia la montaña de Tangat, se
alzan sobre su cumbre como una esperanza que no perece.
La Generación de la Amistad Saharaui
deja un legado de veinte años de memoria, versos y poesía. Una melodía que
reposa en las entrañas del Tiris, viaja sobre cada cumbre, de la que nace un
eco que susurra en cada grano de arena.
Tiris en el recuerdo
En el recuerdo permanecen quietas,
las entrañas del Tiris
su cielo vibrante de estrellas
sus dunas blancas
sus cumbres oscuras.
Del Tiris nació la arena
el agua transparente,
el viento que penetra en la tierra
hace cantar a las montañas.
Los diablos y diablesas
son lagartos
que hablan mirando la luna
en busca del calor del fuego.

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