jueves, enero 29, 2026

GENERACIÓN DE LA AMISTAD SAHARAUI: VEINTE AÑOS DE VERSOS Y EXILIO

Dercha a Ida: Saleh Abadalhi, Luali Lehsan, Limam Boicha, Sukeina Ali. T. Fernandez, Ali Salem Iselmu, Bahia MH Awah y Farah Dih

Texto: Ali Salem Iselmu, periodista y escritor saharaui

Volver a recordar es volver a reencontrar lo que se ha vivido. Hay recuerdos imborrables que permanecen quietos a lo largo de la vida, te acompañan en cada paso que das, en cada momento. Uno de esos momentos que queda para siempre en la memoria es aquel día caluroso en la ciudad de Madrid. Era un nueve de julio de 2005. Varios escritores y poetas decidieron crear la Generación de la Amistad Saharaui. Llevar entonces la palabra convertida en verso a otros lugares del mundo. Luchar contra la desmemoria y el olvido. Convertir el lenguaje en un territorio irreductible capaz de desafiar fronteras y barreras.

Los versos de la Generación de la Amistad Saharaui se convirtieron en libros, en un nuevo oasis que bebe de los pozos de Tiris, de sus parajes interminables y de sus cumbres oscuras que emergen en el espejismo. La hasanía se funde con el castellano, los versos de Beibuh y Badi nacen después de una lluvia, de una tormenta de arena, cerca de la luz de una hoguera. Allí es donde la generación del exilio dialoga con otro lenguaje nacido en los poemas de Limam Boicha, de Zahra Hasnaui o de Bahía Mahmud Awah.

Los recuerdos de la Radio Nacional Saharaui desde el exilio resuenan como voz nítida que unió a los poetas de la Generación de la Amistad para siempre. El programa Poemario por un Sahara Libre mantuvo la esperanza en la tierra perdida al convertirse en ese territorio intangible. Desde Madrid la periodista y escritora Conchi Moya Fernández se convirtió en la antologa que acompañó a este grupo de poetas saharauis, transmitió su literatura y la desmenuzó desde una mirada profunda.

Jamás un grupo de poetas saharauis pensó que sus versos iban a ser leídos en la lengua de Shakespeare, de moliere, de Dante Aligieri o de Bernardo Atxaga.

Nunca la palabra estuvo tan ligada al exilio, a la perdida de forma dolorosa de un territorio como en los versos saharauis de la Generación de la Amistad. La imagen de una acacia, un árbol de Ignin, las huellas de un dromedario, un pozo de agua, nos llevan hacia la inmensidad donde el calor de una hoguera nace en una noche estrellada.

Palabras como Aagla, Tiris, Dajla, Aaiún nacen en cada verso, se mezclan como un susurro que busca en la memoria de la poesía la identidad perdida. El territorio como poesía traspasa fronteras, florece en un árbol de mangos y olivos, descubre la humedad, la escarcha o la nieve. Nada escapa a este viento de arena, a esta lluvia que se precipitó hace veinte años en la ciudad de Madrid.

Nunca una Generación había luchado tanto para no ser borrada por el olvido. Son sus versos los que señalan el camino hacia el mar, hacia el territorio que habita en la memoria de cada poeta y no perece.

Veinte años de antologías, libros y universidades han acompañado la voz de un pueblo al que quieren robar el relato, desterrar sus versos en hasanía y castellano. Quieren hacer desparecer sus raíces, enterrar la historia de sus eruditos.

En el “Libro del nomadeo” “Kitab Albadía” del sabio Chej Mohamed Elmami, vemos como la tierra de los saharauis queda cubierta de versos que viajan como la arena hacia la montaña de Tangat, se alzan sobre su cumbre como una esperanza que no perece.

La Generación de la Amistad Saharaui deja un legado de veinte años de memoria, versos y poesía. Una melodía que reposa en las entrañas del Tiris, viaja sobre cada cumbre, de la que nace un eco que susurra en cada grano de arena.

Tiris en el recuerdo

 

En el recuerdo permanecen quietas,

las entrañas del Tiris

su cielo vibrante de estrellas

sus dunas blancas

sus cumbres oscuras.

Del Tiris nació la arena

el agua transparente,

el viento que penetra en la tierra

hace cantar a las montañas.

Los diablos y diablesas

son lagartos

que hablan mirando la luna

en busca del calor del fuego.

 

 

                                                                                    

  

lunes, enero 26, 2026

MUCHA HISTORIA, texto del escritor y periodista Mohamidi Fakala

 

Oleo del artista Fadel Jalifa

"La historia arranca desde ahí con amor, valentía, resiliencia ..."

Mucha historia se describe quizás sin recelo de un verso apropiado como un poema para el canto. Ese llamamiento podría ser discreto o llamativo depende de la ocurrencia del tiempo que marcaría su conjugación lingüística, pero también en su propio matiz con el que se llevaría a cabo un himno totalmente igualitario para que no sea diferente en su contexto. Entonces, la historia arranca desde ahí con amor, valentía, resiliencia, ganando espacio en el tiempo para volver a evocar otro medio siglo de ocupación, de exilio y silencio cómplice.



De hecho, la prosa, el verso y la lírica en el Sáhara occidental se sitúan perfectamente en esa vertiente literaria en las que se enmarcan las raíces tanto africanistas como ibéricas, por su proximidad e influencia. Una relación consensuada con el mismo tono que descifra la guitarra y el canto. Una extraordinaria convivencia cultural que se ha visto forjada en los mismos límites de una tierra sosegada como su propia gente. En efecto, es entonces una cultura que solo se podría catalogar como endémica abierta a lo universal sin dejar de poseer sus propias características que la difieren en algunos aspectos de sus vecinos.

Con la prosa, el verso y la narrativa se describen los paisajes más rústicos y naturales, plenos de cotidianidad y realidad de un pueblo que se debate entre el exilio y la ocupación de su tierra. En este sentido resurge todo un embrujo artístico y folklórico que avala con destreza la marcha mancomunada de todo un pueblo en aras de su independencia.

Desde antaño reluce todo un despertar silencioso, pero también omnipresente en todas las esferas del encanto. El ensueño y el verso como legado histórico. Por su fuerza el verso suena dignamente trazando estelas en medio de un océano de dunas que sus aires retumban como un lejano tambor en medio del desierto.

En esa soledad resurge inesperadamente un grupo de escritores y poetas beduinos por naturaleza como sus ancestros. Hoy sin embargo plasman otra lección con voz y pluma incomparable de dignidad y resistencia. Veinte años, un aniversario más que habita en la memoria de una Generación de la Amistad confiada en una pluma precisa, en arte y leyenda para siempre. Entonces cuando se vea la obra literaria del Sáhara queda para la posteridad una historia de resiliencia y amor donde sólo hay cabida para el triunfo. Hoy por hoy los poetas y escritores saharauis continúan caminando detrás de los atajos de sus rebaños, mirándose en el cielo, mirando las nubes. Esperando con paciencia a que llueva una vez para siempre, una ilusión, una esperanza.

                                                                                                       

Adiós al erudito y juez saharaui Badda Hammadi fallecido en su largo exilio en Argelia

 

Badda Hammadi (1938 - 2026)

Texto del hijo Maaruf Badda Hammadi

A finales de 1975 cuando el fuego y el miedo empujaron a nuestro pueblo hacia el este, la familia Ahel Afnido caminó entre el dolor del éxodo. Dejaron atrás hogares y tierras quemadas, pero llevaron consigo algo que ninguna invasión podía destruir: la fe y la justicia.

De ese polvo y esa resiliencia emergió la figura de Badda Hammadi.

En la dureza de los campamentos de Tinduf, donde faltaba todo, él ofreció lo esencial. Se erigió como pilar de justicia, reconciliando familias rotas y uniendo lo que la guerra intentaba separar. Cuando no había escuelas, su voz fue refugio; decenas de niños aprendieron las primeras letras del Corán bajo su tutela, encontrando luz en tiempos de oscuridad.

Pero más allá del juez y el erudito, recordamos al padre.

Recordamos las noches de invierno en la jaima, cuando nos vencía el sueño al arrullo de su voz recitando versículos sagrados junto a nuestras cabezas. Y recordamos despertar en el calor del verano para encontrarlo igual, inamovible, en vigilia permanente, rogando a Dios por la libertad de su pueblo y la protección de los muyahidines.

Fueron cincuenta años de servicio inquebrantable. Cincuenta años construyendo pozos para la sed, mezquitas para el alma y una biblioteca de jurisprudencia para la mente. Vivió con la mirada puesta en el retorno, deseando descansar en la tierra libre del Sahara.

Hoy, aunque su cuerpo descansa en el exilio su espíritu ha regresado. Vive en cada estudiante que formó en cada sentencia justa que dictó y en la memoria de un pueblo que no olvida a sus sabios.

Que Dios le conceda los jardines más altos del Paraíso.

Carta del escritor Bachir Lehdad a sus paisanos de Generación de la Amistad en su 20 aniversario. Rezuma amistad y apoyo …

HOMENAJE A LA GENERACIÓN DE LA AMISTAD: XX Aniversario (2005–2026)

Por: B.Lehdad.

Hoy, 22 de enero de 2026, coincidiendo con el dia mundial del abrazo, se cumplen veinte años de un acontecimiento profundamente significativo para la historia cultural del pueblo saharaui: el nacimiento de la Generación de la Amistad Saharaui. Veinte años de palabra, memoria y compromiso; veinte años demostrando que la cultura también es una forma de resistencia.

Cuando ya habían pasado tres décadas en las que la lucha del pueblo saharaui era contada, en gran medida, por amigos solidarios y también por voces hostiles o interesadas, un grupo de jóvenes saharauis decidió dar un paso firme y necesario: la historia, la cultura y la lucha de su pueblo debían ser narradas por los propios saharauis. No como gesto de exclusión, sino como acto de dignidad y madurez colectiva.

Así comenzó a aflorar una voz propia, diversa y consciente. Una voz que habló de ocupación y exilio, pero también de amor, memoria, infancia, desierto y futuro. Una voz que entendió la cultura no como adorno, sino como espacio de afirmación identitaria y como herramienta para dialogar con el mundo.

La Generación de la Amistad Saharaui supo además convertir la lengua española en un patrimonio vivo del pueblo saharaui. Lejos de ser una herencia pasiva, el español se transformó en un elemento determinante de la personalidad cultural saharaui y en un factor diferenciador en el Magreb árabe. A través de él, la poesía y la narrativa saharauis encontraron nuevos lectores y nuevas complicidades, sin renunciar nunca a sus raíces, a la hassanía ni a la tradición oral del desierto.

Como síntesis de ese espíritu colectivo, valgan estos versos:

Escribimos para que el polvo no venza,

para que el exilio no borre nuestra voz,

porque un pueblo existe en la memoria

y en la palabra fiel que describe su dolor.

Durante estas dos décadas, la Generación de la Amistad ha mantenido viva y actualizada la causa saharaui, especialmente desde el ámbito cultural, sin estridencias, pero con constancia; sin dogmatismos, pero con una firme conciencia histórica. Y lo ha hecho siempre tendiendo puentes, reconociendo y agradeciendo la solidaridad sincera que, ayer como hoy, sigue acompañando al pueblo saharaui.

En este camino, es de justicia destacar la inestimable presencia, muchas veces discreta y entre bastidores, de la periodista y escritora; ya una saharaui más, Conchi Moya, cuyo compromiso constante, honesto y profundo con la causa saharaui la ha convertido con pleno derecho en parte de esta travesía colectiva de palabras y memoria.

Hoy celebramos veinte años de una generación que eligió la amistad frente al olvido, la palabra frente al silencio y la cultura frente a la negación. Celebramos a quienes entendieron que un pueblo también sobrevive escribiéndose.

Y cerramos con la voz de uno de sus poetas, Limam Boicha, porque en ella late el deseo profundo de todo un pueblo:

“A veces los deseos

son inmensos

como los latidos

de este espectro vacío.”

Convencido de que, con este grupo y sus sucesores, la palabra permanecerá. Y con ella, la dignidad de un pueblo que no se rinde.

¡Feliz aniversario, herman@s!

sábado, enero 24, 2026

20 ANIVERSARIO DEL GRUPO DE ESCRITORES Y ESCRITORAS SAHARAUIS GENERACION DE LA AMISTAD

El jueves 22 de enero el grupo de escritoras y escritores saharauis en lengua castellana, conocido por Generación de la Amistad celebró sus 20 años de creación. Un hecho histórico que fue acogió por el Instituto de Derechos Humanos, Democracia, Cultura de Paz y Noviolencia – DEMOSPAZ – UAM y la New York University en Madrid. El acto de apertura fue inaugurado por la directora de Demospaz, la Dra. Blanca Rodríguez y la directora de la New York University Dra. Jill Lane. Ambas dieron la bienvenida a los asistentes académicos procedentes de varias universidades de países de Europa como Austria, Suiza y de Canadá que habían sido invitados por los organizadores de generación de la Amistad. 
La directora de Demospaz Blanca Rodríguez y la directora de la New York University Jill Lane

También el representante saharaui en la Comunidad de Madrid Jalil Moh. Abdelaziz agradeció a los escritores saharauis el rol que desempeñan usando la lengua castellana y su verso comprometido con la causa de su pueblo. 

Asistió un nutrido público heterogéneo de escritores y del mundo académico español y saharaui. La jornada articuló sus debates sobre tres escenarios: El lenguaje como patria; Archivos de arena: literatura, memoria y exilio y Puentes académicos y afectivos. Desde universidades de EE. UU, Canadá, República de Irlanda, Reino Unido se recibieron mensajes de apoyo al aniversario en formatos de videos y textos de amigos que estudiaron las dinámicas literarias de Generación de la Amistad en sus correspondientes universidades. La jornada del aniversario se inició con la ponencia principal que presentó la escritora y periodista Conchi Moya Fernandez.

                                           La escritora y periodista Conchi Moya Fernandez


Mesa 1: El lenguaje como patria

Mesa 2: Archivos de arena: literatura, memoria y exilio

Mesa 3: Puentes académicos y afectivos

En la plenaria del acto la escritora Moya Fernández experta en la historia del grupo presentó la ponencia principal que trató de forma minuciosa la trayectoria literaria de este movimiento literario y académico saharaui. “El 9 de julio de 2005 se celebró en Madrid el congreso constituyente de la Generación de la Amistad Saharaui. Veinte años después nos hemos reunido para conmemorar la celebración de aquel congreso. “Ponemos nuestros versos al servicio del pueblo saharaui en su lucha por la libertad e independencia”, afirmaba el Manifiesto de los poetas saharauis de la Generación de la Amistad aprobado aquel día. Un compromiso claro y rotundo”.

Moya Fernández repasó durante mas de media hora el recorrido del grupo destacando los siguientes ámbitos de su función en el exilio. “El grupo se constituyó con la decidida misión intelectual de dar a conocer la causa saharaui y reivindicarla a escala internacional desde la literatura, construyendo un firme compromiso con la tierra y con su gente. La literatura saharaui contemporánea está íntimamente ligada a la situación política del Sáhara Occidental”.

La escritora y antologa de varias publicaciones del grupo destacó: “Una muestra de que el activismo político estaba indisolublemente unido a la Generación de la Amistad, y que la suya es una literatura de lucha y de conciencia. Me impactaron en especial las palabras de Ebnu cuando expresó que mientras su familia, mientras su pueblo estuviera exiliado y ocupado, cualquier palabra que escribiera, desde hablar de una flor a una puesta del sol, la escribiría para luchar por el Sahara. Sus palabras me reafirmaron el compromiso irrenunciable de los escritores saharauis con su gente y con su causa, entendiendo la importancia de la literatura como arma cargada de futuro para llegar a rincones donde no llega la política” … A través de la literatura se pueden explorar, de una manera más humana y contextualizada, temas como la descolonización, la identidad, la migración y la justicia social. Este acercamiento a la cultura saharaui desde el arte es crucial para combatir la desinformación y el olvido. Como afirma el profesor Jaime Puig Guisado, la poesía de la Generación de la Amistad Saharaui es “una herramienta pedagógica eficaz para enseñar la historia del Sáhara Occidental, para contribuir a la reparación de la deuda educativa española y para el fortalecimiento del español en los propios campamentos de refugiados”. “La literatura y el frente cultural son frentes de doble filo, que pueden llegar a la vez al corazón y a las conciencias”, en palabras de Bahia Mahmud Awah.

La escritora en su larga disertación se preguntó. “¿Por qué una literatura saharaui en español? La eterna pregunta a la que se enfrentan estos escritores es por qué han elegido el idioma de la antigua potencia colonial en lugar de usar su lengua. La vinculación de los saharauis con España, país que fuera su metrópoli y del que desde 1958 formaron parte como provincia, es aún muy estrecha y en cierto modo anómala con relación a otros países que en su día también fueron colonizados”. Y explicó que “La diferencia estriba en la forma de finalizar el proceso de descolonización, el del Sahara Occidental es un proceso inconcluso, donde la metrópoli ha faltado a sus obligaciones”. Y recordó esta trayectoria literaria que había presenciado y observado desde sus inicios que: “La literatura saharaui en español tiene vocación de ser escrita, leída y publicada. Un pueblo puede considerar una lengua como plenamente suya si existe creación literaria en esa lengua”. Hice énfasis que “La Generación de la Amistad es la primera generación de escritores saharauis que ha conseguido publicar libros con relativa regularidad. Cada nuevo libro que consigue publicar un autor saharaui supone un nuevo paso para que sean ellos mismos quienes narren su propia historia”. 

El evento cerró con la actuación de la cantautora saharoespañola Suilma Ali Taleb Fernández, quien deleitó con su guitara y verso a los amigos académicos que acompañaron en estos 20 años a sus compatriotas saharauis en el frente de las letras.
 
                                                La cantautora Suilma A. T. Fernandez

También se incluyen mensajes que han dirigido varios profesores de universidades americanas y europeas en apoyo a la literatura saharaui en sus veinte años a mano de este grupo.

Mensaje de la profesora Seana Ryan de la Universidad de Cork República de Irlanda


Mensaje de la profesora Dorothy Odartey Wellington de la universidad canadiense de Guelph
 

Mensaje de la profesora Verónica Menaldi de la universidad de Minnesota

Se incluye una interesante charla que realizó hace tres años Bahia MH Awah con la plataforma Saharawi Voice. Donde se ha referido a las tres escuelas de literatura saharauis en español entre las que destaca la Generación de la Amistad.



De izquierda a derecha: Saleh Abdalahi, Luali Lehsan, Limam Boicha, Sukina Ali Taleb Fernandez, Ali Salem Iselmu, Bahia MH Awah y Farah Dih


Miembro de Generación de la Amistad con los miembros de las mesas de debates







martes, enero 13, 2026

“XX Aniversario de la Generación de la Amistad"


Del artista saharaui Fadel Jalifa

Texto del escritor, editor y director de la revista ARIADNA. Antonio Polo 

EL XX ANIVERSARIO DEL GRUPO DE ESCRITORES Y ESCRITORAS SAHARAUIS GENERACIÓN DE LA AMISTAD

“La poesía, cuando nace del pueblo, nunca se extingue”. Antonio Polo

Hace ya veinte años, en una mañana calurosa, luminosa y decisiva, nació algo más que un grupo poético: nació una manera de estar en el mundo desde la palabra compartida. La Generación de la Amistad se creó en un tiempo de espera y resistencia, cuando un grupo de jóvenes saharauis, unidos por la lengua, la memoria y la necesidad de decirse, entendieron que la poesía podía ser también un acto de afirmación colectiva. No fue un gesto aislado ni una iniciativa efímera, sino el comienzo de un proyecto cultural sostenido, consciente y profundamente comprometido con la identidad del pueblo saharaui. Desde sus inicios —tal como recogen los testimonios y materiales del blog oficial de la Generación de la Amistad— el grupo se configuró como un espacio de encuentro entre tradición y modernidad, entre la herencia oral en hassanía y la escritura en lengua española, heredada de la historia colonial pero convertida, por estos autores, en herramienta de expresión propia. La elección del español no fue casual: fue una forma de diálogo con el mundo, de apertura y de comunicación, pero también de reapropiación cultural.

Del artista Fadel Jalifa

La Generación de la Amistad entendió desde el primer momento que escribir era preservar, y que preservar era resistir. Este aniversario nos devuelve inevitablemente a uno de los momentos fundacionales de ese camino: el número especial de la revista Ariadna, “La memoria en la cultura saharaui”, presentado en 2004 en la Biblioteca Joaquín Leguina. Aquella publicación supuso un hito: por primera vez, un conjunto amplio y diverso de voces saharauis se reunía para mostrar, sin intermediarios, la riqueza literaria, poética y simbólica de su cultura. No era solo una revista: era una declaración de existencia.

La presentación de Ariadna fue, además, un acto de complicidad y apoyo. Bahía M. Awah y Conchi Moya ofrecieron entonces un respaldo generoso e imprescindible a la difusión de la poesía saharaui, tendiendo puentes entre autores, lectores y espacios culturales. Aquella tarde se respiraba la conciencia de estar participando en algo que iba más allá de lo literario: se estaba tejiendo una red de afectos, compromisos y responsabilidades compartidas.

Recordar hoy ese proceso, los nombres vuelven con la fuerza de lo vivido. Aparecen los poetas que dieron cuerpo a la Generación de la Amistad y que, con estilos diversos, compartieron una misma urgencia expresiva: Bahía M. Awah, con su mirada crítica y su profundo conocimiento de la tradición; Zara Hasnaui, con su voz firme y necesaria; Ebnu, grabando versos en la madera como quien fija la memoria en lo tangible; Chejdan Mahmud; Ali Salem Iselmu; Luali Leshan, Mohamed Sidati Y, de manera muy especial, Limam Boisha, compañero de caminos y de libros, con quien tuve el honor de compartir el poemario “A los cuatro vientos”, símbolo de una poesía que no acepta fronteras ni silencios impuestos.

Recordamos también a Brahim Cheij Breih, sabio en la palabra y en el gesto, que nos enseñó que “la verdad dicha con el corazón no duele”, porque nace de la honestidad y no del rencor. Sus palabras siguen resonando como una ética de la escritura y de la vida. Aquel día memorable, la poesía se hizo también documento político y cultural. Christine Spengler leyó la carta de Mohamed Sidati, un texto que permanece como una de las formulaciones más claras del sentido de aquella empresa colectiva. “Me siento orgulloso y feliz por mi pueblo — decía— al ver por primera vez tantas contribuciones saharauis entusiasmadas para dar una muestra de talento poético y literario, muestra de la riqueza y profundidad de lo que es y emana la cultura saharaui”. Frente a quienes han negado sistemáticamente al pueblo saharaui su derecho a la existencia y han intentado despojarlo de identidad, cultura e historia, aquella edición respondía con hechos: “Sin embargo, esta edición toma contrapartida a tales pretensiones haciendo revivir su cultura y restituyendo, con las distintas contribuciones, elementos con respecto a la riqueza, la diversidad y la profundidad que caracterizan la cultura saharaui”.

La música de Marien Hasen, ofrecida con la generosidad de Nube Negra, envolvió aquel acto y le dio un pulso emocional inolvidable. La palabra hablada, la palabra cantada y la palabra escrita se unieron en una misma afirmación de dignidad. Pero quizá el recuerdo más intenso sea el de la mañana en la que, de forma casi natural, se terminó de fraguar el grupo que hoy celebramos.

Foto El Pais

Fue un día largo, emocionante, lleno de debates y acuerdos. Alrededor de una mesa redonda, aquellos jóvenes sentaron las bases de lo que sería la Generación de la Amistad: un colectivo abierto, solidario, consciente de su responsabilidad cultural. Mientras algunos ultimaban ese “concordato” fundacional, otros aguardábamos —Ana Rosetti, Conchi Moya, Cristina Montes, Cristina del Valle y Juan Carlos Gimeno— en medio del estío, cerca de la Plaza de España. Allí, bajo los pies de Sancho Panza y de su señor, quedó sellada simbólicamente la existencia de un grupo de poetas que, con el tiempo, se revelarían infinitos. A lo largo de estas dos décadas, la Generación de la Amistad ha publicado libros, participado en encuentros internacionales, mantenido vivo su blog como espacio de memoria y reflexión, y ha demostrado que la poesía puede ser un lugar de resistencia serena pero firme. Su trabajo ha contribuido decisivamente a que la literatura saharaui en lengua española sea hoy una realidad reconocida y respetada.

Celebrar estos veinte años no es sólo mirar atrás con emoción y gratitud; es también reconocer la vigencia de un proyecto que sigue interpolándonos. La Generación de la Amistad nos recuerda que la amistad puede ser un principio estético y político, que la memoria es una forma de justicia y que la poesía, cuando nace del pueblo, nunca se extingue. Hoy, como ayer, la palabra saharaui sigue diciendo: estamos aquí, somos cultura, somos historia, somos amistad. 


lunes, diciembre 29, 2025

XX ANIVERSARIO FUNDACIONAL, GRUPO DE ESCRITORAS Y ESCRITORES SAHARAUIS EN EL EXILIO “GENERACION DE LA AMISTAD” 22 enero 2026

 



A la Cueva del verso de Uld Tolba[1]

He venido en busca del verso

que aun duerme en tus solariegos

párpados,

he venido inquiriendo antiguos estrofas

que posan entre los húmedos labios

de tu pasado.

Íntimos instantes en la cuenca de tus ojos

me refugie,

extendí mi absorta mano sobre tu vientre

y sentí el verso dialogar:

epopeyas cien años del lodo cubierta

en tu hierático costado.

Cuan invoqué dioses y santos librarte

años del olvido,

y cuan quisiera de nuevo cincelar los cauces

del verso aun jadeante entre tus labios,

y oculto en tus milenarias paredes de gemas.

Bahia MH Awah



[1] Cueva en una colina en la región sur de Tiris, donde el erudito y poeta saharaui Mohamed Uld Tolba en el  Siglo XVIII, pasaba sus ratos de reflexión contemplando la belleza de Tiris, escribiendo  y enseñando poesía. Dejó en esta cueva versos registrados en sus paredes que han ido desapareciendo por causa del tiempo y el lodo que ha ido revistiendo las paredes de la cueva ocultando y destruyendo ese rastro del verso de Uld Tolba.


viernes, mayo 30, 2025

Se nos ha ido el colosal pensador y académico africano, Ngugi wa Thiong’o


Bahia MH Awah junto al pensador y académico africano Ngugi Wa Thiong´o en 2019, Museo Reina Sofía

Se nos ha ido el colosal pensador y académico africano, Ngugi wa Thiong’o. Quedan huérfanas las lenguas africanas.

El 14 de mayo de 2018 escribía en su blog “Haz lo que debas” la escritora Conchi Moya rescatando la relación con tuve con este pensador keniata. Y que tuvo sus comienzos abril de 2007 en California.

“Teníamos una cita pendiente con Ngugi wa Thiong’o desde 2007. En abril de ese año los escritores saharauis Zahra Hasnaui y Bahia MH Awah recalaban en la universidad californiana de Irvine para impartir una serie de conferencias”. Las puertas que no logra abrir política las abren los otros saberes, la literatura y su autor. Y por eso Ngugi cruzó en aquellos años y aterrizó en California.

Fue el año en el que junto a la escritora y filóloga Zahra Hasnaui nos invitó la profesora Michelle Hamilton, quien por entonces daba clase en la universidad de Irvin California. Fue entonces el primer cruce al gran charco desde Barajas con escala en Heathrow para aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, LAX. Once horas eternas de vuelo y más de ocho mil kilómetros.

En mi agenda de beduino había marcado a Ngugi como algo muy importante ya que él impartía sus clases en la University of California Irvine. Y yo ya había leído sobre sus memorias convirtiéndose para mí en una referencia académica africana.

La escritora Moya subraya en su artículo algo que estaba previsto y ansiado pero que al final no pudo ser: “Tenían previsto un encuentro con el escritor y académico africano Ngugi wa Thiong’o, profesor de aquella universidad. Sin embargo, Ngugi se encontraba de viaje aquellos días y el encuentro no se pudo celebrar finalmente. Los escritores saharauis le dejaron unos libros y algunos detalles de artesanía saharaui y desde entonces hemos esperado poder acudir a algún encuentro con Ngugi”.

El deseo sucedió tras varios años en Madrid, como cantaban las Rimas de Bécquer. "Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase el arpa”. El 14 de mayo de 2019 la leyenda africana sube a la tarima del Museo Nacional Reina Sofía, cansado, bromeando con su avanzada edad y muy sonriente… “Desplazar el centro”, esa vez era su tema de actualidad. Antes de subir a la tarima sentado en la primera fila, le saludé, conversé con él un rato, le regalé un libro y le dije en mi pobre inglés, “Ngui, you should talk about the Sahrawi people in your lectures”. Sonrió asintiendo mi deseo.

En esa amena y distendida conferencia a la que asistieron decenas de intelectuales y académicos Ngugi reivindicó que le gustaba que le llamen “escritor africano” despojándose de su identidad académica fuera de su continente. Alegó que es importante porque dijo que “hubo un tiempo en que la gente pensaba que no había escritura en África”. Mientras se sabe que muchos estudiosos y académicos le llamaron: “El eterno candidato al Premio Nobel”.

En esta semana enfrascado en las últimas revisiones de mi tesis doctoral cuyo marco es decolonial, otra vez lo sentí usando argumentos que he recogido de su pensamiento anticolonial para acotar mi sujeto de estudio. Mientras leía en El Pais la noticia de su marcha física definitiva el pasado miércoles 28 en Estados Unidos. Qué tristeza me invadió. Con su muerte perdemos una nube que precipitaba constantemente saberes africanas y universales.

jueves, mayo 29, 2025

"Gaza", texto de la Dra. Farah Dih

 

La nakba palestina de 1948 y el genocidio de 2023

El éxodo saharaui de 1976 y los mas de 40 años de exilio

Gaza”, texto prosa de la Dra. Farah Dih

Jueves 29 mayo 

Proverbio saharaui: اللي ماه امسافر امعاك ما اشدلك “A quien no comparte contigo el viaje no le dejes ensillar tu montura”. Los saharauis sienten el dolor de los palestinos porque sus causas y enemigos son comunes. 

El texto de Farah Dih

“Me imagino a una madre con su bebé en brazos, intentando darle un pecho vacío, desnutrido. La reacción instintiva de alguien que se niega a ver a su hijo morir. Me la imagino tarareando una canción de Fairuz para que deje de llorar, aunque sea inútil.          

Veo a un pequeño rebuscar entre las ruinas el cuerpo inerte de su hermana. A un padre sentado entre los escombros, con el cuerpo inmóvil y la mirada perdida.

Y yo aquí, viendo como estalla otra bomba desde la pantalla del móvil. Como quien ve un anuncio que no puede saltar. Como quien quiere detener la gravedad”.

miércoles, mayo 07, 2025

"Hija de las nubes", de la Dra. Farah Dih

 

Foto: Archivo período colonial Sahara Occidental

Relato de la Ph.d. Farah Dih miembro del grupo de escritores saharauis en el exilio, “Generación de la Amistad”. Relato publicado en la antología, "Mujer y naturaleza" en Minnesota, Estados Unidos.

"Se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen la lluvia.

También persiguen la justicia, más esquiva que el agua en el desierto".

Eduardo Galeano

Hacía tiempo que la bandera española ondeaba sobre las cálidas tierras del Sáhara Occidental. Los resquicios de libertad y legalidad sobre los que otrora se asentaron las bases de la Segunda República quedaron pronto sepultados bajo el yugo del Águila de San Juan. Con su melhfa abultada y sus senos doloridos, Leila se vio con una nueva hija en camino y nueve meses de ardua incubación. Aquella vez, sin embargo, iba a ser diferente. Aquella vez iba a tener una hija ilegítima, fruto de la infidelidad y de la necesidad de escapar de aquella prisión que la mantenía atada de pies a cabeza por su condición de mujer. 

Pedro Morales, un soldado español de pocas palabras y mirada perturbadora, era la causa y el embajador a pulso de sus males. Con frecuencia la miraba con detenimiento, pensativo, como si la viera por primera vez. Como si tratara de descifrar un enigma. El color dorado que bordeaba sus pupilas ardía con la intensidad del fuego en una noche sin luna. Su una vez larga cabellera se había convertido en finos hilos de pelo inconsistente que surgían como alfileres de su despoblada cabeza. A pesar de su alopecia, Pedro era joven y su sonrisa —de labios desgastados y dientes amarillentos— hacía excesiva aparición por la comisura de sus labios.

Pedro se alojaba en el cuartel de La Legión de El Aaiún, en un minúsculo barracón en el que los soldados se aglomeraban como peones aniquilados en una partida de ajedrez. La mayoría de ellos no quería estar ahí. La mayoría habría preferido quedarse en su pueblo de Albacete, León o vaya usted a saber dónde, fumando ducados y buscando la forma de sobrevivir a la precariedad instaurada tras el golpe de Estado del 36. Pero eludir la mili no era una opción. Se vieron obligados a cumplir sentencias de muerte temporales en las que su pobreza en España resultaba un lujo pasado al cual se morían por regresar. Una minoría, sin embargo, un grupo de patriotas exaltados de los de alzar el brazo en dirección al sol, sentía la necesidad de hacer alarde de ortodoxia patriótica y motivar a sus camaradas con aquella retórica paternalista e interesada, tan propia de los discursos del Generalísimo: «España es el único pueblo sobre la tierra capaz, como el Caballero de la Triste Figura, de estas grandes empresas de redimir a un pueblo y ayudarle sin pedirle más que una sonrisa», diría el admirado Franco en un discurso con motivo de su visita a El Aaiún en 1950. Con «redimir», venía a decir dominar, y con «ayudar», explotar y exprimir. No en vano justificaba en clave civilizadora la colonización de aquellos «bárbaros nómadas»: «Vuestros hermanos de España vienen a ayudaros, a traeros el progreso de la civilización», declararía más tarde en aquel mismo discurso.

Entre aquel grupo de patriotas exaltados figuraba Francisco Matamoros, un militar de alto rango por el que Leila sentía una profunda aversión. Su jornada laboral en el desierto consistía en amargarles la existencia a sus subordinados y tratar de envenenar sus almas con discursos en contra de los que con desprecio denominaba «los moros». Su irreductible sentimiento de superioridad hacia los saharauis y su ímpetu por salvaguardar el honor y las posesiones de su amado general le granjeó una mala reputación en El Aaiún. Leila sabía con sobrada certeza que el cuidado y la diligencia que Matamoros ponía en los asuntos relacionados con la pesca y las excavaciones en las minas de fosfato de Bucraa, se debían a su interés por que los ingresos generados con la explotación de estos recursos naturales fueran a parar a las arcas del Estado en Madrid; eso sí, pasando primero por su bolsillo.

Leila era consciente de las injusticias que el Estado español cometía contra su pueblo, pero también sabía que los españoles de a pie nada tenían que ver con aquello. Mucho menos Pedro, un señorito andaluz que lo último que habría elegido en su vida habría sido dedicarse al arte de la guerra. Nunca se habría imaginado quedarse embarazada de aquel soldado, pero cuando recibió la noticia, el temor y la dicha pujaron por apoderarse de ella a partes iguales. La presión social de no pocos familiares y amigos la había forzado a contraer matrimonio con Omar, un muchacho bondadoso y enamorado hasta la médula de ella, pero al que ella nunca había querido. Detestaba el funcionamiento de su sociedad en muchos aspectos, pero aborrecía en especial aquella ley consuetudinaria por la que tradicionalmente se decidía el casamiento de las mujeres como si de una subasta de camellos se tratara. Para evitar manchar la imagen familiar y no ser objeto de las habladurías de la gente, Leila prefirió serle infiel a su esposo a divorciarse de él; acto que, en sí mismo, habría supuesto una nueva odisea en aquel mar de barcos a la deriva.

Su hija con Pedro nació en octubre de 1975, apenas unas semanas antes de la nueva tragedia de los saharauis. Leila no dudó en llamarla Salma, en honor a su madre, quien había desaparecido de la faz de la tierra unos meses antes tras una visita esporádica al cuartel de la Legión para exigir más derechos para los saharauis. Algunos aseguraban haberla visto por última vez acompañada por el comandante Matamoros. Decían las malas lenguas que había sufrido el mismo destino que Basiri, un líder revolucionario saharaui a quien la Legión Española había capturado, torturado y asesinado por su activa participación en el movimiento de liberación saharaui. Pero Leila quería creer que su madre seguía viva. Que tarde o temprano encontraría la manera de volver con ellos. Salma había sido una de las primeras personas en predecir, tiempo antes de la llegada efectiva de los españoles, que nada bueno iba a traer el acuerdo que habían pactado los líderes saharauis con España allá por los años treinta. Se suponía que formaban parte de España, que vivían en «la provincia número 53», pero el desarrollo de las infraestructuras, el fomento de la agricultura, la inversión en educación y todo lo demás ocurría en la Península y sus islas. Poco o nada se invertía en el Sáhara. Un Sáhara estancado en el tiempo, en el que las gentes andaban mendigando las sobras de los soldados españoles en los vertederos de basura.

Leila a menudo recordaba el odio que les había profesado de pequeña a aquellos militares; sobre todo por aquel atropello al que les sometieron a su madre, a su padre y a ella cuando volvían de visitar a unos familiares instalados en Fderik, al noroeste de Mauritania. Tres soldados españoles les interceptaron en la frontera para pedirles la documentación. Ni ella ni ningún saharaui había necesitado nunca documentación alguna para moverse por aquellas tierras. Leila no sabía muy bien cómo habría sido la reacción de otros compatriotas ante aquella violación de su libre circulación, pero jamás olvidaría la de su madre: «¿Documentación me piden? ¡Qué barbaridad! ¿No creen que debería ser yo quien les pida a ustedes su documentación? ¿O es que me quieren hacer extranjera en mi propia tierra?». Se la llevaron en aquel mismo instante. No hubo explicación, ni palabra de aliento alguna. Su madre apareció días después con un ojo morado, las costillas rotas y el honor mancillado. No lloró, no maldijo, no gritó. Se limitó a abrazar a Leila y a tumbarse boca arriba en la arena, mirando las nubes pasar. Luego dijo: «Los saharauis solo les rendimos cuentas a las nubes. A ellas, que se han preocupado por guiarnos hacia lugares donde no existen fronteras, injusticias, ni dictadores consagrados».

Durante las primeras semanas de noviembre de 1975, cientos de miles de marroquíes, incitados por las sinuosas promesas de prosperidad y riqueza de su rey, fueron a apoderarse de las tierras que con tanta torpeza había administrado España. La muchedumbre, cegada por el hambre y la avaricia, cansada del mucho rezar y del poco recibir, decidió que la Marcha —que algunos llaman «verde», pero que más le valdría el calificativo de «roja», por la mucha sangre que se vertió— era mejor opción que alterar el statu quo de una monarquía anclada desde tiempos inmemoriales a un trono de barro. En vano marcharon aquellas pobres almas a hacerse con las riquezas del Sáhara Occidental. No sabían que, a pesar de las promesas, las ganancias obtenidas de la explotación de los recursos naturales de esta región estaban reservadas para el Intocable y su descendencia. No se dieron cuenta aquellas gentes —ni entonces ni nunca— de que habían sido manipuladas, de que la miseria les perseguiría el resto de sus vidas.

El gobierno franquista, por su parte, no movió ni un dedo para detener lo que con facilidad podía haber evitado. No solo tenía los medios para parar aquella masacre, sino también la fuerza y el apoyo de no pocos españoles y saharauis. Mucho peor fue la solución que ofreció el gobierno de la Transición, que no dudó en dar la espalda a los que tantas veces había prometido defender. Leila sabía que aquello nunca habría ocurrido si la provincia en cuestión hubiese sido Alicante o Cádiz. Pero aceptó aquella trágica realidad. A diferencia de la ficción, en la que los conceptos de bondad y maldad se pueden trazar con perfecta nitidez, la realidad está llena de puntos ciegos, de bondades perversas y maldades benevolentes.

Los españoles se marcharon. Se marcharon todos, sin excepción. Se marcharon con sus promesas rotas, sus sacos llenos y el culo al aire; como tantas otras veces en América, Filipinas y el resto de África. Se marcharon dejando a sus «hermanos saharauis» desamparados, y sin más aviso que el rugir de los tanques marroquíes retumbando en sus corazones. El soldado predilecto de Leila también se fue, pero en su huida no olvidó llevarse un recuerdo de su aventura en aquel desierto exótico. Se llevó a su hija, la pequeña Salma, y no dejó más que una mísera nota «que más le habría valido tragarse junto con su dignidad», pensaría más tarde Leila:

Habibti:

Se me parte el corazón. Se me parte por todo lo que está ocurriendo, pero sobre todo por lo que voy a hacer. No puedo dejar que nuestra hija viva en estas condiciones. No puedo dejarla aquí y ahora menos que nunca. Me la tengo que llevar. Sé que, aunque te lo pidiera miles de veces, nunca abandonarías a tu gente. Lo entiendo y lo respeto. Y es por eso que me marcho sin ti. Solo espero que algún día me perdones y te reúnas con nosotros en Sevilla o en Madrid. 

Siempre tuyo, Pedro

Leila no tuvo tiempo de procesar su dolor. Los civiles marroquíes habían invadido hasta el último rincón de El Aaiún. Entre ellos había también un amplio grupo de soldados camuflados que no dudaron en usar la violencia para visibilizar su fuerza. A estos muy pronto les siguieron otros refuerzos militares que pusieron en jaque la vida de toda la población saharaui. El gobierno español los había servido en bandeja de plata a un lobo hambriento y maltratado, sediento de poder. La mayoría de los saharauis, sin embargo, se negaron a convertirse en ovejas mansas esperando a ser devoradas por aquel depredador. Muchos se unieron al Frente Polisario y se marcharon de las ciudades para poder organizarse y ofrecer resistencia a la invasión. Aquellos que no pudieron —o no quisieron— irse de las zonas ocupadas, también se organizaron y trataron de poner a salvo sus vidas y las de las personas a su cargo. Otros, sin embargo, no vieron otra opción que la del exilio a Argelia.

La guerra había empezado

Leila y todos a su alrededor habían quedado rotos y divididos. Tenían a la mitad de sus familiares y amigos en campamentos improvisados en medio del desierto, y a la otra mitad encarcelada, desaparecida o, en el mejor de los casos, confinada en las zonas ocupadas. Cada día que pasaba, cada hora, cada minuto, era un momento más de tortura y desasosiego. A diario se enteraban del secuestro, asesinato o desaparición de un nuevo familiar, amigo o vecino. Algunas mujeres del barrio habían sido violadas, y muchas buscaban desesperadas protección en casas custodiadas por parientes o conocidos armados. Y, sin darse cuenta, Leila se vio a sí misma con la única hija que le quedaba cosida a un costado, un fusil viejo y oxidado en el otro y el corazón a punto de atravesarle el pecho.

No tardó mucho en darse cuenta de que aquella situación era insostenible, de que el exilio era la única salida viable para ella y su hija. Se unió a un grupo de mujeres con destino a Tinduf, sin llevar consigo más posesiones que un pequeños zurrón de tela donde había metido a presión algunas provisiones básicas para el camino. Una mujer entrada en años, pero de una agilidad física y mental sorprendentes, llevaba la voz cantante del grupo. La señora, a la que todos conocían como Am Elba («La Obstinada»), dividió al personal en cuatro grupillos, y puso al mando de cada uno de ellos a la que consideró más capacitada. Había estado meses trazando un plan de huida detallado que iba desde dónde y cuándo debían esconderse para no ser vistas por las tropas áreas marroquíes, hasta en qué momento del día debían hacer sus necesidades.

En lo teórico todo estaba claro: cada grupo debía tomar un camino distinto para que fuera más fácil que alguno de ellos lograra llevar a cabo con éxito la misión; debían marchar únicamente de noche, a paso ligero; comer y beber lo justo; y de día, esconderse y descansar. La teoría estaba clara. La práctica, sin embargo, fue otra muy distinta. A la nula capacidad organizativa de la líder que le tocó al grupo de Leila, amén de la poca predisposición que algunas compañeras tenían para acatar órdenes, se añadieron los infortunios del propio trayecto. Las bombas caían por doquier y las tropas marroquíes peinaban el desierto a la caza de exiliados.

Por el camino se les fueron uniendo saharauis de otras ciudades y regiones. Uno de ellos, un militar que había sido aprisionado por los marroquíes y había logrado escapar, conocía a Omar. Leila llevaba tiempo sin saber nada de su marido, quien se había alistado en el Frente Polisario apenas unas semanas antes de la guerra. El señor se sorprendió cuando Leila le preguntó por él. Luego agachó la cabeza, se echó la mano a la nuca y, sin atreverse a mirarla a los ojos, le comunicó que Omar había fallecido.

—Yo estaba con él cuando pasó —señaló todavía cabizbajo—. Un crío… Un crío de los nuestros fue quién lo hirió de gravedad. Estaba aprendiendo a disparar y…  bueno… Omar aguantó unos días, pero la bala había tocado uno de sus órganos vitales. No pudimos hacer nada. Lo siento mucho… Yarihmu u iwasi3lih. «Que en paz descanse».

Leila calculó que habría pasado algo más de un mes cuando por fin llegaron a la frontera con Argelia. No pudo contener la dicha al descubrir que apenas les separaban unos kilómetros de Tinduf. Estaba amaneciendo cuando llegó el esperado momento. Normalmente, a esa hora se recogían y se escondían donde podían, pero aquel día era diferente. No podían arriesgarse a que los encontraran en aquella zona por quedarse más tiempo del debido. Tenían que atravesar aquella línea imaginaria cuanto antes. Decididas a pasar lo más rápido posible, marcharon más silenciosas y sigilosas que nunca. Leila entregó a su hija a una de las compañeras para que cruzaran primero, y volvió al final del grupo para echar una mano al resto.

Cuando quiso ayudar a la última rezagada, un ruido estrepitoso y ensordecedor turbó por completo cualquier percepción del tiempo y el espacio. Leila salió volando por los aires con la violencia de un huracán y volvió a caer al suelo. Se le nublaron los sentidos y notó cómo la sangre emanaba a borbotones de sus más profundas entrañas. Cuando por fin logró enfocar la vista, descubrió junto a ella el cuerpo inerte de una mujer con el rostro ensangrentado y la mirada vacía. Era Mariam, una compañera del grupo. Trató de extender la mano, de gritar su nombre, pero fue incapaz de moverse. Ella misma se encontraba tendida en el suelo, con los tímpanos rotos y el hígado reventado. «¡Malditas minas!», pensó mientras se quedaba sin aire. Había oído de la presencia de aquellos artefactos explosivos cercanos a la frontera con Argelia, pero aquel detalle se le había pasado completamente por alto. Movió con dificultad los ojos. Las demás estaban a unos pasos de allí; sanas, pero lejos de estar a salvo. Se encontraban arrodilladas, con armas apuntándolas a la sien y rezando a Dios. Leila trató de incorporarse, de ir a socorrer a su hija y al resto de sus compañeras, pero no alcanzó a mover ni un músculo.

Sintió cómo las lágrimas se deslizaban por el lateral de su rostro como un manantial de agua hirviendo. Incapaz de soportar aquella agonía, dirigió la mirada hacia el cielo en un intento de hacer desaparecer la impotencia y el dolor. Los rayos del sol cubrían el horizonte. Un grupo de nubes comenzó a formarse con timidez, haciéndose y deshaciéndose mientras eran arrastradas por el viento inclemente que caracterizaba aquellas tierras olvidadas. De repente, el tiempo se congeló y las últimas palabras de su madre sonaron como un eco en la distancia: «Los saharauis solo les rendimos cuentas a las nubes. A ellas, que se han preocupado por guiarnos hacia lugares donde no existen fronteras, injusticias ni dictadores consagrados».