Texto del hijo Maaruf Badda Hammadi
A finales de 1975 cuando el fuego y
el miedo empujaron a nuestro pueblo hacia el este, la familia Ahel Afnido caminó
entre el dolor del éxodo. Dejaron atrás hogares y tierras quemadas, pero
llevaron consigo algo que ninguna invasión podía destruir: la fe y la justicia.
De ese polvo y esa resiliencia
emergió la figura de Badda Hammadi.
En la dureza de los campamentos de
Tinduf, donde faltaba todo, él ofreció lo esencial. Se erigió como pilar de
justicia, reconciliando familias rotas y uniendo lo que la guerra intentaba
separar. Cuando no había escuelas, su voz fue refugio; decenas de niños
aprendieron las primeras letras del Corán bajo su tutela, encontrando luz en
tiempos de oscuridad.
Pero más allá del juez y el erudito, recordamos al padre.
Recordamos las noches de invierno en
la jaima, cuando nos vencía el sueño al arrullo de su voz recitando versículos
sagrados junto a nuestras cabezas. Y recordamos despertar en el calor del
verano para encontrarlo igual, inamovible, en vigilia permanente, rogando a
Dios por la libertad de su pueblo y la protección de los muyahidines.
Fueron cincuenta años de servicio
inquebrantable. Cincuenta años construyendo pozos para la sed, mezquitas para
el alma y una biblioteca de jurisprudencia para la mente. Vivió con la mirada
puesta en el retorno, deseando descansar en la tierra libre del Sahara.
Hoy, aunque su cuerpo descansa en el
exilio su espíritu ha regresado. Vive en cada estudiante que formó en cada
sentencia justa que dictó y en la memoria de un pueblo que no olvida a sus
sabios.
Que Dios le conceda los jardines más
altos del Paraíso.

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