sábado, junio 19, 2010

Hosein Erguibi Mojtar, el devorador de libros


A Hosein lo conocí entre los años setenta y ochenta, él venía con parte de su familia de la ciudad de Smara al comienzo de la ocupación militar marroquí. Ya de niño formó parte de los tantos chicos y familias que huyeron del territorio durante el éxodo de 1976, él junto a su hermana Um Erguia y amigos de la infancia con los que compartía sus estudios de primaria entre El Aaiun y Smara. Nos vimos por primera vez en un internado en Argelia y años más tarde, cursando estudios en Latinoamérica y luego compartiendo inolvidables años de trabajo en el ejército entre 1986 hasta 1995, cinco de aquellos años los pasamos en la guerra.

Era de físico corpulento y baja estatura, de mirada penetrante y fugaz. El paso de los años ha ido transformando a aquel joven procedente de la ciudad en un hombre curtido en las adversas condiciones de la naturaleza del desierto. Transformación que a la vez ha conducido a muchos jóvenes sedentarios que no conocían el entorno y su magistral enseñanza, al acertado camino para sobrevivir a los bruscos cambios climatológicos de nuestra tierra. Pintar en una acuarela al devorador de libros, al bibliómano, al “traga libros”, resulta imprudente sin destacar su virtud de lector desde muy temprana edad, como me ha contado en muchas ocasiones

– Empecé con las novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Corín Tellado. Me las guardaban amigos españoles cuando vivía en El Aaiun y Smara.

Las tantas veces que visito la Casa del Libro situada en la Gran Vía madrileña o la Feria del Libro, en primavera, a la vez que me fijo en los incontables títulos y autores de miles de libros y sus desorbitados precios, recuerdo al devorador de libros. Y me invade el mismo deseo que conocía en Hosein, el placer embriagador de disfrutar la lectura de cada uno, sea como fuese su autor o género. Al retratarlo en esta acuarela prefiero quedarme con la imagen que llevo de él hace tiempo atrás, la de los años de la guerra. Quiero conservar la fotografía que retengo en mi memoria de muchos años de trabajos compartidos con él. La última vez que nos vimos después de los años noventa, fueron pocos minutos y no pude verle todo el rostro por el mal tiempo que hacía y el turbante que llevaba enrollado sobre su cabeza. Rápidamente nos fundimos en un sincero abrazo después de haberle confundido con otra persona y quedamos en compartir el té de la memoria bajo una acacia y recordar viejos momentos que tal vez no se nos presentarán más.

Conservo una imagen del devorador de libros de tez blanca, de pelo lacio, fuerte y oscuro, de tal forma que cuando lo dejaba crecer sobre su gesticulante frente le caía un oscuro y gracioso mechón, a veces molesto e intolerable por la naturaleza y vivacidad de su propio e inquietante temperamento. Por lo que cuando podía lo mantenía siempre bien recortado para no perturbar más su pasmosa vitalidad. En esta acuarela del bibliófilo saharaui intervienen dos principales protagonistas pero el espacio que intento hallar es el de abrir cortinas de la historia y buscar detrás quién era Erguibi Mojtar, su padre, y desgranar la interrelación y las circunstancias de este trinomio de amistad que me unió en especiales circunstancias a hijo y padre.

A comienzos del año 1976 formé parte del elenco de una obra teatral que representaba la primera gesta en el proceso de liberación saharaui, el histórico acontecimiento protagonizado por varios componentes de aquellos jóvenes fundadores del Polisario entre los que se encontraba Luali Mustafa, conocido como el “Asalto al cuartel de El Janga”. Compaginábamos varias actividades en nuestro colegio de tiendas de campaña en el mítico Mujayam Enaser, actual daira de Bucra. La obra fue escrita por nuestro maestro saharaui de árabe, al que llamaban Elzazairi. Recuerdo que la presentación teatral tenía una parte que escenificaba los acuerdos Tripartitos de Madrid, me correspondía en el guión el papel del ex presidente mauritano Mojtar uld Dadah, pero había un episodio con otro repertorio que realizaban otros estudiantes y trataba sobre un tal Erguibi Mojatar. En esa parte se escenificaba cómo caía Luali y sus dos compañeros en manos de los militares españoles. Y más adelante un acto de revancha sobre cómo fue asaltado el cuartel, liberados Luali y sus dos compañeros, y cómo por primera vez aquellos jóvenes izaban la bandera saharaui sobre los edificios del cuartel español en lugar del pendón del escudo del águila, capturaban a los centinelas militares de origen saharaui de la guarnición española y de retirada por la noche sobre la marcha triunfal cantaban el himno polisario “Yo el único entrañable compañero”.

Cuando terminaba ese episodio en el repertorio aparecía la historia de otro personaje vinculado a aquel asalto, Erguibi Mojtar, el militar español de origen saharaui que pertenecía a la unidad del cuartel. Sin embargo el suceso transcurrió mientras Erguibi se había marchado a visitar un frig saharaui colindante al puesto. A su regreso no encontró a nadie de su unidad en la fortaleza y dio la voz de alarma. “Ni los militares ni sus armas están, y en el mástil ondea la bandera del Polisario, no sé lo que ha debido pasar”. La reacción de la metrópoli contra Mojtar fue encarcelarlo bajo sospecha de colaborador con aquellos míticos guerrilleros del Polisario.

Interrelacionar estas dos historias resulta un grato repaso de retazos de una amistad, homenaje a un histórico guerrillero y a un devorador de libros con los que había compartido, con el hijo irrepetibles años de estudios y trabajos, y con el padre los años de mayor auge en la guerra desde 1986 a 1989.

En aquellos años de estudiantes Hosein, “Candela” como lo llamábamos por su vitalidad y fuerte temperamento, siempre tenía una novela que sacaba en sus ratos libres y se enfrascaba en su lectura. Estudiábamos con becas muy limitadas y no disponíamos de ningún tipo de ayuda material y nos encontrábamos separados de nuestras familias desde los primeros años de la invasión marroquí al territorio en 1975. Eran tiempos en los que nos guiaban una conciencia personal y una maduración social y política propia de nuestra generación. Porque teníamos vivos recuerdos de la tierra y un claro concepto de lo que pasaba. También creo que las posteriores circunstancias y el regreso a la realidad mucho influyeron en cada miembro de esa generación. En ciertas ocasiones llegué a pensar que el insaciable apetito por la lectura desparecería en cuanto regresáramos al Sahara imbuidos por el quehacer diario en una guerra en su máximo apogeo. Entendía que la situación de beligerancia, la escasez de tiempo y las nulas posibilidades de tener un libro nos impusiera un hecho ineludible, no preocuparse ya por los libros, porque todo tiempo consumido de manera individual o colectiva era sólo para ganar la contienda que vivíamos cotidianamente sobre el terreno, ganar al adversario en tiempo y eventualidad.

“Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas deliciosas”. Este pensamiento es incuestionable para quien haya vivido similares situaciones a las del “devorador de libros”. Cuando circulaba un libro entre nosotros era porque él lo había buscado a su manera y había sido el primero en leerlo. Y cuando se preguntaba al último que lo leía respondía

- Vete a saber cómo llego a mis manos, la lista es muy larga, sé que Hosein lo prestó a...

Recuerdo la lectura de un Quijote que yo encontré en un contenedor de libros que venía de España, y que dio muchos quebraderos de cabeza a algunos compañeros que no sabían de su historia y les costó mucho disfrutarlo. Ana Karenina, Guerra y Paz de León Tolstoy, El padrino de Mario Puzo, las novelas de Edgar Allan Poe, todas las obras de García Márquez desde su primer cuento “La tercera resignación”, pasando por su obra cumbre “Cien años de soledad” hasta su última novela por aquel entonces “Del amor y otros demonios” circularon aquellos años entre nosotros, en Udei Enaser, Benzaka, Tirnit, Tifariti, Gueirit Lalia, Egdeim Shham, Taref Lemueilha, Ajshash, Eudeiat Elfaa... En su memoria si alguien lo pregunta encontrará rastros de otros géneros que había leído como las novelas de Corin Tellado, las de Marcial Lafuente Estefanía, el polémico “Los versículos satánicos” de Selman Rushdie, o la mejor obra de Camilo José Cela, La colmena. Muchas otras obras literarias de diferentes autores y géneros caían en nuestras manos porque el devorador de libros nos las pasaba. Guardo de él una imagen, cuando se sentaba en la postura tradicional saharaui para preparar el té. Mientras con una de sus manos ordenaba los vasos en la bandeja y con la otra colocaba la tetera sobre el brasero, el libro que tenía en ese momento lo dejaba posar abierto sobre la página que leía, colocado en su muslo pegado a la rodilla como suelen hacer las madres saharauis a los bebés. Puede que la conversación estuviera centrada con él sobre cualquier tema, pero en el instante en que su interlocutor desviaba la conversación con otra persona Hosein retomaba la lectura de la siguiente página.

Las veces que íbamos de vacaciones 15 días para ver nuestras familias después de tres o cuatro meses en la parte liberada, Hosein a la vuelta llenaba la mochila de libros para leer pensando en los meses que tenía por delante y a los compañeros que se los pedirían en las unidades militares. A veces las hojas del libro se gastaban y se deterioraban antes de llegar al último de la lista, por el número de personas que lo habían leído y tratado cada uno a su manera. Las veces que no coincidíamos en aquellos días de descanso me encargaba muchos recados para pasar por la familia tal o cual y recoger el libro que le había prometido un amigo. Esa codicia de lectura entre nosotros influyó en otros compañeros que no dominaban el español. Y algunos de ellos teniendo una buena base en otros idiomas llegaron a familiarizarse con la lectura de las novelas que circulaban en nuestro entorno y aprendieron a escribir y hablar en español, como fue el caso de nuestro amigo común Saad El Mahfud, un genio en la lengua en la que brilló Léopold Sédar Senghor, el francés.

Retomando cómo fue mi amistad con el padre del devorador de libros, en cierta ocasión dando unas conferencias a unos jóvenes de una unidad de combate me di cuenta de que había un señor entre ellos que frisaba los sesenta años. En principio creí que no formaba parte de aquel comando hasta que empecé a impartir mi conferencia, me percaté que era uno más de aquella unidad militar y tal vez el más importante. Era el centro sobre el cual se desarrollaba toda la conversación y alegría para aquellos jóvenes veinteañeros, era el padre, el amigo y el maestro en el que se apoyaban en los momentos más complicados en el combate. Compartió con ellos decenas de batallas y vivió entre ellos todas las circunstancias de dirigir una compañía del segundo regimiento de infantería mecanizada del ejército saharaui. Entre ellos no le llamaban Ergueibi, simplemente Ebaya, es decir padre. Debió tener una constitución física, corpulenta y fuerte durante su juventud que le había favorecido durante los años de la guerra en el manejo de los tanques. Desde entonces llegué a conocer mejor y supe muchas historias de él que contaban en su regimiento. Erguibi el de El Janga, Erguibi el de la batalla de Guelta Zemur, Erguibi el hombre que sabía decir no cuando no es sí y decir sí cuando no podía ser nada más que sí. Y de hecho ese carácter lo he podido encontrar en esta anécdota sucedida en aquellos años ochenta. Le invitaron a una taza de té y dijo que no le apetecía en ese momento, luego le insistió el chico que lo preparaba diciéndole “Ebaya, está muy rico tiene hierbabuena tómatelo” y Ebaya respondió “Aunque tenga tomate no lo voy a tomar”. Su sentido del humor lo hacía muy querido por todos los que le rodeaban.

Tras los acuerdos del cese el fuego el ministro de defensa le pidió que dejara su unidad y que se marchara a los campamentos para descansar. Sin embargo Ergueibi negó rotundamente la petición, hasta que años después aquejado por problemas de salud tuvo que radicarse en la daira de Bucra, precisamente el campamentos donde yo había escuchado por primera vez hablar sobre la historia de Erguibi, en aquel lejano 1976. Recuerdo que Hosein me contó en muchas ocasiones que su madre, sus hermanas y dos gemelos no pudieron salir de la ciudad de Smara durante el éxodo y se quedaron allí solos y a merced de una separación impuesta por las armas. Ergueibi a raíz del asalto al Cuartel de El Janga estuvo encarcelado durante varios meses y tras ser puesto en libertad se incorporó a los primeros guerrilleros del Polisario donde se encontró durante el éxodo con sus hijos mayores, Erguia y Hosein con los que compartió el exilio hasta su fallecimiento en los años noventa.

Hoy cuando en todo el mundo se conmemora el día del idioma español y recordando cómo Hosein nos dotaba de libros en aquellos duros años al no haber otra manera de conseguirlos, siento desde el exilio mi compromiso con aquellos jóvenes que lucharon por defender y mantener el español como patrimonio saharaui para que nunca falte lectura en sus jaimas y no desaparezca su afán de devoradores de libros.