sábado, junio 08, 2013

Versos rebeldes de primaveras saharauis

Silvia Melero
Me pregunto cuántas primaveras de lucha y resistencia ha pasado ya el pueblo saharaui. Si echo las cuentas me salen casi 40. No está mal. Cuatro décadas viendo florecer esperanzas, regando el sueño de volver a su tierra, podando rabias y odios, sembrando batallas pacíficas. Pero también cuatro décadas soportando tormentas que intentan apagar su fuego rebelde, esquivando las tijeras violentas que quieren cortar sus alas de vuelo libre, encajando los golpes marroquies que violan sistemáticamente sus derechos.
Todas esas primaveras de lucha han inspirado versos y libros. Se presentaba hace unos días en la sala Zanzibar de Madrid ‘La primavera saharaui. Escritores saharauis con Gdeim Izik’. Sus beneficios van destinados a los presos políticos saharauis. Es un libro publicado por La Generación de la Amistad, un grupo de poetas y escritores saharauis que rescatan en español, su segunda lengua, la historia y la cultura de su pueblo. En este caso, poemas y relatos que visibilizan el desmantelamiento del campamento Gdeim Izik, el Campamento de la Dignidad, un campamento de jaimas, una protesta pacífica, sofocada violentamente por Marruecos a las afueras de El Aaiún en 2010. Letras que configuran el dolor, palabras de impotencia, poesía para dibujar y exteriorizar lo que se siente ante la actuación de la policía marroquí. Otra vez. Más violaciones de derechos humanos. Dicen los analistas que ahí, en Gdeim Izik, nació el germen de las revoluciones árabes que se sucedieron en Egipto, Túnez, Libia y Siria.
Todas esas primaveras recogidas en un libro. El arte como herramienta, la palabra como arma, el poema convertido en grito desesperado.
La periodista Conchi Moya, autora de ‘Delicias saharauis’, explicaba que el libro nace de esa respuesta inmediata de los escritores saharauis ante el desmantelamiento de Gdeim Izik, las detenciones, asesinatos y desapariciones de la población saharaui por parte del Gobierno marroquí. Alzó la mirada digna Bachir Ahmed para decir que la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) no necesita ser reconocida por nadie, que ya es, que la crearon los y las saharauis en 1976. No necesitan permiso de la ONU ni de los países europeos para existir, aunque sí la reconocen la Unión Africana y unos 80 Estados. Alzó también su voz cálida y firme Zahra Hasnaui para recitarle a la flor del desierto, para traernos el aroma que impregna sus recuerdos desde el exilio. Recordó Bahia Mahmud Awah el compromiso de otro poeta, Mahmud Darwich: “La poesía puede ser considerada como demasiado débil, un juguete que se arroja contra los rifles, pero a menudo es tan buena como la dinamita, cristaliza posiciones políticas mediante líneas que, memorizadas por los viejos y los jóvenes, fortalecen la resistencia popular y proporcionan eslóganes comunes”.
Los versos trajeron el desierto y el mar, el mar del Sáhara Occidental ocupado por Marruecos, el mar en el que fijan su mirada esperanzada los saharauis, las aguas que quieren volver a ver (y cuyos recursos son ahora explotados por Marruecos y España).
Nombró Gonzalo Moure el proyecto Bubisher, un bibliocamión cargado de libros, de historias, de cuentos, que recorre las escuelas en los campamentos de refugiados de Tindouf (Argelia). Abriendo camino, una vez más, con las palabras. Haciendo kilómetros con metáforas y personajes que colorean los días de espera en el desierto, la sed de justicia, el ansia de libertad. Se hace camino al andar, diría Machado. Cuántos caminos ha intentado ya abrir el pueblo saharauis en estas 40 primaveras. Cuántas piedras y muros intentan desmotivar y anular su resistencia.
Dejó Sukeina Ali Taleb flotando en el aire estos versos duros de Ali Salem Iselmu: Culpable.
La voz inocente de un niño,
es culpable de la muerte,
culpable del odio de los verdugos
de la ausencia de su ciudad.
Culpable de que entierren
su voz para siempre
ante el silencio cómplice
de la indiferencia.
Dirán que la bala
atravesó su cuerpo,
atravesó su alma
y desgarró su corazón.
Una vez más
culparan a su madre,
a su hermano
a sus amigos.
Y al final,
los vasallos
encerrados en la ignominia
del delito
culparán al niño saharaui
de su muerte.