lunes, junio 01, 2020

La estación en la que eclosionan libros, flores y crecen amigos

Por: Bahia M.H Awah (Feria del Libro 2014)| Ilustración de Bahia M. Awah
Desde hace varios años, en esta cosmopolita y hermosa Villa y Corte que es Madrid, me he familiarizado con este evento cultural que es la Feria del Libro. Una manifestación cultural que al menos en nuestra cultura saharaui, sobre todo la tradicional registrada en la memoria de la sociedad, no existía. Y no es porque no nos gusten los libros, simplemente un evento así no ha tenido lugar como tal en nuestra sociedad, como no ha existido en la cultura de los tuareg o en la de la vecina Mauritania. Sobran las razones por las que se podría llegar a una conclusión del por qué se da esta particularidad antropológica y social en algunos pueblos. Aunque en estas culturas que asentaron sus cimientos sobre la vida del nomadeo y su filosofía del libre tránsito geográfico siempre han existido mercaderes de libros ambulantes a lomos de sus camellos. Lo hemos vivido hasta mediado del siglo XX; estos mercaderes solían entrar al territorio, procedentes del este, de Mauritania y del Sudán.
Mi madre contaba que a finales de los años cincuenta pudo adquirir su primer libro, cuando era una niña de catorce años, a través de un mercader de libros nómada que llegó a su frig cargando su preciada mercancía a lomos de su poderoso camello. Y yo diría que si mi madre hubiera leído a Miguel de Cervantes, entonces yo entendería que su amor por el libro se lo hubiera inspirado el manco de Lepanto y su famosa cita: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Y esta historia de mi madre y el vendedor nómada de libros, la interpreto como un antecedente para sostener esta teoría del por qué no ha existido esta especial estación primaveral del libro en nuestra cultura.  Todo me conduce a esta reflexión contextualizada en tiempo y espacio. Pero a la vez, el hecho de que aquellos mercaderes recorrieran tantos días en el desierto en busca de un frig para ofrecer sus libros, me da entender que era la única manera de hacer una feria de iniciativa individual en la entonces sociedad beduina saharaui.
Dicho esto desde otra óptica beduina me halaga haber soñado y ver mi sueño hecho realidad. De niño el libro para mí siempre fue una tabla de madera que un riguroso maestro que llamábamos lemrabet o la imprevista maestra o maestro me llenaba de letras. En este caso fue mi madre, quien emborronaba mi tabla de madera de letras libres, quiero decir abecedario, luego palabras sencillas para saber componer una frase, cortos versículos del Corán; más adelante toda la superficie de la madera, a veces por las dos caras, me la llenaba de hermosos versos para memorizar. Esta era la imagen que pronto tuve del libro, que me cautivó en tan temprana edad. Desde muy niño supe hacer coexistir en mi mente la tabla de madera con las primeras cartillas y cuadernos de papel que nos trajo la metrópoli para enseñarnos la lengua de Cervantes en su día. Y empezó a crecer en mí el pensamiento de que todo es posible en la vida, todos podemos convivir culturalmente y aprender mutuamente unos de otros. Junto a otros amigos de la infancia, atraídos por la curiosidad en la lectura recogí novelitas que tiraban los oficiales y reclutas españoles de la época en los cubos de la basura de mi pueblo. A veces olían un poco mal, a causa de los restos de comida que se tiraban en los grandes barriles de metal, que antes llevaban petróleo u otros combustibles… y que llamábamos bramil elcaba y se usaban como cubos de basura. Aún en mis recuerdos de esa edad tengo en mi memoria a un chaval al que llamábamos Jaimito y a veces Mohamito, una dulce criatura, el único niño de raza negra que iba al mismo colegio con nosotros en aquellos ya lejanos años sesenta.
A principio de los ochenta por vez primera vi una feria del libro. Y sucedió en un lugar que desde mi cultura nunca imaginé. Era en 1982 en El Morro de La Habana, un histórico castillo que esconde terribles huellas del pasado colonial de la Corona española; construido en 1774 como fortaleza militar, era donde se hacinaban los esclavos llevados del África. Luego ya más tarde, a través de muchas lecturas, conocí la Feria del Libro de muchas capitales de África, Europa y de otros lugares. Ahora pensando en los que hacen posible este importante evento en la cultura de nuestra humanidad, de escritores e intelectuales en general, mi conciencia me dice que el verdadero poder con el que se pueden cambiar las cosas, tal vez y humildemente son la pluma y la conciencia de miles de hombres y mujeres que escriben estos libros y convierten en realidad cultural esta estación cada año. En varias ocasiones he podido participar como autor en la Feria del Libro de Madrid y mi cometido como saharaui es dar a conocer mi cultura y la historia de mi tierra; ese es el compromiso que siempre he tenido conmigo mismo y con mi sociedad. 
La importancia de este encuentro anual que se celebra en la más bella eclosión primaveral tiene su especial magia para el lector, el escritor y los asiduos al libro. Este año, una vez más me encontré compartiendo gratamente el momento que me correspondía como autor en la caseta de Casa Árabe.
Firmé alguno de mis libros anteriores, conocí nuevos lectores y estuve acompañado por inolvidables personas muy queridas de mi entorno. Nos quedaba mucho tiempo por delante para disfrutar la feria, recorriendo de arriba a abajo su única arteria, rebosante de lectores, fluyendo entre las ideas y principios desprendidos por los libros.
Muchas veces, cuando intento buscar una idea, me detengo en alguna frase o proverbio de nuestra cultura saharaui y encuentro con qué arrancar. كل ريظ  و اهله “Cada estación de brotes verdes tiene sus buenos habitantes”. La generación de saharauis a la que pertenezco pudimos vivir con suficiente conciencia los últimos años del periodo colonial en el territorio, bebimos buena parte de nuestra cultura en su mejor esplendor y más tarde crecimos intelectualmente inmersos en pleno proceso de liberación nacional, lo que nos mantuvo sujetos a nuestra identidad. Históricos acontecimientos a los que hemos consagrado nuestra vida. Tal vez el proverbio anteriormente mencionado es la referencia con la que podemos definir y entender lo que voy a exponer sobre el escritor e intelectual que ha estado siempre apoyando la lucha del pueblo saharaui.
Entre los destacados escritores presentes en la Feria del Libro de Madrid de este año, muchos de ellos son simpatizantes y solidarios con la causa saharaui. Ocho días estuve recorriendo la feria de arriba a abajo en busca de autores que me fueran familiares por su implicación en muchos procesos sociales o políticos en el tercer mundo y con los que mantengo buenas relaciones. Mi propósito era saludar, comprar algún que otro libro de interés mío o relacionado con el tema del Sahara Occidental y conversar con el autor. También quería medir hasta qué nivel la causa saharaui está presente en la pluma y los principios de estos autores, que acaparan la atención de miles de lectores atraídos por sus novelas, libros de ensayos, poesía, literatura infantil etc.
Y lo cierto que ese barómetro intelectual que intenté explorar superó mis expectativas y me resultó asombroso por la envergadura intelectual de tantos amigos que respaldan a la causa saharaui. Y pienso que si el mundo tuviera en cuenta ese aval a favor de los saharauis, no estaríamos aún sufriendo un proceso de descolonización inacabado y una ocupación ilegal e impunemente actual.
Saludé en la caseta donde firmaba sus libros a Javier Reverte, autor de varios libros sobre el Sahara Occidental y amigo del pueblo saharaui; conversé un rato con la escritora Inma Chacon, amiga de este proceso saharaui y compañera de viaje en el FiSahara 2014. Manuel Rivas otro amigo de la causa saharaui, contaba con interminables colas de lectores a la espera de su firma, por lo que sólo pude tomarle unas fotos. Intenté llegar a la caseta de Almudena Grandes, otra amiga de este proceso saharaui, pero tampoco pude. Me uní a un interesante encuentro con el escritor y periodista Pablo Dalmases quien fue en los años setenta director de la RTV Sahara y el periódico La Realidad, que se editaba aquellos años en el territorio. Pude saludar a la poetisa y escritora Ana Rossetti con la que mantengo estrecha relación y que presentaba su nuevo libro. De igual forma me acerqué a la caseta donde firmaba su último libro Laura Casielles, espléndida poeta estudiosa del mundo árabe. Busqué el stand donde firmaba Ricardo Gomez, de Escritores por el Sahara, pero me indicaron que había firmado aquella mañana. Caminé entre la multitud hacia la caseta donde firmaba el cantante y poeta Angel Petisme, con quien tomé algunas fotos y hablé un rato sobre el Sahara. Inma Chacón me había avisado que la voz femenina de la megafonía pertenecía a la actriz Ana Wagener, con quien también compartí que estuve este año 2014 la XI edición del Festival Internacional de Cine del Sahara. Los rostros de la solidaridad eran muchos, no pude pasar de largo ante el stand donde firmaba su libro Julio Anguita, un histórico amigo del pueblo saharaui; le saludé y le agradecí su apoyo. Me respondió, cordialmente, “siempre he sido amigo de vuestra lucha y lo seguiré siendo”.
En la Feria muchos eran los escritores e intelectuales que respaldan la lucha del pueblo saharaui. Me llamó la atención un cartel con el rostro del gran Eduardo Galeano, y pensé cuanto me hubiera gustado que estuviera presente en la Feria, para estrecharle la mano y agradecerle lo mucho que hace por el pueblo saharaui. Y los amigos, como dijo Ed Cunningham, “son aquellos extraños seres que nos preguntan cómo estamos y se esperan a oír la contestación”. Me di cuenta que cuando tienes la razón, y vives con la fuerza de esta razón, tus amigos suelen ser buenos, eficaces y sinceros en su palabra de aliento. Una vez más sentí que los saharauis no estamos solos en este largo camino hacia la vida que hemos anhelado desde entonces. La Feria, un año más, eclosionaba de flores, brotes verdes, de primavera y de incondicionales amigos.


viernes, mayo 15, 2020

Laboratorio de Derechos Humanos


Por: Ali Salem Iselmu | Fotografía de Santiago Barrio, perteneciente a la serie El teatro de las dunas
Laboratorio de derechos humanos es una magnífica idea para defender los derechos del pueblo saharaui y de otros pueblos oprimidos, cuyas riquezas son numerosas, pero solo sirven para generar mayor pobreza en la población.
Dónde están las universidades en el Sáhara Occidental, dónde están las carreteras que estén en buenas condiciones para comunicar a las principales ciudades saharauis, cuántos saharauis trabajan y cuántos están en el paro con formación universitaria, estás y muchas más preguntas deben estar en la mente de muchos.
Realmente los recursos naturales entre los cuales están las minas de fosfatos y el banco de pesca, sirven para mejorar las condiciones de vida o son expoliados por empresas extranjeras con la ayuda de Marruecos; en una carrera frenética para agotarlos y dejar un territorio pobre y sin infraestructuras. Cuando por otra parte, la realidad que se vive en el territorio es la de una población saharaui sin derecho al trabajo, a la formación profesional y vive pendiente en espera de una ayuda que el Gobierno marroquí, ofrece como contrapartida por esta política de marginación, mientras tanto las Naciones Unidas siguen buscando una solución a este conflicto.
En la provincia de Álava, la Asociación de Amigos y Amigas de la R.A.S.D, desarrolló varios talleres sobre el tema de los derechos humanos, recursos naturales y feminismo con el objetivo de acercar la realidad saharaui en Euskadi y llevar a cabo una labor de sensibilización tan necesaria para comprender la dura situación que se vive en los campamentos de refugiados saharauis y las zonas ocupadas del Sáhara Occidental.
Los derechos humanos empiezan por un reparto justo de las riquezas, invertido en el desarrollo social del pueblo saharaui, haciendo a los saharauis los verdaderos protagonistas en su tierra, no unos ciudadanos de segunda que esperan las remesas que otorga la administración marroquí de la explotación ilegal de una riqueza que solo sirve para anular la capacidad de los ciudadanos para crear, trabajar y sacar su vida con la actividad económica que se genera en su tierra.
El origen de las violaciones de los derechos humanos viene del intento de apropiarse a la fuerza de los recursos naturales del Sáhara que son explotados por empresas como Jealsa, FMC Foret y la flota de pesca europea que desarrolla sus actividades debajo del paralelo 27º, intentando legitimar la presencia de Marruecos en el Sáhara Occidental.
El verdadero laboratorio de los derechos humanos, es el que ayuda a que el desarrollo de un pueblo esté conectado directamente con sus recursos naturales, permitiendo el surgimiento de un capital humano que permita una mejor defensa de la dignidad de las personas; personas que deben tener oportunidades laborales para alcanzar todos sus derechos en libertad.
Un pueblo es libre en la medida que pueda gestionar sus recursos y disponer de ellos para cubrir sus necesidades y así podrá alcanzar su verdadera autodeterminación.

domingo, mayo 10, 2020

Un nómada confinado, texto del periodista y escritor saharaui Mohamidi Fakal-la


Ilustración del artista saharaui Fadel Jalifa 
Esa inmensidad de arena que ha despertado la autenticidad de su sueño a lo largo de todos los confinamientos de peor naturaleza que las enfermedades mortíferas o la dureza de un exilio perpetuo, todo ello lleva a reflexionar para poder alcanzar la alborada de estos tiempos turbios. Hay dolencias mayores que han calado instintivamente en toda esa relación existencial tomando como ejemplo la pérdida de su tierra natal a causa de una pandemia que ha arrasado con todos los aspectos de la vida de un pueblo desde hace más de cuatro décadas, sin juicio ponderoso. Sin embargo, resulta tedioso el prolongamiento de tanto sufrimiento en la dureza del tiempo que parece no tener fin como  una secular permanencia ligada a borbotones del anuncio de una coacción de comportamiento en el que se han visto alterados toda una gama de ritos y tópicos. En esa quietud impositiva el señor Beduino se ha encontrado abatido a solas como un rehén y mira sus alargados pasos detrás de los hatajos del que se nutre y que quedaron en un instante gobernados por la insolencia de los mayores.
En esa contradicción elocuente todo fue moldeado al gusto de unos pocos. Aunque enteramente todo estaba prescrito en la totalidad del silencio. Ahora al beduino no le queda más remedio que escuchar a su propia respiración ahogada en la nostalgia de un sentir inmaterial para poder sacar fuerzas al deseo, como señalaban las enseñanzas de la sabiduría nómada. Al menos esa andadura espiritual se presenta como un sostén ante una insólita inquietud que flanquea toda su existencia. Por ello, y para contrarrestar los hechos, recurre al acicate de la paciencia como arma contemplativa de las puertas de un cielo que había aceptado un día como techo. En ese sentir sus palabras se restan en la oscuridad de la sombra de su jaima, que se pierde en un enjambre de tiendas similares dormidas en la esperanza de los años. En esa silenciosa soledad su voz pregona los cantos de un desconocido bardo que exalta una libertad añorada de un mundo dormido en la  incertidumbre.
En esa contradicción fehaciente las reglas del juego han sido sometidas a una divinidad virtual que colinda con el pensamiento, restando desgraciadamente acción al cuerpo, obligado a permanecer en estado estático. De hecho, parece ser que el miedo se ha introducido de manera solapada a fin de regular la actividad y movimiento humanos. La adiestrada imposición podrá a la larga generar un módulo de locura generalizado. Una imaginación ilusoria que esparce ya sus signos negativos sobre toda la humanidad. Por ello el confinamiento se presenta como un ilustre orden mundial. Al margen de toda interpretación, y mientras los hechos futuros se canalizan hacia una supuesta distensión universal, el beduino se encuentra a solas arropándose en la liturgia de sus antepasados; evocando la vida, el amor y la muerte en los sorbos de té caliente en sus noches de Ramadán, atendiendo con paciencia la luz del día, que pone término a una relajación momentánea para volver al confinamiento que se suma al habitual del exilio.

viernes, mayo 01, 2020

El Sáhara en Minnesota. Algunos personajes


Por: Limam Boisha | 19 de mayo de 2014
Y ¿quién era James J. Hill? Es la pregunta que nos hicimos nada más aparcar delante de aquella mansión con gran vista hacia la ciudad de St. Paul y el Río Mississippi. Una casa impresionante, de cinco plantas de estilo románico. Su construcción fue terminada en 1891 y era propiedad del hombre más rico no solo del Estado de Minnesota, sino de los Estados Unidos, y probablemente del mundo: el magnate del ferrocarril entre Estados Unidos y Canadá. Fue conocido durante toda su vida como "El constructor del imperio".
Según el folleto que reparten en la Casa-Museo, la mansión tiene cinco pisos, 42 habitaciones, 22 chimeneas, trece cuartos de baños. El gran salón es de 186 metros cuadrados con un gran órgano y un piano. La galería de pintura alberga una extensa colección de obras. Sus negocios estaban en la extracción del carbón, hierro, en la agricultura y en la banca.
Nos comentaron que el escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald se inspiró en la vida de James J. Hill para recrear el personaje de El Gran Gatsby. Minnesota tiene muchos personajes y más interesantes que James Hill. Tiene entre sus hijos predilectos sí, a Scott Fitzgerald que formó parte de lo que Hemingway dominó “La Generación Perdida”.
Otro gran personaje (que no necesita presentación), también de Minnesota es Bob Dylan. Nació en un pequeño pueblo llamado Duluth, que no hemos podido ir a ver. Lo que sí vimos y nos quedaba cerca era un personaje, grande en tamaño y más emblemático que todos ellos: El Mississippi. El río nace en el Estado de Minnesota y desemboca en el Golfo de México.
¿Qué sería de dos de las obras más populares de Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn sin el Mississippi? Son tantas las novelas, ilustraciones, dibujos, fotografías y películas que se inspiraron en este mítico río que se necesitarían varios folios para anotarlos.  Le cantaron poetas de la talla Walt Whitman, Nicolás Guillén, entre muchos otros. 
Durante una semana el Sahara ha estado muy presente en Minnesota, especialmente con la presencia de Aminetu Haidar, para hablar de la resistencia de la mujer saharaui en los territorios ocupados del Sahara Occidental y el profesor de la Universidad de San Francisco, Stephen Zunes que impartió varias charlas. Durante las cuales siempre hacía un minucioso repaso sobre la el conflicto del Sahara Occidental hasta el presente.
A pesar de que para nosotros fue una semana intensa en actividades dentro de la Universidad, hemos tenido tiempo, gracias a la dedicación y generosidad de la profesora Michelle Hamilton, para ir a visitar varios lugares interesantes. Fuimos al hermoso jardín de esculturas en Minneapolis. Donde hay muchas esculturas de artistas locales. Pero la más conocida, la que aparece en las postales y ya es un emblema de la ciudad: “Spoonbridge and Cherry”, “El puente de la cuchara y la cereza”. Estuvimos en un jardín botánico. En una casa y escuela construida por los primeros colonos y una réplica de los tipis: casa cónica hecha de corteza de árboles de la población originaria del lugar: Los Dakota.  Entre otros lugares más.
Asistimos al Festival Internacional de Cine de ST. Paul y Minneapolis, donde se proyectó: “Hijos de la nube, la última colonia”. Con presentación de Aminetu y Zunes y un coloquio al final de la exhibición. El siguiente día hicimos un taller de poesía saharaui para profesores de algunos institutos y de la Universidad de Minnesota.
Esta actividad terminó por redondear una magnífica semana dedicada a la Causa Saharaui en el corazón de Minnesota. Nieve, difíciles cafés con leche, jet lag, sí, pero la sensación cálida de que la causa saharaui gana adeptos en los lugares más alejados del mundo.

miércoles, abril 15, 2020

El Sahara en Minnesota. Nevada


Por: Limam Boisha (Abril 2014). Ilustración de Roberto Maján
Los pronósticos del tiempo hablaban de una fuerte nevada. Bahia decía: “que venga la nevada, que venga. Somos hombres del desierto y queremos ver una nevada de verdad”.
Y llegó la nevada. Era una lluvia blanca. Miles, millones de sacos de harina vaciados por una mano invisible desde el cielo, para llenar la tierra de blancura. Esa era la imagen que volaba por mi cabeza. Aquella nevada parecía que iba a enterrar la ciudad entera.  Y en dos o tres horas sepultó a coches, calzadas, casas, calles, autovías. Caía tanta nieve que las cámaras fotográficas que utilizábamos no captaban la nieve, sino unos hilos blancos formando enredaderas y estropeando las instantáneas.
Fuertes rachas de viento y remolinos de nieve golpeaban los muros y los cristales de las ventanas. Así caía la nieve mientras cenábamos todos los invitados en casa de la profesora Michelle Hamilton. Y así continuó cuando cada uno de nosotros estaba ya en su cama soñando quizás con tanta blancura en medio de la noche.
Por la mañana, cuando miré por la ventana, no podía creer que se fuera a celebrar el Seminario sobre el Sahara. Ni pensé que fuera a salir alguien de su casa. Para nada. Pero a las cinco de la mañana ya las maquinas quita nieve estaban despejando las calles. Y dos horas después había muchos transeúntes y el tráfico era fluido. La vida seguía su curso.

miércoles, abril 08, 2020

Entrevista de la Universidad de Basilea al escritor saharaui Bahia Mahmud AWAH


POR LA PROFESORA SANDRA SCHLUMPF, UNIVERSIDAD BASEL, SUIZA
Entrevista con el escritor saharaui Bahia Mahmud AWAH
Esta entrevista debería haberse realizado en directo el día 6 de abril de 2020 en el marco del curso “Spanisch in Afrika / El español en África” en la Universidad de Basilea, Suiza, en una sesión especial dedicada al Sáhara Occidental (docente responsable: Sandra Schlumpf-Thurnherr). Se trata de una entrevista con Bahia Mahmud AWAH, escritor y antropólogo saharaui residente actualmente en Madrid (cf. https://www.bahiaawah.net/). Dadas las circunstancias actuales en relación con la pandemia de Covid-19, la entrevista se ha realizado por vídeo.
La entrevista, divida en siete partes, se inicia en este enlace, donde Bahia Awah se presenta y habla sobre su trayectoria como saharaui, escritor y científico social.
El resto de preguntas se pueden seguir en el mismo blog. La conversación para los estudiantes he versado sobre aspectos de la historia del pueblo saharaui, “la historia de un gran silencio” en palabras de la profesora; el exilio saharaui en los campamentos, el muro marroquí de la vergüenza; la vida durante la época colonial; cómo influye el exilio y la relación con la tierra; el poder de la literatura y de la poesía en particular dentro de la lucha del pueblo saharaui; el significado de las dos lenguas, el hasania y el español, para los saharais y su coexistencia; y para finalizar, cómo ve el futuro este antropólogo y escritor saharaui.

miércoles, abril 01, 2020

El Sáhara en Minnesota: el 'jet lag'

Bahia Mahmud, Aminetu Haidar y Limam Boisha. Al fondo el Río Mississippi

Por: Limam Boisha | (Abril 2014)
Al parecer sigo todavía con los síntomas del cambio, con la descompensación horaria o, como popularmente se le conoce, el jet lag. Eso me han dicho algunas personas. Porque tengo sueño a todas horas, como si me hubiera picado la mosca tse tse. Y no sé si fue anoche, ayer, la semana anterior o el mes pasado, cuando escribí estas notas.
Para los que no lo han experimentado, parece que cada uno tiene el suyo particular. Bahía, mi compañero de viaje a Minnesota, (EE.UU), me dijo: "Para evitarlo tengo que ayunar durante todo el viaje hasta llegar a destino”. Otros piden comida vegetariana durante el vuelo: “La comida vegetariana es ligera y te evita los efectos".
Para mí fue como si me hubieran propinado un golpe. Uno contundente y tan efectivo que ni me di cuenta. Y que sin embargo, me dejó noqueado. Sigo sin saber a ciencia cierta qué me estaba pasando. ¿Qué me pasó?
El jet lag provoca insomnio y ganas de ir a orinar a cualquier hora de la madrugada.  Si es de noche, en tu cabeza resulta que es de día. Si es de día, en tu cuerpo y mente resulta que es de noche. Si crees que puedes combatirlo con café o té, estás equivocado. Eso no hace más que empeorarlo.
Ay, el café, el café americano. Por cierto, ¿por qué es tan complicado pedir uno con leche en los Estados Unidos de América? No saber la lengua solo es un obstáculo. Le dices al camarero que te traiga un café con leche y se queda desconcertado. Es como pedir a un saharaui que elija qué tomar entre tantas bebidas. Esa expresión que los saharauis ponemos, sobre todo, cuando venimos por primera vez al mundo desarrollado y nos dicen:
¿Qué quieres beber? ¿Coca Cola, normal, light, zero?... ¿Fanta, Sprite, Acuarius?... ¿Algún zumo?… Hay de naranja, tropical, mediterráneo. ¿Qué te apetece?
¿…? 
¿Café?, ¿descafeinado de máquina o de sobre? ¿Solo?, ¿con leche?, ¿entera o desnatada?, ¿fría, caliente, templada? ¿Alguna infusión en especial?
¿…? Silencio
Nos quedamos inmóviles, con una interrogante que atraviesa nuestros cerebros y rostros sin saber qué responder. A uno le dan ganas de gritar: “Quiero beber algo…Lo que sea”. Y el que ofrece, se queda sorprendido. No sabe qué decir y mucho menos elegir por otro, que solo está acostumbrado a una bebida. Agua, leche en polvo o un vaso de té. En el mejor de los casos, cuando hay invitados, aparecen en el escenario de la jaima un par de bebidas refrescantes.   
Pues una cara de desconcierto y sorpresa así es la que pone un camarero americano cuando le dices con lo que consideras impecable inglés de Oxford o en su caso, acento americano de Minnesota: coffee with milk. Él sacude su cabeza y te responde: “oh, yes, of course”. Con esa expresión jovial nacida del mismísimo espíritu del sueño americano. Se va a traerte tu café con leche. Y tú dices: "uy, no puedo creerlo, me ha entendido a la primera. Pues no hablo tan mal el inglés como pensaba”. Entonces te relajas y te quedas conversando con tu amigo sobre los paisajes helados de Minnesota, la belleza de algunos monumentos, teatros. La estabilidad de siglos que tienen en su territorio. La eficiencia con que hacen muchas cosas. Se ve enseguida que no tienen ganas de bajarse del burro de la Primera Potencia mundial.
Minutos después llega el camarero con una enorme jarra de plástico llena a rebosar de café. La coloca que te tapa la vista. No acompañada de la leche que has pedido, of course, sino de una sonrisa blanca y contagiosa que te impide reaccionar y corregir el pedido. Y mientras, miras el tamaño del vaso y tus ojos resbalan y se ahogan en la sorpresa de tanto café. Al mismo tiempo intentas construir tu mejor frase, para decirle que se ha equivocado de mesa y que tú no has pedido dos coca-colas en un mismo vaso, (a no ser que ellos hagan la oferta del 2x1), sino un café con leche. Buscas al camarero y ves que éste ya desapareció tras una pared infranqueable, que imaginas que puede ser la de la cocina.
Observas los comensales de las mesas del restaurante y llama tu atención que todos están ante enormes platos de carne, patatas, verduras y te quedas con la duda: ¿La gente está comiendo o cenando? ¿Cómo es posible que esté pidiendo el desayuno? ¿Qué hora es? ¿Es el efecto del jet lag?
Luego te relajas e intentas solucionar el desaguisado con el camarero. Preparas tu frase de intelectual africano de visita en una universidad americana, que viene por una semana. En seguida, otro extraño pensamiento (no puede ser más que producto del jet lag), cruza por tu febril mente: ¿Qué es la tan cacareada multiculturalidad? ¿Acaso no es integrarse en otra cultura?
Si es así multiculturalidad significa, en este caso, probar un café americano. Uno de verdad, auténtico. Entonces, decides dejar al camarero en paz y te tomas el café-jarra-cocacola. Lo pruebas y no puedes con él. Sabe más a agua que a café. (Aunque a ellos les sirve para combatir el frío). Te armas de valor y te rebelas. Ya tienes tu frase hecha y vuelves a llamar al camarero.  Viene con su misma sonrisa, pero sin la leche que has pedido y no te digo ya las tostadas. Le pides que te traiga otro vaso vacío, leche caliente, un par de tostadas y un vaso de agua sin hielo.  Le haces entender que te corre prisa. ¡Vas a dar una charla sobre cultura saharaui! Please. Se va con cara de qué es lo que ha pedido este hombre.
No tarda ni tres minutos y te trae dos enormes termos, uno de café y otro de leche, dos vasos de agua fría, uno con y otro sin hielo, otro más con agua del tiempo.  Te coloca el pedido encima de la mesa. Consciente de que no sabe ni lo que has pedido. Pero ya se sabe que el eslogan de algunos camareros es “vamos a ver si cuela o no cuela”.
El camarero se aleja con una expresión, que no puede ser más que una frase: ¡Qué raros son estos extranjeros! Mandas tras él las gracias, porque se ha esfumado. Te pones a preparar tu extraño pedido. Miras el escenario: hay tres vasos llenos de agua. ¿Para qué tres vasos? Resignado coges el de agua con hielo. Miras y ves que nadie te observa. Lo vacías en la jarra del café. Y dices: estoy mejorando la fórmula del café americano. En ese vaso vacío, pones café por aquí, leche por allá y ya tienes un café con leche versión española. ¡No me lo puedo creer! ¡Por fin he podido tomar un buen café con leche!
Vas confuso a todas partes. No entiendes nada y nadie te entiende. La sensación es la de ser como un ordenador lleno de virus. Lento y en el que hay varias ventanas abiertas. Le han dado unas cuantas órdenes al mismo tiempo: encender, apagar, reiniciar, abrir pestañas, cerrar pestañas. Cuando quieres dormir estás comiendo o hablando y cuando estás durmiendo crees que tienes que conferenciar, recitar un poema o comer. ¿Es esto el jet lag o es mi propio jet lag?

domingo, marzo 15, 2020

El Turbante Azul de la ONU. A la memoria de Gary Benavides

Gary Benavides es el segundo por la derecha

Por: Bahia M.H Awah | 
Hay quienes con humildad pasan por nuestra vida y dejan profundas huellas; y hay quienes pasan y como si nunca se hubieran cruzado en nuestro camino. En homenaje al Casco Azul de la ONU, el Coronel uruguayo Gary Benavides.
Corría el año 1991 cuando Naciones Unidas mandó al Sahara Occidental su primer contingente de Cascos Azules, bajo las siglas de la MINURSO, Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental. El contingente arribó a los territorios liberados tras el cese el fuego firmado entre el Frente Polisario y Marruecos el 6 de septiembre de 1991. Era la primera etapa del plan de paz estipulado para la posterior celebración del referéndum de autodeterminación auspiciado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Este acto de celebración del cese el fuego lo describí con detalle en el capítulo V de mi libro “El sueño de volver”.
Este preámbulo en el conflicto, como paso hacia la recuperación de las aspiraciones de los saharauis, significó en aquel entonces la esperanza para muchos sueños que habían sido quebrados por la prolongación de la ocupación marroquí. Fue la primera vez en la historia que los saharauis vieron en su territorio a cascos azules de la ONU velar por un acuerdo de cese el fuego, después de dieciséis años de destructiva guerra, que transcurrió silenciada por la política de Occidente, considerándola “guerra de baja intensidad”, y por Marruecos, que ocultaba su letal hemorragia a sus súbditos.
A raíz del inicio del plan de paz que comenzaba en el Sahara Occidental conocí al entonces capitán Gary Benavides, casco azul de la ONU, natural de la República Oriental de Uruguay. Nos encontramos a principios de los años noventa cuando el oficial uruguayo, de físico alto, corpulento, de presencia imponente, dirigía uno de los primeros Team Site de la MINURSO, en la localidad saharaui liberada de Tifariti. Formaba parte de un contingente de varias nacionalidades; tengo en la memoria la arrogancia de los oficiales franceses, que transpiraban viejos olores de tiempos coloniales del “de gaullismo”.
Desde el primer momento conecté con el oficial uruguayo por su carácter humilde y cercano. Nuestro encuentro lo posibilitó el idioma castellano que tenemos en común en el Sahara Occidental y Uruguay; quizá también por la historia del dominio colonial que saharauis y uruguayos habían heredado del mismo malquistado colonizador.
La conexión humana que nos unió a los saharauis con Gary también se debió a saber entender cuándo otra persona necesita que le miremos a los ojos, le escuchemos y sintamos su dolor como nuestro. A lo que se unió el tema de la descolonización del Sahara Occidental. Gary me contó que cuando le destinaron para aquella misión, poco sabía del territorio y tuvo que pasar por un periodo de formación a cargo de funcionarios de las Naciones Unidas sobre la naturaleza de un problema persistente en la última colonia africana, junto con la búsqueda personal de información sobre el conflicto. Al llegar al territorio tenía claro adónde iba y con quién iba estar. Nada más aterrizar en Tifariti comenzó su trabajo de velar por el acuerdo del cese el fuego entre los ejércitos saharaui y marroquí. Gary quedó impresionado por la realidad sobre el terreno: la fuerza de convicción de los saharauis en sus principios de lucha y la plena razón con que se expresaban ante los cascos azules de Naciones Unidas, cuando el cometido del contingente está limitado exclusivamente a la observación del cese el fuego entre las dos partes.
En aquellos años noventa en Tifariti, tras habernos conocido muy bien el uno al otro y haber compartido muchas charlas y reflexiones sobre múltiples temas de interés general y sobre todo el proceso del Sahara Occidental, nuestra relación se fue afianzando más de lo que yo esperaba de un pasajero casco azul en misión. El contingente que dirigía en Tifariti era de varias nacionalidades y casi todas desde un posicionamiento personal mostraban simpatía hacia la causa saharaui, a excepción de los franceses. Gary era un oficial culto y autodidacta fuera de su disciplina y formación militar, faceta que le permitía desenvolverse en muchos temas.
En alguna ocasión en que hablamos sobre la dimensión humana de las personas, me preguntó si encontraba algo anormal en el comportamiento de los oficiales franceses hacia los saharauis. Y recuerdo que mi respuesta le hizo mucha gracia:
– Gary, estos oficiales franceses son piojos del régimen marroquí y siendo su país parte opaca del conflicto no deberían estar en el contingente de la MINURSO.
Gary, prudente en su trato con los demás, guardó silencio ante mi respuesta evitando cualquier tipo de comentario.
En nuestro recorrido por la zona una vez visitamos una familia nómada saharaui, que nos invitó a compartir el tradicional té saharaui que se ofrece al huésped como preámbulo de bienvenida. Al concluir el té y tras una extendida y amigable charla, cuando nos dispusimos a marcharnos la familia nos trajo un corderito y nos dijo que era un regalo para Gary. Él, perplejo ante la situación, dijo que no lo podía aceptar. Le expliqué que no debía rechazarlo porque era un gesto que los saharauis reservan para quien admiran o han oído hablar bien de su trayectoria. Gary agradeció el gesto a la familia y le llegó profundamente al corazón tal consideración; así que llevamos el corderito con nosotros al team site. Le dimos el nombre de “Lpi”, en inglés lamb of peace”. Viendo que no podíamos estar pendientes de él le propuse a Gary que lo dejáramos libre con un ganado propiedad estatal saharaui para que fuera creciendo dentro del rebaño y así lo aceptó. Creo que estos pequeños hechos desbordantes de humanidad son los retazos biográficos que constituyen la esencia para recordar a un amigo.
Hubo muchos cascos azules de varios países de Latinoamérica en la MINURSO con los que los saharauis tuvimos una especial sintonía de amistad y de cercanía por la lengua y por lo que éstos sentían sobre el proceso de descolonización del territorio. Muchos de ellos recuerdo que sufrieron represalias cuando iban de permiso al otro lado del muro que divide el territorio y ocupa Marruecos, en especial en la ciudad saharaui de El Aaiun y en el sur marroquí. Cuando regresaban de su permiso llegaban con moratones en los ojos por agresiones de los agentes marroquíes que les seguían vestidos de paisano y en muchas ocasiones les robaban, por el simple hecho de pertenecer al mundo hispano que simpatiza con el pueblo saharaui. En cambio, los oficiales franceses eran bienvenidos entre los marroquíes y pasaban sus vacaciones entre agasajos y lujosas casas de altos cargos militares marroquíes, pachás y autoridades del régimen en la ciudad ocupada saharaui de El Aaiun y en el sur marroquí. Todo esto me lleva a recordar las palabras de Ramón y Cajal cuando dijo: “¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o jamás amaste la justicia?”.
En muchas ocasiones hablábamos de aquellos convulsos años de América Latina y África y Gary me situaba en muchas interesantes historias que yo desconocía del continente latinoamericano. La amistad que tuvimos con ese coronel uruguayo era de esas que surgen por una razón que inevitablemente tenía que darse. En muchas ocasiones me decía:
– Admiro cómo los saharauis habláis el español.
Y en mis respuestas, que surgían entre bromas de amigos en las que a veces se mezclaba el surrealismo y la realidad, le decía:
– Gary, la metrópoli nos enseñó como a vosotros que esta lengua “fija, limpia y da esplendor” y la razón que los saharauis le encontramos es porque nos une a vosotros, los hermanos latinoamericanos, y a todos nos aleja de la francofonía y su política en la región, con la que Marruecos intenta engullir un factor más de nuestra identidad.
Cuántas veces recuerdo que me decía, partiendo de su doctrina onusina de predicar siempre la paz:
– Acuérdate amigo Bahia que vuestra generación tiene una comprometida misión por la paz y la libertad.
Y yo le decía a veces con cierta ironía que Marruecos no nos dejaba esa opción “paz por libertad” que soñamos y por la que pagamos un alto precio. Algo aprendí al respecto leyendo la biografía del mítico escritor franco argelino Franz Fanon, cuando decía: “Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”. Guardo muchos recuerdos de ese oficial que consagró su vida por hacer velar los principios que nuestra humanidad intenta predicar, a pesar de los fracasos en su carta magna y en muchas partes de nuestro planeta.
A partir de finales de los años noventa no tuve más información sobre el que llegó a ser mi gran amigo; hasta que no hace mucho aproveché el paso por Madrid de Emiliano Gómez, histórico amigo del pueblo saharaui y fundador de la Asociación de Amigos de la República Saharaui en Uruguay. A Emiliano le hablé del oficial Gary Benavides y le pedí que hiciera lo posible por localizarle en Montevideo, lo que a todos nos haría recuperar a un gran amigo de la causa. Emiliano me prometió que haría todo lo posible para encontrarlo. Pasado un tiempo recibí un breve email en el que Emiliano me decía que había podido localizar a la familia de Gary; me comunicaba la triste noticia de que mi amigo había fallecido dos meses atrás. Sentí profundamente la incalculable pérdida y escribí a su hermano Robert y a su viuda Graciela, con los que Emiliano me puso en contacto, para trasmitirles mis condolencias.
Gary Benavides nació el 8 de enero de 1956 en la singular y pintoresca ciudad de Rivera, situada al norte de Uruguay y que limita con su gemela de alma ciudad brasileña Santana do Livramento. Dos límites entre los que se había criado Gary, según me comentó su viuda, a los que se conoce como “la frontera de la Paz” por la convivencia en armonía de los habitantes de ambas ciudades.
Gary Benavides a los dieciocho años se trasladó desde esa frontera de la paz a la capital de Uruguay, Montevideo, para comenzar su carrera militar. Sus primeros trabajos le llevaron a la Antártida. En 1992 pasaba a formar parte de los cascos azules en Camboya; entre 1995 y 2003 fue el periodo en el que estuvo destinado en los cascos azules de la MINURSO en el Sahara Occidental, pasando posteriormente por la República del Congo y Haití, lugares donde también había dejado  muchos amigos. Así me lo confesaba en un email su viuda Graciela Sanchez, en estos términos: “te puedo asegurar que tiene amigos en todas partes en las que le tocó vivir. Tú fuiste su amigo y sabes de qué te estoy hablando”.
La naturaleza de la amistad que guardo de este casco azul uruguayo me traslada a mis años de bachillerato en Argelia. Recuerdo haber visto entonces ‘La batalla de Argel’, una película filmada en blanco y negro que plasma los orígenes, el estallido y el fin de la guerra de liberación de Argelia y el brutal dominio colonial francés en la ciudad de Argel, durante el periodo que transcurre entre 1954 y 1957; un guion cinematográfico del director italiano Gillo Pontecorvo, que finalizaba la película con un rápido salto temporal que conducía hasta el momento de la independencia de Argelia en 1962. En mi memoria imborrable aún está presente una secuencia del final de la película, como los momentos que te quedan de un amigo que se ha ido. Un clandestino revolucionario argelino, al saber de la derrota francesa, se trasladaba a un cementerio en el que habían enterrado a muchos compatriotas durante la guerra; en mitad del camposanto, con voz eufórica, quebrada por el dolor y la alegría, se dirigía a toda voz a los cientos de mártires que ahí descansaban, para decirles: “¡Compatriotas, compatriotas, levantaros, levantaros que ha llegado la libertad!”.
Hacía ya más de tres décadas que yo había visto por primera vez aquella escena de la ‘La batalla de Argel’ en la que aquel revolucionario anticolonial arengaba y pedía a los muertos que se levantaran para ver la libertad. Al enterarme de que el Coronel Gary nos había dejado y descansaba en paz, recordé sus consejos: “soldados de la paz y la libertad”, y mi espontánea respuesta de que “no nos dejaron paz por libertad”.
Volví a revivir casi la misma secuencia, pero esta vez la imagen era real y se repetía en Túnez, durante el estallido de la revolución de los Jazmines contra la dictadura de Zine El Abidine Ben Ali. Un hombre se veía en plena calle enfrentado con los últimos reductos del régimen tunecino; con voz fuerte, ronca y desolada, gritaba a todo pulmón a sus compatriotas: “¡Oh tunecinos, que habéis sufrido las torturas! ¡Oh tunecinos, que habéis sufrido las cárceles”, ¡Oh tunecinos, que habéis sido humillados y marginados!  ¡Levantaros por vuestra libertad! ¡Levantaros por vuestra libertad!” Con esta imagen el director de cine español Alvaro Longoria y el afamado actor Javier Bardem introducían su película ‘Hijos de las nubes, el Sahara la última colonia’, aquel país donde estuvo destinado el coronel Gary y del que siguió su proceso de descolonización. 
Hay quienes con humildad pasan por nuestra vida y dejan profundas huellas; y hay quienes pasan como si nunca se hubieran cruzado en nuestro camino. Gary Benavides pasó por mi vida y entre nosotros quedó la amistad; el aprecio por un peculiar hombre convertido en hermano que nunca estuvo indiferente ante nuestro proceso de descolonización, como no lo estuvo su jefe de aquellos años, el exembajador estadounidense Frank Rudy, u otros altos funcionarios de la ONU, como el exresponsable de la MINURSO el italiano Francesco Bastagli y tantos otros amigos que conocimos gracias a su paso por nuestra patria saharaui. Todos ellos estarán siempre en nuestro corazón.
Turbante azul
Mi verso hasaní, querido amigo,
y mi gaf  castellano
es alma que te vela
y surca tus caminos
de ida y vuelta,
sendero de paz.
Desde el cielo de Tifariti
al pozo Agua Dulce de Birlehlu,
o a los verdes campos de tu Rivera.
Hijo predilecto de Tifariti,
peregrino Turbante Azul,
Casco Azul de amistad,
uruguayo nacido en Rivera,
hijo de pintorescas
fronteras de paz.
Selvas y desiertos,
en los cerros de Tifariti
te respiran
como en los llanos de Rivera
y desde iglesias, campanas por tu alma
repican en Santana do Livramento.
Querido Gary, los saharauis cuando se nos va un amigo decimos “Dios nos lo ha traído y Dios nos lo ha llevado”. En paz tu alma, que siempre ha velado por la paz, descansará eternamente entre nosotros.

domingo, marzo 01, 2020

El mártir


Por: Larosi Haidar.
Tras el primer año de negrura y terror, inyectados despiadadamente en toda alma saharaui a fuerza de violaciones, torturas y asesinatos masivos que las hordas alauitas cometían sin miramientos, parecía que se hizo un poco la luz. Engañosa, muy engañosa, pero al fin y al cabo era una luz. Lucecita. Se podía salir a la calle. Los niños podíamos jugar fuera de casa. Fui al cuarto de los trastos en busca de una pelota. Unas cuantas cajas, el armario..., y hete con lo que me topo: unas aletas. Las tomo, acaricio su suave azabache y me sumerjo aleteando en su memoria, pues no eran unas aletas cualesquiera, eran Las aletas. Sus aletas. Las aletas que él utilizaba en su entrenamiento de preparación para ser buceador con la Empresa, años atrás, antes de que España tomara las de Villadiego y llamara a esta acción de abandono Operación Golondrina. Nombre muy pertinente desde el punto de vista de la rapidez del abandono pero que, desde el punto de vista de su espíritu, debió llamarse más bien Operación Gallina.
Afortunadamente, las aletas seguían en perfecto estado y más o menos sujetaban mis pies. No como antes, cuando él estaba, que me parecían del tamaño de una tabla de surf. Recuerdo su sonrisa cómplice y su broma:
– Come algo, espera unos minutos para que te haga crecer, y verás cómo te quedan bien.
Así era él. A veces, cuando estaban con él sus amigos pasando el rato y contándose anécdotas, nosotros, los pequeños, nos acercábamos para escuchar boquiabiertos y con los ojos como boliches. No le importaba que estuviéramos, aunque, eso sí, había que respetar las normas de la hashma, que es ese pudor, respeto y discreción que todo saharaui debe guardar, especialmente en presencia de individuos de diferentes edades. Así que cuando él quería tocar un tema que no nos incumbía a los menores, nos decía con su sonrisa perenne:
– Venga niños, salid, practicad la hashma durante un minuto y luego podéis volver.
Así era él. Incluso recuerdo que tocaba la guitarra, canturreando Déjame en paz, niña, déjame del famoso cantante local de entonces, Nayem. Pero sobre todo recuerdo su felicidad y alegría cuando se casó. Fue durante las vacaciones de Semana Santa. En un día soleado y apacible, partimos todos del Aaiún, con el coche dando brincos por la destartalada carretera de Daora, para llegar al lugar de la esperada celebración: Tantán, localidad sobria y orgullosa que encabeza la entrada al desierto; ciudad saharaui amputada injustamente y entregada maniatada e indefensa al vecino Marruecos como pago por traicionar a los saharauis. Y en Tantán todos disfrutamos de la hospitalidad y el cariño de los tantaníes. Él estaba radiante. De hecho, ese fue su último recuerdo, la última imagen suya que tengo grabada en la memoria: envuelto con majestuosidad en una darraa celeste estrepitosa y repartiendo generosamente sonrisas de índigo y Rêve d'or. Luego, se fue, se nos fue al sur, se unió a las filas de los zuwar que luchaban por la liberación de la patria. Corría el año 1974.
Además de las aletas, también hallé las gafas, aunque nunca me gustaron porque me sentía incómodo poniéndomelas. Incluso me inventé un adjetivo para ellas solitas. Decía que no me gustaban porque eran escafandrosas. Supongo que su parecido con una escafandra debió ser escandaloso. En todo caso, las respeté y cuidé con cariño hasta el último día, cuando desaparecieron junto a todas las pertenencias de la familia. Un coronel del ejército de ocupación marroquí aprovechó nuestra ausencia vacacional para convertir en botín de guerra todo lo que había en nuestra casa. Un destacamento de soldados alauitas se encargaría de la faena mediante la ayuda de un camión militar GMC. Se lo llevaron todo. No se salvaron ni las gafas escafandrosas.
Y también recuerdo aquel día fatídico. Lo recuerdo como si fuese ayer mismo. La televisión marroquí no se cansaba de repetir las imágenes una y otra vez. Al parecer, había tenido lugar en Mauritania una importante batalla entre el Ejército mauritano y el Ejército de Liberación saharaui. Las imágenes mostraban a supuestos combatientes saharauis hechos prisioneros, además de cadáveres y material bélico incautado. Entre los caídos, se citaba al líder saharaui Luali Mustafa Sayed. En un primer momento, no supe qué decir ni qué creer ante las imágenes emitidas, sin embargo, pocos segundos después me quedé sin respiración. Era verdad, son saharauis. Había reconocido, entre los presos expuestos ante la cámara, al esposo de mi prima hermana Lamina.
Años más tarde, se me desgarraría el corazón al saber que entre los caídos ese día en combate se encontraba él. Él también había muerto luchando por la libertad. Había entregado lo más valioso, la vida, para que su patria fuera libre; para que todos fuéramos libres. Él, como muchos jóvenes de su generación, se sacrificó en el nombre de la libertad y se convirtió en mártir. Podría tener el nombre de cualquiera, pues fueron muchos los que siguieron la senda de la abnegación y el martirio. Su nombre era Babahmed Buchar Haidar, más conocido como shahid Harma, el mártir Harma. Era mi hermano mayor. Cuando murió, el miércoles nueve de junio de 1976, tenía veintitrés años.

sábado, febrero 15, 2020

El deyar y la montaña


Por: Mohamed Salem Abdelfatah Ebnu. Ilustración de Roberto Maján
Aquella mañana, todo estaba en calma, el cielo limpio, la arena intacta, las piedras relucientes, los árboles y arbustos verdes y olorosos, era como si el mundo acabase de nacer. No había huellas, ni señales, solo un paisaje inexplorado, desconocido.
La tormenta de arena, errih[1], había borrado todas las huellas, no dejó rastro alguno sobre la tierra.
Si se pronuncia su nombre, decía mi abuela, hay que poner los dedos en el suelo, mirar hacia el cielo y rogarle a Dios que la aleje y la mande por otros senderos. Ella, decía, es una creación maléfica, oscura, pertenece a los innombrables, a los dueños de las tinieblas y el tormento.
Pero es nuestro sino, es nuestra vida: hermosamente dura.
Inexplicable belleza que un día aparece radiante y otro, de repente, se esfuma.
Es nuestra vida, donde se juntan dos ingredientes que los seres humanos necesitan para sobrevivir, amor y paciencia. Si no puedes amar la aridez yerma de la inmensidad de un espejismo, ni no tienes paciencia para esperar que llegue la sombra o que amaine la tormenta, entonces éste no es tu mundo.
La arena forma parte del ser, de la piel, está en los ojos, en el pelo, en el pan de cada día. Somos también de arena, porque corre por nuestras venas, anida en nuestros pulmones y cicatriza nuestras heridas y además, de algún modo, un poco también, somos tormenta.
Las huellas del deyar[2] y de su camello eran el único signo de que había alguien sobre la faz de la tierra.
Se encaminaron hacia la montaña, que a lo lejos, oteaba los cuatro puntos cardenales. La mañana era fresca y luminosa y la montaña se alzaba sobre el horizonte, como si estuviese suspendida en el aire, flotando sobre una alfombra de plata.
A mediodía estaban a los pies de la montaña y sin bajarse del camello el deyar preguntó:
Por Alá !Oh, Turarin[3]! Decidme
si sabes de unas camellas ashar[4]
que hace, tal vez, uno o dos días ante
tu indeleble mirada tuvieron que pasar.
Y la montaña respondió:
¡Oh, deyar! Por favor, detente, 
acércate y pregúnteme por lajbar[5]
Pero te juro por el Señor que bajo
este cielo me construyó de piedra,
que no he oído nada sobre tus
extraviadas camellas ¡Oh, deyar!
El dromedario es un símbolo de libertad, es el dueño de la inmensidad, señor de la distancia; por eso, a veces, se aparta, quién sabe buscando qué caminos, persiguiendo qué aromas, siguiendo qué rastros. Debe ser que el instinto aconseja, que el sentido ordena: moverse, caminar, ir en busca del horizonte…aunque la tormenta de arena muchas veces tiene la culpa, porque confunde, aleja, desorienta.
Cuando “se pierde” un camello y no es posible dar con sus rastro, ni tener noticias de su paradero, el dueño lo espera en el pozo, donde acostumbra beber. Cuando aprieta el calor y el dromedario necesita agua, vuelve siempre al pozo, al abrevadero donde aplacó su última sed.
Pero no siempre se puede esperar a que el camello regrese, no siempre el dromedario encuentra a su deyar, y más, cuando se trata de camellas preñadas. Es, entonces, cuando el deyar comienza su labor de búsqueda, de investigación, haciendo un exhaustivo análisis de las señales que se manifiestan entre el cielo y la tierra, un indicio, una huella que lo lleve al objetivo, aunque sólo sea una osamenta. Una rama de acacia quebrada, una retahíla de bosta, o el graznido de un cuervo en la lejanía, aunque sólo lleve al esqueleto de un dromedario vencido por la sequía.
La montaña no tenía las respuestas que buscaba. Sin embargo, el deyar, se quedó toda la tarde a su lado, mirando la soledad, buscando los signos de un pasado que siempre se restablece, se repite; una marca en la memoria que nunca desaparece.
El deyar recuerda su primera ausencia, sus primeros pasos, sus alegrías y sus derrotas. Siempre vuelve la mirada hacia un pasado sin edad, cuando partió por primera vez siguiendo el rastro de un dromedario, porque su destino es un continuo viaje entre el principio y el final.
Se despidió y se fue a preguntar a otras montañas, a los pozos, a los cauces de ríos secos y las viajeras dunas por sus camellas ashar.
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  1 Errih: tormenta de arena.
  2 Deyar: buscador de camellos
  3 Turarin: conocida montaña del Sahara Occidental.
  4 Ashar: nombre que reciben las camellas durante los cuatro primeros meses de gestación.
  5 Lajbar: noticias, información.