sábado, febrero 15, 2020

El deyar y la montaña


Por: Mohamed Salem Abdelfatah Ebnu. Ilustración de Roberto Maján
Aquella mañana, todo estaba en calma, el cielo limpio, la arena intacta, las piedras relucientes, los árboles y arbustos verdes y olorosos, era como si el mundo acabase de nacer. No había huellas, ni señales, solo un paisaje inexplorado, desconocido.
La tormenta de arena, errih[1], había borrado todas las huellas, no dejó rastro alguno sobre la tierra.
Si se pronuncia su nombre, decía mi abuela, hay que poner los dedos en el suelo, mirar hacia el cielo y rogarle a Dios que la aleje y la mande por otros senderos. Ella, decía, es una creación maléfica, oscura, pertenece a los innombrables, a los dueños de las tinieblas y el tormento.
Pero es nuestro sino, es nuestra vida: hermosamente dura.
Inexplicable belleza que un día aparece radiante y otro, de repente, se esfuma.
Es nuestra vida, donde se juntan dos ingredientes que los seres humanos necesitan para sobrevivir, amor y paciencia. Si no puedes amar la aridez yerma de la inmensidad de un espejismo, ni no tienes paciencia para esperar que llegue la sombra o que amaine la tormenta, entonces éste no es tu mundo.
La arena forma parte del ser, de la piel, está en los ojos, en el pelo, en el pan de cada día. Somos también de arena, porque corre por nuestras venas, anida en nuestros pulmones y cicatriza nuestras heridas y además, de algún modo, un poco también, somos tormenta.
Las huellas del deyar[2] y de su camello eran el único signo de que había alguien sobre la faz de la tierra.
Se encaminaron hacia la montaña, que a lo lejos, oteaba los cuatro puntos cardenales. La mañana era fresca y luminosa y la montaña se alzaba sobre el horizonte, como si estuviese suspendida en el aire, flotando sobre una alfombra de plata.
A mediodía estaban a los pies de la montaña y sin bajarse del camello el deyar preguntó:
Por Alá !Oh, Turarin[3]! Decidme
si sabes de unas camellas ashar[4]
que hace, tal vez, uno o dos días ante
tu indeleble mirada tuvieron que pasar.
Y la montaña respondió:
¡Oh, deyar! Por favor, detente, 
acércate y pregúnteme por lajbar[5]
Pero te juro por el Señor que bajo
este cielo me construyó de piedra,
que no he oído nada sobre tus
extraviadas camellas ¡Oh, deyar!
El dromedario es un símbolo de libertad, es el dueño de la inmensidad, señor de la distancia; por eso, a veces, se aparta, quién sabe buscando qué caminos, persiguiendo qué aromas, siguiendo qué rastros. Debe ser que el instinto aconseja, que el sentido ordena: moverse, caminar, ir en busca del horizonte…aunque la tormenta de arena muchas veces tiene la culpa, porque confunde, aleja, desorienta.
Cuando “se pierde” un camello y no es posible dar con sus rastro, ni tener noticias de su paradero, el dueño lo espera en el pozo, donde acostumbra beber. Cuando aprieta el calor y el dromedario necesita agua, vuelve siempre al pozo, al abrevadero donde aplacó su última sed.
Pero no siempre se puede esperar a que el camello regrese, no siempre el dromedario encuentra a su deyar, y más, cuando se trata de camellas preñadas. Es, entonces, cuando el deyar comienza su labor de búsqueda, de investigación, haciendo un exhaustivo análisis de las señales que se manifiestan entre el cielo y la tierra, un indicio, una huella que lo lleve al objetivo, aunque sólo sea una osamenta. Una rama de acacia quebrada, una retahíla de bosta, o el graznido de un cuervo en la lejanía, aunque sólo lleve al esqueleto de un dromedario vencido por la sequía.
La montaña no tenía las respuestas que buscaba. Sin embargo, el deyar, se quedó toda la tarde a su lado, mirando la soledad, buscando los signos de un pasado que siempre se restablece, se repite; una marca en la memoria que nunca desaparece.
El deyar recuerda su primera ausencia, sus primeros pasos, sus alegrías y sus derrotas. Siempre vuelve la mirada hacia un pasado sin edad, cuando partió por primera vez siguiendo el rastro de un dromedario, porque su destino es un continuo viaje entre el principio y el final.
Se despidió y se fue a preguntar a otras montañas, a los pozos, a los cauces de ríos secos y las viajeras dunas por sus camellas ashar.
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  1 Errih: tormenta de arena.
  2 Deyar: buscador de camellos
  3 Turarin: conocida montaña del Sahara Occidental.
  4 Ashar: nombre que reciben las camellas durante los cuatro primeros meses de gestación.
  5 Lajbar: noticias, información.

sábado, febrero 01, 2020

Abdelfatah


Por: Bachir Ahmed Aomar. Ilustración de Roberto Maján
Esta entrada ha sido escrita por, miembro de la Generación de la Amistad Saharaui y director del programa Sahara desde Canarias en la emisora de radio Guiniguada.
La verdadera historia de los pueblos se construye en base a cosas pequeñas. Siempre, los vencedores se apoderan y acomodan a sus intereses lo que realmente ocurre en los diferentes lugares del mundo, parece que tergiversar sea uno de sus principios básicos. De alguna manera, la única forma que tenemos “los nadie”, como diría Galeano, de contar nuestra historia, es dejar constancia de ella, relatarla tal y como realmente ocurrió, pensar que en el futuro nuestros hijos puedan utilizarla para reivindicarse ante la farsa de los poderosos. El pueblo saharaui, pequeño e indefenso ante múltiples intereses, solo en su larga lucha por reivindicaciones totalmente legítimas, es un ejemplo real del ocultamiento de su verdadera historia. Nos corresponde a los saharauis contar los hechos de los que hemos sido testigos para dejar constancia de nuestra verdadera historia. No dejar que sean otros los que la construyan basándose en hechos falsos o buscando un interés concreto, que no es el de los propios saharauis, como vemos en posturas engañosas desde la perspectiva histórica del invasor de nuestro país (Marruecos).
Después de casi cuarenta años, sorprende ver la imposición de ciertas tesis, con las que se pretende demostrar la marroquinidad del Sahara Occidental, tanto por parte de Marruecos, como de ciertos países que lo apoyan. Desde el comienzo del conflicto, es permanente la agresión marroquí contra el pueblo saharaui. Diferentes hechos demuestran que no es gratuita la violación sistemática de los derechos de los ciudadanos saharauis, no solo ahora, también lo ha sido en el pasado, desde el mismo comienzo de la ocupación. Casi se puede afirmar que el Acuerdo Tripartito de Madrid dio manos libres a Marruecos para sentirse totalmente respaldado en su política de agresión contra el indefenso pueblo saharaui, ya que, aunque teóricamente los administradores del territorio eran los tres firmantes del documento, el que se esforzaba por controlarlo y ejercer con fuerza su dominio, era Marruecos. España responsable máximo de la seguridad de los españoles saharauis, siguiendo las directrices de lo firmado en Madrid el día 14 de noviembre de 1975, envió sus tropas fuera del territorio mientras sus representantes en la administración tripartita cerraban los ojos ante las arbitrariedades del ejército marroquí.
Los dos últimos meses del año 1975, fueron terribles para la población saharaui, que sintiéndose abandonada por el estado español, buscaba la ocasión para salir de las ciudades que ya habían sido ocupadas por las tropas invasoras. La situación se tornó difícil para unas personas que apenas conocían el desierto y que solo deseaban sentirse seguras lejos de los ejércitos extranjeros. La huída hacia el desconocido desierto, se convirtió en meta de los que abandonaban las ciudades.
Abdelfatah, un verdadero beduino, obligado a trasladarse a la ciudad buscando el sustento de su familia, obrero de la construcción, trabajador en la empresa Cubiertas y Tejados, también había optado por unirse a sus compatriotas que huían hacia el este. Seguiría la estela de todos los que desde Amgala tomaban la dirección de Mahbes, centro administrativo establecido como punto de llegada, junto a la frontera argelina. Le preocupaba la seguridad de sus seis hijos, la mayoría de corta edad. En ese deambular, llegó a Tifariti donde se había establecido un campamento que recogía a todos los llegados.
El sábado, 19 de enero de 1976, amaneció luminoso y frío, como casi todos los días de invierno en el desierto. En el campamento, había una actividad frenética. Las mujeres se esmeraban en recoger leña para encender fuego y buscar agua para preparar algo de comida con las escasas provisiones que quedaban. Los niños correteaban por entre las jaimas, la mayoría de ellas, simples harapos de colores diversos. La camaradería y solidaridad hacían olvidar las penurias por las que habían pasado aquellas personas, casi todos tenían alguna historia triste que contar sobre su presente inmediato. Si sentían miedo, no se reflejaba en sus semblantes, al contrario, sus sonrisas adornaban sus caras.
Nos llamaron para organizar el campamento. Habían pedido a la gente que se reunieran en una pequeña explanada en el centro del cauce del pequeño “uad”, desde donde recibiríamos las instrucciones para el trabajo diario mientras tuviéramos que permanecer en Tifariti. La familia de Abdelfatah había montado su jaima justamente al lado de donde se celebraba la reunión. Eran las cinco de la tarde, la fatídica hora en que se abría una nueva página en la historia del pueblo saharaui.
Los pájaros asesinos revolotearon sobre nuestras cabezas. Nos sorprendieron con sus metálicas alas cargadas de muerte. Los miramos con incrédulos ojos mientras pasaban de sur a norte. Los niños, inocentes ellos, danzaban y saludaban a su paso. Dejamos de oír su estridente ruido durante unos minutos. Cuando ya empezábamos a olvidarlos, volvieron para cumplir su misión.
Los aviones bombardearon sin piedad, ametrallaban al gentío, sorprendido en el mitin, con la seguridad de que no tendrían respuesta. El miedo invadió el campamento, el desconcierto cundió entre los presentes. Los heridos pedían ayuda, las madres buscaban a sus hijos, los hijos, asustados y perdidos, buscaban a sus madres. La tristeza se apoderó de los presentes. El recuento de los heridos se realizó en medio de un silencio sepulcral donde las lágrimas silenciaron las palabras.
La tarde se tornó gris, las personas parecían fantasmas solitarios sin rumbo definido, el futuro olía a incertidumbre. Entre tanta interrogante, la noticia fatídica, unas personas habían sido alcanzadas por la metralla y fallecieron. Un saharaui anónimo, como todos los que estaban allí, se convirtió en la primera víctima mortal de los bombardeos de la aviación marroquí contra la indefensa población saharaui, también pereció una niña de corta edad, de la que ni siquiera conocimos el nombre. Después vendrían los terribles acontecimientos del bombardeo de los campamentos en “Um Dreiga”.
Precisamente porque la historia de los pueblos se construye con pequeñas cosas, no debemos olvidar que el primer mártir de los bombardeos de la aviación marroquí contra la población civil saharaui, que cayó bajo la metralla asesina en un día de invierno de 1976 en Tifariti, era un hombre sencillo, amante de su país y su gente, se llamaba Abdelfatah Adahi.

miércoles, enero 15, 2020

La mariposa


Por: Limam Boisha
El susurro de las nubes alcanzaba el Corazón de Zaa-zaiat mientras que en otras regiones del Sahara la sequía había diezmado rebaños y devorado hasta el matiz verde que había en los árboles, y algunos animales dejaban para siempre sus esqueletos como señales bajo las ramas de las acacias espinosas.
Dos años esperó el marido y dos años esperó Trel-lu, pero todo seguía igual, como la primera noche, cuando Trel-lu acató la voluntad paterna de casarse con su primo. Ella lo repudió en secreto y nunca se acercó a su lecho. En las noches en las que él aparecía, ella se acostaba la última, se llevaba unas mantas de la jaima y se dormía en la cocina. Por la mañana se despertaba la primera para que nadie sospechara.  Jamás el marido intentó obligarla, pensando que con paciencia podría ablandarla.
Algunas tardes, cuando el rebaño regresaba de vuelta al campamento, las mujeres se preguntaban, colmadas de satisfacción al ver sus rebaños engordar y multiplicarse, cuándo llegaría la lluvia de la vida a Trel-lu. En una ocasión una de las mujeres del frig le confió que el mejor remedio para tener hijos, cuando fallaban todos los intentos, era tragar una mariposa viva.
Un día Trel-lu vio a la mujer que le confió el secreto de la fecundidad, esperándola sentada sobre la cresta de una duna.
En el camino, dijo la mujer después de los saludos, vi una mariposa y me acordé de ti. No me pude resistir y la atrapé. Con el índice sostenía con mucha delicadeza las alas de la mariposa y la extendía ofreciéndosela a Trel-lu. Una hermosa mariposa de color marrón con puntos negros.
Trel-lu se quedó perpleja ante aquel ofrecimiento y sin saber cómo ni por qué, sintió que una fuerza extraña, irresistible la lanzaba a coger la mariposa. La sostuvo un instante delante de sus ojos y la introdujo en su boca. La mariposa forcejeó en un último y desesperado intento por recuperar su alegría, sus sueños, su libertad, antes de extinguirse definitivamente su luz.
El día siguiente por la tarde, otra más del rosario de tardes sin novedad, enfermas de tanta serenidad, cuando Trel-lu volvía de su paseo por la duna cerca del frig, vio asomarse a lo lejos, en la inmensidad, a un hombre encima de su dromedario. Muchas veces había visto esa imagen y ya le resultaba indiferente, pero esta vez el corazón le dio un vuelco y una agitada mezcla de premonición y angustia le sacudió el cuerpo.
Volvió a su jaima y fingió desinterés, como casi siempre hacían las mujeres de la badía cuando se acercaba al campamento un recién llegado.
La jaima de Trel-lu era la más alejada y estaba sola, su marido se encontraba de viaje hacía un par de meses y no había vuelto.
El recién llegado guió el animal hasta la jaima que más cerca le quedaba, y que era la de Trel-lu. Desde lejos saludó y el saludo le fue devuelto desde la jaima. Entró. La mujer le invitó a sentarse y cuando le ofreció de beber –en aquel instante el joven se quitaba el turbante para limpiar su frente del sudor- el corazón se le aceleró y estuvo a punto de caerle de las manos el cuenco de leche. “Conozco a este hombre, no sé de dónde, pero le conozco", pensó Trel-lu.
El recién llegado era alto y delgado, con la piel quemada por el duro sol. "A esta chica la conozco, no sé de dónde, pero la conozco", musitó entre dientes cuando la observó detenidamente. Su nombre era Buh, y se trataba de un buscador de pasto. Habló poco, pero su voz caía y se derramaba limpia y gustosa en los oídos de ella. Tenía un brillo especial en la mirada que cautivaba a Trel-lu. Con inusual alegría se sentó a preparar el té.
Después de dos años de tedio, el mundo entero se convirtió para Trel-lu en aquellos ojos, en aquella mirada. De su cuerpo, tantos años adormecido, brotaban espigas, pájaros y sonrisas... Sentados frente a frente los dos se miraban, con disimulo al principio, con más atrevimiento después: se sostenían las miradas durante un largo rato hasta que uno de los dos no lo resistía y bajaba los ojos. Siguieron con aquel juego seductor hasta que entraron en la jaima más personas de las jaimas vecinas que se sumaban a la ceremonia para enterarse de las buenas nuevas. Después, ignorando a todos, Trel-lu y Buh siguieron escribiendo en el aire un jeroglífico que sólo dos corazones que se buscaban sin buscarse, que entraban en sintonía sin sembrarse ni cosecharse, podían descifrar.
Durante la cena el joven habló de la sequía y de las caravanas de familias que se dirigían hacia aquella región en busca de pasto. No eran noticias alegres, pero él quiso ponerles sobre aviso: Vendrá más gente y el pasto se agotará antes de llegar el verano. Una noticia preocupante para todos los que le escuchaban y llena de significados ocultos para Trel-lu.
 Aquella noche, la de su llegada, Buh prefirió dormir fuera, a la intemperie. "Para dormir necesito contar las estrellas", se excusó. Sin embargo, otras personas se quedaron a pernoctar en la jaima de Trel-lu.
Antes de salir hacia su cama de piedras y su techo de vía láctea, Buh escudriñó el lecho de Trel-lu y, cuando todos dormían, volvió a entrar sigilosamente y asomó su cabeza como un lagarto se asoma al presentir una amenaza cerca de su madriguera. Buh tocó la esquina de la estera y se postró allí durante un tiempo que le pareció interminable, inmóvil. Después dilató las ventanas de su nariz y buscó el olor de Trel-lu y lo almacenó en su cerebro. Avanzó hacia el peligro. Hacia aquel destino desconocido que le atraía y le quemaba más que el calor de todos los fuegos. Tocó una almohada y se le cortó la respiración creyendo que era alguien que dormía allí y se iba a dar cuenta de su presencia; imaginó lo peor y por un momento desfalleció. Iba a retroceder, pero por fin se recuperó y siguió su camino, poco a poco, con sigilo. La fragancia de Trel-lu aparecía y se difuminaba entre el olor de leña e incienso. Avanzó hasta alcanzar el peligro. Y el peligro le esperaba, en su lecho cubierto de noche, de ansiedad, miedo y deseo...
Las manos se encontraron y conversaron en el silencio más absoluto, igual que los corazones, las pieles y los alientos. 
El padre de Trel-lu despertó sobresaltado por una pesadilla, se levantó y desde su jaima vio la silueta de Buh salir por debajo de la jaima de Trel-lu.
Por la mañana, bien temprano, Buh se despidió, subió encima de su dromedario y continuó su camino.
Pocos días después regresó el marido de Trel-lu. Esta vez ella no fue a dormir a la pequeña jaima-cocina. Por primera vez compartió con él las mismas mantas.
Unos meses después Trel-lu estaba embarazada.
“Fue la mariposa, la magia de la mariposa”, decía la mujer que le confió el remedio.
Todo está en la mano de Dios y por qué no iba a ser a través de la baraka de una mariposa, asentían otras mujeres.
El padre de Trel-lu no paraba de darle vueltas a la imagen de Buh saliendo debajo de la jaima de su hija, pero, al mismo tiempo, revoloteaba junto a aquella turbadora visión la mariposa de la que hablaban las mujeres.

miércoles, enero 01, 2020

Mi mundo saharaui en la Nochevieja de Occidente


Por: Bahia M.H Awah
Años de exilio en Occidente, viendo trascurrir un irreversible tiempo que siempre se va apresurado con sus muy medidas y largas zancadas, sin detenerse para mirar hacia atrás y fijarse en los injustos pasos por la vida de muchas personas desplazadas de sus hogares y entorno geográfico, que es nuestro caso, el de los saharauis. Cada año ese am[1], indistintamente, recoge sus enseres para mudarse de su viejo y ya seco y desusado mrah[2], y se marcha en busca de nuevos aires y tiempos de buena bonanza, como si siguiera por intuición el pensamiento del erudito y poeta tirseño Mohamed Uld Tolba: “Tiris, tres camellas lecheras, un macho en celo, tres noches de acampada y a la siguiente debes mudarte”.
El 2013 se acaba de mudar de lmrah, y le hemos catalogado en nuestro anuario tradicional como: am eshida[3] . Este ha sido el primer año que me ha hecho pensar días antes de dejarnos, en cómo despedirlo y recibir el nuevo am. Y siendo la Nochevieja una extraña en la vida de los saharauis, como lo es el conocimiento de nuestro año de nacimiento, para mi propósito hice una regresión al pasado, a la tierra del sur saharaui, Villa Cisneros, actual ciudad peninsular de Dajla. Y repasé aquella gastronomía descubierta por mí siendo en los años setenta un curioso niño de la badia tirseña. El espíritu del fin de año y su celebración occidental me contagió y lo primero que pensé para celebrarlo fue una liza, nosotros la llamábamos tagaua, o una corvina que preparaba mi hermana mayor en el Sahara. Un pez muy conocido y codiciado entre los que hemos vivido en los núcleos urbanos costeros saharauis de la época colonial. La llamábamos curvina4, un pez perteneciente a la familia de los esciénidos, con un gran parecido a la lubina, pero de características diferentes, que se pescaba en altamar y en la bahía de Dajla.
Mi hermana Nana preparaba ese exquisito plato en los años setenta, cuando vivía en el antiguo barrio villacisnerense de Akseiquisat, Los tamices. El abandono español al territorio sin cumplir con su descolonización en 1975, le privó de ver este pez, y mucho menos de tener la suerte de volver a probarlo. Pensé en ella la Nochevieja y en muchos de su generación, y lo celebré con una buena corvina preparada al horno, como ella lo hacía y con los ingredientes que usaba para su presentación. También recordé a Ahmed el Rubio, que necesita hoy más que nunca ese plato debido a su diabetes, y le mandé un mensaje a los campos de refugiados saharauis para decirle: “Querido Ahmed, anoche la mejor manera de celebrar el nuevo año la hemos hecho pensando en vosotros, preparando una curvina, como homenaje a todos los que la habéis dejado de probar durante todos estos años de exilio desde que fuimos desalojados de nuestras casas…”.
En esta Nochevieja los recuerdos a la tierra y a todo ese cercano y lejano periodo de la infancia, me trasladaron a evocar varios veranos de los años setenta, cuando dejaba a mi pueblo natal y me iba a casa de mi hermana Nana en la península de Villa Cisneros. La corvina es un pez que puntualmente aparece cuando las aguas se presentan más cálidas de lo normal, característica de las aguas de la bahía de Dajla, El Aargub y La Güera. Y buscando referencias mitológicas sobre este pez, del que se dice que desprende un halo de cierto misterio, encontré similitud en leyendas que se cuentan sobre él con narraciones sobre el cazador saharaui en el desierto. Entre los pescadores existen múltiples relatos sobre imponentes corvinas que entraban de improviso al cebo que el pescador tenía preparado para clavar algún róbalo; relatos en los que casi siempre ganaba el pez, burlando con su potencia los frustrados intentos del hombre por pescarla.
Y esta leyenda me ilusionó por si algo así pudiera suceder con los pescadores marroquíes y españoles que saquean y expolian ilegalmente las riquezas usurpadas a los saharauis. En las mitológicas leyendas saharauis, el pastor cuando caza o cuida su ganado nunca menciona el nombre del chacal por si burla su atención y le trae mala suerte, tan solo puede referirse a él como Ba Amhamed. Una analogía que hemos observado en los términos del ilegal acuerdo de pesca Unión Europea-Marruecos, que evita a toda costa mencionar las aguas del Sahara Occidental. No sé cómo los europarlamentarios piensan que van a minimizar el daño a los saharauis, esquivando mencionar el Sahara Occidental. Mi deseo para este año es que la corvina saharaui burle las furtivas y expoliadoras redes de arrastre y hacerles que por la justicia tiemblen sus ensangrentadas manos y las retiren de nuestros peces. Vendrán otras Nocheviejas en las que inevitablemente se abrirán las puertas de la razón, como dijo en los años veinte el poeta y guerrero Edjil Uld Sidi Baba a los mauritanos que luchaban al lado de ejército colonial francés contra los saharauis: (…) el dilema está en el futuro, / y es mejor el perdón a tiempo / antes de que se cierren / las puertas de la misericordia.
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1. Año en hasania
2. Lugar de pasto en el desierto donde las familias nómadas saharauis pasaban un tiempo mientras se agotaban los pastos, para luego ir en busca de otro sitio nuevo, con pastos y agua para la familia y el ganado.
3. Am eshida, se dice al año de mucha sequía y hambruna en la sociedad saharaui.
4. Corvina, en hasania curvina, palabra arrastrada del español al registro saharaui en hasania.

viernes, diciembre 27, 2019

El jardinero del pedagógico


De Chejdan Mahmud
Era viejo, encorvado. Pegado a una carretilla, un rastrillo y una guataca. Las piernas abiertas siempre escondidas tras un pantalón amarillo, denotan fatiga. Las manos grandes y redondas ya gastadas por el trabajo. Tez blanca, nariz ancha, bien calvo, aunque siempre llevaba un gorro militar muy descolorido y arrugado, quizás se puede creer que es para ocultarla, pero no, en Cuba el sol es justiciero y la gorra es un atuendo muy habitual. Que, en fin, era la silueta de un hombre entregado a su vida y a su quehacer, jardinero, era muy buen jardinero, el mejor posible.
El jodido viejo era muy simpático e introvertido, le gustaban demasiado las mujeres, claro era jardinero, así que nada extraño, teniendo en cuenta aquello de cultivador de belleza.
El jardinero del Pedagógico, sobre todo era fiel a su trabajo, lo amaba y lo hacía a la perfección, algo que no dejaba a nadie indiferente, porque él creaba obras. El viejo plantaba flores y rosas allá donde quisiese y les ponía el color que quisiese, hasta los arbustos que plantaba para hacer caminos o para cerrarlos tenían encanto y picardía a la vez, era para ahuyentarnos o atraernos de un sitio a otro. El viejo era muy bueno haciendo su trabajo si, y por ello lo admirábamos y nos parábamos a hablar con él, a indagar con él, aunque solo eso, al fin y al cabo, es cuestión de admirarle, o, con un gesto o un hola desde lejos. Él siempre correspondía, porque era un artista. (...)  
No creo que nadie sabía nada de su vida, más allá de que era el jardinero del Pedagógico. Nosotros le veíamos cada día laborable, mañana y tarde. Su silueta y su sombra estaban fijas en las pupilas de todos y cada uno y, no es que era omnipresente, tal vez nosotros somos los que lo éramos. En realidad, el Pedagógico tenia forma circular y en medio estaban los jardines y paseos que dirigían a todos lugares propios de la institución universitaria: ya sea a los dormitorios o a las aulas, los comedores, los campos deportivos, la piscina o a la cafetería.
Nuestra vida giraba en círculo alrededor de él, y a través de él.
El viejo regalaba flores preciosas a miles, a todas ellas por supuesto y a ellos si las pidiéramos, siempre las daba con el gesto preciso de encorvarse sonriendo y saludar. El viejo, aunque no lo puedo precisar, tentaba a las mujeres con cada flor, con cada saludo con cada sonrisa. No es para menos.
Transformaba el barro en jardines. Serpenteaba los caminos, los alargaba y los hacía más cortos. Los coloreaba a su genial gusto, hasta los hacía sombreados y frescos. Las caricias infinitas que daba a sus plantas eran como un soplo de vida para ellas, porque a solo dos días de plantarlas emergían fogosas, tiernas y radiantes como de milagro. Algo les susurraba, algo les impregnaba que, dichosas asomaban a la vida sin dilación. El viejo arrugado y encorvado, sabia de la vida doblemente, sabía de la humana, porque él es humano y sabia de las plantas tanto como de sí mismo. Su vida, en el Pedagógico, estaba ligada a nosotros, que éramos los estudiantes universitarios y los futuros profesores, porque nos hacia la vida más amena, más colorida, aunque nuestra vida de antaño que veíamos colorida y disfrutábamos coloradamente, intrínsecamente iba a la par con su artificio y su criterio romántico.
Al atardecer se iba del Pedagógico como venía: en su pequeña bicicleta que apenas rodaba, su imagen en esa bici, completaba el circulo de su vida entre nosotros, porque esa silueta viejuca en esa bici diminuta, también de por sí era otra historia. Apenas cuando se va o viene, importaba algo, aunque tenía un aspecto jocoso, el señor mayor de la bici pequeña, susurrábamos. Siempre le he recordado. A mi modo de ver era algo romántico, bonito y sobre todo admirable.
¡Ay, viejo!, por tu culpa hoy no soy jardinero y, verme tranquilo con mis plantas y mis rosas y mis caminos de hierba y poder admirar la hojarasca que cae medio muerta para dejar sitio a una nueva vida, rastrillar y juntar esas hojas para hacerme una cama y dormitar una que otra siesta, como hacías tú.
¡Ay¡, viejo jardinero del Pedagógico, tu no me dejaste, aunque sea aprender a ser como tú, un buen jardinero un buen cuidador, una persona más culta más inteligente. Si no te hubiera conocido, seguro hoy sería jardinero y así quizás me admiren las plantas las rosas y hasta los humanos.
Viejo. Con todo, cuando intenté ser jardinero, no pude y salte las normas de la vida y tiré la guataca y salí corriendo del jardín, luego renuncié siquiera ir a la agencia para cobrar los días trabajados, mi enfado, no me creía digno de cobrar nada, era por respeto a la persona y a la profesión de jardinero, por una vez fui consecuente. Tú me enseñaste el valor de los jardineros y ya eso no cambiará para mí nunca. Viejo, yo jamás podría ser como tú. Porque el que crea vida y la perfecciona, entre otras cosas, quizás era jardinero, la profesión de las mil manos.

domingo, diciembre 15, 2019

Zoila, mi madre cubana


Por: Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu. Ilustración: El niño y la jaima de Nanna Bachir
 A la memoria de Zoila Lubián León, mi madre cubana
En el número 9 de la calle Almendares, en el municipio Plaza, vivía Zoila, una admirable mujer cubana. La conocí a principios de enero de 1979 en la cuidad de la Habana, en el pasillo de una sala del Hospital Materno Infantil Ángel Arturo Aballí. Estaba tiritando de fiebre debajo de una frazada azul en medio del pasillo, donde habían instalado mi cama, porque dentro no había sitio.
– ¿Eres Mohamé?
Asentí sin fijarme mucho en quién me preguntaba.
– Soy Zoila, vengo de parte de Baldomero.
Estuvo mucho tiempo hablándome, mientras yo la miraba, con la colcha hasta las mandíbulas. No entendía mucho de lo que me decía y ya apenas recuerdo sus palabras, sin embargo lo que no he podido olvidar es la paz que radiaba su rostro y la confianza que me despertó su sonriente mirada.
Baldomero, era el director del internado donde estábamos 38 niños saharauis, además de cerca de doscientos niños cubanos, que se quedaban de lunes a viernes y el fin de semana se iban a sus casas. Él la había llamado porque era la única persona que era natural de Güines que conocía en la Habana y era una antigua compañera de la campaña de alfabetización, a mediados de los sesenta allá por la sierra del Escambray. Cuando ella llevaba a su hijo a casa de sus tíos de Güines siempre buscaba tiempo para ver a Baldomero, para tomar un café y recordar aquellos tiempos de su juventud.
Vino el día siguiente y habló con alguien del hospital y me cambiaron a otra cama dentro de la sala, junto a una ventana que daba a un pasillo por el que pasaba mucha gente. Gente que iba y venía, que pasaba buscando a familiares, buscando puertas, buscando números. Algunos me veían asomado a la ventana y sonreían, otros pasaban de largo sin mirar y otros me preguntaban, ¿es la sala 8? Y yo respondía: no, es la 7.
Unos caminaban con prisa otros iban arrastrando los pies, sin ganas, como si no quisieran llegar a ningún sitio; en sus rostros reflejaban sus achaques, sus dolencias, sus alegrías, sus sanaciones, y a veces también, reflejaban sus difuntos. Y yo, los días que podía, iba contando y sumando a ver quiénes ganaban, si las caras tristes o las contentas. Siempre ganaban los rostros de alegría.
Zoila, acudía casi todos los días, desde enero hasta marzo, que me dieron el alta. A medida que iban pasando los días fuimos construyendo unos lazos como los que se desarrollaban durante la gestación de una vida nueva. Yo prácticamente acababa de volver a la vida, acababa de nacer y ella después de creerme muerto se unió tanto a mí, como si me hubiese parido.
La tarde de nuestro encuentro, ella había preguntado en Información por un niño extranjero que recientemente habían ingresado…
– Lo siento mucho, pero ha fallecido, le dijeron.
– Y quien se ha hecho cargo del cadáver, preguntó afligida.
– Ya está todo arreglado, esta tarde sale pa’ Angola.
– ¡¿Angola?! ¡Pero si mi niño es saharaui!
Entonces volvieron a mirar y aparecí en la lista de la sala 7, aunque entonces estaba en un pasillo, al margen, donde Zoila me encontró temblando de fiebre.
Pásate a ver cómo está, le había dicho, Baldomero. Menos mal que está vivo pensaba ella que había pasado de la tristeza a una repentina alegría.
“Viniendo de tan lejos no podías morirte en Cuba, mijito” me decía riendo años después al recordar aquel encuentro.

domingo, diciembre 01, 2019

El hombre del faro de Tarfaya

Por: Larosi Haidar, Grabado en arena de la artista saharaui Harima Mohamed
El texto narra una escena de 1980, cuando estaba finalizando la construcción del nuevo puerto de Tarfaya, apenas 300 metros más al sur del viejo muelle español, por parte de la empresa francesa Adoedin y empezaban a desaparecer para siempre los últimos vestigios españoles del lugar.
Tarfaya, o Villa Bens como la llamaban los españoles, es un diminuto pueblo costero situado en la costa noroccidental de África, vigilando impasiblemente el célebre cementerio de barcos que se extiende ante los cimientos arenosos de Cabo Juby. Desde tiempos remotos, su costa era temida por toda suerte de marinos, pues su profundidad parecía variar por arte de magia en un santiamén, haciendo caer a las desafortunadas naves en una trampa mortal que las convertía en pocas horas en un pecio aguado y tullido que grita ayuda en las arenosas playas del silente testigo de casitas blancas. Y lo misterioso del caso es que Tarfaya tiene un faro, sí, y lo tiene desde 1882, que fue cuando el inglés Donald Mackenzie hizo construir un fondeadero al que llamó Puerto Victoria. Hoy en día, se pueden ver todavía los vestigios de aquel ambicioso proyecto inglés que murió nada más nacer, quedando únicamente el edificio resquebrajado que sostiene el vetusto faro en su esquina posterior derecha. Cada quince días, un resignado barquero perteneciente a las tribus de la zona, aquellas que sellaron un pacto de hermandad con los primeros españoles que se instalaron en el territorio, rema al son de las sonrientes olas del terrible Atlántico y se dirige ensimismado al soñoliento arrecife verdoso sobre el cual se yergue la cansada Casamar, que es el nombre que le dieron los españoles al edificio de Mackenzie y que hasta hoy en día siguen conservando los habitantes autóctonos del lugar. Una vez allí, se dispone a cambiar la enorme bombona de gas mientras sus ojos lacrimosos escrutan el inmenso horizonte marino en busca de un sueño ya perdido pero no olvidado; en busca de la imagen milagrosa de una isla paradisíaca que desde edades remotas había sido divisada por sus ancestros cuando el tiempo y el mar lo permitían.
Escruta una y otra vez pero sólo logra percibir alguna que otra embarcación tambaleándose en los brazos del mar, apenas un puntito borroso e intranquilo en la línea del ocaso, sin embargo, ella, Fuerteventura, no aparece. Baja los ojos para cerciorarse de que el arrecife sigue igual: las numerosas fosas donde reinan la morena y la anguila, los tranquilos charcos donde se hospedan las langostas rezagadas rodeadas de un sinfín de peces que imitan al arco iris, las gaviotas que vigilan serenas desde lo alto de los mojones rocosos que marcan el lugar. Cuando termina de sujetar la nueva bombona en su nicho, vuelve la vista en dirección opuesta, hacia su pueblecito natal con nombre de árbol, Tarfaya, árbol de tamarisco. En la parte norte, apenas percibe medio ahogadas ya en las amenazantes arenas trigueñas, un pequeño grupo de casitas coloreadas que se desliga desafiante del resto de la villa e, incluso, tiene nombre propio: Albueblo. Su mente se retroalimenta instintivamente de imágenes de su infancia, de cuando tenía diez años y debía levantarse temprano para ayudar a su padre en la pesca durante dos horas, para luego dirigirse a la escuela española donde recibiría clases de un maestro cristiano de pelo amarillo y ojos de gato. Por aquel entonces, él vivía en esas casitas ahora coloreadas coquetamente y a las que la administración española denominaba “el pueblo de pescadores”. Con el paso de los años, la denominación fue variando y perdiendo peso paulatinamente hasta convertirse en lo que es ahora: Albueblo.
Al sur, como un eterno espejismo, se yergue coronando una dócil colina el matadero municipal donde acaban sus días las reses cebadas, durante meses, para tal menester. Hacia el norte y a unos doscientos metros del matadero, yace la macabra, el cementerio musulmán inundado de piedras y recipientes carentes de edad y color. Siguiendo la misma línea imaginaria, hacia el norte y a unos trescientos metros, se encuentra camuflado y medio asediado por nuevas construcciones el viejo cementerio español, del que únicamente restan los nichos huecos y abandonados y un sinfín de lápidas troceadas y desparramadas por todo el camposanto. Desde aquí y mirando exactamente hacia el levante, se levanta orgullosa la casa de uno de los hijos del legendario Chej Ma Lainín. Más hacia el norte, se extiende la pista de aterrizaje que un día se vio acariciada por el avión de Saint-Exupéry, el padre de El principito. En este momento, desde lo alto de la construcción de Mackenzie, la mirada del hombre del faro pareció ver, cuarenta años después, al escritor y piloto francés metido en una vieja piel de león traída de no se sabe dónde, posando sobre las dunas del lugar para que sus compañeros le fotografiasen. Mas la imagen desapareció para ceder su sitio al gigantesco hangar que domina el nuevo aeródromo. Una sonrisa iluminó el semblante cansado del hombre del faro al posar sus ojos sobre la enorme construcción que ocupa gran parte del paseo marítimo. Es la antigua ciudadela española en cuyo recinto se resguardaban todas las oficinas y funcionarios, el hospital, el taller, las caballerizas..., y donde de pequeño, él, junto a sus inseparables amigos Breiha y Lud, se las arreglaban para introducirse y alcanzar la farmacia del hospital. Una vez allí, rodeados de maravillosas cajitas de milagrosos medicamentos, botes y frascos de todos los colores y tamaños, se emborrachaban bebiendo hasta reventar de las enormes botellas del dulce jarabe color miel. Y la dulce sonrisa se convirtió en amarga mueca cuando sus ojos se posaron, por accidente, sobre una de las cuatro atalayas que custodian actualmente el recinto. Cuatro soldados armados con viejos fusiles de repetición modelo 36 se distinguen, tristemente embutidos en sus amenazantes uniformes verduzcos, barriendo las proximidades y prestos a dar la alarma ante cualquier indicio de peligro. Levantó la vista dirigiéndola hacia el infinito celeste, soltó inconscientemente un “Dios nos salve de guerras” y escurrió la vista en sentido del viejo muelle español, roído por el tiempo y arrodillado ante las inclementes aguas del Atlántico. Cuántas tardes de estío las pasó acariciando su sedal sumergido en las mansas aguas defendidas por el muelle; su sedal que, a falta de caña, estaba enrollado a un bote vacío de insecticida. Cuántas veces, junto a Breiha y Lud, se mofaron de la mala fortuna del cabo Garsía que se pasaba el santo día amarrado a su caña de pescar sin apenas pescar nada. Al atardecer, cuando ya tenían que volver a casa, le daban a Garsía la mayor parte de lo que habían pescado y se morían de risa al ver la cara de contento que ponía. Al fin y al cabo, ellos eran hijos de pescadores y ya se encargaban sus padres de proveer sus hogares de mucho y buen pescado.
Gritos y silbidos llamaron su atención desde la otra parte de la playa, hacia el sur, donde un grupo de mozos semidesnudos jugaban al fútbol, ajenos al alboroto y a las polvaredas que a pocos metros de allí originaban los enormes camiones y tractores afanados en procrear un nuevo muelle. Escrutó los toscos y gigantescos pilones de cemento armado amontonados de manera que parecían erigirse en monumento a alguna divinidad desconocida. ¿De dónde provendrán esos pilones?¿Y los trabajadores del enorme muelle? Seguramente de Francia, o vete a saber. Él, el hombre del faro, no sabía nada de todo eso porque nadie le informó. Eso sí, él conoce perfectamente la factoría de Mackenzie, su Casamar, construida por albañiles de su paradisíaca Lanzarote con 30.000 cantos que fueron traídos desde Arrecife y pagados a 15 reales la unidad. Conoce cada metro cuadrado de la construcción, dónde hay que pisar y dónde no, pues la madera del piso de la segunda planta está carcomida por la humedad y el tiempo, convirtiéndose en una mortal trampa para quien se aventure a merodear por las oscuras habitaciones del edificio ocupadas por cientos de palomas europeas que se toman un descanso en su largo viaje hacia el sur.
De hecho, él es el único humano de la comarca capaz de pasar revista a los veinticuatro compartimentos de la factoría sin ningún temor a que la traicionera madera lo engulla. No en vano lleva ya más de cuarenta años mimándola, alimentándola, vigilándola..., día y noche, haga calor o haga frío, siempre estuvo allí presto a intervenir en cualquier tarea o acción relacionada con la supervivencia de la Casa de Mar, su Casamar. Cuántas noches pasadas en vela cuando las gigantescas olas del Atlántico en furia se convertían en titánicas garras que se clavaban sin piedad alguna en la espalda pétrea de su venerada construcción. En esos momentos, y a pesar de que desde la diminuta ventana de su habitación veía cómo la luz del faro aparecía y desaparecía con la misma frecuencia de siempre, sólo pensaba en lo desgraciado que sería al día siguiente cuando viera los cantos traídos de Arrecife amontonados en ruina sobre el arrecife verdoso. Se pasaba toda la noche a la escucha, temiendo percibir entre el bramido asesino del Atlántico el agudo grito de agonía de Casamar. Por la mañana, una vez cerciorado de que todo estaba en su sitio y la bella edificación seguía en pie desafiando al mar, él, el hombre del faro, daba las gracias a Dios y se iba a dormir tranquilo.
Volvió a asegurarse de todos los cierres y llaves del sistema del faro, levantó una vez más la vista en dirección del ocaso, Fuerteventura seguía remisa a mostrar su desnudez; la volvió hacia el orto, y las níveas fachadas de estilo colonial del paseo marítimo le enviaron un saludo matutino de aire español que le trasladó décadas atrás, en especial a esa fresca tarde de primavera en la que junto a Breiha y Lud fue testigo del milagro del cinematógrafo. Un español, de esos de pelo amarillo y ojos de gato, manipuló un artefacto y, como por arte de magia, en la enorme pared blanca de la oficina de correos aparecieron soldados de carne y hueso que disparaban, aviones que volaban, barcos que se hundían... Breiha, Lud y él se habían quedado hechizados y desde entonces jamás faltaron a las fabulosas sesiones de cine que cada sábado proyectaba un sargento español. Bajó sigilosamente las delicadas escaleras de madera, sujetando la bombona por la boquilla y dejándola esquiar por inercia sobre los bordes carcomidos de los escalones hasta llegar al piso de la primera planta. Luego, tras repetir la operación para alcanzar la planta baja, se dirigió a su pequeña barquita amarrada a las rocas de las tranquilas aguas del reducido embarcadero. Instaló adecuadamente la bombona vacía y de manera refleja se volvió hacia la imponente fachada de piedra, sus ojos, por enésima vez, lamieron cada una de las letras selladas en la placa testimonial de la pared: Donald Mackenzie Port-Victoria. North Western Africa Company. 1882. Se acomodó en su asiento, colocó los remos y, mientras maniobraba para salir del embarcadero y tras inspeccionar con la vista la pequeña barca, se dijo “necesita un refuerzo, esta tarde la calafatearé”. De cara a su adorada Casamar, remó en dirección a la playa. Tras remar cincuenta metros, pudo ver, como siempre, el faro radiante que tantas vidas y embarcaciones había salvado a lo largo de un siglo de vida. Ese faro al que se refirió el corresponsal del El Día en 1886 en los siguientes términos: “De noche lució un faro rojo sobre la azotea de la casa de Mackenzie. Es la única luz que brilla en la costa de África desde cabo Espartel hasta el Senegal”. Él, el hombre del faro, de nombre Mojtar, El Elegido, siguió remando parsimoniosamente sonriente y feliz de haber ayudado una vez más en la supervivencia del faro, el faro de Casamar. Y otra vez recordaba las palabras del cabo Garsía tras regalarle el pescado: “Gracias chicos, sois muy buenos. La gente de Tarfaya es muy buena”. Y seguía remando eternamente en su mar de ensueño español hasta que las arenas de la playa, de nuevo, le devolvían a la realidad.  

sábado, noviembre 16, 2019

Inauguración de la tienda online Um Draiga con literatura saharaui en español

Atención a los lectores de literatura saharaui en español. Se trata de varios libros de poesía y prosa de la Generación de la Amistad Saharaui editados por Um Draiga (Amigos del Pueblo Saharaui de Aragón).
UM DRAIGA
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La fuente de Saguia, La música del Siroco, Um Draiga, Un beduino en el Caribe, (Generación de la Amistad Saharaui)La fuente de Saguia, La música del Siroco, Um Draiga, Un beduino en el Caribe
“La música del Siroco”, libro de poemas de Ali Salem Iselmu
La música del siroco es la música del alma cuando peregrina ajena a la realidad y en la fusión de los sentimientos renace para arrancar al aire la arena y esparcirla en pequeños versos que desbordan la conciencia, es allí cuando cala inmersa y se sumerge para hundirse en cada uno que la adopta como suya.
Es tan profunda una duna como un poema o una canción que entra en nuestros cuerpos y desaparece como lo hace el siroco cuando se funde con el agua, la palabra es belleza cuando la elevamos al orgasmo del verso y es allí donde vuela inequívoca y desafiante para brotar de nuestros labios.
Dejemos que la palabra acompañe a la imagen y desde el exilio de cada uno seamos capaces de sentir el movimiento de los ojos cuando besan el espejismo del desierto.
“Um Draiga”, antología de poesía saharaui en español. Generación de la amistad saharaui
Este libro pretende ser un homenaje a las víctimas de Um Draiga y a los poetas saharauis que desde su poesía consiguen emocionarnos y acercarnos su cultura.
No podemos olvidarnos de los saharauis que viven en las zonas ocupadas del Sáhara Occidental y que con el ejemplo de su Intifada pacífica nos anima a seguir luchando por un Sáhara Libre con las únicas armas que tenemos: la verdad y la justicia.
“La fuente de Saguia”, relatos saharauis en español. Generación de la amistad saharaui
Un niño que perdió la vida corriendo hacia la vida, un buscador de dromedarios bondadoso en el inhóspito desierto, las travesuras de unos niños en el internado o las dificultades de un inmigrante al que llaman extranjero, cuando en el Sahara al extranjero se le llama huésped, son algunos de los relatos que habitan estas páginas.
Relatos que hacen reír, reflexionar, o que provocan alguna lágrima, relatos con historias sorprendentes.
La fuente de Saguia nos ofrece historias para conocer el Sahara de la mano de ocho escritores saharauis que nos acercan al sufrimiento y la esperanza de este pueblo hermano que pretende seguir escribiendo su propia historia.
“Un beduino en el Caribe”, relatos de Ali Salem Iselmu
“Ali Salem nos ofrece una crónica de su vida con las sencillas palabras del poeta y el análisis del periodista que es y nos retrata su mundo desde la infancia que sesgó la guerra hasta nuestros días, pasando por la vida y la historia de los pobladores del Sahara, sus sueños y sus desgracias. Hoy los niños siguen corriendo y gritando y llorando y riendo… y el siroco sigue soplando. Y aquel niño sigue en el exilio”. Prólogo de “Un beduino en el Caribe”, de Mohamed Salem Abdelfatah Ebnu.

viernes, noviembre 15, 2019

El último erudito del cielo


Texto: Ali Salem Iselmu. Ilustración: Fadel Jalifa
Cuando lo vi estaba temblando de frío, tenía la cara cansada después de una larga noche en la que se quedó sólo sujetando las cuerdas de la jaima, en aquella tormenta de arena.
Él conocía de memoria cada estación. Sabía que la estrellas cuando caían inclinadas al sur, anunciaban los vientos del Este que solo traían una arena oscura y espesa en la que nadie podía orientarse.
Cuando él perdía toda esperanza en aquel cielo, que había salvado a sus antepasados, entonces acudía a las palmeras de los oasis y empezaba a rezar con las manos abiertas, buscando milagro en el Este, sin olvidar nunca los vientos húmedos del Sur. Aquellos que traían el olor del agua y hacían correr a los animales, cuando intuían que una nube salvadora se precipitaba de aquel cielo lleno de colores enigmáticos.
En aquella confusión de nubes y tormentas, él miraba con la mano izquierda apoyada sobre su frente, haciéndole una pequeña sombra. Dirigía sus ojos al sur-este, oteaba el horizonte una y otra vez. Sabía que no podía equivocarse.
De su mirada dependía la vida de aquellos hombres que habían aprendido a observar e interpretar el cielo, pero él tenía la última palabra, el primer paso de aquella estirpe de hombres y mujeres.
Un error le suponía la vida o la muerte. Empezaba a caminar descalzo sobre la fina arena. Cuando se sentía perdido e inseguro. Cogía con su mano derecha un cuenco y bebía, hasta llenar su boca. Miraba al Este y expulsaba de sus labios un chorro de agua[1], para detener el viento de arena.
Él era el guía, el hombre que conocía la sombra de los árboles y el brillo de las estrellas. Sabía distinguir cada estación.
Cuando cesó la tormenta, observó los pequeños montículos de arena que se habían formado alrededor de los arbustos. Sabía que no estaba perdido.
Un viento suave y húmedo empezaba a soplar, los animales caminaban decididos. Sabían que aquel viento había dejado sobre la tierra pequeñas charcas de agua.
El bochorno desaparecía del cielo, un sol de color intenso anunciaba el fin de la estación de verano.
Después de la tormenta de arena, la lluvia volvía a penetrar en la seca tierra dándole vida. El último sabio del cielo, volvía a colocar su turbante sobre su cabeza, tapando sus labios. En su mano derecha llevaba un rosario que movía suavemente con sus dedos, mientras iba recordando los años de lluvia y sequía.
Su estirpe de la que aprendió los colores del cielo, las gotas de agua y los granos de arena, le había encomendado un último deseo, seguir descifrando las huellas que dejaba el viento sobre la tierra.
Ese año, se advertía en sus ojos pintados de rojo. Es el año en que el agua volvió a correr sobre las dunas, deteniendo el feroz viento de arena y salvando al último erudito del cielo. Cuando él empezó a respirar el aire húmedo tocó la arena mojada, miró a su alrededor y con tono pausado dijo:
– Aquí acamparemos, este será el año de la hierba Etmara[2].
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[1] Tradición entre los nómadas saharauis cuando veían el peligro de un vendaval que avanzaba hacía sus jaimas. Llenaban la boca de agua y la escupían hacía la dirección desde donde le venía las tormentas del siroco para desviarlas o detenerlas.
[2] Hierba que da nacimiento a una flor blanca. Cuando se seca, se convierte en una costra de espinas.

martes, noviembre 12, 2019

Poema del escritor y poeta saharaui Ali Salem Iselmu en recuerdo y homenaje a Badi Mohamed Salem

Isabel Gomes, Juan Carlos Gimeno, Badi Mohamed Salem y Ali Salem Iselmu, en la jaima de Badi en el exilio 2016
Poema del escritor y poeta saharaui Ali Salem Iselmu en recuerdo y homenaje a Badi Mohamed Salem, erudito y poeta saharaui que se marchó para siempre el pasado sábado 9 de noviembre de 2019 en su largo exilio en Argelia.
Badi, el poeta del viento de arena.
Cuánta sabiduría,
había en sus ojos
el dromedario blanco del Tiris
el jinete que buscaba
la sombra de la acacia.
Él conocía las raíces
de la pequeña duna
que abrazaba
el tronco del solitario árbol.
Sus manuscritos
su leve sonrisa,
su palabra profunda.
Auserd, Dumes y Dajla,
te lloran.
Poeta del viento de arena,
de la nubes del sur,
Tiris te espera
en el interior de Leyuad.
Te canta el agua
de los Achguig[1]
Badi, turbante negro
darra[2] azul
melena de versos,
no te has ido.

Las montañas del Tiris
esperan las palabras del poeta
que conoce
el olor de la arena,
la música del viento,
cuando sopla
de los acantilados blancos
del oeste.
Badi, el verso en hasania[3]
la metáfora de la nostalgia,
te has llevado contigo
los secretos de la badia[4].









[1] Agua de lluvia que se forma entre cavidades de unas rocas en la falda de una montaña o en el lecho de un río seco.
[2] Túnica larga que usan los hombres en el Sáhara Occidental y Mauritania.
[3] Hibrido de lenguas africanas de Senhaya y árabe clásico que se habla en el Sáhara Occidental y Mauritania.
[4] Lugar donde hay agua y pasta donde viven los nómadas.