martes, julio 24, 2007

Antes de volver a encontrarte




A Chej Malainin, mi primer maestro saharaui.

Aprendí de mi madre esta cita, según ella de un sabio árabe, no recuerdo su nombre, pero sé que estas célebres frases siempre son referencia a lo culto y se asocian al saber, a los maestros y sus discípulos.

“No es huérfano aquel a quién se le han muerto sus padres. Lo es, el huérfano del saber y la cultura”.

ليس اليتيم من مات ولديهي ان اليتيم يتيم العلم و الادب

No hace mucho que escribí un artículo consagrado a mis primeros maestros españoles con los que me eduqué en la lengua de Cervantes, también lengua del desierto. Puede que esto suene algo exótico, desierto y lengua española, pero la paradoja es historia vislumbrada.

Creo que lo dejó muy claro el filósofo griego Aristóteles cuando arbitraba que “Lo que tenemos que aprender lo aprendemos haciéndolo”. Un siglo de amor y desamor por la misma dama que fue siempre limpia, fija, y a todos nos daba su esplendor, hasta que un día se marchó para siempre, y quedó un maestro, la lengua y muchos niños. Aún guardo la imagen de aquel patio que daba a las dos únicas aulas que había dentro de un cuartel militar, olía a pizarras, libros, gomas de borrar y tizas. Dábamos en ella español y árabe. Nuestro idioma lo estudiábamos con Chej Malainin, descendiente de la estirpe del legendario fundador de Smara. Mi primer maestro en Auserd, el primero que la metrópoli asignó a mi pueblo para enseñarnos el árabe y su historia.

Su familia fue una de las primeras que se asentaron en el poblado de Auserd, junto con las de Ahel Barray, Ahel Ahmed Lebrahim, Ahel Mulay Ali, Ahel El Kinti uld El Jalil y Ahel Hama uld Abula. Estas familias fueron los autóctonos testigos que vieron como nacía y se construía el pueblo, de bóvedas blancas y muros de auténticas rocas de sus montes. Las primeras casas que se asentaron alrededor del pozo y el cuartel militar fueron las de los Chej El Kabir, familia de mi maestro saharaui Chej Malainin.

Me matriculé en mi naciente escuela a través de él, porque mis padres lo conocían muy bien. Con él por primera vez estudiábamos textos en árabe en libros y en pizarra, hasta entonces sólo habíamos conocido nuestro “cuaderno” tradicional, el louh. Estudiábamos gramática y hacíamos lectura y dictados. Hasta que un día no supe más de él, cuando estudiaba primaria, creo que lo trasladaron a una secundaria en Dajla, antiguo Villa Cisneros, y más tarde al instituto de El Aaiun.

No volvimos a vernos hasta pasados más de treinta años. Las Universidades madrileñas celebraban una conferencia sobre el conflicto del Sahara que se desarrollaba en los solemnes salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. El reencuentro fue una pura casualidad, mi maestro, en un descanso de la conferencia, estaba leyendo en un libro un poema de un diplomático y escritor saharaui de su familia, Mohamed Sidati, que yo había traducido, titulado “Antes de volver a encontrarte”, donde al pie del texto firmaba con mi nombre, Bahia Mahmud Awah. Qué coincidencias en este reencuentro, causa en común, un libro, un poema, un evento y todo convergiendo en la compartida historia de maestro, alumno y una causa de común denominador.

Pasé cerca de él, me llamó y me dijo “Tú eres Bahia uld Mahmud uld Awah”, y yo asentí. Ya alguien le había comentado que aquel uld Awah era yo. Me dijo ”Tú no recuerdas quien soy yo”. Tras un largo saludo que intercambiamos, me reencontraba otra vez con la historia del primer maestro de Auserd y uno de sus primeros alumnos.

Supe mas cosas del él en nuestra charla ese día y también a través del escritor Ramón Mairata, que le acompañaba. Chej Malainin participó junto a este escritor como funcionario de la administración española en la elaboración del primer estudio antropológico social sobre el Sahara, base para el posterior informe del 16 octubre de 1975 del Tribunal Internacional de La Haya, que desvincula cualquier lazo jurídico o histórico del régimen marroquí con los saharauis.

Chej Malainin también me comentó que trabajó con la comisión española que elaboró el último censo español de la población saharaui en 1974. Charlamos de toda la historia de Auserd y sus habitantes, de los primeros maestros españoles que daban clase allí, de otros alumnos suyos, de la última vez que vimos Auserd, tanto alumno como maestro. Me emocioné mucho porque me trajo muchos recuerdos de mi madre, que tanto empeño puso en que estudiáramos. Cuando me enfermaba y faltaba a clase, mi madre me llevaba después hasta el colegio y le explicaba a mi maestro por qué había faltado. Ella se tomaba muy en serio nuestra educación.

Volví a ver a Auserd en julio de 1986 liberado de los mauritanos y pocos meses antes de caer en manos marroquíes. Me impactó ver mi casa en ruinas rodeada de obuses de artillería sin explotar, y me sentí dolido e impotente al ver la casa de la familia de mi maestro Chej Malainin desapareciendo debajo de las dunas, ni la densa copa de aquel verde árbol que sobresalía del patio de los Chej Malainin ni sus muros de piedra sobrevivieron a todas estas injusticias.

Chej Malainin es una persona dulce, amable y acogedor, todos esos dones aún se reflejan en su agradable rostro. Me recordó que yo era muy educado y aplicado y que tenía una bonita caligrafía.

Me preguntó por mi madre y yo le pedí que siempre que se acuerde rece por ella.

“Enseñar es un ejercicio de inmortalidad”. Ambos fueron mis primeros maestros. La primera fue mi madre, porque aprendí con ella las primeras letras del abecedario en una tabla de madera. Me abrió el afán por aprender y me ayudó para sentirme a gusto con Chej Malainin en un aula diferente al de mamá o al de la badia. Uno y otro quedarán eternamente en mi corazón porque “el objetivo más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes”. Lo dijo Simón Bolívar.

1 comentario:

mamina chej ma el ainin dijo...


Tierna y bonita historia de una especial relación profesor-alumno.
Especial en cuanto que uno no consigue hacerse a la idea de un 'aula del saber' en medio del belicismo.
Esto dice mucho de un pueblo que no acepta ningún tipo de sometimiento, y se ha preocupado desde siempre por abolir el sometimiento más perjudicial a la libertad de los individuos, que es el de la ignorancia.
El orgullo de los saharauis es para mí su legado de sabiduría, manantial que nunca se ha estancado sino que sigue refrescando y manteniendo a flote todas las mentes sedientas del saber.
Desde el 'Lauh', pasando por el cuaderno y llegando a la informática, en el sahara siempre ha sido una prioridad enseñar y acumular conocimientos.
Un fuerte abrazo camarada Bahia de parte de un hijo de Chej Malainin, al que le ha llenado de ilusión encontrarse esta historia rescatada del olvido, al igual que esa casa de Auserd de la que nunca había oído hablar, pero que a partir de ahora formará parte de mi patrimonio, aunque ya se la haya engullido el desierto.