sábado, octubre 31, 2015

#SOSSAHARA. Graves inundaciones en los campamentos de refugiados saharauis (III)

Texto y foto de Mohamidi Mohamed Fakal-la.
Desde que abandonaron sus ciudades, los saharauis les ha sido encomendada una doble tarea: primero, enfrentarse al enemigo que se apoderó de la tierra; segundo, proteger a la población civil que huía de la ocupación militar, así como de las inclemencias naturales.
En los primeros momentos del desplazamiento poblacional y por temor a las incursiones de la aviación marroquí, se abrieron trincheras y refugios subterráneos. Más adelante se levantaron chabolas rudimentarias, que quedaron desperdigadas en los ríos secos y en los páramos del desierto.
Con el de curso de años y favorecidos por una estabilidad relativa en territorio argelino, los saharauis, a mediados de la década de los años ochenta, ya tenían sus campamentos organizados y bien administrados en comparación con los primeros años. Entonces se mejoraron las condiciones de vida sustancialmente y, a la par, fueron sorprendidos por la “fiebre” del barro como materia esencial en la construcción. A pico y pala levantaron sus casas de adobe, lejos de la tierra de origen. Pero los nuevos hogares no han solventado la solución esperada, eran frágiles e inseguros.
Las pasadas lluvias han despertado de nuevo la preocupación de la gente en aras de un hogar más fiable ante los imprevistos del tiempo.
Mohamed, hombre mayor que vivió los desafíos del refugio desde finales de 1975 hasta la actualidad, defendió entre familiares y amigos a raíz de las inundaciones de la primavera del 2006, la idea de que es hora ya de comenzar a buscar soluciones factibles en materia de construcción. Después de las lluvias, el mencionado señor se muestra tranquilo al no haber perdido sus bienes, gracias al barracón de zinc y madera que había diseñado con la ayuda de un sobrino suyo, formado en La Habana.
El barro ha resistido por largo rato el embate de viento y de lluvias. Sin embargo, el cambio climatológico operado en toda la palestra universal es motivo de reflexión tanto aquí como allá.
El enojo fehaciente de la naturaleza es más que evidente: rayos de sol candentes tanto en otoño como en invierno, terremotos devastadores y frecuentes; ciclones e inundaciones en desiertos descampados.
Cabe recordar que es la menos diez en la hora universal. Pero en esos diez podrán ocurrir tantos cambios indeseables para el ser y la naturaleza. Y en esos diez cabe igualmente la posibilidad de que el pueblo esquimal cambie sus iglúes por unas jaimas beduinas.
Mohamidi Fakal-la