domingo, octubre 03, 2010

La empleada del locutorio



Mohamed  acudió a un locutorio de Guadalajara para llamar a su familia  en el Sahara Occidental. Era un cálido día de verano. Cuando terminó su llamada avanzó hacia el mostrador para pagar su factura.

- ¿Por qué no sonríes? - le dijo la empleada-. Te van a salir arrugas en el rostro y serás como un viejito.

- Acabo de llamar a mi familia - dijo Mohamed, pasando la mano sobre sus cabellos.

-Es una  enorme razón de alegría - dijo la mujer -. Cuando yo hablo con mami en Ecuador me pongo muy alegre.

- Ellos viven en jaimas que dejan filtrar los rayos más abrasadores del sol de una de las tierras más inhóspitas del planeta. No tienen neveras, ni aire acondicionado ni electricidad - dijo Mohamed y añadió -. Los niños no poseen juguetes ni parques donde jugar. Nunca han visto un río ni océano ni mar. Por eso yo no puedo sonreír.

- ¿De que país me hablas? Ni siquiera en las naciones mas atrasadas de América Latina existe tanta pobreza -manifestó la empleada.

-Aquellos no son pobres, señora, porque viven en su tierra, respiran su aire y en ella cultivan para saciar su hambre - explicó Mohamed -. Los míos son exiliados desde hace más de 35 años, el tiempo que yo llevo sin sonreír. En mi infancia fui testigo de su amargo éxodo y con mis propios ojos vi soldados de un país vecino, cuando bombardeaban ciudades, incendiaban jaimas, mataban animales y asesinaban civiles.

- ¿Por qué no traes tu familia a España?, aquí tenemos casas baratas, ¡estamos en crisis! - dijo la mujer indicando un tablón de anuncios a sus espaldas.

- ¿Quieres que traiga a cinco mis hijos, mis padres, mis nueve hermanos, mis veinte sobrinos, mis suegros, mis cuñadas y sus hijos, a los niños que juegan  descalzos y semidesnudos una pelota de trapos fuera del campamento, a los ancianos sentados frente a sus jaimas mirando al oeste, llenos de nostalgia hacia la tierra que les vio nacer?. No señora, ellos resisten, ellos vencerán  y mientras no les ilumine el sol de la libertad yo no podré sonreír.

Mohamed hizo un ademán con la mano en señal de despedida y se retiró. L a empleada del locutorio, que le miraba fijamente, secó dos lágrimas que le rodaban por las mejillas.


Abdurrahaman Budda