jueves, octubre 07, 2010

El guerrillero






A la memoria de Abdalahi Uld Ahmed Yahia.

Después del intenso combate la guerrilla se retiró. Detrás quedó un triste estampa: cadáveres, polvo, metralletas, fusiles abandonados, coches quemados, y documentos esparcidos por todos lados. Humo, fuego, olor a pólvora mezclado con carne humana, y destrucción. Un ambiente enajenado en medio de un silencio atronador.

Abdalahi, era uno de los guerrilleros saharauis que se quedó en el campo de batalla formando parte de ese oscuro paisaje, estaba gravemente herido, dos balas le habían perforado, una el abdomen y la otra la pierna derecha.

Los del otro bando, es decir los del ejército mauritano, también se habían retirado, sin haberlo visto, porque justo en medio de la batalla se desató una tormenta. Abdalahi se quedó inconsciente cerca de una enorme roca. Al otro día el cielo se despejó, pero la tierra seguía sombría cubriendo con su velo tanta desolación. El sol acribillándole  la cara lo despertó, no sabía dónde estaba, ni lo que le había pasado, intentó moverse pero no podía. Sólo después de largas horas tuvo conciencia clara de lo que le había sucedido. Además del dolor, sentía una terrible sed, más terrible que el dolor de las heridas. Intentó arrastrarse varias veces, pero el dolor se lo impedía o se desmayaba, hasta que logró sacar fuerzas de su flaqueza y arrastrarse, poquito a poco. Había perdido mucha sangre, y tenía dificultades para respirar. Las ventanas de su nariz, estaban llenas de arena, al igual que sus ojos, la cara, el pelo y todo el cuerpo, parecía un ser salido de una tumba. Logró avanzar unos metros, de nuevo se mareó y vomitó un extraño líquido verde, rojo amarillento., aquél líquido se disolvió en la arena como una pastilla efervescente en un vaso de agua. En su cuerpo se activó una inusual energía y pudo avanzar con ansiedad y aplomo, a pesar del dolor de las heridas. Avanzó poco a poco hasta que se volvió a desmayarse. Así estuvo todo el día hasta el atardecer cuando el sol estaba a puntos de desplomarse allá por el horizonte.

Desde lejos el eco de un sonido se proyectaba poco a poco en la lejanía. Las vibraciones en la tierra le llegaban como una caricia y le obligaban a abrir los ojos.

Levantó su cabeza, pero no vio nada, aguzó el oído, para escuchar mejor, y escuchó un ruido, era el ruido denso de una tropa, pensó. Una mezcla de miedo y resignación le invadió oscureciendo su cabeza. Se sentía desprotegido, impotente, ni siquiera tenía su fusil ¿Habrá quedado cerca de la roca?...con un amago intentó volver, pero enseguida entendió que ya era imposible, por el dolor que le subió hasta nublarle la mente.

EL ruido se acercaba cada vez más, ya podía distinguir qué sonido era. Alhamdulilah, no es un ejército, dijo. Estaba claro para él que no podían ser sus compañeros, sabía que ellos no volverían ya a ese lugar al no ser dentro de meses, mientras que el enemigo podía hacer  incursión a cualquier hora y cualquier día, para explorar el terreno.

Abdalahi ya podía distinguir la silueta de un camión cisterna,  pasaba cerca de donde estaba tirado, con las luces del camión encendidas. El conductor del camión no era militar, lo vio desde lejos fue hasta cerca de él y bajó de la cisterna. El conductor del camión de la cisterna llevaba agua para vender a los nómadas que vivían lejos de la ciudad.

“Necesito agua, tengo mucha sed”-dijo Abdalahi con voz entrecortada.

El conductor de la cisterna lo observó detenidamente, se fijó en la ropa militar que llevaba. Le resultó extraña. Frunció el ceño. Supo que no era de los suyos.

Le dio la espalda. Se montó en su camión cisterna. Arrancó el motor. Y pasó las ruedas del camión por encima del cuerpo de herido.

Limam Boicha


*Imagen: Pedro Díaz del Castillo