domingo, diciembre 21, 2008

El hambre de mi abuelo



Fue a principios del año 1957, yo no había nacido ni existía, cuando mi madre, mis abuelos y sus dromedarios huían de la guerra en busca de un lugar seguro para ellos y su ganado. Un día, al amanecer, los aviones franceses tiraron desde el aire unas cajas que se abrieron, saliendo de su interior unas octavillas con escritura. Ninguno sabía leer entre aquellos beduinos excepto la quinceañera, que años después sería mi madre; su hermano menor y los pastores recogieron por la noche las cuartillas y se las llevaron para que se las leyera:

“A todos, si queréis salvar la vida, debéis adentraros en el interior del territorio y alejaros de las fronteras”.

Mis abuelos decidieron reunir todo el ganado aquella misma noche y preparar los dromedarios de carga. Desmontaron su jaima a toda prisa y procedieron a cargar todos sus enseres sobre el lomo de sus emrakib[1].
Los dromedarios estaban molestos porque se le había interrumpido su momento de descanso en lemrah[2] tras una larga jornada de pastoreo; madres y crías entremezclados y nerviosos se buscaban en la oscuridad unos a otros con intercambio de berridos, y mi abuelo daba la voz de “ohh, ohh, ohh”, voz que invita a los animales a estar tranquilos.

Nisha, mi abuela, ayudada por Lajdar, el mayor de los hijos, de trece años, colocaban y sujetaban su montura de amsacab[3] encima de Zeirig su dromedario favorito. Mientras, Omar intentaba terminar la carga del grueso de los enseres al lomo de los tres dromedarios de carga, Sheil, Lehmami y el potente Arumay, que siempre cargaba los grandes fardos, como la jaima, sus faldas y todos los ercaiz[4]. En la parte sur del territorio aparentemente no había enfrentamientos y mi abuelo Omar sabía que era el lugar donde podría estar seguro con su familia e ibil[5].

El tiempo y la oscuridad de la noche eran el factor que mis abuelos buscaban para recorrer decenas de kilómetros y amanecer en un posible lugar que les ofreciese seguridad. La zona donde se dirigían era desconocida para Omar y el tercer día, al alba, azotó un vendaval sin precedentes, vientos que soplaban del sur y ocultaban todo que pudiera divisar a un metro el ojo de un hombre del desierto curtido en esa hostil naturaleza. Mi abuela le gritaba a Omar que no se separara de ellos y que si se quedaba algún animal rezagado no lo siguiera. El iba a trote de un lado a otro para mantener unido el rebaño y evitar despistes de los dromedarios pequeños que se quedaban atrás por no poder seguir el ritmo de los mayores.

De repente mi abuela perdió de vista la silueta que dejaba Omar sobre el lomo de Elbeyed, intentó buscarlo en los extremos del rebaño pero no lo pudo ver, ni oír el sigiloso berrido del Elbeyed. Gritaba “¡Omar, Omar, Omar, donde estás!”, varias veces repitió “¡Ina Lilahi!, ¡ina Lilahi!”, profunda expresión que denotaba el dolor, la tristeza y la impotencia ante los dramáticos sucesos que se estaban sucediendo.

El mayor de los hijos, montado a su lado en amsacab, le decía “Mamá, ¿donde está mi padre, que no escucho la voz que da al ganado?”. Nisha, cautelosa, le respondió que se había quedado atrás en busca de un huar[6] rezagado y le intentó calmar diciéndole que no se preocupase, que el padre se incorporaría a ellos pronto. Siguió unida al ganado y a trote intentaba mantenerlo todo junto y en marcha orientado. De vez en cuando le daba la voz “esh, esh, esh” para que no se dispersara y mantuvieran el ritmo de marcha, acurrucados unos junto a los otros en la misma dirección.

El viento soplaba cada vez más fuerte y los niños lloraban porque ya era hora de acampar y tomar su leche o una kisra[7] si era posible. Aturdida por la situación climatológica y la pérdida de su marido, sacó fuerza de sus entrañas de beduina y continuó la marcha sin parar porque sabía que si se detenía un minuto todo se echaría a perder, lo último que le podía ocurrir era extraviar a los animales que cargaban el agua en sus lomos, así que decidió aguantar mientras amainaba el vendaval.

Omar había seguido un rumbo absolutamente desconocido y sin saber orientarse, se detuvo por un momento y se acercó a unos arbustos por si indicaran indicios de orientación pero el viento había arrasado toda señal, las copas inclinadas hacia otra dirección, las pequeñas dunas que se formaban en los brazos de cada arbusto indicando siempre el sur ya no existían. El sol no se veía y todo a su alrededor estaba oscuro.

Erró todo ese día sin detener su dromedario buscando huellas, excrementos de animales, berridos, el lloriqueo de sus niños o la voz de su mujer. Gritó muchas veces el nombre de Arumay por si le orientara, dejó rienda suelta a su Elbeyed por si sus instintos lo llevasen a seguir el ganado, hasta entrada la noche del siguiente día sin ningún rastro.

Entonces miró el opaco cielo convencido de la presencia de Dios en todas partes, como aprendió de muy pequeño de su padre y exclamó pacíficamente, como si rezara, “¡Dios mío, ahora sí que en tus manos dejo a mi familia!, ¡tú sabrás de ellos!, ¡tú cuidarás de ellos!, ¡la guerra y la sequía me empujan y me desalojan de mi tierra, el hambre devora las tripas de mis niños, de mi mujer y la de mis dromedarios, ponte a mi lado en estos momentos cruciales!”.
Llevaba demasiadas horas sin comer ni beber, todas las provisiones se quedaron encima del lomo de Lehmami, además del agua y algunos talegos de cebada escondidos en la tezaya[8] de Nisha. Omar, como no veía el sol, calculaba el tiempo fijándose en ciertos comportamientos de Elbeyed, si ya era de noche el animal exigía descanso con unos suaves berridos y un caminar más lento, ahí era cuando Omar le ordenaba detenerse y se bajaba de su rahla[9]. Después buscaba una acacia o cualquier otro arbusto para protegerse del horrendo guetma[10].

Esa noche los dos descansaron protegidos por la copa de una talha[11] que el viento había levantado, aquel era el mejor regalo de la naturaleza después de tres días sin comer. Quedaban algunos eljarrub[12] aun sujetos a sus ramas, que el viento había dejado desnudas. Elbeyed comió toda la parte tierna de la copa y Omar recogió los pocos copos del eljarrub y los fue masticando despacio, pero eran amargos porque no estaban todavía secos. Apoyó su espalda en los hombros de Elbeyed buscando protegerse del frío y los vientos, pasó toda la noche acurrucado sin dejar de sonarle las tripas.

Y llegó otro día sin que amainara el vendaval, otro día de hambre y sed, otro día para un hombre del desierto extraviado por la fuerza de la naturaleza y las imposiciones de la guerra. Se levantó y arrastró hacia su dromedario algunas ramas de la acacia que les daba protección, Elbeyed devoraba con fuertes mordiscos las verdes y espinosas ramas. Omar se acordó que podía encontrar alguna humedad en las raíces de la acacia, buscó y con dificultad arrancó algunas raíces que aún guardaban una sabia muy dulce y las metió en la boca masticándolas. Su estomago sintió alivio después del fuerte dolor que le causaron las amargas vainas que comió la noche anterior.

El siguiente día Omar se encontraba al límite de sus fuerzas, tenía alucinaciones y nauseas, pero debía sobrevivir al precio que fuera. Amaba muchísimo su dromedario de montura Elbeyed, un animal escogido y domado por él mismo. Poseía un trote en varios ritmos, gracias a tener desarrollada la peluda cola y a su bien proporcionado físico. Por eso le dolió tanto la inevitable decisión.

A pesar de la escasez de sus fuerzas, Omar excavó un hueco de medio brazo de profundidad, lo rodeó con piedras y lo llenó de palos de leña secos que recogió alrededor de la talha. Sacó del bolsillo de su darraa[13] una pequeña barrita de hierro, especialmente tratada para hacer chispa al frotarla con una piedra de silex. Puso la fina mecha de algodón encima del silex y la friccionó con la barrita dos o tres veces hasta que la chispa encendió el algodón, y lo colocó despacio entre las finas ramas de la leña. La lumbre estaba desprendiendo humo y calor. Omar sacó del cinturón de su pantalón un afilado mus bleida[14], y metió su fina hoja en la hoguera. En este instante sintió hasta donde se necesitaban él y su dromedario en aquella situación extrema. Sin detenerse a pensar, con el cuchillo casi al rojo vivo, cortó de un tajo el rabo de Elbeyed. Al momento, con la misma lámina del cuchillo, selló la herida para evitar la hemorragia, y buscó una mata de propiedades curativas, masticó las hojas y las colocó sobre las dos falanges que quedaron de la cola de Elbeyed. Después Omar le acarició la cabeza y besó varias veces su nuca, diciéndole “tú y yo estamos condenados a sacar fuerzas para encontrar a la familia”.

Omar decidió al día siguiente continuar la dirección contraria al viento, al ver que no había cambiado desde el primer día; el viento soplaba del sur y allí se dirigió. Cada vez que encontraba en el camino algo de pasto verde se detenía y dejaba que Elbeyed repusiera fuerzas.

Omar sobrevivió diez días más con el resto del rabo de su dromedario y las raíces que encontraba. La segunda semana había empezado a despejarse el tiempo, con algunas lluvias que dejaban charcas de agua de las que bebían Omar y Elbeyed. Mi abuelo había comenzado a orientarse y a encontrarse con pastores y buscadores de dromedarios, intercambiando con ellos información sobre la familia y los daños del vendaval de am elguetma, como finalmente llamaron los saharauis a aquel año, el “año del vendaval”.

Aquella noche, mientras Nisha con la ayuda del mayorcito de sus niños, ordeñaba la leche para la cena al lado de la hoguera de la jaima, escuchó el melancólico berrido de Elbeyed que posaba sus rodillas en la arena. Omar bajó de su lomo y llamó a sus hijos y su mujer “¿estáis bien todos?”. Del interior de la jaima salieron los pequeños y se lanzaron a sus brazos. Nisha, emocionada, se le acercó con un cuenco de leche recién ordeñada y le invitó a tomarla “primero tómate esto”. Les pidió a sus hijos que se apartaran y repitió “yejli el harab u ahlu ili shatuna”[15]. Desde esa misma noche Elbeyed dejó de llamarse así y se convirtió en Guilal, por tener el rabo cortado. Mi abuelo sobrevivió al hambre gracias al rabo de su dromedario, y nos transmitió el odio a lo injusto, las guerras y sus turbulencias.


Bahia Mahmud Awah

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[1] Emrakib: dromedarios domados para llevar la carga
[2] Lemrah: lugar donde reposan cada noche los dromedarios, situado enfrente de la jaima de la familia
[3] Amsacab: montura de la mujer para el camello, realizada en ébano, la preciosa madera africana
[4] Ercaiz: palos que sostienen la jaima
[5] Ibil: ganado camellar.
[6] Huar: cría del dromedario
[7] Kisra: pan sin levadura de los nómadas que preparaban bajo arena caliente
[8] Tezaya: mochila de piel de dromedario que usan las mujeres para guardar provisiones
[9] Rahla: silla de montar el camello para el hombre. En el Sahara se hace de un arbusto llamado ignin y se recubre de piel de dromedario
[10] Guetma: vendaval de vientos muy conocido por sus terribles consecuencias para los habitantes del desierto
[11] Talha: acacia
[12] Eljarrub: vainas de la acacia que son comestibles cuando están secas
[13] Darraa: vestimenta tradicional del hombre saharaui
[14] Mus bleida: típico cuchillo usado por los nómadas, de mango revestido con dos placas de marfil
[15] Yejli el harab u ahlu ili shatuna: Maldita la guerra y sus causantes que nos separan.