sábado, agosto 18, 2007

El barco y la camarera


Éramos cerca de quinientos niños y estábamos al norte de Tinduf, los maestros nos iban contando por nivel y edad, luego a cada uno le daban un bocadillo de pan con atún y queso y lo subían al autobús. Ese día empezábamos un largo viaje desde el sur oeste de Argelia hasta la ciudad portuaria de Oran.

Recorríamos a toda velocidad el desierto, era el mes de octubre. Estábamos sumidos en un otoño caliente. Todos nos mirábamos las caras en medio del silencio, mi compañero y yo sentíamos una enorme tristeza, apenas teníamos cumplidos los doce años y en medio de la incertidumbre estábamos totalmente confundidos. Recuerdo nos hablaban de una isla lejana al otro lado del Atlántico, los maestros se esforzaban mucho en explicar donde estaba aquel lejano lugar pero nosotros solo conocíamos el Sahara y los campamentos, jamás habíamos visto ni oído que en América pueda existir una lugar llamado Cuba.

Empezó a oscurecer y el autobús seguía a toda velocidad dirigiéndose hacia el mar Mediterráneo. En ese momento veíamos que cada vez que pasaban las horas la posibilidad de volver a ver a nuestras familias se alejaba mucho más y todo nos parecía demasiado raro, porque no lográbamos entender como podíamos alcanzar un lugar tan lejano a nuestro entorno cultural y geográfico.

Después de un largo viaje llegamos una mañana soleada y caliente al puerto de Oran. El Mediterráneo estaba tranquilo, apenas se sentía el ruido de las olas, bajamos de los autobuses e inmediatamente empezaron a repartir bocadillos y agua. Luego nos mandaron hacer una cola interminable, cada uno con sus pertinencias y empezaron a llamarnos por nuestros nombres y así comenzamos a subir en aquel enorme barco ruso. Cuando me tocó a mi subir empecé de repente a llorar y los maestros me decían “¿por qué lloras?, si vas a ir a un lugar muy bonito, donde vas a aprender muchas cosas, mira los demás como juegan y están alegres; no llores, si sigues llorando tus amigos serán mejores que tú”.

Subimos a aquel barco, mi amigo y yo, entre lágrimas y suspiros. Cuando estábamos arriba se me acercó de repente un mujer rubia, alta y de ojos azules y me dijo “ven, esta será tu habitación, tú amigo dormirá en la parte de arriba de la litera y tu dormirás abajo”. Después aquella mujer me llevó por todo el barco me enseñó la piscina, un pequeño campo de fútbol, el comedor y al final fuimos a la sala de cine. Era enorme, recuerdo que podían caber más de doscientas personas. Luego volví con aquella mujer a mi habitación, cogió toda mi ropa sucia y se la llevó con ella a la lavandería.

Al final me quedé en medio de la habitación con mi amigo. Empezamos los dos a dibujar y cada uno intentó dibujar un enorme camello que creíamos poder cruzar con él el océano, luego cogíamos las sabanas y de cada sabana hacíamos un turbante enorme y lo colocábamos encima de la cabeza y empezábamos a hablar en voz alta, cada uno intentaba interpretar un papel de un película de dibujos animados que habíamos visto en el 9 de junio.

A la una de la tarde entró la mujer y me saludó, luego cogió mi mano y me llevó al comedor y me dijo, “Yo me llamo Tatiana soy de la ciudad de Leningrado y quiero a partir de ahora que aprendas bien mi nombre”. Ella hablaba árabe con acento sirio y entendía alguna palabra en castellano. Me enseñó a coger bien el tenedor, la cuchara, el cuchillo y a comer despacio, sin prisa. Quería que comiera mucha fruta y verdura, siempre me sacaba un mapa que tenía guardado y me enseñaba su ciudad. Hablaba mucho del frío de la nieve pero yo no entendía nada. Una noche me cogió de la mano y me llevó hasta el final del barco, allí bajo la luna llena me enseñó como nadaban los delfines persiguiendo la estela del barco. Recuerdo que me dijo “el mar es como el desierto todo es monótono e igual, lo único que rompe su uniformidad es el salto de los delfines en el agua, como los lagartos del desierto cuando entran y salen de su escondite”.

Catorce días, uno detrás de otro, duró la travesía en medio del inmenso océano y Tatiana siempre estaba preocupada por mi ropa, comida y ducha. Me traía juguetes y procuraba que yo jugara con los demás niños y cuando le preguntaba sobre el Sahara miraba hacia atrás y con su dedo índice me indicaba que al final de aquel enorme charco de agua podría quizás encontrar mi país y mi familia.

Cuando vimos las luces del puerto de La Habana era de noche y el barco estaba llegando. Tatiana me arregló la maleta, me escogió la ropa que tenía que ponerme y empezó a peinarme el pelo hacia atrás. Luego me acompañó hasta la escalerilla del barco y me regaló su foto en blanco y negro con su nombre escrito en español. Las lágrimas se caían de sus ojos azules entre abrazos y sollozos. Yo también lloré por Tatiana, por mi familia, por el barco y los delfines.

Ali Salem Iselmu

4 comentarios:

R. Yeray dijo...

Muy bonito el relato... lo reproduzco en Alifa (www.alifa.org), si no os importa, claro.

Por otro lado nos gustaría contactar con vosotros para mandaros algunos ejemplares de nuestra revista.

Saludos,

Generación de la Amistad Saharaui dijo...

Puedes visitar nuestra web:

http://www.generacionamistadsaharaui.com/

y dirigirte al correo

admin(@)generacionamistadsaharaui.com

un abrazo y muchas gracias

ana dijo...

Tu relato me recuerda que gracias a Dios a pesar de lo duro de la vida, de los momentos de separación y duelo, siempre queda la esperanza de que aparezca a nuestro lado un angel, una luz, que no "soluciona" la vida, pero sí ayuda a vivirla con más suavidad. Ójala siempre sepamos apreciar a esas personas que están a nuestro lado
gracias

Ibrahín Sánchez Carrillo dijo...

Saludos,
He leido con detenimiento este relato y ojalá su autor sea el mismo que compartió conmigo las aulas de la Universidad de Oriente, Cuba, en la carrera de periodismo desde el año 2000 hasta el 2005. De cualquier forma es un hermano saharauí que estuvo aquí...