viernes, agosto 10, 2007

La delgada figura. Aminetu Haidar



Nunca imaginé que una persona, después de sufrir tanto física como moralmente, puede aún albergar demasiada belleza. Nunca imaginé que un físico, mermada su integridad de mil maneras y desprovisto de lo mínimo esencial para subsistir, puede aún más, seguir inmaculado, tanto físicamente como moralmente.

Una delgada figura, emergió por la entrada principal del auditorio, era ella y enseguida el bullicio inundó la sala, sus dedos flacos hacían el signo de la victoria sin pausa. Reflejaba su rostro una tenue sonrisa carismática, envolvente, minúscula, pero a la vez grandiosa, una de esas sonrisas tímidas, que sólo los más nobles pueden esbozar. La mirada acompañaba rítmicamente los gestos de su cara entristecida, ella sabe que su lucha es larga y cruel.

Del rostro de Aminetu se puede crear una enciclopedia del ser humano, su alma, su sangre, sus vísceras, su ánimo, su sueño, algo útil, pero tampoco algo complejo, quizás sencillo como ella, como los saharauis. La proporción de su cara refleja la sencillez de lo grande o la grandeza de lo sencillo.

En su delgada figura es tal vez donde más se nota el sufrimiento del hambre, pero no las ganas de comer -noto yo-. No camina pausada, no mira atrás y no se inclina salvo para vocear su amargura y pesar del que ella misma es consecuente. A Aminetu yo no la conozco personalmente, pero conozco su lucha, la he seguido, le he escrito y por fin la vi en persona, la ojeé largo rato en un breve instante sólo para ver una sonrisa o una carcajada o ese brillo que tenemos a veces, cuando vemos que somos protagonistas y que todas las miradas van a dirigidas nosotros, pero nada, realmente estaba serena y flaca. También pude regalarle una camiseta con el nombre de su ciudad favorita, “Aaiun”. Personas como ella otorgan al ser humano su humanización y su racionalidad, inequívocamente.

La flaca leyó su discurso preparado que, nada más lejos de la realidad ,es el discurso de sus compatriotas de prisión y patriotismo. Las palabras vibraban de miedo y se encogían al unísono de nuestros corazones,. Sí, vi palabras saltarse del miedo, tiritarse y vi otras que se escondían para no ser leídas y traducidas. Su voz y su ser era demasiado para tan simple texto.

Esa lectura es la mejor manera de decir “aquí estamos, no aquí estoy”. Esa es la baza incuestionable de los seres magníficos, imprescindibles que perduran en la vida. Ella es ahora símbolo, pero también historia, ella es eficaz, elocuente y simplemente bella. Cuando la vi esa vez supe que la fe existe y que desde el umbral de la sencillez y la mesura se logra todo y todo, porque la verdad es incuestionable y siempre brota de su propia ceniza.

Chejdan Mahmud Yazid

Mayo de 2006