martes, noviembre 03, 2009

¿Dónde están los diablos?




El escenario elegido para celebrar el aniversario del 12 de octubre (día de la unidad nacional saharaui) no podía ser mejor, por su belleza, embrujo y magnanimidad, en medio de Leyuad, (las Cuevas del Diablo) se montó un enorme frig, campamento y negros y azulados Corazones flanqueaban el escenario levantado unos días antes, por cientos de personas que salieron del mujaiem (los campamentos) en camiones y en coches para estar allí y para disfrutar de la badía, del desierto fértil, porque este año ha llovido dos veces por la región, la última en verano, han sido lluvias muy fuertes, en la vecina Mauritania hicieron estragos sobre todo en las ciudades cerca de la frontera del Sahara Occidental como Zueratt y F’dérick, el agua allí arrasó muchas casas y cabezas de ganado: un tremendo desastre.

Yo había salido a toda prisa el día 9 de octubre desde Madrid con la intención de colarme en cualquier vehículo rumbo al sur, a Tiris y desde allí a Mauritania. Después de mucha carrera, preguntas, llamadas y precipitados viajes a Rabuni salí el día once y llegué justo la mañana del día 12.

Y allí estaba Leyuad alma silenciosa y llena de misterio, lugar casi sagrado, inexplicable sensación te induce a creer, a dejarte apabullar por su magia. Esa mañana soleada la pantalla del cielo estaba limpia, de un azul intenso. El perímetro de los festejos lleno de gente, un mar de darráás, melhfas y uniformes militares, en el ombligo de Leyuad una tarima con sillas (todo muy surrealista) altavoces, un enjambre de periodistas, cámaras de televisión y unas pinceladas de viento arenoso condimentaban los murmullos, las risas, los abrazos, los rostros serios y los fusiles. También condimentaban los turbantes, la maniya en las pipas, las miradas femeninas hondas, transparentes como el agua de los pozos del Tiris, miradas que buscabas, que te buscaban, miradas de complicidad contra el hastío.

La avispa de la Minurso sobrevolaba de vez en cuando el lugar y a muchos le molestaba el celo de la Misión ante los festejos, mientras en los territorios ocupados no se daban por aludidos. No hubo desfile militar, porque la Minurso lo computaría como una violación del Alto el fuego, (como si eso tuviera importancia). El Presidente Abdelaziz llegó vestido de verde olivo y pasó revista a las tropas y después leyó su discurso, que muchos de los presentes ni escuchaban y pocos aplaudían, un discurso como siempre lleno de buenas intenciones que todos pasan por el forro especialmente Marruecos y la ONU.

Al terminar la alocución anunciaron que por la tarde habrá una carrera de camellos, competencia de tiros; música y poesía por la noche, aunque me hubiera gustado quedarme para disfrutar del ambiente, estaba más pendiente de cómo encontrar un coche que me podría llevar a F’dérick (Mauritania) para visitar a mi madre.

Hasta la tarde no encontré nada, mientras tanto, me refugié del sol en una jaima con varias personas: el tema del día eran las nominaciones de los nuevos delegados que trabajarán como diplomáticos en el extranjero, algunos militares criticaban que no hayan seleccionado a algunos de sus colegas para esos cargos, otros se quejaban de que los militantes de a pie que no han ido a trabajar a España y están currando en Rabuni desde hace años no se les hace ni caso, otros lo ven simplemente como Istifada, un premio como lo podría ser Vacaciones en Paz y los hay que lanzaban todo tipo de reproches al Polisario.

En esa jaima éramos alrededor de doce o trece personas y en medio del té salían con fluidez todo tipo de temas, hasta que alguien miró a los Corazones de Leyuad y preguntó:

- ¿Dónde están los diablos?

Todos quedamos en silencio, pensativos hasta que alguien dijo:

- Ahel Bismilah ya no están, se fueron, los espantó la pólvora de los años de la guerra, las pisadas de los hombres que no cesan, el ruido de las máquinas. Se han ido a otro lugar en busca de soledad.

El que habló era un hombre mayor, pronunció sus palabras con una voz apagada, nostálgica, como si deseara la vuelta de los Diablos o más bien aquellos tiempos en los que él era joven, fuerte y merodeaba por allí libre como el viento.

Limam Boicha