lunes, agosto 10, 2009

Una cita con Yahya


Ella no cabalga al lado del caminante de pasos firmes y lengua mojada. Ella es cómoda y sabe esperar su hora, hace mucho tiempo que había chupado los pezones de las serpientes y amasado las habilidades de las iguanas, había soplado al sol para saber saciar su sed de espejismo. Se arrima primero a sus espaldas en su intento de cansarlo, de rendirlo, dificultándole la firmeza de sus pasos en las calientes dunas. Luego comienza chupando toda la humedad que puede tener su cuerpo. Entonces se siente cómoda y comienza a serpentear mientras la sed debilita sus rodillas hacia su cuello, exprimiendo su garganta con su aliento caliente y esponjado convirtiendo lo que puede quedar de su saliva en una especie de espuma blanquecina y seca, como de lana, que va levantando grietas al ser tragada por su garganta.

Llegado a este extremo el caminante siente su peso, cae sobre la arena. Ella se desliza mas abajo contradiciendo sus pasos. Él vuelve a levantarse con la boca entreabierta y la arena pegada a su cara, el sol está a dos palmos de su cabeza y el agua que ella dibujó a dos pasos, vuelve a caer, se levanta a duras penas. Ahora ella está a su lado, libre, hombro con hombro, paso a paso, vestida con su sombra, tirando de él de un lado a otro. Él comienza a sentir miedo, a distinguir sus terribles rasgos entre la soledad del desierto, sus hondos ojos oscuros como las profundidades de dos pozos secos y sin fondo, nublándole la mirada, su nariz hueca como una tumba a veces abierta y a veces cerrada, robándole poco a poco el aliento, su boca una inmensa cueva con cráneos medio enterrados en la arena, cubiertos con un silencio estridente, escondido de la existencia, perforándole el tímpano. En este momento Yahya, aturdido, se desploma sobre sus rodillas con los brazos caídos, ella comienza a girar a su alrededor en forma de tornado de arena, de repente se eleva unos cuantos metros del suelo y bruscamente baja como si intentara traspasar la arena.

En cuestión de segundos una aire caliente se expande y le golpea todo el cuerpo, Yahya cae de bruces sobre su espalda, hunde sus manos en la arena y aprieta los puños con toda su fuerza o más bien con toda su vida. Y lentamente comienza a esbozar una sonrisa de otros tiempos a medida que va abriendo las manos. En Tiris está lloviendo, todo es verde, él junto a los niños del frig, entre las flores silvestres del desierto, da vueltas con las manos extendidas y canta “zidi, zidi ya shab ragab, ragab ya nau”[1]. Acto seguido abre los ojos y recuerda que tiene una deuda, gira la cabeza para levantarse. Ella, que lo contempla, se desvanece hacia todas partes, detrás de otras huellas.

Saleh Abdalahi Hamudi

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[1] Canción que cantan los niños saharauis cuando viene la lluvia, dice algo así como "Más, más lluvias, no pares lluvia".

1 comentario:

Anónimo dijo...

llena de significados...

un gran saludo

ana pinilla