viernes, julio 17, 2009

"Repensemos Europa: sin miedo a la luz..." (Conferencia)



Repensemos Europa (sin miedo) a la luz de las diferencias. Digo sin miedo, porque este siglo está atiborrado, no sólo de contaminación medio ambiental, sonora o lumínica, sino también de ese vicio turbio, estilo amenazas reales o ficticias. Cierto o especulado, ese miedo no puede nublar nuestras vistas hacia ese objetivo común que todos anhelamos, el de la convivencia en paz y armonía entre las diferentes culturas. El futuro de Europa va a ser (ya es) multilingüe, multirracial, de diversidad culinaria increíble (elemento visto como positivo) y de vestimentas múltiples (elemento visto, por lo general, como negativo, si hablamos de los inmigrantes de países pobres). La diversidad avanza, es el nuevo paisaje que colorea el viejo continente. “La diversidad cultural es para el género humano tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos”, leí en alguna parte. Así va a ser, a pesar de la Crisis financiera y a pesar de ciertos pronósticos agoreros.

Debemos empezar por repensarnos nosotros mismos como personas y hacerlo también mutuamente, porque el respeto entre las personas, entre las culturas es un elemento esencial para la dignidad humana. Para repensarnos, sólo necesitamos cambios positivos de mentalidad, curiosidad y sentido común. Europa debe luchar de manera enérgica por la igualdad de Derechos (de todos). Si alguna vez ha existido en el imaginario colectivo ciertas seguridades de homogeneidad, estas han sido sobrepasadas por las circunstancias. Igual ha ocurrido con ideologías o creencias que parecían inamovibles.

Se dice, no sin razón, que el siglo XXI, es por antonomasia el siglo de las tecnologías, pero también es el del miedo. El miedo al otro, a los de fuera, a los pobres. A veces, es más tóxica su fabricación en los laboratorios o despachos del Poder y su difusión amplificada por los medios de comunicación que su amenaza real. El miedo es rentable como campaña permanente para acortar las libertades. Y para ganar votos.

Es la píldora que se le suministra a la población, en pequeñas dosis, pero de manera casi diaria, como si la historia de la humanidad no fuese, la historia de sucesivas migraciones, exilios, colonizaciones y destierros. Hablamos, por ejemplo, del miedo que permite aprobar en el Parlamento Europeo leyes que condenan a la reclusión, a la cárcel a personas que ante las leyes, sólo han cometido una infracción administrativa, personas que sólo huyen de la miseria y buscan una vida mejor.

Cada vez que se difunden los resultados de las encuestas que realiza el CIS y anuncian que la inmigración es uno de los problemas que más preocupan a la población, me llevo las manos a la cabeza. No por la sorpresa de los resultados de esas investigaciones, sino por la incredulidad ante una percepción tan distorsionada. ¿Cómo es posible que cinco millones de inmigrantes que en su inmensa mayoría son gente honrada y pacífica, que viene a trabajar, que cotizan en la Seguridad Social, pagan sus impuestos, consumen, colaboran de manera dinámica en la prosperidad de la sociedad de acogida y reenvían remesas a sus familiares para salir de la pobreza, pueden ser vistos como un problema?

Uno de los mayores responsables, a mi entender, en la consolidación de esta imagen negativa de la inmigración, la tienen los medios de comunicación, que para nada quieren cambiar ese falaz punto de vista, ni mucho menos corregirlo. Constantemente nos bombardean con noticias de pateras, de mafias de tal o cual origen. Un flujo de noticias inquietante y carente de objetividad, una polución de cuidado que no hace más que reproducir estereotipos. La prensa se ríe de la verdad, toma el pelo al rigor y propina un puntapié a la imparcialidad, todo en aras del espectáculo y de una simplicidad tendenciosa y calculada, en un asunto tan complejo, pero a la vez dinámico y positivo.

Pero repensar Europa a la luz de las diferencias, no sólo es repensar la inmigración sino muchos otros temas. Está la literatura, el arte, las lenguas, la cultura en general.

Pero hablemos de la lengua o mejor decir de las lenguas. La dignidad de hablar, de leer, de escribir, de fabular, no en la lengua impuesta, no en la del colonizador era -y todavía es – resistir. Resistir es defenderse contra el ejercicio de la coacción, del dominio cultural y por ende político. Pero más allá del binomio dominador / dominado, Verdugo / Víctima o colonizador / colonizado, cada lengua que se prohíbe o se extingue, por muy poco hablada, por diminuta que sea, algo de todos nosotros, de la humanidad entera también desaparece. Elegir hablar o escribir en cualquier lengua es también una manera de preservar el patrimonio oral y escrito de la humanidad y simplemente es una opción de elemental democracia.

En el Sahara Occidental, mi país, hablamos el Hasanía, una lengua oral que tiene mucho del árabe y tiene algo del Temazigh (beréber). Una lengua que Marruecos intenta silenciar y hacer desaparecer. La lengua a mi entender es el marcador principal de la identidad de un pueblo de forma general y de su identidad literaria en particular. Hay muchos diálogos, expresiones, matices, que son difíciles de trasladar, tienen su sentido, su genuino espíritu, por decirlo de alguna manera, sólo en esa lengua. Eso no la convierte en mejor ni peor, simplemente es un rasgo original, diferenciador. Cada lengua tiene su caudal léxico, sus múltiples acentos y su acervo cultural. Ese capital no se puede desechar ni sustituir por otra o por algo secundario como una traducción.

Nuestra lengua oral coexistió con el castellano cerca de cien años y permitió el viaje de palabras al Hasanía, y no sé si algunas tomaron el camino al revés. Muchos vocablos nuevos al no hallar sustitutos en la lengua materna se incorporaban tal cual, aunque no son pocas las que fueron limadas por la entonación local.

Cuando España abandonó el Sahara Occidental, dejó su lengua, un bien que ya no se podía quitar ni regatear. Solos y libres los saharauis decidimos acogerla. Era útil y nos diferenciaba de los otros vecinos, Argelia y Mauritania, países al igual que Marruecos fueron colonias francesas y manejan la francofonía como engranaje de su administración. Por eso Marruecos está empecinado en borrar del territorio saharaui ocupado las huellas que dejó la colonización del Sahara. Ataca el patrimonio histórico, demoliendo edificios simbólicos como el Fuerte de Dajla y está empecinado en asfixiar la resistencia de parte de nuestra población por conservarlo y hablarlo.

No debe extrañar a nadie que haya saharauis que hablamos y escribimos en castellano. Como los integrantes del grupo Generación de la Amistad que hemos recibido nuestra educación en esa lengua y la vemos como una herramienta valiosa para difundir nuestra causa en el mundo Iberoamericano.

Los sonidos, las percusiones de una lengua (cualquier lengua) expresan infinidad de cosas y no siempre dicen lo que imaginamos. Aunque uno domine las dos lenguas y quiere trasladar ideas o pensamientos de la manera más cercana, nunca llega a alcanzar la plenitud; la sensación siempre es: falta algo. Algo que quizá todas las lenguas tienen y a la vez necesitan.

Como esa luz que se derrama entre las hojas de los árboles en un bosque espeso, y nos baña con sus colores y nos alegra el alma. Así pueden ser las lenguas cuando las cultivamos, cuando escuchamos con atención y curiosidad sus sinfonías. Al aguzar nuestro oído sentimos vibraciones en las venas, en los árboles, torrente vivo, sangre, oxígeno de palabras. Es el bosque oral, la célula escrita que somos todos. Nuestras voces –iguales o diferentes - son pentagramas del universo, metáforas, diálogos para comunicarnos, para repensarnos una y otra vez a la luz de las diferencias.


Ponencia presentada por Limam Boisha el 8 de julio en el Curso de Verano de la Universidad de Santiago de Compostela: “Repensemos Europa a la luz de las diferencias”.


*Ilustración del blog "Ciudadanos del mundo"

1 comentario:

Nafi dijo...

Querid@s herman@s,
Soy un saharaui sediento de la misma agua que buscáis vosotros,
hambriento de la misma libertad que la que no halláis en vuestros estómagos... Ni en nada...
Aunque sea un simple vagabundo que lanzó la historia a su suerte.
(Sí, al fin y al cabo solo somos vagabundos de la historia).
Así, mientras las rosas se marchitan
y nos rozan con sus espinas, nosotros estamos congelados en el tiempo, en una causa...
Pero veo algo, quizás verde, quizás la espina de una rosa... o una rosa de arena verde... Es verde. Es verde de esperanza. Sí, ahora estoy seguro, es verde, verde, verde...

Así pues, un simple y joven vagabundo os da las gracias y la enhorabuena por todas vuestras hazañas.

NBS