lunes, abril 06, 2009

El Repetidor




El repetidor al que me voy a referir no es aquel que repetía asignaturas o incluso cursos, no. Había otro, quizás menos conocido, y lo que hacía era lo más parecido a una actuación teatral, pero de supervivencia. No la dramática y atroz, sino otra de chispa y aguante. El argumento de cualquier repetidor era pura improvisación diaria. De cualquiera porque éramos muchos. En el escenario que nos ocupa no suspirábamos por ser actores principales como en las películas o el teatro, sino todo lo contrario, queríamos ser los extras, menos, inclusive, queríamos ser invisibles.

En el mundo de la ESBEC[1] el hambre parecía eterna y nosotros unos insaciables. La felicidad suprema gravitaba en torno a tener el estómago alegre, por lo tanto, el espacio donde se desarrollaba la acción era nada más y nada menos que el centro del universo: el comedor. Quizá era un lujo saber en aquellos tiempos que teníamos asegurada una bandeja de comida, pero a nuestras barrigas no les persuadía ese argumento y no paraban de ladrar como ávidos perros.

Para comer más de una vez en el comedor uno tenía que ser experto en colas de larga duración y disponer de mil caras, con tal de no ser sorprendido por los profesores y educadores. Cada cual usaba sus propias tácticas para salir airoso. Había quien dejaba el pelo desordenado y la segunda vez volvía con el pelo alisado, o al revés. Y quien entraba, comía y después volvía con otra ropa y hasta con ánimo más nublado para disimular. Algunos repetidores ocultaban sus rostros tras los que estaban delante en la cola o daban la espalda a los controladores. Los había incluso que repetían sartas ininteligibles como amuletos orales que los hacían intocables. Los vigilantes no sólo trataban de poner orden y cumplir con el horario estipulado, sino también tenían que evitar por todos los medios que nadie comiera más de una vez. Ocupación francamente complicada.

A pesar de la vergüenza que uno podía pasar si era desenmascarado, nadie cejaba en el empeño y era mayor el sonrojo si te pillaban delante de las muchachas, porque no recuerdo haber visto ninguna comer doble y llegué a pensar que no padecían el virus del apetito que a los chicos nos absorbía.

A algunos profes les parecía divertido patrullarnos, otros, sin embargo, eran despistados o pasaban del tema. Pero por lo general estaban muy atentos, por si se les pasaban muchos y se agotaba la comida preparada. Y para los cocineros resultaba un dolor de cabeza, en vez de hacer otras labores o irse a sus casas. Entre los profes la mosca cojonera fue Fran, un hombre alto y jabao[2], apasionado de las matemáticas y la salsa, sobre todo de la salsa (cuando venía alguna orquesta a la escuela bailaba mucho y si no encontraba pareja se sentaba en uno de los bancos de cemento que había en el pasillo principal de la escuela y no paraba de mover las manos y las piernas, el cuerpo entero, como si estuviera todavía de pie), le apodábamos Fran Tique, porque nada más llegar de su Bayamo natal, se puso como tarea primordial controlar a los repetidores y en sus guardias (hacía más de la cuenta o eso creíamos) introdujo un elemento nuevo en el comedor: los tiques. Los primeros que ideó resultaron rudimentarios, los recortó de un cuaderno, en serie de pequeños cuadrados y los enumeró del uno al treinta, que era más o menos la cantidad de alumnos que había en cada clase y en cada papelito estampó su firma con un boli azul. Al cerrar el comedor contó todos los tiques recogidos en la entrada del comedor y se sorprendió al constatar que sobraban más de veinte, revisó algunos y vio su rúbrica plagiada. Aquello le molestó y volvió a hacer otros. Esa vez de un papel más consistente de color rojo y amarillo que a él le pareció difícil de conseguir. Unos chicos avispados removieron oficinas y rincones inaccesibles de la escuela hasta que consiguieron papeles iguales, aunque consiguieron repetir menos, no obstante, aquella insolencia enojó todavía más a Fran Tique.

Unos días más tarde Fran volvió con otro invento (se encerró toda una mañana en el aula-taller de Educación Laboral y fabricó cientos de tiques de una chapita de metal con los números acuñados como monedas cuadradas). Cuando los repartió tenía una sonrisa de oreja a oreja. Su invento nos dejó perplejos.

- Fran, eres un bárbaro, una fiera, le dijo su compañero de guardia y lo colmó de más elogios cuando cerró el comedor y comprobaron que ese día nadie comió más de una vez.

No sé cuántas semanas nos rascamos las cabezas sin poder hacer nada ante los nuevos tiques de Fran, hasta que Larosi, un chaval ingenioso y un manitas se le ocurrió una idea y una idea asequible y tan cerca (quién lo iba a decir) que sujetaba nuestros pantalones: los cintos.

Al principio de cada curso escolar repartían a todos uniformes y un cinto negro de plástico. Esos cintos llevaban en la base que sostenía la agujeta una chapita ¡Y las chapitas de los cintos eran del mismo tamaño que las del Fran! Bastaba con arrancarlas de los cinturones, buscar piedras para acomodarlas y otras para martillar sus esquinas hasta quedar lisas y luego trazar con un cuchillo o con la hoja de un machete números, por cada chapita un número cualquiera y esperar la hora de la comida a ver si colaban. Aunque Fran Tique estuvo alerta y desconfiado los primeros días, después se relajó y fue allí cuando entraron en acción las chapitas falsas y empezaron a franquear su vigilancia. Cuando se percató tiró todo a la basura y volvió a la normal vigilancia como los demás profes.

Como repetidor yo era tranquilo y para nada sagaz. Todo lo contrario que en el mundo de afuera, donde siempre merodeaba por la parte de atrás de la cocina para pedir pan o dulces. Ante la imposibilidad de trabajar como ocasional ayudante de cocina, porque los había que arrimaban el hombro para desnucar pollos, introducirlos en una enorme olla de agua hirviendo, desplumar cientos encima de una mesa larga de metal gris, limpiarlos y después amontonarlos en unas ollas grandes y transportarlos a la nevera de la cocina. Héctor, el jefe de la cocina dejaba esa faena a aquellos que le caían bien o no conocía a simple vista. Después del trajín entregaba a los ayudantes un cubo de leche que debían tomar dentro para fastidiar a los que pululábamos fuera y una caja grande de dulces que los trabajadores podían llevar. Se suponía que los seleccionados para ese tipo de encargos eran unos privilegiados y cuando un amigo participaba era como si lo hiciéramos el resto de colegas.

Una mañana de sábado esperábamos a Gali, que había sido seleccionado para trabajar con otros seis o siete. Durante un par de horas sólo paraban para tomar agua o fumar a escondidas colillas un par de ellos, mientras tanto nosotros jugábamos al béisbol con un palo y una pelota de trapos. Cuando terminaron la faena y empezaron a recoger los desperdicios con un par de escobas y una pala, Gali bajó a conversar con nosotros.

Estábamos hablando y riendo cuando de repente alguien advirtió que los demás currantes ya entraron dentro de la cocina sin avisar. Como una bala salió disparado Gali y cuando alcanzó la puerta estaba cerrada. Llamó y golpeó con fuerza para que le abrieran. Como respuesta sólo recibió un grito fuerte y áspero advirtiendo: ¡Cuidado! En ese preciso momento una cocinera abría la puerta y lanzaba el contenido de una jarra de detergente caliente para limpiar el escenario de la batalla de los pollos, el jabón mojó la ropa y el brazo de Gali y le quemó. De un salto bajó las escaleras y buscó piedras, y volvió con dos, la primera fue volando hacia la puerta cerrada y con la segunda subió los cuatro o cinco escalones que llevaban hasta la puerta de madera roja. De nuevo se abrió la puerta y salió Monga.

- Dónde vas con esa piedra, carajo - le espetó la cocinera.

- ¿Por qué me echaste la mierda esa?- preguntó Gali enfadado.

- Échate pa allá.

Gali amagó amenazándola con la piedra, pero antes siquiera de que se le pasara por la mente hacer algo, ya Monga se le había adelantado y agarró su mano que sostenía la piedra y con ella le golpeó en la cabeza. Gali quedó por unos segundos aturdido y mientras se recuperaba del golpe, (la mano amortiguó el efecto de la pedrada) bajó a buscar algo más contundente, un palo, una viga o un machete. Monga entró y cerró la puerta con pestillo evitando males mayores.

Durante más de media hora Gali no pudo hacer nada más que inflarse y desinflarse de la rabia, golpeaba la puerta con la punta de su bota derecha y gritaba que le abrieran, desde el otro lado nadie respondía. Pasado un rato largo la tensión fue menguando y Héctor le llamó y le entregó lo que le correspondía por el trajín. Gali repartió con nosotros sus dulces. Dulces que nos supieron amargos. Aquella inesperada batalla con Monga nos dejó impresionados.

Decía que Héctor nunca me dejó participar en faenas como la de los pollos, pero eso no tenía importancia, lo esencial era que él no se dedicaba a ejercer vigilancia en el comedor como hacían otros. Aunque utilizaba tácticas barriobajeras para amonestar nuestras travesuras. Una vez estaba jugando con una máquina para afilar machetes que alguien dejó cerca de las escaleras de la cocina, cuando de repente unos chicos irrumpieron en el corral cuadrado de cemento y se llevaron tres o cuatro gallinas. Héctor les vio, pero parece que no le dio tiempo a apresarles y salió vociferando cuando ya se habían evaporado tras los matorrales que rodeaban la escuela. No estaba yo al tanto de lo que se avecinaba y seguía dándole vueltas a la máquina cuando Héctor agarró una gallina (una que los muchachos habían abandonado y estaba medio desmayada) avanzó unas zancadas como tambaleándose y me sujetó con su otra mano libre. Intenté zafarme, pero como esposas sus dedos se aferraron a mi brazo. Y me llevó por un pasillo que conducía hasta la Dirección, pasamos delante de algunos curiosos, casi todos se reían de la situación. Hacia la oficina del director de la escuela íbamos el jefe de cocina, la gallina desfallecida y yo cabizbajo iba repitiendo: “yo no fui, yo no fui”.
Me sacó de aquella situación embarazosa la cocinera Bienvenida, (nunca mejor dicho) no sé cómo fue a parar a la oficina del director, dijo que yo no había sido, pero sabía quiénes fueron. Me inventé unos nombres que el director anotó en un papel, porque a decir verdad ni siquiera había visto las caras de los robadores de gallinas. A pesar de sufrir una situación embarazosa como aquella, seguí recorriendo la frontera de ese diminuto espacio de la cocina donde había más posibilidades de tropezarse con detalles dulces para llevarse a la boca.

La jugarreta mayor inventada por Héctor para castigarme fue dentro del comedor. Un día después faltar la última clase de la mañana, con el calculado propósito de comer para luego cambiar de ropa y repetir. Iba a coger la bandeja para que me sirvieran el arroz cuando reparé en Héctor, (hablaba con Monga y esta servía frijoles y los dos se reían de algo) en cuanto me vio cambió su rostro. Dejó en el suelo la olla vacía que sostenía por los mangos y apuntó su dedo hacia mí, con su voz de ron y tabaco soltó:

- Tú, sal fuera que ya comiste.


Limam Boisha.



[1] ESBEC: Escuela Secundaria Básica en el Campo. Cuba.
[2] Jabao: aunque popularmente se dice Jabao, la expresión correcta es Jabado y significa un mulato de piel y ojos claros.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola buenas tardes !!

Me ha gustado mucho la historia de Limam Boicha, me trae muy buenos recuerdos de los internados 9 de Junio y 12 de Octubre, aunque la historia del repetidor se desarrolla en Cuba.

LA FOTOOOO ES UNA PASADA, CREO QUE EL ES EL DE LA DERECHA MIRANDO LA IMAGEN.

EN FIN !! DA GUSTO LEER ESAS HISTORIAS EN TIEMPO DE CRISIS Y LA FALTA DE TRABAJO.

OJALA SE ANIMAN MAS COMPAÑEROS A ESCRIBIR MAS HISTORIAS.

UN ABRAZO.
JARRACHI MOHAMED-EMBAREK