lunes, abril 14, 2008

Lloraba porque lo reducían a su brutal manera


Nunca imaginé ver un dromedario derramando lágrimas, horrorizado por la brutalidad de sus captores. Lo vi impotente, reducido por hombres torpes que ignoraban la cultura saharaui y el trato que en ésta se le otorga. Un majestuoso y elegante animal, el fiel amigo de los hombres del desierto, con su aguante frente a las inclemencias del calor, el frío, la sed y el agotamiento, el profeta que, cuando el hambre o la sed sitúan al deyar[1] al borde de la muerte, está allí para ofrecerse al ángel Izraila[2] a cambio de una vida.

Todo lo vieron mis ojos, ojalá no hubiera sido así, un escenario cruel que se desarrollaba brutalmente ante mí devolviéndome por unos instantes a mis infernales años de cárcel en Kalat Maguna, Kenitra, Derb Mulay Shrif y la Cárcel Negra de El Aaiun.

No querría haber contemplado este panorama ni contarlo para no volver a sufrir, porque soy un hombre que se alimentó de la rica leche de las dromedarias y disfruté contemplando sus crías mientras dormían largas siestas en los lomos de las dunas. Yo los despertaba para jugar con ellos, acariciando su suave pelaje, a veces oscuro, a veces grisáceo y a veces blanco manchado, asomado a sus graciosos ojos azules o color miel. Elmactuba[3] me había conducido ese día a las afueras de mi ciudad, El Aaiun, para respirar, sentirme libre, encender mi hoguera, preparar mi té saharaui, mirar hacia donde apetecía a mis ojos y gritar a la inmensidad los desahogos presos en mis adentros. Pero mi destino de vuelta, ya cerca de la ciudad, pasaba por unos hangares donde los marroquíes sacrifican a estos indefensos animales.

Entonces fue cuando vi cómo atrozmente los cargaban y descargaban; imaginé en seguida cómo los habían atrapado, rompiéndole las robustas patas para neutralizarlos. Porque los marroquíes no conocen el arte de noush[4], cómo los saharauis cogemos a los dromedarios tranquilamente sin hacerles ningún daño. La carnicería se desarrollaba diariamente en el oeste de la ciudad, cerca del río Uad Saguia, sin testigos y en el más absoluto aislamiento y terror. Qué crueldad volvieron ver mis sobrecogidos ojos, qué inhumanos hombres sanguinarios, qué ignorantes y crueles para tratar así a un animal, profeta en mi desierto.

Era el horario de la oración de El Asar[5], indignado me alejé de allí y paré mi coche en la falda de unas dunas para rezar y pedir que Alah la yahcamna bi eyraim ahel adnaib, es decir “Que Dios no nos juzgue por los delitos de los criminales”. Porque sentí que aquel dromedario que estaban levantando, entre lágrimas y berridos, me miraba, me reconocía como uno de los suyos y me pedía ayuda, y yo no podía hacer nada por él, viéndolo colgado en una grúa y reducido por cadenas de hierro hundidas en su ensangrentado cuerpo. Aquel cruel escenario me estremeció el corazón y me hirió el alma. Porque mi abuelo me enseñó de pequeño que a los animales no hay que enseñarles el arma ni la mala intención cuando se necesitan para sacrificar, no merecen sufrir cuando la ley de la vida nos dicta su utilidad.

Bahia Mahmud Awah


[1] Deyar, el buscador de camellos en la cultura saharaui
[2] Izraila, ángel de la muerte en cultura árabe
[3] Elmactuba, es lo predestinado o lo ya escrito
[4] Noush, el arte de coger el dromedario sin hacerle daño
[5] El Asar: tercera oración del día para los musulmanes

2 comentarios:

Antònia P. dijo...

Hola, os he concedido el premio DARDO. En mi blog encontrareis más información.
Saludos

Generación de la Amistad Saharaui dijo...

Gracias Antònia por tu apoyo y por estar siempre ahí.

Un abrazo fuerte