domingo, octubre 21, 2007

A la maestra un año después



20 de octubre de 2007


Rebuscando datos entre la familia sobre la vida de “la maestra que me enseñó en una tabla de madera de color castaño” que los saharauis llamamos louh, encontré estos versos que escribió en el verano de 1985, los únicos de los tantos que escribió, que fueron memorizados por mi hermana Suadu “fueron muchos más pero se me han ido olvidado por nuestras condiciones de vida en el exilio”. En estos versos se podía afinar claramente que la maestra no quería irse sin volver a ver la tierra recuperada, libre y soberana de la que ella disfrutaría junto a todo el pueblo saharaui.

انا نطلب مول القدرء مول الملك المالو تشبيه
يعطيلا لهل الصحرء لستقلال الي نحظر فيه

Al todo poderoso mi clamor,
el dueño de todo trono,
el inigualable,
concédele a los dueños del Sahara
la libertad y que yo la disfrute.


Jadiyetu Omar Ali Embarecfal


No he podido darle más vueltas a su último deseo, el de ver a la tierra y como dijo aquel joven poeta Michel Vieuchange “Ver Smara y morir”, porque dos semanas antes de dejarnos hablaba con ella por teléfono y recuerdo que en aquella última charla, le pregunté, hablando de nuestra tierra Tiris “Mamá, ¿dónde quisieras estar ahora acampada con tu jaima y dromedarios?”. Su respuesta no se hizo esperar, en medio de su dulce y serena sonrisa que me sonaba tangible desde pequeño “¿Sabes dónde?, en manher Galb Ashalay”. En el valle sur de Galb Ashaly. Sentí que me respondía con un fulminante verso, un famoso monte de Tiris que ella conocía de pequeña.

Hoy 20 de octubre hace justo un año que nos dejó en unos campos de refugiados en donde vivió veintisiete años desterrada de su hogar y tierra, optimista como siempre en volver pronto al hogar y la tierra que nos usurpó el régimen monárquico marroquí de Hasan II con su ambiciosa y bélica fe ciega de conquistar desde Colombechar, Mali, Río Senegal hasta Al Andalus.

Se fue sin poder olvidarse de las consecuencias que acarreó aquella espantosa imagen de hayuya y mayuya, preludio de su largo dolor en el exilio que se desató tras el abandonó y traición de la metrópoli española el año 75, la Marcha Verde. Nuestro norte serpenteaba con caravanas de viejos camiones Ford, el telón que cubría tanques y más de ciento cincuenta mil soldados destinados a matar y morirse por algo que nunca fue suyo, enarbolando los trapos de Henrry Kisinger y Hasan II.

Eternamente estarás viva en mí como lo estuvo en ti la tierra de Tiris, con sus maravillosas gentes, galaba, widian, elegantes dromedarios y gacelas. Descansa en paz, mamá, estarás viva en mi corazón, como lo es y será siempre para ti nuestra tierra, desde los límites de Dallet Am a los confines de la depresión Adrar Setuf.


Bahia Mahmud Awah