miércoles, diciembre 27, 2006

La prisa de Madrid

Cuántas veces intenté fraguar mis sentimientos y recomponer mis ideas pensando en el esfuerzo que he de realizar para llevar mi voz de un sitio a otro, porque la voz de uno es también de otros cuando más la dotamos de contenido y nos comprometemos en trasladar a los demás nuestra experiencia mediante historias, anécdotas compartiendo lo que nos pertenece de forma generosa.

La última vez que estuve en Madrid sentí la sensación de llegar a una nueva ciudad gobernada por el movimiento y la velocidad, tantas caras se cruzaron con mis pasos; caras de diferentes tamaños, ojos con distintos colores y personas que se mezclan con las luces y los anuncios de la navidad; pero en todas se nota cierto cansancio y el agobio de subir un metro todas las mañanas y ver las mismas personas, cada una hundida en su propia vida. En medio de aquello me sentí un espectador en la jungla urbana pero en ningún momento quise ser partícipe y me conformé con guardar mi sitio hasta bajar en la parada de metro; a toda prisa subí la escalera y rápidamente busqué el autobús, después de unos minutos en medio del frío que me parecía más suave que el de Vitoria llegué a una avenida que era el punto de encuentro de un tráfico acelerado y en la mitad había una preciosa fuente de agua que reflejaba toda la luz en los chorros que iba soltando de forma continua. De repente me vi perdido y llamé inmediatamente a Bahia por teléfono porque no sabía dónde me encontraba; me explicó que él estaba en el sitio donde habíamos quedado pero yo me equivoqué y no lo supe distinguir, después de describirle el color de los edificios y la fuente decidí preguntar a una mujer el nombre de la calle y me indicó que cruzara el puente hacia la avenida, en la cual debí bajarme en un primer momento.

Después de caminar unos metros y cruzar el puente vi a Bahia dirigirse hacia mí y en ese instante supe que estaba en la calle en la que debí de bajarme; nos saludamos e intercambios las principales novedades, después compramos pan para la cena y subimos a su casa, allí estaba Conchi muy hospitalaria como siempre, pendiente de los platos, la cocina y la conversación; me saludó e intentó en todo momento que me sintiese cómodo pero yo le insistí que era uno más de la casa y que no se preocupe absolutamente por nada. A medida que nuestra charla iba adquiriendo, alrededor de los platos y el té, tono de poesía, literatura, el Sahara y la Generación de la Amistad, hablamos de la necesidad de seguir escribiendo e intentando trasladar historias sobre nuestra realidad a la gente; me acuerdo que les dije que leí en el periódico El Correo un articulo sobre Poemario por un Sahara Libre en el que la periodista reconocía la importante labor de divulgación que hace sobre la cultura saharaui.

Nos levantamos a media mañana y empezamos a leer antologías de poesía y a seleccionar poemas, yo decidí leer unos versos de Limam Boicha y Chejdan Mahmud, mientras observaba el sol entrar en el salón jaima y bebía tranquilamente mi primer vaso de té verde; en ese momento recordé el sol caliente del Sahara pero estaba convencido que el invierno madrileño es bastante helado y la temperatura muy baja.

Los tres decidimos coger el metro e ir a divulgar la cultura saharaui mediante la poesía y la música en el multicultural barrio de Lavapiés, acudimos a nuestra cita a las seis de la tarde, el teatro estaba semi-vacío y la gente fue llegando de forma pausada hasta que nos reunimos un buen grupo, pronto estaba el teatro lleno de amigos y gente muy conocida en la poesía como la escritora Ana Rosetti y otros más… y empezamos a hablar de cultura, la saharaui, y la necesidad de divulgar la historia del Sahara a través de canciones y versos que arranquen los sentimientos de la gente como complemento a los discursos políticos que muchas veces aburren al auditorio porque no dialogan directamente con el individuo ni le arrebatan parte de sus emociones.

Al terminar mi intervención a toda prisa corrí hacia el autobús en una frenética carrera en la que apenas percibí la prisa del metro, desesperado llegué a mi asiento, miré a todos los que estaban a mi alrededor, saqué el libro “Memoria del Fuego” de Eduardo Galeano y seguí leyendo la belleza de su lenguaje profundo describiendo la historia de América; mientras las luces y el ruido de Madrid iban desapareciendo lentamente y yo quedaba inmerso en el silencio de la noche.

Ali Salem Iselmu