domingo, marzo 15, 2020

El Turbante Azul de la ONU. A la memoria de Gary Benavides

Gary Benavides es el segundo por la derecha

Por: Bahia M.H Awah | 
Hay quienes con humildad pasan por nuestra vida y dejan profundas huellas; y hay quienes pasan y como si nunca se hubieran cruzado en nuestro camino. En homenaje al Casco Azul de la ONU, el Coronel uruguayo Gary Benavides.
Corría el año 1991 cuando Naciones Unidas mandó al Sahara Occidental su primer contingente de Cascos Azules, bajo las siglas de la MINURSO, Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental. El contingente arribó a los territorios liberados tras el cese el fuego firmado entre el Frente Polisario y Marruecos el 6 de septiembre de 1991. Era la primera etapa del plan de paz estipulado para la posterior celebración del referéndum de autodeterminación auspiciado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Este acto de celebración del cese el fuego lo describí con detalle en el capítulo V de mi libro “El sueño de volver”.
Este preámbulo en el conflicto, como paso hacia la recuperación de las aspiraciones de los saharauis, significó en aquel entonces la esperanza para muchos sueños que habían sido quebrados por la prolongación de la ocupación marroquí. Fue la primera vez en la historia que los saharauis vieron en su territorio a cascos azules de la ONU velar por un acuerdo de cese el fuego, después de dieciséis años de destructiva guerra, que transcurrió silenciada por la política de Occidente, considerándola “guerra de baja intensidad”, y por Marruecos, que ocultaba su letal hemorragia a sus súbditos.
A raíz del inicio del plan de paz que comenzaba en el Sahara Occidental conocí al entonces capitán Gary Benavides, casco azul de la ONU, natural de la República Oriental de Uruguay. Nos encontramos a principios de los años noventa cuando el oficial uruguayo, de físico alto, corpulento, de presencia imponente, dirigía uno de los primeros Team Site de la MINURSO, en la localidad saharaui liberada de Tifariti. Formaba parte de un contingente de varias nacionalidades; tengo en la memoria la arrogancia de los oficiales franceses, que transpiraban viejos olores de tiempos coloniales del “de gaullismo”.
Desde el primer momento conecté con el oficial uruguayo por su carácter humilde y cercano. Nuestro encuentro lo posibilitó el idioma castellano que tenemos en común en el Sahara Occidental y Uruguay; quizá también por la historia del dominio colonial que saharauis y uruguayos habían heredado del mismo malquistado colonizador.
La conexión humana que nos unió a los saharauis con Gary también se debió a saber entender cuándo otra persona necesita que le miremos a los ojos, le escuchemos y sintamos su dolor como nuestro. A lo que se unió el tema de la descolonización del Sahara Occidental. Gary me contó que cuando le destinaron para aquella misión, poco sabía del territorio y tuvo que pasar por un periodo de formación a cargo de funcionarios de las Naciones Unidas sobre la naturaleza de un problema persistente en la última colonia africana, junto con la búsqueda personal de información sobre el conflicto. Al llegar al territorio tenía claro adónde iba y con quién iba estar. Nada más aterrizar en Tifariti comenzó su trabajo de velar por el acuerdo del cese el fuego entre los ejércitos saharaui y marroquí. Gary quedó impresionado por la realidad sobre el terreno: la fuerza de convicción de los saharauis en sus principios de lucha y la plena razón con que se expresaban ante los cascos azules de Naciones Unidas, cuando el cometido del contingente está limitado exclusivamente a la observación del cese el fuego entre las dos partes.
En aquellos años noventa en Tifariti, tras habernos conocido muy bien el uno al otro y haber compartido muchas charlas y reflexiones sobre múltiples temas de interés general y sobre todo el proceso del Sahara Occidental, nuestra relación se fue afianzando más de lo que yo esperaba de un pasajero casco azul en misión. El contingente que dirigía en Tifariti era de varias nacionalidades y casi todas desde un posicionamiento personal mostraban simpatía hacia la causa saharaui, a excepción de los franceses. Gary era un oficial culto y autodidacta fuera de su disciplina y formación militar, faceta que le permitía desenvolverse en muchos temas.
En alguna ocasión en que hablamos sobre la dimensión humana de las personas, me preguntó si encontraba algo anormal en el comportamiento de los oficiales franceses hacia los saharauis. Y recuerdo que mi respuesta le hizo mucha gracia:
– Gary, estos oficiales franceses son piojos del régimen marroquí y siendo su país parte opaca del conflicto no deberían estar en el contingente de la MINURSO.
Gary, prudente en su trato con los demás, guardó silencio ante mi respuesta evitando cualquier tipo de comentario.
En nuestro recorrido por la zona una vez visitamos una familia nómada saharaui, que nos invitó a compartir el tradicional té saharaui que se ofrece al huésped como preámbulo de bienvenida. Al concluir el té y tras una extendida y amigable charla, cuando nos dispusimos a marcharnos la familia nos trajo un corderito y nos dijo que era un regalo para Gary. Él, perplejo ante la situación, dijo que no lo podía aceptar. Le expliqué que no debía rechazarlo porque era un gesto que los saharauis reservan para quien admiran o han oído hablar bien de su trayectoria. Gary agradeció el gesto a la familia y le llegó profundamente al corazón tal consideración; así que llevamos el corderito con nosotros al team site. Le dimos el nombre de “Lpi”, en inglés lamb of peace”. Viendo que no podíamos estar pendientes de él le propuse a Gary que lo dejáramos libre con un ganado propiedad estatal saharaui para que fuera creciendo dentro del rebaño y así lo aceptó. Creo que estos pequeños hechos desbordantes de humanidad son los retazos biográficos que constituyen la esencia para recordar a un amigo.
Hubo muchos cascos azules de varios países de Latinoamérica en la MINURSO con los que los saharauis tuvimos una especial sintonía de amistad y de cercanía por la lengua y por lo que éstos sentían sobre el proceso de descolonización del territorio. Muchos de ellos recuerdo que sufrieron represalias cuando iban de permiso al otro lado del muro que divide el territorio y ocupa Marruecos, en especial en la ciudad saharaui de El Aaiun y en el sur marroquí. Cuando regresaban de su permiso llegaban con moratones en los ojos por agresiones de los agentes marroquíes que les seguían vestidos de paisano y en muchas ocasiones les robaban, por el simple hecho de pertenecer al mundo hispano que simpatiza con el pueblo saharaui. En cambio, los oficiales franceses eran bienvenidos entre los marroquíes y pasaban sus vacaciones entre agasajos y lujosas casas de altos cargos militares marroquíes, pachás y autoridades del régimen en la ciudad ocupada saharaui de El Aaiun y en el sur marroquí. Todo esto me lleva a recordar las palabras de Ramón y Cajal cuando dijo: “¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o jamás amaste la justicia?”.
En muchas ocasiones hablábamos de aquellos convulsos años de América Latina y África y Gary me situaba en muchas interesantes historias que yo desconocía del continente latinoamericano. La amistad que tuvimos con ese coronel uruguayo era de esas que surgen por una razón que inevitablemente tenía que darse. En muchas ocasiones me decía:
– Admiro cómo los saharauis habláis el español.
Y en mis respuestas, que surgían entre bromas de amigos en las que a veces se mezclaba el surrealismo y la realidad, le decía:
– Gary, la metrópoli nos enseñó como a vosotros que esta lengua “fija, limpia y da esplendor” y la razón que los saharauis le encontramos es porque nos une a vosotros, los hermanos latinoamericanos, y a todos nos aleja de la francofonía y su política en la región, con la que Marruecos intenta engullir un factor más de nuestra identidad.
Cuántas veces recuerdo que me decía, partiendo de su doctrina onusina de predicar siempre la paz:
– Acuérdate amigo Bahia que vuestra generación tiene una comprometida misión por la paz y la libertad.
Y yo le decía a veces con cierta ironía que Marruecos no nos dejaba esa opción “paz por libertad” que soñamos y por la que pagamos un alto precio. Algo aprendí al respecto leyendo la biografía del mítico escritor franco argelino Franz Fanon, cuando decía: “Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”. Guardo muchos recuerdos de ese oficial que consagró su vida por hacer velar los principios que nuestra humanidad intenta predicar, a pesar de los fracasos en su carta magna y en muchas partes de nuestro planeta.
A partir de finales de los años noventa no tuve más información sobre el que llegó a ser mi gran amigo; hasta que no hace mucho aproveché el paso por Madrid de Emiliano Gómez, histórico amigo del pueblo saharaui y fundador de la Asociación de Amigos de la República Saharaui en Uruguay. A Emiliano le hablé del oficial Gary Benavides y le pedí que hiciera lo posible por localizarle en Montevideo, lo que a todos nos haría recuperar a un gran amigo de la causa. Emiliano me prometió que haría todo lo posible para encontrarlo. Pasado un tiempo recibí un breve email en el que Emiliano me decía que había podido localizar a la familia de Gary; me comunicaba la triste noticia de que mi amigo había fallecido dos meses atrás. Sentí profundamente la incalculable pérdida y escribí a su hermano Robert y a su viuda Graciela, con los que Emiliano me puso en contacto, para trasmitirles mis condolencias.
Gary Benavides nació el 8 de enero de 1956 en la singular y pintoresca ciudad de Rivera, situada al norte de Uruguay y que limita con su gemela de alma ciudad brasileña Santana do Livramento. Dos límites entre los que se había criado Gary, según me comentó su viuda, a los que se conoce como “la frontera de la Paz” por la convivencia en armonía de los habitantes de ambas ciudades.
Gary Benavides a los dieciocho años se trasladó desde esa frontera de la paz a la capital de Uruguay, Montevideo, para comenzar su carrera militar. Sus primeros trabajos le llevaron a la Antártida. En 1992 pasaba a formar parte de los cascos azules en Camboya; entre 1995 y 2003 fue el periodo en el que estuvo destinado en los cascos azules de la MINURSO en el Sahara Occidental, pasando posteriormente por la República del Congo y Haití, lugares donde también había dejado  muchos amigos. Así me lo confesaba en un email su viuda Graciela Sanchez, en estos términos: “te puedo asegurar que tiene amigos en todas partes en las que le tocó vivir. Tú fuiste su amigo y sabes de qué te estoy hablando”.
La naturaleza de la amistad que guardo de este casco azul uruguayo me traslada a mis años de bachillerato en Argelia. Recuerdo haber visto entonces ‘La batalla de Argel’, una película filmada en blanco y negro que plasma los orígenes, el estallido y el fin de la guerra de liberación de Argelia y el brutal dominio colonial francés en la ciudad de Argel, durante el periodo que transcurre entre 1954 y 1957; un guion cinematográfico del director italiano Gillo Pontecorvo, que finalizaba la película con un rápido salto temporal que conducía hasta el momento de la independencia de Argelia en 1962. En mi memoria imborrable aún está presente una secuencia del final de la película, como los momentos que te quedan de un amigo que se ha ido. Un clandestino revolucionario argelino, al saber de la derrota francesa, se trasladaba a un cementerio en el que habían enterrado a muchos compatriotas durante la guerra; en mitad del camposanto, con voz eufórica, quebrada por el dolor y la alegría, se dirigía a toda voz a los cientos de mártires que ahí descansaban, para decirles: “¡Compatriotas, compatriotas, levantaros, levantaros que ha llegado la libertad!”.
Hacía ya más de tres décadas que yo había visto por primera vez aquella escena de la ‘La batalla de Argel’ en la que aquel revolucionario anticolonial arengaba y pedía a los muertos que se levantaran para ver la libertad. Al enterarme de que el Coronel Gary nos había dejado y descansaba en paz, recordé sus consejos: “soldados de la paz y la libertad”, y mi espontánea respuesta de que “no nos dejaron paz por libertad”.
Volví a revivir casi la misma secuencia, pero esta vez la imagen era real y se repetía en Túnez, durante el estallido de la revolución de los Jazmines contra la dictadura de Zine El Abidine Ben Ali. Un hombre se veía en plena calle enfrentado con los últimos reductos del régimen tunecino; con voz fuerte, ronca y desolada, gritaba a todo pulmón a sus compatriotas: “¡Oh tunecinos, que habéis sufrido las torturas! ¡Oh tunecinos, que habéis sufrido las cárceles”, ¡Oh tunecinos, que habéis sido humillados y marginados!  ¡Levantaros por vuestra libertad! ¡Levantaros por vuestra libertad!” Con esta imagen el director de cine español Alvaro Longoria y el afamado actor Javier Bardem introducían su película ‘Hijos de las nubes, el Sahara la última colonia’, aquel país donde estuvo destinado el coronel Gary y del que siguió su proceso de descolonización. 
Hay quienes con humildad pasan por nuestra vida y dejan profundas huellas; y hay quienes pasan como si nunca se hubieran cruzado en nuestro camino. Gary Benavides pasó por mi vida y entre nosotros quedó la amistad; el aprecio por un peculiar hombre convertido en hermano que nunca estuvo indiferente ante nuestro proceso de descolonización, como no lo estuvo su jefe de aquellos años, el exembajador estadounidense Frank Rudy, u otros altos funcionarios de la ONU, como el exresponsable de la MINURSO el italiano Francesco Bastagli y tantos otros amigos que conocimos gracias a su paso por nuestra patria saharaui. Todos ellos estarán siempre en nuestro corazón.
Turbante azul
Mi verso hasaní, querido amigo,
y mi gaf  castellano
es alma que te vela
y surca tus caminos
de ida y vuelta,
sendero de paz.
Desde el cielo de Tifariti
al pozo Agua Dulce de Birlehlu,
o a los verdes campos de tu Rivera.
Hijo predilecto de Tifariti,
peregrino Turbante Azul,
Casco Azul de amistad,
uruguayo nacido en Rivera,
hijo de pintorescas
fronteras de paz.
Selvas y desiertos,
en los cerros de Tifariti
te respiran
como en los llanos de Rivera
y desde iglesias, campanas por tu alma
repican en Santana do Livramento.
Querido Gary, los saharauis cuando se nos va un amigo decimos “Dios nos lo ha traído y Dios nos lo ha llevado”. En paz tu alma, que siempre ha velado por la paz, descansará eternamente entre nosotros.

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