jueves, enero 28, 2010

El síndrome del exilio



- ¿Cuántos años tienes señora?
- Dieciocho…
- ¡¿Dieciocho?! ¿Cuándo los cumplió?
- ¡Ay hijo, fue hace tanto que ya no me acuerdo…!

Cuando en contra de la voluntad, el destino obliga a partir, a dejar la casa, a abandonar el abrigo del hogar, el alma deja de crecer. La vida se detiene en el instante en que los ojos miran, lo que sin darse cuenta no volverán a ver en mucho tiempo. El corazón se rebela contra el tiempo y decide que el cuerpo en que habita permanecería joven hasta el día en que vuelva a retomar aquel breve instante que guarda en la retina, cuando su mirada se posaba, por última vez, sobre el mundo que vive en su más tierno recuerdo.

En contra de la madre natura o de los designios del todopoderoso y aunque a veces el cuerpo intenta demostrar lo contrario, el exiliado, el que está lejos de casa renuncia al inexorable paso del tiempo y se detiene en la estación de la primavera, la eterna juventud. El espíritu de la juventud es secuestrado y forzado a perdurar hasta el día del regreso, hasta el día del reencuentro.

Es el síndrome del exilio, que reúne a personas de edades distintas, de generaciones distintas de ambientes distintos, bajo el calor de una misma jaima, donde los recuerdos terminan siendo comunes, donde la convivencia termina por aglutinar a todos en una misma edad. Las historias del pasado, de tanto contarse parecen como nuevas, de hace unos días, las anécdotas son de todos, los gestos, el modo de hablar, de reír y de narrar terminan pareciéndose. Las vivencias se mezclan y unos se apropian sin darse cuenta de la vida de los otros y entonces se termina conociendo mundos donde nunca se ha estado; se llega a viajar por otros caminos, se conocen nuevas sensaciones, se descubre la capacidad de resistir frente al dolor, se aprende a domar el tiempo.

La alegría es el mejor remedio para lograr disimular el paso del tiempo. Sentarse alrededor del té y hablar y hablar, siempre hablar, permite evitar el mayor de los males del exiliado, la soledad. Porque en la soledad vuelve la realidad y uno por muy bien que lo disimule no llegará a mentirse a si mismo. Cada cual sabe lo que le atormenta, sus recuerdos, sus sueños, sus frustraciones, su edad.

El síndrome del exilio no es una enfermedad ni complejo psíquicos, aunque es un cúmulo de emociones y vivencias que el individuo quiere retener en el tiempo, lo que le hace comportarse y actuar como un adolescente en el cuerpo de un adulto.

El síndrome del exilio es una necesidad, es un mecanismo de defensa contra una realidad de adversidades que duran ya mucho tiempo y es el proyecto de recuperación a largo plazo del tiempo robado, de la memoria perdida.

Son treinta y cinco años de exilio forzado, sin padres, sin madres, sin hermanos, sin familia, sin abrazos, sin ilusiones…
Son treinta y cinco años de esperas, de separaciones, de torturas e ignominias…

Son treinta y cinco años de sufrimientos, creyendo en soluciones, añorando reencuentros, rezando amaneceres…

Ante esta difícil situación, el síndrome del exilio junta las soledades y crea un ambiente de evasión, de huida hacia el interior, sin que ello signifique ni un abandono de la lucha por cambiar la realidad, ni por la recuperación de todo el tiempo vital que se ha perdido.


Ebnu


*Foto: www.fronterasdepapel.com

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