lunes, noviembre 19, 2012

El eslabón perdido


El viernes por la tarde, había estado en la presentación de El sueño de volver, una reliquia literaria que Bahía supo extraer de su corazón herido por la cruel e injusta situación de nuestro pueblo y logró, con un estilo sencillo y cercano, acercarnos a una generación saharaui que lo dio todo por su libertad. Tras tan ameno encuentro y convencido de la importancia de la memoria histórica en el devenir de nuestro destino individual, me uní a mis compañeros, amigos, compatriotas... hermanos de una generación que apenas se encuentra a sí misma. Fueron tantos los azotes del destino y tantas las puñaladas de la sádica realidad, fruto indiscutiblemente de intereses bastardos y viles y traicioneras políticas, que hasta hace pocos años nuestro lema no pronunciado pero sí practicado era el sálvese quien pueda.
Todos éramos unos niños cuando ocurrió el horror, la masacre, cuando Caín cayó sobre Abel... y nos volvimos de la noche a la mañana huérfanos de patria y pueblo. La ocupación de nuestra amada tierra por parte de las sanguinarias hordas supuso la metamorfosis total de nuestro ser, un cambio radical en nuestras vidas y un truncamiento traumático de la hasta entonces inocente y feliz niñez que el desierto y la educación beduina habían sabido mimar a su manera. Pasaron los años, las décadas, y cada cual siguió su sino según sus circunstancias personales y los golpes del azar. Fuimos marcados a hierro por la ocupación, la guerra y el desarraigo. Llevamos a cuestas, cruel destino el nuestro, el sambenito de la sospecha y la traición por parte de todas las administraciones y regímenes de nuestros lugares de residencia. Sin embargo, y a pesar de que lo teníamos todo en contra, cada cual pudo con su vela.
Treinta años después, con más canas y menos pelo, logramos vernos, hablarnos, logramos reunirnos para pasar un par de días juntos y rememorar aquellos maravillosos años... recordar anécdotas particulares y vivencias que de alguna manera nos marcaron. Hasta nos dimos un nombre, Foro Granada 77, por ser la bella ciudad nazarí el primer destino de exilio de la mayoría de aquellos mozalbetes que cruzamos el estrecho a principios de los años ochenta. Entre las cosas más entrañables que hicimos para recordar y revisitar ese pasado nuestro tan genuino y singular fueron las fotos que todavía conservaban algunos de nosotros. Algunas eran de la época de España, de cuando estudiábamos en el colegio. En una de esas fotos, aparecía toda una clase. Empezamos a mirar las caras de los alumnos de la fotografía, unos de pie y otros sentados aplicadamente; eran niños felices y desbordantes de risas... de caras risueñas que reflejaban bondad y paz... eran niños, éramos nosotros allá por los años setenta. Reconocimos a Omar, a Rubio, a Bucharaya, a Checua; Mulay Zein, Lomo, el pequeño Mundi, Lagdaf Hadya, Baruda, Sneina, Uald Barba... y también reconocimos a Hich que, sentado en la primera fila, miraba a la cámara con sus ojitos de mirada misteriosa de apenas diez años y que ya auguraban al futuro joven de carácter sereno y apaciguado querido y respetado por todos los que le conocieron y trataron. Hich era su apodo, el que le dimos cuando todos éramos niños, pero él es Mahayub Lajlifa Moisa, el jovencito que tras la ocupación marroquí tuvo que continuar sus estudios en español en un internado de Casablanca. Tras el instituto viajó a Las Palmas de Gran Canaria para realizar estudios universitarios, sin embargo, no llegó a estudiar pues eligió unirse al Frente Polisario para servir a su pueblo y a su patria. Ejerció de maestro de lengua española y luego tuvo la oportunidad de estudiar una carrera universitaria en Cuba. A finales de los años noventa, se estableció en España, se casó y tuvo una hija. De hecho, hace una semana uno de los compañeros intentó comunicarse con él para invitarle a nuestro segundo encuentro. No pudo ser, y sólo pudimos ver y comentar esta fotografía suya de niño tímido e introvertido sentado en primera fila. Era la noche del viernes madrugada del sábado y habíamos estado rememorando nuestro pasado común, nuestra extraña cultura de saharauis hispanófonos mientras mirábamos al niño Hich, a Mahayub Lajlifa Moisa, sin sospechar que en ese preciso momento se debatía entre la vida y la muerte, en su casa, solo, desamparado. Hoy domingo por la mañana, el día en que nos despedíamos para volver cada uno a su lugar de procedencia, recibimos la noticia: anoche, Mahayub fue encontrado muerto en su casa. Llevaba fallecido dos días... dos días que llevábamos juntos en el pueblo granadino de Huétor Santillán recordando ese pasado común del que Hich formaba parte. Recordando, rememorando y sin olvidar que cada uno de nosotros es parte del resto, cada uno es la historia, es el reflejo y el espíritu de los demás. Cuando uno muere, cada uno de los demás muere un poquito. Cuando Mahayub muere, todos nos sentimos morir. Todos, esta mañana, nos vimos sorprendidos por tan triste noticia. Los nudos en la garganta nos dejaron mudos a la mayoría. Ahora, desde la letra y en el nombre del foro, expreso mis condolencias a su viuda y a toda la familia Moisa, deseando y pidiéndole a Dios que le acoja en su seno.

Larosi Haidar