domingo, marzo 06, 2011

Mirando al hospital



En una calurosa tarde de Ramadán, salí de mi casa después de interrumpir el ayuno, necesitaba un paseo para aliviar el peso del caldo de trigo en mi estómago. Anduve por una gran avenida, construida sobre una pequeña colina. Ante mis ojos se extendían las luces destellantes de los pueblos castellano-manchegos que rodean  la ciudad alcarreña. Luego me detuve mirando a un hospital al otro lado de la carretera, a través de sus grandes ventanales se veía un grupo de ancianos en una inmensa sala intensamente iluminada, algunos se sentaban en sillas de ruedas y otros se paseaban lentamente entre los asientos.

El carro de la cena pasó de largo, empujado por una empleada, invitando a todos los pacientes a incorporarse a sus salas, como si fuesen los toques de una campana en un cuartel militar. Todos los enfermos se marcharon, salvo un anciano. Se quedó sentado en su silla, aferrado a los cristales, mirando hacia mí. Tal vez, recordará a través de mi imagen a un hijo que había perdido, o un nieto al que quería mucho. Una enfermera joven y rubia se le acercó, le hizo algunos gestos de cariño y le bailó unos minutos para sacarle de su profunda melancolía pero todo fue en vano.

Mi mente voló sin mi consentimiento hacia unos años atrás, cuando toda la tierra del Sahara ardía en llamas .Yo era un niño. Una tarde acompañé a dos parientes a visitar a nuestro vecino ingresado en el hospital de Chahid Bal-la. Al llegar a dicho centro de salud, construido con adobe y techo de zinc, nos cruzábamos en los pasillos con hombres a los que les faltaba un brazo, otros que se apoyaban en muletas y algunos con la cabeza vendada .Todos andaban altivos y sonrientes, como si fuesen sus heridas grados militares que les honraban. Los más graves estaban recostados en sus camas, con la cabeza apoyada en la almohada, esperando la visita de algún familiar o un vaso del aromático té, que preparaba una mujer voluntaria en una esquina de la sala.

Al cabo de dos horas, las bombillas de luz parpadearon en señal de que el generador de luz se iba apagar. Decidimos abandonar el oscuro hospital, dejando atrás a los heridos con sus gemidos de dolor, esperando las luces de un nuevo amanecer.

- ¿No es una vergüenza de que ni yo ni tú tengamos una sola herida en el cuerpo a pesar de haber participado en múltiples batallas? - dijo uno de mis acompañantes mirando a su colega.

- Obramos con fe y esperemos nuestro sino - le respondió el otro, dándole una palmada en la espalda sin mirarle a la cara.

Volví mi vista hacia el hospital alcarreño. El anciano permanecía en la misma posición. Decidí continuar mi camino sin apartar la vista del enfermo, le vi retrocediendo con su silla, haciéndome una señal de despedida. Le correspondí solidariamente.


Abdurrahaman Boudda