jueves, febrero 11, 2010

Al este y al oeste de la berma




Dedicado a Mohamed y a Hayat,
los hijos de Minettu Haidar.

Al fondo, y a lo lejos, se divisan las hermosas estribaciones de Ajshash; un poco a la izquierda, se alzan mirando al cielo, las inconfundibles ubres gemelas, denominadas, Lemgueirinat, o sea, las mancornadas; a la derecha, Liteima, que haciendo honor a su nombre, la huérfana, se levanta sola y apartada.

En el centro, un Land-Rover descapotable, delante de una acacia de tallo alto y copa frondosa, con una rueda de repuesto sobre el capó, otra en la caja, sin retrovisores y sin cristales. En la cabina, tres jóvenes, de riguroso uniforme militar y mirando de frente, luciendo sus míticas gafas siroqueras con las que fijan, en la frente, las vueltas de sus turbantes. El más joven, sentado a la derecha, encendiendo su pipa de ‘maneiya’; a su izquierda, sonriente, quien parece seguirle en edad; y frente al volante, el mayor de todos, con turbante negro, de tez muy morena, un mostacho negro y bastante poblado y una dentadura blanca como la leche.

El color amarillento tirando a rojizo que cubre el cielo y todo el panorama revela que ese día, Zemour, había amanecido bajo el manto de una tormenta de arena.

Sin datar, la foto bien podría haber sido tomada a mediados de los ochenta o, quizás, en los gloriosos finales de los setenta. Pero es, precisamente, ahí donde radica la duda que, desde hace años, mantiene en vilo a quien la mira una y otra vez.

Él, siendo hijo único, no llegó a conocer a su padre. Pocos meses después de su nacimiento, en la primavera de 1986, su padre había caído muerto en los feroces combates que se libraban en el sector sur del muro. Pero conserva, como en paños de oro, la fotografía que su padre, de joven, se había hecho para el carnet de identidad. Endeble recurso, éste, para rellenar de imágenes y recuerdos vivos la ternura paterna que no se tuvo.

Después de años escrutando los mares infinitos de la red en busca de alguna fotografía en la que pudiera reconocer a su padre, había encontrado la foto del Land-Rover. A su juicio el del mostacho negro guarda un parecido infinito con su padre. Pero no tiene manera posible de averiguarlo por sí solo. Incluso llega a imaginarse con unos años de más para verse con un mostacho igual de negro y, así, remarcar las similitudes con el hombre sentado al volante.

La incansable búsqueda tiene sentido porque este padre tan buscado es, a su vez, hijo único de otro hombre, el abuelo, que también había caído muerto mucho antes, allá a finales de los setenta, en los combates de Leboirat. De ahí la carga tan pesada ante la Historia que el hijo-nieto siente sobre sus hombros: los apellidos y los genes de tres generaciones pueden desaparecer de la faz de la tierra.

Muy anciana ya, la abuela paterna no alcanza a discernir entre la foto del carnet del padre y la del hombre del mostacho negro, que le muestra el nieto, por lo que tan sólo le contesta:

-Benditos sean los recuerdos, hijo. Las fotos, al igual que las flores, se marchitan (insinúa la vista), pero no los recuerdos.

Y así, en la tierra y en el cielo, al este y al oeste de la berma, los hijos del pueblo saharaui suspiran por lo mismo: la independencia y la libertad del Sahara Occidental.


Haddamin Moulud Said