jueves, septiembre 13, 2007

Los olivos y la escarcha



El frío congelaba los labios, las manos, la cara y todo el cuerpo. Las plantaciones de olivos estaban totalmente heladas y el tractor iba a toda velocidad dirigiéndose a Valjunquera. Nosotros íbamos apretujados en medio de la cabina, la escarcha lo había dejado todo blanco y duro, no podíamos pisar bien el suelo ni caminar. El dueño de aquellas tierras decidió entonces encender una enorme hoguera para que nos calentáramos porque las temperaturas habían descendido por debajo de cero.

A las nueve de la mañana empezaron a descongelarse los primeros olivos, cogimos las mallas y las tendimos debajo de cada árbol y con unas pinzas las sujetamos a cada tronco, luego agarramos los palos negros que estaban en el tractor y empezamos a golpear las ramas con fuerza y así empezaron a caer las primeras aceitunas sobre la malla. Una vez que nos aseguramos que ya no quedaban frutos en la planta, recogíamos todas las olivas y las vaciábamos en una caja y así nos íbamos trasladando de un sitio a otro durante todo el día, mientras más campos acabáramos más contento estaba el dueño y al final de la jornada podía presumir en la cooperativa de haber recogido muchos kilos.

Cuando eran las dos de la tarde el jefe ordenaba parar y nos daba una hora para comer; yo sacaba tres fiambreras y una pequeña cazuela para calentar la comida al fuego de la hoguera, casi siempre traía arroz blanco, lentejas y huevos duros era una comida fácil de preparar y la comí muchas veces cuando estaba en Cuba. En media hora comía y luego sacaba mi termo y me bebía mis buenos sorbos de café negro, cogía un cartón y lo colocaba a lado del fuego y me acostaba sobre él durante el tiempo que me quedaba de descanso.

Por la tarde sentíamos que los músculos y el cuerpo estaban dormidos, no respondían con la misma fuerza que en las primeras horas de la mañana, de campo en campo seguíamos la batalla de los olivos, no se podía perder ni un solo minuto, había que aprovechar el tiempo al máximo y rendir con mucha eficiencia sino se corría el riesgo de perder el puesto de trabajo y para alguien sin papeles quedarse sin trabajo equivale a quedarse abandonado en medio de la nada.

Por la noche volvíamos a casa muy cansados, nos sentábamos los tres en medio de la cocina, yo cogía la bandeja de té y un pequeño hornillo de butano y le decía a mis compañeros “no hay nada mejor para aliviar el cansancio que un buen vaso de té verde bien amargo y una buena charla”. Mientras el otro compañero se ponía a preparar la cena, cogía yo la radio e intentaba sintonizar la Radio Nacional Saharaui para informarme sobre las últimas noticias relacionadas con el Sahara. A las diez de la noche cada uno estaba tendido en su cama esperando empezar un nuevo día en medio de la escarcha.

Varios meses intentamos sobrevivir en medio del frío, nosotros que nunca habíamos visto la nieve. Sólo conocíamos las arenas doradas del desierto y el bosque tropical, pero la lucha por transformar aquella situación en una mejor era una necesidad imperiosa, no teníamos ninguna alternativa que seguir trabajando en esas condiciones para no levantar ningún tipo de sospecha sobre nuestra situación.

El camino a veces es largo y otras veces puede ser corto, pero el camino para obtener los papeles muchas veces es imposible, en nuestro caso tuvimos que trabajar con un hombre casi analfabeto que no entendía de países ni continentes, solo sabía que nuestra piel era oscura y por lo tanto éramos forasteros y como forasteros pensaba muchas veces que no entendíamos castellano y empezaba a chillar y chillar, y nosotros a trabajar y trabajar, la comunicación no existía entonces, cada uno estaba inmerso en una realidad ajena totalmente al otro.

Quizás lo que nunca entendió es que alguien como nosotros, hijos del refugio y la extrema necesidad, también podíamos soñar y escribir incluso con la lengua de sus antepasados que es tan nuestra como de él.


Ali Salem Iselmu

1 comentario:

Viktor Gómez dijo...

Ojalá que tus hijos y los míos entiendan estas palabras como las entendemos tú y yo, como ese puente que permite salvar el río que se lleva el presente sin dicha y el dolor sin remedio y sortear la dificultad del respeto, el abrazo, la mutua ayuda y progreso.

Un abrazote,

Viktor Gómez