domingo, agosto 05, 2007

“El león de Tiris”


Los saharauis que hemos vivido de cerca la historia contemporánea de nuestra lucha, el éxodo, la guerra, la deportación, el exilio, la desaparición y hemos sobrevivido en nuestras entrañas al peligro a la muerte o de las consecuencias que a veces nos acarreó el destino, guardamos en nuestra memoria miles de historias. A veces, como testigos, nos cuesta contarlas y buscamos que la ocasión sea propicia. Intentamos contribuir a saldar deudas con las presentes y futuras generaciones, con la narración de relevantes epopeyas.

A veces nuestra naturaleza humilde nos impide destacar hechos transcendentes y recordar a los protagonistas de nuestra contienda, simplemente por el hecho de no ser considerados aduladores, pero en el momento adecuado nuestros recuerdos nos salen del corazón, como aquellas rimas de Bécquer que cantan:

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «Levántate y anda»!

Por todo ello nos resulta difícil, hasta inadecuado, destacar el “yo”, el “mí” o el hacer referencia, en ausencia de “terceros”, a sus cualidades y extraordinarias hazañas. Así poco o casi nada se sabe de nuestros anónimos héroes. Preciosa virtud de los saharauis, que cuando nos alaban nos sentimos incómodos o al señalarnos como ejemplo opinamos que no lo somos, porque creemos en la humildad y entendemos que entre nosotros hay muchos magníficos hombres y mujeres anónimos que sí lo son, razón por la que nunca tuvimos en nuestra tierra poetas juglares, como en otras civilizaciones, que alaben a guerreros, gestas, epopeyas o figuras históricas. Este don tal vez es el que nos haya librado del vasallaje y la sumisión.

Concedemos nuestra milenaria historia a segundos autores, no saharauis, que la escriben o cuentan, inconcebible error que debemos explicar a las futuras generaciones, ansiosas por saber el pasado y el presente de su historia y sus actores. Conscientes y fieles debemos estar ante estas generaciones que tal vez dirán “en qué circunstancias fueron figuras de nuestro pasado, y quienes lo eran”

He vivido casi once años de mi juventud en la guerra y he visto muchas historias jamás contadas, desde simples anécdotas hasta fantásticas hazañas con nombres y apellidos. Y no me cabe en la cabeza la expresión “dejar que se lo lleve el viento”. He conocido legendarios que siempre quisieron ser personajes anónimos, sin galardones ni coronas de laurel, como decimos en nuestro proverbio “sbaa ma yugald”, “león sin collar”. De estos hombres me he referido en anterior ocasión, destacando la figura de Biga Aba Chej, el caballero de la guerra. Hoy recuerdo a Nih uld Alemblal, a quien conocí en un mes de agosto. En muchas ocasiones, en charlas con amigos, hago referencia a su vida, que toda entregó a la causa.

Fue uno de los primeros dirigentes militares saharauis. Siendo joven se incorporó en las filas del Polisario, convencido por la causa de la tierra que defendería desde los primeros años de la guerra con Marruecos y Mauritania. No hubo ningún oficial invasor marroquí o mauritano que pisara con sus botas en las regiones del sur y el centro de Sahara que no conociera su nombre y ante él no sintiera temor.

Comandante de la primera región, a Nih le conocí en persona en la primera semana de agosto de 1987, un verano caluroso, en Tiris, la tierra donde nació, luchó y deseó morir. Allí cuando atardece todo el calor se olvida al acampar debajo de la sombra de un galb, preparar una fogata, hacer té y charlar sobre la tierra y su inabarcable historia.

Sus compañeros y subordinados contaban muchas anécdotas relacionadas con su inteligencia y coraje como estratega militar, término etimológicamente griego stratégos que significa general, es una palabra que usamos en distintas contextualidades y siempre con relación a cuestiones relevantes "la estrategia define el ¿qué hacer? y también ¿cómo hacerse?". Nih fue el general que pasó desapercibido porque creyó más en los otros que en sí mismo, porque con ellos supo qué hacer y cómo debía hacerse.

En una ocasión nos citó en Leyuad, en la cueva del diablo. Pasamos allí el día, de mucho calor, disfrutando un cordero mishui. Nos habló sobre esta cueva y la historia de las legendarias montañas de Leyuad, donde su región militar aún hoy opera. Se pasaban las horas sin darnos cuenta escuchándole hablar sobre la tierra y las grandes derrotas infligidas al ejército invasor en esa zona.

Era un hombre de espíritu jovial, alegre, el típico nómada saharaui de correctos modales, sencillo, dialogante, comunicativo, muy caballero y cercano a los otros.

Sabía muchas historias de Tiris, en ocasiones nos decía “debajo de cada talha y en la falda de cada monte, en la boca de cada pozo o en el vientre de cada duna se esconden miles de preciosas historias a contar, pero hay que buscarlas”

Recuerdo aquella tarde de agosto cuando nos llevó a acampar en la sombra de un curioso monte de nombre femenino llamado Taziualet, anclado en los límites de Tiris este, rozado en su valle del este por unas cordilleras de dunas conocidas como Azefal o Draa, que se extienden hacia el sur, haciendo frontera con Mauritania.

Allí, una vez que ya estábamos en la sombra de Taziualet, nos contó que el monte tiene forma de una dama saharaui que toma postura de acodada, una forma muy romántica, típica y educada que suele adoptar la mujer saharaui de buenos modales. Y al fijarnos en aquella montaña a todos nos daba esa impresión que nos describía Nih.





A la memoria de Nih

Hermosa estás, Taziualet, radiante
galaxia de tu firmamento,
con la melhfa de nila
y el blanco faldón de arenas,
sugerente doncella de Tiris.

Glamourosa vestida de gala,
acodada en blancas dunas
de seda.
Piernas esbeltas,
tintadas de azul,
y pies oscuros, flor de henna.

Al este anhela acariciarle Azafal,
al suroeste la pretende Auadi
y al noroeste encanto de beduina
rompecorazones:
galb El Arui, corazón de cabra montés,
galb Egteitira, corazón de cataratas,
galb Eljail, corazón de un corcel.


Cada vez que recordamos un referente anónimo de nuestra historia estamos homenajeando a cada uno de ellos, y a todos aquellos que en el pasado fueron estandartes de nuestras aspiraciones de libertad y paz, desde el sabio de Tiris Chej Mohamed El Mami, Ali uld Meyara, los dirigentes desaparecidos Luali Mustafa, Sidi Brahim Basiri y muchos otros anónimos como Biga uld Aba Chej, Ali uld Ahmed Zein, Sidahmed uld Barray alias “uld Treibi”, Maata Mulan uld Tayeb, o Nih uld Alemblal “el león sin collar de Tiris”.

Bahia Mahmud Awah, en homenaje a otro legendario de Tiris, Nih uld Alemblal