miércoles, marzo 14, 2007

"La Época del Palo"


Las dos enfermeras eran amigas y trabajaban en el hospital de Dajla. Eran los primeros tiempos duros en el exilio de la Hamada. Todos los hombres estaban en la guerra, y solamente se veían niños y ancianos. Las dos amigas se aburrían y necesitaban divertirse. Muchas veces, después de terminar su jornada en el Hospital, se iban a dar un paseo hasta las dunas, casi siempre, un poco después de la oración del magreb. Al principio charlaban en voz baja, pero al poco rato ya cantaban o discutían o se desahogaban, pero sobre todo siempre buscaban el pretexto, la anécdota para reírse, y casi siempre terminaban inventando todo tipo de versiones de la archiconocida historia de "Dahr el ud" (La época del palo).

Ellas estaban seguras que nadie en el Sáhara sabía a ciencia cierta cuánto había de verdad en esa leyenda. Si existió en el pasado, o sucederá en el futuro, o realmente no es más que un producto de la fantasía de la gente. Para reírse sacaban a relucir la historia que una noche les contó Guezana, la vecina de una de las muchachas. Cuentan que en la "Epoca del palo", los hombres eran una especie en extinción, y se volvieron cada vez más débiles e indefensos, y lo que era peor su esperma dejó de fecundar a las mujeres. Ellas eran una especie numerosa, e iban en aumento. Necesitaban, y deseaban ser fecundadas. Casi todas las noches celebraban una fiesta, para atraer a los del sexo "débil". Cuando un grupo de mujeres vislumbraba en el horizonte a uno, se desataba la euforia. Ellos, con el tiempo, se volvieron más tímidos, huidizos y solitarios.

Desde lejos ellas acechaban a su presa, con miradas provocadoras, con palabras dulces, con comida, con cualquier cosa, pero los hombres al verlas tan numerosas huían, y ellas iban tras ellos persiguiéndoles. La manada se dispersaba y los hombres corrían en desbandada, buscando "salvarse", corrían y corrían y corrían… pero siempre había una presa para el festín. El hombre para salvarse se subía a lo más alto del primer árbol que encontraba, (si es que había árboles en aquellos parajes). Cuando rodeaban al intruso que había tenido la valentía de aparecer, se producía una aglomeración tremenda; algunas se agarraban a las ramas, al tronco con tal de bajarlo. Cuando resultaba difícil alcanzarlo, una cogía un palo y lo introducían entre las piernas de la presa, lo pasaban por sus testículos y lo metían en el trasero del hombre... y lo olían. Cuando una terminaba lo pasaba a las demás. De una en una lo iban oliendo hasta que el olor desaparecía del palo. Ese olor era el que las fecundaba...

Las dos enfermeras estallaban en carcajadas imaginando esos rostros de militares serios protegiendo sus culos en la Época de los Palos.

Limam Boisha