miércoles, enero 03, 2007

Desde mi ausencia, carta para ti Auserd



Mi querida Auserd, cuánto tiempo ha pasado desde que me separé de ti, hace unos treinta y un años. Sabes que no he podido olvidarte, a pesar de esas tres décadas que inicié con el éxodo el año 1975 y continué con el exilio y la diáspora en el extranjero.

Cuando salí huyendo aquella noche dejándote atrás en las tinieblas de la guerra, pensé que esta ausencia no podría ser más que varias semanas o un mes, pero mis cálculos eran de un niño de 15 años. Fíjate que cuando preparé mi evasión, con el consentimiento de mi mamá y mi hermana, iba a llevar mi bicicleta pero al final mi opción estaba a la altura de mi infancia que dejé entre los valles de tus magnos montes, Bumarca, Buserz y Buguetalla. Decidí entonces no llevar nada salvo tus recuerdos, sembrados por siempre en mi corazón.

Te seré sincero en esta carta contándote lo que me ocurrió los primeros meses de mi huida entre la multitud de familias, que también iban dejando atrás sus casas, sus ciudades y sus pertenencias. Al principio pensaba que iba solo, pero después me fui encontrando en el camino del éxodo con amigos y otras gentes venidas desde diferentes ciudades, El Aaiun, Villa Cisneros, Argub, Smara, Bir Nzaran y hasta de ti, también había amigos huidos que te abandonaban, como yo. Sentía consuelo al encontrarme a conciudadanos y vecinos de nuestro barrio.

Mi madre fue quien me dijo “vete de aquí y rápate la melena porque si te cogen los soldados invasores te la van arrancar pelito a pelito”; la melena era símbolo de los jóvenes polisarios y yo no le hice caso en ese momento, pero pensando que podía ser cierto me la corté al cero la misma noche de mi evasión.

Pasé por los bombardeos de Um Draiga, me sorprendió el primero justo en el pozo donde nos estábamos abasteciendo de agua con los hermanos Jlil y Labat Slama, huidos también de mi pueblo, con quienes me encontré en el camino. Labat era mi condiscípulo en el colegio y amigo, su familia y la mía vecinos y amigos. La familia Slama me cuidó mucho hasta que llegué a los campamentos de refugiados en el sur de Argelia.

Estuve tres años estudiando en el norte de Argelia terminando el bachillerato en español con profesores SAHARAUIS, que hablaban el idioma igual o mejor que mis primeros maestros de primaria que eran españoles, y a quienes recuerdo con todo el cariño de mi corazón, como Don Francisco y Don Emilio.

Querida Auserd,
me tuve que ir a Cuba a terminar mis estudios superiores. Allá conocí otro mundo diferente en paisaje a tus desnudos montes y dunas, cubiertos por aquellos finos vientos que a veces soplan para refrescarte del calor sahariano.

Allí me forje como valedor de mí mismo. En ocasiones me sentía como huérfano cuando mis amigos recibían correspondencia de sus familias, fotos, ropa… yo sabía que tú y los míos estabais muy lejos, incomunicados y retenidos como escudos humanos en la ciudad. Pero siempre te tenía presente, junto con mis recuerdos de la familia, a veces soñaba que me llegaban cartas tuyas y que me contabas de mi familia y mi colegio.

Tantos años después cuál sería mi sorpresa, navegando por Internet me encontré con fotos tuyas de los años setenta hechas por un piloto y otras actuales de un observador de los cascos azules de Naciones Unidas. Qué hermosa estás, qué linda estás, como aprendí a decir en el Caribe. Te ves radiante con tus típicas faldas blancas, las bellas dunas que visten tus montes.

En la foto, volví a ver los valles de Ayhfun, nuestros lugares de acampadas y excursiones con los maestros. Y vi Bumarca, con su marca pintada en blanco, con la media luna y las letras ATN (Agrupación Tropas Nómadas). Y vi Buserz, con sus miles de historias, muchas de ellas protagonizadas por nosotros en nuestras escaladas.

Querida Auserd,
me emocioné tanto al ver la entrada al patio de mi colegio, en esa foto que está tomada desde un avión. Se aprecia la torre del agua y el estanque donde salvábamos aves atrapadas durante el verano.

¿Recuerdas aquella centenaria talha, acacia, donde jugábamos al columpio colgados de sus fuertes ramas?, aún resiste, como resistimos nosotros lejos de ti. Te conté una vez que me escondí debajo de ella con mi hermanita Lehbeila, cuando se iba a marchar con mi hermana mayor a vivir en Villa Cisneros. Yo no quería y, aunque mi mamá me explicó que mi hermana mayor iba estar sola y necesitaría de ella hasta acomodarse y conocer amistades, yo la escondí para que no se la llevaran.

Al ver el bloque de casas colominas donde tuvimos nuestro primer hogar, y la otra nueva que construyó mi padre a finales del 74, me sentí como si allí estuviera en realidad junto a ti, nunca dudé de tu hermosura, única hija de Tiris, anfitriona de mis recuerdos de infancia. Me fijé detenidamente en el majestuoso cuartel donde tuve mi primer colegio, y recordé mi primer regalo de Reyes, un parchis, tenía cinco años, y mis maestros trajeron una acacia y la montaron en el patio del colegio, la llenaron de colores y luces. Yo no entendía el motivo pero lo sentía muy bonito y me gustó mucho el regalo y la fiesta.

Sobre el cuartel se veía la bandera de España. Eran otros tiempos, al menos vivíamos en nuestras casas y contigo, Auserd, aunque me hubiera gustado que aquella bandera fuera la saharaui, para que nunca se hubiera izado la roja manchada de nuestra sangre, la bandera del invasor marroquí, significaría que España habría cumplido con sus obligaciones ante el mundo y nosotros los SAHARAUIS.

Querida Auserd,
he conocido muchas ciudades y podría haberte olvidado, pero tu amor anida en mis entrañas. Amé a la preciosa Habana, conocí la inmensa y acogedora Madrid, la solidaria Argel, la amiga Bilbao, la fresca y tolerante Barcelona, pasé por la helada Terranova y paseé por la bohemia ciudad de Praga, pero no he encontrado ninguna como tú, que haya robado de esta forma mi corazón.

Querida Auserd,
me despido de ti con la ilusión de verte pronto abrazarte y besarte hasta la saciedad, y me gustaría que en cada primavera llevaras unos ramos de lehbalia y los depositaras sobre la rauda de mi abuelo, que descansa en el cementerio en la falda de Buguetalla, y rezaras por todos los que allí dejé de niño.

Te quiero,

Bahía
Foto: Juan Piqueras. Auserd 1972