sábado, julio 22, 2006

Las dos torres de Rabuni (Un día cualquiera)

¡Qué silencio!, ¡cuánta serenidad! Estoy sentado sobre un bloque de adobe al lado de las dos torres de Rabuni, los rayos dorados del sol me acarician de manera suave y tibia. Desde el oeste llega una brisa fresca que me susurra en el oído izquierdo. A lo lejos llega el sonido de los vehículos que van entrando por la carretera principal de Rabuni. A mi derecha hay una pequeña casita de adobe con techo de zinc, y para que el viento no despide al zinc hay muchas piedras grandes que lo sostienen. Dentro el cuartito tiene el aspecto de un corral abandonado, el olor del aarsa, (el estiércol de las cabras) todavía es fuerte e impregna todo el perímetro.

Una de las torres es antigua y en desuso, la otra es nueva del año 2 mil y está funcionando a toda máquina. La antigua es más alta, es de un color ocre y desteñida, tiene el rostro y el cuerpo marchito; se mantiene firme, pero todo en ella está caducado, oxidado. Su descomposición es lenta, pero inexorable. Sus viejas escaleras que llevan hacia lo más alto, desde abajo parecen una montaña rusa que se ha congelado en medio de su ruina en su último viaje hacia la luz azul del cielo. Sobre las paredes de la torre hay huellas de amores y amantes. Esta torre y su emplazamiento son ideales para el amor nocturno, para los amores furtivos. Hay una vista magnífica hacia todas direcciones, y el lugar está lleno de paz; te trasmite la sensación de volar, en medio del sonido de los pájaros nómadas que viven al abrigo de ese refugio o del otro oxidado depósito más pequeño que está cerca de las torres y que alrededor de él hay cuatro talhas (acacias espinosas).

Aquí el amor brota sobre la semilla del agua, al lado de las piedras y el adobe, cerca de las palabras y los discursos oficiales. Frente a los "nidos" lujosos, amurallados y con seguridad de los oficiales de UNHCR. No lejos del Hospital Nacional, donde habita el dolor, las enfermedades, la esperanza y la vida.

El amor está aquí en todas sus dimensiones, como está la hipocresía y la miseria de guardar las composturas. Está también la espera. La eterna espera. Aquí todo es espera: los papeles- todo tipo de papeles- las colas, almataleb (peticiones), etc...Viajar a Rabuni y volver. Viajar haciendo autostop-muchos, porque el precio de los taxis es caro y a penas existe el transporte público- Ver a alguien, cargar un saco. Esperar una Comisión médica, una inspección, encontrar a una muchacha. Salir de la monotonía de las jaimas, desahogarse con conocidos o desconocidos. Buscar zinc, algún camión o coche que va a la Badía, a Mauritania, o un autobús o avión que va Argel u Orán, etc...

Construir adobe, volver a levantar los biut, rezar para que no vuelva a ver lluvias en los campamentos, ni diluvios. Esperar volver al Sahara antes del próximo diluvio.

Rabuni ahora es algo así como el principio y el fin de todas las cosas en el exilio. Rabuni es un lugar humano, un laberinto de adobe con sus miserias y sus esperanzas, con sus lentas burocracias, sus enchufes, su nepotismo, sus dolores, y también sus casualidades y alegrías.

Rabuni es la metáfora de esa vieja torre que se cae a pedazos. Rabuni necesita otra torre como esa nueva que extrae quinientos metros cúbicos. Necesita agua buena y con un ritmo nuevo.


Limam Boicha