Texto: Ali Salem Iselmu. Vete hacia el norte le dijeron, no te
detengas, aunque las olas del mar te impidan alcanzar el paraíso con el que has
soñado y del que tantas veces te han hablado. Observó sus dos vacas y a sus
hijos que corrían felices persiguiendo mariposas, cortando flores con sus
pequeñas manos alrededor de aquel río, en el que a veces se detenían en su
orilla, para ver el reflejo de sus sombras en el interior del agua.
La pequeña choza de ramas y troncos, tenía el
suelo de tierra y estaba cubierta por varias esteras. En una esquina estaba el
pequeño horno de barro que usaba su mujer para cocinar el pan. En su largo
recorrido por el campo, iba a las plantaciones de mijo que le habían dado
buenas cosechas y le recordaban a sus padres, y aquel lejano día en el que
colocaron varios estacas para marcar el límite de las tierras que cultivaban.
Él tenía que tomar una decisión, ofrecer una
nueva oportunidad a su familia, alejándose del Sur en el que nació, abandonado
la inmensa planicie, de árboles, pájaros y pequeñas chozas de madera que
acompañan la trayectoria río.
Era el menor de cinco hermanos, el único que
se había quedado cuidando las vacas que heredó de sus padres. Los demás se
marcharon hacia el Norte, el lugar donde dicen que florecen enormes ciudades y
se congelan las gotas de lluvia. Miró sus sandalias hechas del cuero de un
animal que cazó su padre, cuando él tenía ocho años. Entonces corría descalzo
con sus hermanos, hablaba en voz alta, las palabras de bambara que le
enseñaron, cuando andaba desnudo entre los árboles que protegían las
plantaciones de mijo que fueron el alimento de sus antepasados.
¿Adónde voy, si sólo hablo bambara? – sé
preguntaba varias veces – él sabía que la lengua que hablaba desaparecía una
vez cruzaba el gran río en dirección norte.
Cuando llegaba la noche, acercaba las vacas a
su pequeña choza, las inspeccionaba detalladamente, observando sus ubres. Luego
salían los pequeños terneros a mamar a sus madres. Después apartaba las crías,
se lavaba sus manos antes de empezar a ordeñar.
Su mujer intentaba avivar el fuego en el
interior del pequeño horno de barro, mientras sus hijos hablaban del león
blanco que mató su abuelo con una poderosa lanza, cuando intentaba atacar a sus
vacas.
Ellos también al igual que su padre querían
emprender su viaje hacia el norte, pero sabían que después del gran río nadie
hablaba bambara. Sabían que sus antepasados fueron pastores de vacas, grandes
guerreros y cazadores.
El padre entró en la pequeña choza con el
jarro de madera lleno de leche. Su mujer había cocido las dos tortas de mijo,
mientras sus hijos seguían hablando de las proezas de su abuelo, cuando detuvo
a los elefantes y evitó que entraran a las plantaciones.
Él padre, se sentó en cuclillas cerca del
fuego, abrió sus manos y las colocó cerca de la brasa, luego se dirigió a su
mujer.
– Los terneros están creciendo muy rápido y
deben ir a pastar con sus madres, cuando llegue el invierno podemos vender uno
y emprender el viaje hacia el Norte.
La mirada quieta de su mujer y el silencio que
acompañaba sus gestos, mientras iba cortando la torta de mijo en pedazos
pequeños, añadiéndole un poco de leche. Lo sorprendió dejándolo sin palabras.
Pensó en el mijo, las vacas y las palabras de
bambara que dejará en el interior de aquella agua, una vez haya cruzado el río.
Sus hijos mientras tanto iban recordando la
primera jirafa que vieron beber en el río. Entonces pintaban sus cuerpos de
barro y volvían corriendo hacia su madre pidiéndole que les diera una torta de
mijo.
El pequeño horno de barro quedó apagado y la
luz del candil seguía iluminando la puerta, todos dormían. El padre seguía
pensando en cruzar el gran río y emprender su viaje hacia el norte.
Pequeñas palabras de bambara invadían su
mente, mientras soñaba con sus antepasados, cuando cazaban en la sabana y
cultivaban mijo.
Sus ojos se iban cerrando lentamente, mientras
la luz del candil se iba apagando y del interior de aquella tierra volvía a nacer
de la oscuridad de la noche, el rugido de los leones, las pisadas de los
elefantes y el aullido de las hienas que se mezclaba con el sonido de las olas
del gran río.
Él seguía persiguiendo sus sueños, imaginando
enormes cocodrilos que querían devorar su cuerpo, ahogando las pequeñas frases
de bambara que iba pronunciando con mucha timidez, mientras las gotas de sudor
caían de su frente.
Por la mañana emprendió su viaje en un pequeña
barca quería cruzar el gran río, en su mente tenía aprendido el camino, el
largo camino que estaba lleno de obstáculos que él tenía que superar. Cuando se
subió a la barca miró los campos de mijo y sus vacas por última vez, en su
interior nacía una nueva esperanza, mientras tocaba el agua con sus manos. La
frágil embarcación se hundió en aquel río, todos iban cayendo, él quería
despedirse de su mujer antes de que su cuerpo llegara a la otra orilla, y no
podría pronunciar las palabras de bambara que había enseñado a sus hijos.
Lo último que se vio fue la mano de un hombre,
pidiendo auxilio. La fuerza de las olas se apoderó de aquella embarcación, el
agua iba introduciéndose de un lado a otro hasta que se hundió definitivamente.
En el gran río quedó atrapado su sueño, las
olas fueron empujando su cuerpo hasta la otra orilla, la última palabra que
pronunció fue el nombre de su mujer, gritó varias veces «Fatu, Fatu», mientras
su cuerpo asustado se iba hundiendo lentamente.
Nadie se imaginó que el oleaje iba a destruir
el cayuco. El océano y el río se habían llevado demasiadas vidas. Él dejaba a
Fatu y a sus hijos en medio de aquellas plantaciones de mijo, tenían que
empezar el camino solos y recordar las últimas palabras de bambara que les dijo
aquella noche antes de marcharse «gnom, gnom[1]», mijo, cuidar el mijo, el
alimento de nuestros antepasados, los primeros agricultores de esta tierra».
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[1]
Significa mijo en bambara, lengua que se habla en Mali.
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