miércoles, marzo 06, 2019

Al llegar a la duna


                               Al llegar a la duna, texto de Ali Salem Iselmu Abderrahaman
Foto: Juan Ignacio Robles y archivos GA
Al llegar a la duna empecé a observar el espectáculo de luces que nacía en el cielo, en él descubrí caminos, rutas que me llevaban a antiguas ciudades. Dirigí mi vista hacia el norte, allí estaba la estrella polar. Seguí observando hasta que descubrí las luces de la ciudad de Tinduf, pensé en las caravanas de comerciantes, en esa extraña ciudad nacida entre colinas, cuyas luces parecen un viejo farol que emerge del interior del Sahara.

Cuando dirigí mi mirada hacia el este, el espectáculo de diminutas estrellas era infinito. Una luz pareció penetrar en mis ojos y desaparecer, pensé en un deseo que compartí con el silencio del momento, mientras iba observando unas huellas pequeñas que permanecían quietas en medio de la noche. Creí que aquellas huellas eran de una mujer, un pie pequeño que no llega a penetrar del todo en la arena. Pensé en la chica joven, cuyos ojos parecían dos estrellas.
¿«Será ella, no lo sé»?. Miré hacia el sur, entonces vi pequeñas luces dispersas sobre la planicie, unas eran intensas, otras eran débiles. Me quedé confundido, no sabía cómo podía volver, entonces mi amigo me dijo:
̶ Vamos hacia aquella luz solitaria y brillante inclinada hacia el este.
Empezamos a caminar despacio, rodeados de pequeñas colinas. Entonces me vino a la mente la imagen de aquella mujer que huyó descalza hasta la ciudad de Tinduf y nunca volvió a la ciudad del Aaiún, donde dejó su hijo siendo un bebé. Muchos años después, su hijo quiso que volviese, pero ella se negó entre lágrimas y suspiros diciéndole.
«Hijo mío yo no podré volver, mientras siga viendo las luces de Tinduf. En el Aaiún aún permanece esa noche oscura que guio mis pasos hacia esta tierra».
Seguimos caminando despacio, íbamos de un montículo de piedras a otro de arena. Aparecieron unas cabras en medio de la oscuridad, luego las pequeñas construcciones de cemento y piedras. Estábamos perdidos y teníamos miedo. Mi amigo sacó su linterna y empezó a buscar en la arena. Encontró las huellas de un niño, de una bicicleta y de un gato. Entonces me preguntó, ̶ ¿dónde estábamos? ̶  .
Le dije que no se preocupara, la luz de nuestra casa brilla más que las otras luces y debemos de continuar hasta alcanzarla.
Me preguntó sobre el color de la arena en una noche oscura, recordé la historia de un abuelo que se perdió y gracias al olor de la arena y el tamaño de sus granos, pudo volver a su casa.
Seguimos caminando, desapareció la luz brillante. Ahora solo veíamos la luz de una estrella que nos iba llevando hacia al sur, seguimos caminando sin ninguna referencia clara, hasta que surgió delante de nosotros, los restos de un camión abandonado. Nos detuvimos. Mi amigo siguió buscando entre varias huellas de hombres, mujeres y animales. Al final no encontró nada.
Fuimos a una pequeña colina de piedras y cuando estábamos en la cima volvimos a ver la luz brillante de nuestra casa, hacia ella nos dirigimos en medio de las estrellas y la oscuridad. Cuando llegamos a aquella casa de adobe y cemento, una mujer salió a nuestro encuentro.
̶ Buenas noches, a dónde habéis ido ̶ dijo interrumpiendo el silencio de la noche.
̶ Nos hemos ido a la duna del sueño en busca de estrellas ̶ le contestamos los dos a la vez.
̶ No volváis a ir solos, las luces del cielo os pueden llevar a otro lugar ̶ contestó ella.
Entramos a una sala cubierta de alfombras rojas, una chica joven de ojos brillantes, entonces nos dijo.
̶ podéis tomar el último té de la noche.
En el fondo se veía la foto de una duna inmensa en la que se veían varias huellas. Mi amigo dijo entonces,
 ̶ hemos llegado acompañados de las luces infinitas de la noche.
Yo sonreí mientras un extraño silencio aún dominaba mi cuerpo.

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