miércoles, julio 06, 2011

La mujer de melhfa roja


La música inundaba jaimet Rrag (la jaima de la boda). En su centro habían improvisado un cuadrilátero de tela blanca como escenario del baile, para que el público sentado alrededor no la traspasara. Dentro sólo bailaba un hombre y que para no ser reconocido por la gente cubría su rostro con un turbante. Saltaba de un lado a  otro estirando sus piernas hacia el aire como tijeras oxidadas y con el tornillo flojo. Buscaba entre el público algún cómplice y cuando no lo hallaba empujaba hacia el perímetro a cualquier persona para que le hiciera compañía. La gente intercambiaba miradas de desaprobación y tomaba al hombre por loco.

- "Es mejor la jaima vacía que éste pobre diablo bailando solo", susurró el Auzir, el ministro de la boda, al agobiado novio, asfixiado entre la multitud de parientes,  amigos y desconocidos. Un par de amigas o familiares de la novia - ausente por decreto - estaban dispuestas a bailar y animar la boda, pero desistieron ante la inesperada presencia del familiar mayor, transgresor de los códigos no escritos que no permiten su presencia en una boda.

Boda que el grupo musical no lograba animar. Algunos hombres, en su mayoría de pie al final de la jaima, llevaban las manos cruzadas o en sus bolsillos y se camuflaban bajo sus turbantes, para ver sin ser vistos. Masticaban frases: “Esta boda, más que boda, es un entierro”, susurraba uno. “Floja. Insípida”, decía otro. Porque no habían visto mujeres hermosas y porque el cuadrilátero estaba desierto y no acababa de animarse y anhelaban ver muchachas joviales bailar sobre las alfombras.

Un grupo de mujeres que formaba un semicírculo en una esquina, juzgaba que no existía mejor escaparate para las jovencitas que una boda. No tanto bailar, como ser vistas, y quién sabe, suspiró una, quizá mi hija, sea la elegida. Aburrida de tanto murmullo se levantó la muchacha de melhfa color rojo vivo y mirada enigmática. Bailó y alumbró la jaima más que el ruidoso generador de luz alquilado. El vuelo de sus manos era música con la música. Oleaje, pan, cintura de duna. Promesa que enlazaba danza y deseo. Manantial su cuello, líquida fragancia, burbujeante el ritmo de sus pies descalzos sobre la alfombra. Los turbantes que antes ni siquiera sospechaban de su existencia, ahora preguntaban “¿quién es la muchacha de la melhfa roja?” Querían saber su nombre, su familia, su fracción, su tribu y, “¿en qué campamento vive?”.

Detrás de ella salieron otras mujeres y bailaron, algunas con gracia y hermosura, otras con repertorios complicados, todas orgullosas, con sus cuellos en alto, desafiantes, animadas por el entusiasmo, las ovaciones solidarias, pero no encandilaron tanto como lo había hecho la muchacha de la melhfa roja, que entró, bailó y desapareció. Ella, la afortunada que en boca de todos, se llevó la Cabeza de Avestruz*.

*En la cultura saharaui, Ras Anaama o Cabeza de Avestruz, es el símbolo de la belleza femenina. 

Limam Boicha

lunes, julio 04, 2011

Ali Salem Iselmu, periodista y escritor saharaui: «La gente de aquí es solidaria con la causa de los saharauis»



«No existe mejor lugar para reflexionar y para escribir que el desierto», dice este periodista que vivió varios años en Cuba y reside en Euskadi desde 2004


El INE y el Observatorio Vasco de la Inmigración no disponen de datos oficiales sobre el número de saharauis que residen en España.
Algunas ONG calculan que en Euskadi hay unos 2.000 saharauis.

El lunes 20 de junio se conmemoró el Día Mundial de los Refugiados. En muchas ciudades del planeta se celebraron actos y conferencias para abordar el drama de los desplazamientos forzosos, el exilio y el asilo, un problema humano, político y social que, según los datos de la ONU, afecta ya a 44 millones de personas. Vitoria no fue la excepción en el marco de las reivindicaciones.

Durante estos últimos días, la capital alavesa acogió la 'IV Semana por los Refugiados, Exiliados y desplazados Internos'. El evento, que ofreció documentales, charlas, debates y espacios para la reflexión, también contó con la participación de analistas y especialistas que acudieron a la convocatoria de los organizadores: el colectivo Bachue y la asociación saharaui Tifisqui, entre otros.

Ali Salem Iselmu preside este último grupo. Es periodista y escritor, nació en la República Árabe Saharaui Democrática y conoce perfectamente el sufrimiento de ser exiliado porque lo ha vivido en sus carnes. Desde 2004 reside y trabaja en la capital alavesa, aunque su periplo por el mundo comenzó mucho antes, cuando tenía once años de edad y se marchó a estudiar a Cuba.

«Viajé allí, como muchos otros niños, gracias a un convenio de cooperación internacional entre el Frente Polisario y la isla», explica Ali, que hasta entonces había vivido en un campamento de refugiados. «Regresé ya adulto, cuando acabé mis estudios -prosigue-. Hice la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana y cuando volví a África comencé a trabajar en la Radio Nacional Saharaui».

Expuestas sus credenciales, relata que el cambio de un sitio a otro fue brusco. «Soy beduino, pertenezco a una cultura nómada del desierto y en Centroamérica las coordenadas sociales son otras. Partí de un lugar donde las personas son austeras y sobrias y llegué a un país donde la filosofía general pasa por disfrutar de las cosas. En el desierto vives para sobrevivir; en Cuba no. Allí prima el hedonismo, la alegría...».

Ali confiesa que se siente «un poco de los dos lugares» y «algo confundido». Si escucha música cubana, se identifica «inmediatamente». En paralelo, cuando llega al desierto se encuentra a sí mismo. «No existe mejor lugar para reflexionar y para escribir», dice este periodista, cuyo próximo libro se titulará 'Un beduino en el Caribe'.
Vacaciones en paz

El primer viaje de Ali a España fue hace diez años. Formaba parte del programa 'Vacaciones en Paz' y acompañaba, como traductor, a un grupo de niños saharauis que vivían en un campamento de refugiados en Argelia y venían aquí a pasar una pequeña temporada. Tras el regreso de los chavales al Sáhara, él decidió quedarse aquí. «Fui a Alcañiz, en Aragón, porque allí vivían unos compañeros saharauis y al principio fue duro. Mi situación era irregular, así que durante casi tres años trabajé en lo que pude, en el campo, en las obras...». Un contrato de trabajo le permitió obtener la residencia y, poco después, se trasladó a Euskadi.

«Tenía aquí a una tía que estaba sola, con un bebé. Vine en 2004 a acompañarla, busqué trabajo y me contrataron en una cristalería», resume. Al año siguiente, fundó un grupo de escritura -'Generación de la Amistad'- con otros escritores y poetas saharauis exiliados. «Vitoria también supuso un gran cambio -dice-. Es una sociedad distinta al desierto y al Caribe, quizá algo más individualista, más centrada en el esfuerzo personal. No obstante, las personas de aquí y las instituciones vascas se muestran muy solidarias con la causa saharaui», subraya Ali, cuya madre aún vive en un campamento de refugiados. Él también conserva las llaves de su casa allí porque «espera volver algún día».