jueves, marzo 24, 2011

Generación de la Amistad con el Bubisher


*Fuente y fotos: http://www.bubisher.com/

Los escritores saharauis con el Bubisher. Luali Lehsan, Chejdan Mahmud y Mohamidi Fakal-la participan intensamente en las actividades del bibliobus para los niños refugiados de los campamentos. Gonzalo Moure, el alma del Bubisher, lleva varias semanas en Smara supervisando las obras de construcción de la biblioteca de Smara, ese sueño convertido en realidad de la mano de tantos amigos y voluntarios, el Nido de Bubisher.

El miércoles Luali Chejdan y Mohamidi acompañaban a Gonzalo, Memona y Daryala, entre otros amigos, en la lectura de Delicias saharauis, de Conchi Moya. Gonzalo hizo llegar el libro a los saharauis, el lugar preferido para estas modestas delicias, y los poetas de Generación de la Amistad tuvieron la amabilidad de dar voz y sentido a sus  textos.

Y Luali Lehsan fue el invitado de honor de uno de los clubes de lectura del Bubisher. Acompañado en el Nido del Bubi por un grupo de niños, ojala futuros poetas de su causa, explicó como nace un poema. Entre todos construyeron poesía:

“Me dice el sol cada mañana
Levántate,
Te doy mi calor,
Inundaré de luz tu pequeño mundo.

Y orientaré tu mirada
Hacia una nueva mañana
De esperanza.

Meceré tu cuerpo de niño
En mis cálidos brazos
Hasta que duermas.

Y mañana,
Como cada mañana,
Te diré levántate
Y te volveré a dar mi calor.

Y así
Hasta el fin de tus días.

Haz que mi luz
No se derrame en vano.”

(Luali, y los niños de Farsía y Mahbés, 21 de marzo de 2011, en “La curva” de El Nido.)



Quién sabe si entre estos niños saldrá una nueva generación de poetas saharauis, no ya de la amistad ni del exilio, ni la de los años de la metrópoli.... si no una generación de escritores que viva en el Sahara Libre, que no sean ya refugiados, ni exiliados ni ocupados. Una generación que haya podido al fin terminar con esa "larga estación de adobe" y con la "enorme fosa común" donde quieren hacer desaparecer a los saharauis.


El Bubisher, el Nido, la poesía saharaui más vivos que nunca. Y como dice Malainin “si los médicos curan las dolencias de los refugiados durante sus vacaciones, los poetas están curando el alma y están construyendo un nuevo amanecer en la hamada”

Que así siga siendo.

domingo, marzo 06, 2011

Mirando al hospital



En una calurosa tarde de Ramadán, salí de mi casa después de interrumpir el ayuno, necesitaba un paseo para aliviar el peso del caldo de trigo en mi estómago. Anduve por una gran avenida, construida sobre una pequeña colina. Ante mis ojos se extendían las luces destellantes de los pueblos castellano-manchegos que rodean  la ciudad alcarreña. Luego me detuve mirando a un hospital al otro lado de la carretera, a través de sus grandes ventanales se veía un grupo de ancianos en una inmensa sala intensamente iluminada, algunos se sentaban en sillas de ruedas y otros se paseaban lentamente entre los asientos.

El carro de la cena pasó de largo, empujado por una empleada, invitando a todos los pacientes a incorporarse a sus salas, como si fuesen los toques de una campana en un cuartel militar. Todos los enfermos se marcharon, salvo un anciano. Se quedó sentado en su silla, aferrado a los cristales, mirando hacia mí. Tal vez, recordará a través de mi imagen a un hijo que había perdido, o un nieto al que quería mucho. Una enfermera joven y rubia se le acercó, le hizo algunos gestos de cariño y le bailó unos minutos para sacarle de su profunda melancolía pero todo fue en vano.

Mi mente voló sin mi consentimiento hacia unos años atrás, cuando toda la tierra del Sahara ardía en llamas .Yo era un niño. Una tarde acompañé a dos parientes a visitar a nuestro vecino ingresado en el hospital de Chahid Bal-la. Al llegar a dicho centro de salud, construido con adobe y techo de zinc, nos cruzábamos en los pasillos con hombres a los que les faltaba un brazo, otros que se apoyaban en muletas y algunos con la cabeza vendada .Todos andaban altivos y sonrientes, como si fuesen sus heridas grados militares que les honraban. Los más graves estaban recostados en sus camas, con la cabeza apoyada en la almohada, esperando la visita de algún familiar o un vaso del aromático té, que preparaba una mujer voluntaria en una esquina de la sala.

Al cabo de dos horas, las bombillas de luz parpadearon en señal de que el generador de luz se iba apagar. Decidimos abandonar el oscuro hospital, dejando atrás a los heridos con sus gemidos de dolor, esperando las luces de un nuevo amanecer.

- ¿No es una vergüenza de que ni yo ni tú tengamos una sola herida en el cuerpo a pesar de haber participado en múltiples batallas? - dijo uno de mis acompañantes mirando a su colega.

- Obramos con fe y esperemos nuestro sino - le respondió el otro, dándole una palmada en la espalda sin mirarle a la cara.

Volví mi vista hacia el hospital alcarreño. El anciano permanecía en la misma posición. Decidí continuar mi camino sin apartar la vista del enfermo, le vi retrocediendo con su silla, haciéndome una señal de despedida. Le correspondí solidariamente.


Abdurrahaman Boudda