sábado, diciembre 25, 2010

Adiós a un amigo, Ricardo Vázquez Prada



La Generación de la Amistad Saharaui quiere dar un adiós emocionado al escritor y periodista Ricardo Vázquez Prada, amigo y compañero de lucha, que nos dejó el 24 de diciembre de 2010. Tuvimos el honor de que Ricardo, presidente del Observatorio aragonés para el Sahara Occidental hasta su fallecimiento, prologara la primera antología de relatos de la Generación de la Amistad Saharaui, “La fuente de Saguia”. También nos acompañó en Zaragoza en diferentes eventos y conferencias. Querido hermano Ricardo, nunca te olvidaremos.
 
Prologo de Ricardo Vázquez Prada a “La fuente de Saguia”

Paisajes del alma y anhelo de justicia

Ocho poetas saharauis pertenecientes al grupo denominado “Generación de la amistad” son los protagonistas de este libro, "La fuente de Saguia". Sus nombres: Ali Salem Iselmu, Bahia Mahmud Awah, Chejdan Mamhud Yazid, Limam Boicha, Mohamed Salem Abdelfatah Ebnu, Mohamidi Fakal-la, Saleh Abdalahi y Zahra El Hasnaui. A lo largo de estas luminosas páginas tienen sobrada ocasión de mostrar su sensibilidad poética, su dominio del lenguaje, su inspiración, sus anhelos de libertad y la fuerza indomable de su reivindicación mayor: lograr la independencia de su tierra, el Sahara Occidental.

En sus relatos y poemas expresan a menudo tanto la añoranza de su infancia y adolescencia, como la de la patria perdida, del territorio que en justicia les pertenece y que es hoy ilegalmente ocupado por Marruecos. Así Ali Salem Iselmu –que en fecha reciente presentó con éxito en la FNAC de Zaragoza su excelente poemario “La música del siroco”-, tras señalar que “perseguimos la humedad de los sentimientos”, pues “los paisajes del alma son la esencia de la vida”, nos recuerda que el Sahara Occidental fue en su día la provincia número cincuenta y tres de España y que hoy, por desgracia, su población, el pueblo saharaui se encuentra disperso por distintos países, como Argelia, Mauritania, España o Francia.

De esa situación anómala e injusta el mayor culpable es España. Me duele decirlo como español, pues es duro reconocer que mi país cometió en 1975 una inmensa injusticia que se sigue manteniendo al correr de las décadas, pero el periodista, el escritor tiene en todo instante y circunstancia que cumplir un compromiso irrenunciable con la verdad. Y lo cierto es que los Acuerdos Tripartitos de Madrid, rubricados en 1975 y por los que España, antigua potencia colonizadora, cedió el Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania -que no la administración del territorio, que sigue correspondiendo a mi país natal-, fueron una infamia en toda regla y sin la menor justificación posible. Gracias a dichos Acuerdos el admirable pueblo saharaui ha vivido desde entonces una auténtica pesadilla que parece lejos de terminar, sobre todo si se advierte que el actual gobierno hispano parece apoyar las equivocadas tesis marroquíes, en el colmo de la desfachatez y de la incoherencia histórica. Los poetas que han unido sus voces en este libro, “La fuente de Saguia”, aluden una y otra vez, como es lógico, a la historia reciente de su pueblo, tan dolorosa y trágica, colmada de sufrimientos al ser víctima de un infortunado proceso de descolonización, no concluido, bloqueado desde ese desgracia-do año de 1975 por la alevosa invasión militar del territorio por parte de Marruecos.

Estos escritores, miembros de la “Generación de la amistad saharaui”, pretenden transmitir el sufrimiento de su pueblo y utilizar la ilimitada fuerza de la palabra “para que los saharauis dejen de ser imaginados por otros”. Surgen así en estas páginas pequeñas y emocionadas historias, recuerdos marcados por la nostalgia de la escuela, del internado, de los años en Cuba –casi todos cursaron estudios superiores en la isla-, del desierto y sus vivencias, del pastoreo y los dromedarios –animales tan próximos y necesarios para quienes viven en el desierto-, de personajes casi míticos como el poeta Bahia Mohamed El Alem, de los muertos en la guerra contra Marruecos, de las desdichas derivadas de la ocupación, de los campamentos de refugiados en el desierto argelino de Tinduf, de personas humildes como la anciana Aichata que perdió a sus tres hijos en la guerra contra el invasor…

Siempre, en todos los casos, se percibe la impronta de un auténtico y profundo espíritu poético, el hallazgo de la expresión acertada y sugerente, con el notable aditamento de su valor militante. Pues la poesía es para los saharauis esencial, forma parte de su vida: “Cuando nació el primer saharaui, la poesía ya estaba allí”, afirman. Para añadir que además de utilizar el hasania -la lengua propia de los saharauis-, escriben en español y al hacerlo otorgan además a su empresa literaria un sentido de resistencia frente a la inicua invasión marroquí.

Sería conveniente subrayar el importante hecho de que estos poetas saharauis tan destacados se expresan en lengua española y lo hacen con un nivel extraordinario de expresividad y de conocimiento de nuestro idioma. No debería caer en saco roto esta evidente constatación, la de que el pueblo saharaui, y en especial sus poetas y escritores, sabe verter sus emociones y pensamientos, modelar sus creaciones en la lengua de Cervantes. ¿No debería ser este hecho tan notable una honda razón más para que el gobierno español y el resto de nuestros representantes políticos apoyen sin fisuras y con toda energía la legítima reivindicación saharaui del territorio que en justicia y por el aplastante peso de la historia les pertenece? Ojala en breve plazo este pueblo hermano logre alcanzar su más caro sueño: el logro de su libertad y de su independencia.

Ricardo Vázquez-Prada
Escritor y periodista.
Presidente del "Observatorio aragonés para el Sahara Occidental".     

lunes, diciembre 20, 2010

Arde El Aaiun



A traición les atacaron.

Al alba llegó la masacre de saharauis.

Jamás pensaron que el enésimo amanecer
en Gdeim Izik les traicionaría.

Jamás el devenir de pocas horas fue
tan maldito y tan pesado para tantos seres.

Jamás la desrazón
tuvo tanta crueldad.

Jamás unas hogueras gigantescas
iluminaron tan poco y,
su calor demasiado frío.

Jamás mis hermanos
quisieron dispararle a su enemigo.

Y sin embargo ese desalmado enemigo
se recreó quemando y matando,
desde el amanecer hasta el ocaso.

domingo, diciembre 12, 2010

Mi caballo blanco


Un día recorrí el municipio alcarreño de Píoz, en busca de un coche. Lo necesitaba para mi trabajo de guarda, ubicado en un bosque cercano a aquel pueblo.

Buscaba un Nissan Patrol todoterreno  o Mercedes Benz 190, que junto al Land-rover, son los más usados en el Sahara. El primero por su gran potencia y el segundo,  por su consumo económico del combustible.

Mientras rondaba las calles desérticas, encontré un Nissan 2000 de color blanco, aunque no era de los modelos que buscaba  ni me valía para llevarlo a mi país una vez terminado mi contrato de trabajo. Me cautivó su hermoso aspecto y una fuerza superior a la mía, me hizo marcar los números inscritos en un papel visible en las lunas del coche, que anunciaban los datos del vendedor.

-Ya veo que tu coche tiene un precio de 1800€, ¿me lo podías dejar en 1500€?- le dije por teléfono al dueño

- Espérame, voy para allá, ahora mismo hablamos – me respondió mi interlocutor

El propietario del Nissan era un joven inmigrante llamado Basilio. Me saludó asegurándome que el coche se encontraba en un perfecto estado. Creí sus palabras y le acompañé a una gestoría cercana, donde hicimos la transferencia y el contrato de venta. Me entregó las llaves del automóvil, me tendió la mano sonriente y desapareció como un relámpago.

Caminé contento hacia mi nuevo coche, el primero en España y lo puse en marcha. En la carretera descubrí que me había engañado aquel señor. La  primera marcha estaba deteriorada y el contador de kilómetros no funcionaba.

Volví a buscar a Basilio, pero no lo encontré, apagó su teléfono y desapareció del pueblo. Me dirigí a la comisaría de policía para hacer una denuncia por estafa y los policías me explicaron que al no figurar en el contrato de venta la condición de devolución del coche en caso de la aparición de una avería oculta, perdería mi derecho a una reclamación.

Acepté esta difícil situación y con mucha paciencia empecé a circular en estrechas calles y aparcar en pequeños huecos entre coches. Varias veces rocé algunos y una vez circulé en dirección contraria, ocasionando un atasco en el tráfico, pero tuve el valor de corregir mi error de forma rápida, ignorando los pitidos de los conductores enfurecidos y retirándome antes de que se  presentara la policía.

Estaba acostumbrado a conducir en el inmenso desierto, atravesando ríos, dunas y montañas, donde circulaban coches que eran vistos y oídos a kilómetros de distancia por la extensión del desierto y su inmensa quietud.

Me acostumbré a mi nuevo coche en el que gasté el poco dinero que tenía ahorrado para mi familia. Con el tiempo fui cogiéndole cariño y aprendí a convivir con sus averías.

Al cabo de un año extrañé a mi familia y decidí cabalgar sobre mi caballo blanco al Sahara, para que pudiera correr a su gusto, sin ser detenido por los semáforos rojos de la ciudad  ni detectado por los radares policiales de control de velocidad. Lo quería mucho y no deseaba que acabase despiezado cruelmente en un desguace. Quisiera tenerlo como un eterno recuerdo y que muriese en paz, estacionado cerca de mi jaima


                                 Abdurrahaman Budda

lunes, diciembre 06, 2010

El sueño de Chej



Cuando uno nace fuera de su tierra y lejos de las tumbas de sus abuelos y sabe que no tiene ninguna posibilidad de volver a menos que sople el viento de otra dirección, siente una rara sensación y a la vez un profundo desarraigo que le lleva a preguntarse quién es y quiénes serán sus hijos. Hijos de una tierra prestada y de una situación anómala que no ofrece esperanza, ni milagro.

Chej nació en 1989 en el campamento de Smara, lejos del Sáhara Occidental. De pequeño sólo vio dunas, piedras y coches de latas. En su mente no había parques, ni árboles, ni peces. Alguna vez su maestro le dibujó un barco navegando sobre una ola, pero el niño se quedó atónito, no comprendía cómo algo tan pesado y poco ligero podía sostenerse sobre un charco de agua, entonces cogió un papel e hizo un barco y se metió en la jaima y pidió a su madre un cuenco, lo llenó de agua y puso a navegar su velero blanco, pero pasados unos minutos volvió a mirar a su mamá y le preguntó:

- Mamá, mamá, mi velero no va a ninguna dirección, no se mueve, ¿qué hago?.

La madre mirándolo le dijo:

- Hijo, aquí no tiene sentido que tengas barco, lo mejor es un dromedario o un Land Rover, con ellos recorrerás miles de kilómetros. 

Chej, enfadado, replicó a su madre:

- Yo siempre soñé con caminar sobre el agua e incluso jugar con ella, no me interesan los dromedarios ni los coches, mi abuelo fue pescador y vivía en su pequeño barco.

La madre, con gesto de preocupación, no encontraba la forma de convencer a su hijo y seguía mirándolo. Chej soplaba y soplaba para llevar a su velero blanco al otro lado del cuenco, el aire que salía de su boca empujaba y empujaba, el suave papel se deslizaba en el agua e iba dejando una pequeña estela hasta llegar al final del recipiente.

Una vez finalizado el viaje del barco de papel, Chej salió corriendo de la jaima y empezó repartiendo abrazos a sus amigos:

- Lo he logrado soy mejor que vosotros, ya no quiero jugar con coches, ni arena, ni neumáticos, ni piedras; ahora jugaré con papel y agua.

A sus amigos los atrapó cierta curiosidad en sus palabras. Pero no le hicieron caso, porque siempre habían jugado con arena; el agua es bien escasa y en los campamentos las madres siempre procuran que sus hijos aprovechen hasta la última gota de cada garrafa.

El sueño y la imaginación de Chej se quedaron paralizados en una estación seca y dura; sin flores, ni árboles, ni pájaros. Sólo unas tristes y duras colinas llenas del polvo que dejan los coches a su paso, son su único paisaje. Mientras su barco de papel navega en un mar de espejismo que se pierde en medio del bochorno que deja el insoportable calor.

Las nuevas generaciones de saharauis siguen persiguiendo las olas de un océano prohibido, donde descansan las tumbas de sus antepasados y los anhelos de sus padres.

El mar azul y húmedo sigue perdido y una barrera humana de odio impide a Chej reencontrase con el barco de su abuelo.