sábado, febrero 27, 2010

El grupo de escritores saharauis Generación de la amistad invitado por el Instituto Cervantes al V Congreso de la Lengua española en Valparaíso

*NOTA DE ACTUALIZACION: finalmente y a causa del terrible terremoto de Chile, el Congreso de la Lengua Española se ha suspendido. De momento no se sabe hasta cuando ni si se mantendrá la sede.


En verano de 2008 los escritores saharauis Zahra Hasanui Ahmed y Bahia Mahmud Awah, miembros de Generación de la Amistad, se reunieron con el Director Académico del Instituto Cervantes Francisco Moreno Hernández en la sede oficial de Cervantes en Madrid.

Francisco Moreno escuchó de los escritores saharauis una detallada exposición sobre la situación de la lengua española en el Sahara. Ambos le transmitieron en nombre de los intelectuales saharauis su preocupación por conservar este legado declarado patrimonio también de los saharauis. Y después de presentarle un memorando en el que detallaban las necesidades y exigencias que requiere la enseñanza de la lengua española entre los saharauis, Francisco Moreno se comprometió a que su institución apoyaría a los saharauis en el ámbito de educación, lengua y cultura.

Durante el encuentro el Director Académico invitó a los escritores saharauis a participar en el V Congreso Internacional de la Lengua Española, que se celebra en Valparaíso, Chile, que iniciará sus trabajos el próximo día 2 de Marzo con la participación de jefes de estado y de gobiernos y centenares de intelectuales que representan a los millones de hispanohablantes en todo el mundo. Zahra Hasanaui Ahmed representará a los escritores saharauis en este evento internacional de la lengua. La escritora saharaui participa con una ponencia sobre “Las competencias básicas y la equidad social” dentro del panel “La lengua como factor de equidad educativa en la lucha contra la pobreza”.

La integrante de Generación de la Amistad, escritora y filóloga saharaui, se entrevistará con varios intelectuales iberoamericanos para explicarles la situación que atraviesa la lengua española, uno de los rasgos de identidad saharaui que le diferencia de otros pueblo del norte de África, entre la población saharaui en la parte ocupada y en los campamentos de refugiados saharauis.

*NOTA: Los escritores saharauis nos solidarizamos en estos graves momentos con el pueblo chileno tras el terremoto sucedido en la noche del viernes 26 de febrero.

martes, febrero 23, 2010

La despedida de mi abuela


En mi último viaje a los campamentos de refugiados saharauis, cuando iba a despedirme de mi abuela eran cerca de las diez de la noche, ella estaba dormida y no quería interrumpir su sueño, sólo deseaba mirarla antes de marcharme en el interior de la jaima para memorizar su imagen en mi corazón, ese era mi único deseo.

Pero mi tía me insistió que tenía la obligación de despertarla y despedirme de ella, según marca una antigua tradición en mi familia que nos obligaba a todos a buscar nuestro destino y futuro en sus mágicas palabras.

De pequeño recuerdo cuando me abrazaba y me llamaba cada vez con un nombre distinto, buscando belleza y curiosidad en aquel niño que jugó toda su vida descalzo sobre las dunas y corriendo entre las jaimas, esa imagen lejana siempre está presente en los gestos y palabras de mi abuela cuando se acuerda de mi infancia en las ciudades de Auserd y Dajla.

Un día sentados en la sombra de una Acacia me habló de mi imagen de bebé recién llegado al mundo, lleno de sangre y lágrimas, de ese pigmeo cuerpo que ella nunca imaginó que iba a dejar su tierra para vivir en un continente que está más allá de la azul agua del océano.

La llamé despacio con el susurro del silencio, con la soledad de la noche y la intensidad de las estrellas. Ella se incorporó sin prisa me cogió las manos echó un puñado de arena sobre todo mi cuerpo y sus palabras impregnaron todo mi espíritu, a partir de aquel instante recobré mi pasado, aquella imagen de niño inocente que creía que cada país tenía su propia luna, sol y mar.

Volviendo al dramático exilio, observé a través de la luz del coche las pedregosas colinas del Campamento 27 de Febrero. Mientras, mi madre, mi tía, mis hermanos y primos querían darme un abrazo; aceptar una vez más mi ausencia, la lejanía de mi destino y la distancia de mis palabras.

Cogí un puñado de arena lo envolví en una bolsa, la coloqué dentro de la maleta y me subí al coche resignado a otra de las tantas despedidas a las que me he acostumbrado desde pequeño.

Ali Salem Iselmu

jueves, febrero 11, 2010

Al este y al oeste de la berma




Dedicado a Mohamed y a Hayat,
los hijos de Minettu Haidar.

Al fondo, y a lo lejos, se divisan las hermosas estribaciones de Ajshash; un poco a la izquierda, se alzan mirando al cielo, las inconfundibles ubres gemelas, denominadas, Lemgueirinat, o sea, las mancornadas; a la derecha, Liteima, que haciendo honor a su nombre, la huérfana, se levanta sola y apartada.

En el centro, un Land-Rover descapotable, delante de una acacia de tallo alto y copa frondosa, con una rueda de repuesto sobre el capó, otra en la caja, sin retrovisores y sin cristales. En la cabina, tres jóvenes, de riguroso uniforme militar y mirando de frente, luciendo sus míticas gafas siroqueras con las que fijan, en la frente, las vueltas de sus turbantes. El más joven, sentado a la derecha, encendiendo su pipa de ‘maneiya’; a su izquierda, sonriente, quien parece seguirle en edad; y frente al volante, el mayor de todos, con turbante negro, de tez muy morena, un mostacho negro y bastante poblado y una dentadura blanca como la leche.

El color amarillento tirando a rojizo que cubre el cielo y todo el panorama revela que ese día, Zemour, había amanecido bajo el manto de una tormenta de arena.

Sin datar, la foto bien podría haber sido tomada a mediados de los ochenta o, quizás, en los gloriosos finales de los setenta. Pero es, precisamente, ahí donde radica la duda que, desde hace años, mantiene en vilo a quien la mira una y otra vez.

Él, siendo hijo único, no llegó a conocer a su padre. Pocos meses después de su nacimiento, en la primavera de 1986, su padre había caído muerto en los feroces combates que se libraban en el sector sur del muro. Pero conserva, como en paños de oro, la fotografía que su padre, de joven, se había hecho para el carnet de identidad. Endeble recurso, éste, para rellenar de imágenes y recuerdos vivos la ternura paterna que no se tuvo.

Después de años escrutando los mares infinitos de la red en busca de alguna fotografía en la que pudiera reconocer a su padre, había encontrado la foto del Land-Rover. A su juicio el del mostacho negro guarda un parecido infinito con su padre. Pero no tiene manera posible de averiguarlo por sí solo. Incluso llega a imaginarse con unos años de más para verse con un mostacho igual de negro y, así, remarcar las similitudes con el hombre sentado al volante.

La incansable búsqueda tiene sentido porque este padre tan buscado es, a su vez, hijo único de otro hombre, el abuelo, que también había caído muerto mucho antes, allá a finales de los setenta, en los combates de Leboirat. De ahí la carga tan pesada ante la Historia que el hijo-nieto siente sobre sus hombros: los apellidos y los genes de tres generaciones pueden desaparecer de la faz de la tierra.

Muy anciana ya, la abuela paterna no alcanza a discernir entre la foto del carnet del padre y la del hombre del mostacho negro, que le muestra el nieto, por lo que tan sólo le contesta:

-Benditos sean los recuerdos, hijo. Las fotos, al igual que las flores, se marchitan (insinúa la vista), pero no los recuerdos.

Y así, en la tierra y en el cielo, al este y al oeste de la berma, los hijos del pueblo saharaui suspiran por lo mismo: la independencia y la libertad del Sahara Occidental.


Haddamin Moulud Said