lunes, marzo 30, 2009

El libro de Le Clezio, Lal-la Hawa y Chej Ma El Ainin



Acabo de terminar el libro “Desierto” del premio Nóbel de literatura 2008 Jean Marie Gustave Le Clézio. Un excelente escritor que ha sido calificado por la Academia sueca como "un escritor de la ruptura, de la aventura poética y del éxtasis sensual". Y no ha escatimado calificativos la Academia para destacar su trabajo literario en el marco histórico de la novela, esa que trasciende más allá de la interpretación política esquematizada y tendenciosa en la forma de tratar ciertas efemérides en la historia de muchos pueblos, como ocurre con el tema literario que protagoniza su libro Desierto. Le Clézio para esta prestigiosa institución sueca es un indiscutible y brillante "explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante". Muchos son los motivos para leer Desierto de Le Clézio, partiendo de su condición de Nobel y en cierto caso, por qué no, del lazo social que le une con los hombres libres del desierto, ya que está casado con una mujer saharaui originaria de Saguia El Hamra. El libro Desierto, publicado en 1980, en su primera edición, fue premio “Grand Prix Paul Morand” que le otorgó la Academia Francesa.


Sin embargo creo que la intención para cualquier lector debería articularse sobre el contenido del libro y la historia “dejada entre renglones” que cuenta sobre el éxodo y ocaso del sabio saharaui perseguido en su tierra y obligado a morir en la más trágica condición, anciano, derrotado y decadente en un mísero rincón en territorio marroquí llamado Tiznit. Lugar sumamente inhóspito, fotografiado escrupulosamente por el autor de Desierto en los siguientes términos “…viejos muros de piedra seca, ruinas de casas de adobe en medio de las acacias, algunas de las cuales han ardido, donde el viento en polvoriento pasa en libertad, lejos de los pozos, lejos de la sombra de las palmeras, allí es donde el viejo chej está a punto de morir”.

El derrumbe final de muchas figuras de la historia en las peores condiciones del destierro es una paradoja que se repite. Cristóbal Colon murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506, pobre, enfermo y vencido. Sin embargo creo que el caso más parecido a la muerte de Chej Ma El Ainin, es el del gran poeta Antonio Machado, desterrado, pobre, dolorido, enfermo y derrotado, muere en el pueblecito francés de Colliure el 22 de febrero de 1939. Y la historia desde los orígenes de la humanidad castigó en tales circunstancias más de un caso de motivaciones tanto inquisitorias como políticas “(…) el gran Chej Ma El Ainin va a morir muy pronto. No ven ya más sus ojos, y sus labios ya no pueden hablar. Dirán que el gran chej se halla al borde de la muerte en la casa más pobre de Tiznit, como un mendigo, lejos de sus hijos, lejos de su pueblo”, crudísima descripción literaria sobre el triste final del sabio saharaui, en el libro “Desierto”

Tanto Chej Ma El Ainin como Machado, ambos hicieron camino de un similar éxodo hacia un norte impróvido y no deseado. En 1909 Ma El Ainin parte de su alcazaba roja de Smara, cerca de la vaguada de Saguia y se adentra más allá del Río Dra marroquí en las históricas zonas que delimitaban el entonces protectorado francés de Marruecos con el Sahara Español. Cuenta el historiador español Ángel Doménech La Fuente en su libro “Ma El Ainin, el señor de Smara” que el chej iba declarando la guerra a los primeros intrusos franceses bajo un sentir de guerra santa y llamada a la insurrección, para aglutinar más seguidores y adeptos entre sus correligionarios al saber que los soldados galos se preparaban para cruzar Saguia hacia sus primeras posesiones consolidadas en Mauritania. Pero el sultán marroquí Mulay Abdelhafid, autoproclamado con el apoyo francés suprema autoridad, desautorizaba al que consideraba un ajeno intruso en su lucha más al norte del Río Dra. Y las amenazas del sultán en poco tiempo se cumplieron, moviendo tramados hilos en contra del sabio saharaui, que suponía para él un peligro mediático por el número de partidarios que reunía en torno a su fe yihadista. Perseguido por las columnas francesas del general Moinier y traicionado por el sultán marroquí, que le negó ayuda en la lucha que predicaba contra los intrusos colonialistas franceses en Saguia El Hamra y El Houd mauritano, el chej marchó hacia el norte escoltado por miles de jinetes a camello, todos discípulos o talamid. Se batieron con los franceses en un sangriento encuentro en una zona cerca de Tadla, al pie del Atlas marroquí. El sabio derrotado se refugió en Tiznit, un malquisto lugar en el que agonizó enfermo con ochenta y dos años, pocos días después de su derrota, y donde falleció en brazos de su mujer Maimuna mint Ahmed uld Alién el 26 de octubre de 1910 sin la compañía de ninguno de sus hijos.

Trascurre la novela amparada en la mítica historia de Ma El Ainin, que es novelada en el libro Desierto sin que el autor en ningún momento deje en entredicho la indisoluble identidad saharaui desde el siglo XVII, rompiendo todos los estereotipos con los que se puede confundir al lector con la historia, cuando se trataba del éxodo de un sabio saharaui que se rebela junto a sus discípulos y adeptos desvinculándose del vasallaje a los entonces gobernantes y sultanes “franco-marroquíes”. Le Clézio en su trato al éxodo de Chej Ma El Ainin hace un especial hincapié en que el sabio y sus seguidores huyeron a donde no sabían, acorralados por la bien equipada potencia y su maquinaria bélica estrenada y destinada a engullir cualquier oposición que se interpusiera en su dominio africano. Le Clézio describe en estos términos el impuesto éxodo hacía el norte de Chej Ma El Ainin, que dejó atrás la ciudad que había construido en 1898 y apenas estrenado. “Marchaban sin ruido por la arena, lentamente, sin mirar a dónde iban”. Es evidente que el norte no era la opción acertada para el sabio ni para sus correligionarios y discípulos, cuando sabía de las ilustradas predicciones del erudito Chej Mohamed El Mami al decir “El Norte tierra de enemistad”.

A medida que el lector se va adentrando en el cuerpo del libro irá encontrando dos historias interrelacionadas en el destino, el dolor, las ansias y el infinito amor por la cultura y tierra de origen. La fuerza descriptiva del texto se completa con el inabarcable pasaje del rico y extenso relato literario de la vida de Lal-la Hawa, una mujer originaria de Saguia El Hamra, convertida en puente literario de la evasión, éxodo y trágico fin de Chej Ma El Ainin. Lal-la Hawa personaje principal no deja a lo largo de la novela de tener el sueño de todos los habitantes de su inigualable desierto sahariano “Lal-la ama las dunas, el silencio y, sobre todo, la libertad”. Este personaje conduce dos historias paralelas inevitablemente ligadas en tiempo y forma para que al final Lal-la forje un camino de retorno hacia el sur y sienta su maternidad al lomo de una duna, patria lejos del polvoriento suelo de Tiznit y las colapsadas arterias de Marsella, su ciudad de exilio fortuito por un tiempo.

De la misma manera el lector puede subrayar la inconfundible génesis social de los saharauis habida desde tiempos remotos. En ningún momento el autor se alinea a la tradicional literatura gala respecto al tema saharaui ni se refiere a este pueblo como parte o súbditos de Marruecos, sino como los hombres libres de Saguia que no se dejaron dominar por nadie en su espacio. Al final de la novela en preciosas líneas el autor define con precisión la libre voluntad de los saharauis y su lealtad en la defensa de su espacio geofísico donde nacieron y al que defendieron ferozmente. “No había límite para la libertad, era tan vasta como la inmensidad de la tierra, hermosa y cruel como la luz, amable como los ojos del agua. Cada día con el primer brillo del alba, los hombres libres regresaban a sus moradas hacia el sur, donde nadie, salvo ellos, sabía vivir”. Le Clézio describe el retorno inequívoco a Saguia de los supervivientes que acompañaban a Chej Ma El Ainin tras su derrota y dolorida muerte en el lugar menos deseado, Tiznit.

Entre los saharauis hasta no hace mucho el poder tener y leer un libro era una señaladísima novedad, al ser una sociedad de cultura eminentemente oral. Los afines a la lectura habían de hacerlo buscando las amenas tertulias de doctos ancianos conocidos por su prestigio de hombres de la oratoria, el saber y referencia capital de quienes emanaba toda la sabiduría cultural del nómada saharaui. En el siglo X, tras las cruzadas del Islam, los primeros libros que conocieron los saharauis fueron obra de las tribus que sirvieron de embrionarias para lo que hoy es el pueblo saharaui, los Benimalik y Beni Hasan procedentes de Yemen.

El Coran como libro misionero para difundir la religión y de manera tardía entre los pobladores era el que mas cobró importancia y aceptación entre los primeros adeptos a la religión en el Sahara. Y con cierta timidez comenzaron a circular escritos de literatura, sobre todo la poesía preislámica con ciertas dificultades de coexistir con el libro sagrado debido al antagonismo que suscitaba en los maestros que interpretaban El Coran, los llamados tulba o almurabit. Pero más adelante, en el siglo XVIII, sorprendentemente aparecieron los primeros pliegues, libros de autores saharauis como Chej Mohamed El Mami y Chej Ma El Ainin. Todo escrito que pretendía transmitir el saber era para los habitantes del Sahara de inestimable valor. Algunos por un libro daban un par de camellos mientras que otros llegaban a ofrecer de cinco a ocho cabezas de corderos por libro. Se llegó incluso más allá en el interés por aquella nueva cultura escrita. Hubo familias que buscaban otra manera de adquirirlos y así dejaban a sus hijos de aprendices con un almurabit, y al mismo tiempo prestaban servicio a cambio de poseer el libro después de un año o dos de haber sido discípulos.

Mi madre contaba que su primer libro le costó a su padre muy caro, lo intercambió con una muy apreciada tela de la que se hacen el turbante y la túnica femenina llamada nisbeisa nila. Una tela suave con tinta azul oscuro que embellece el cutis, muy valorada por los hombres y las mujeres del desierto, pero decía que valió la pena. La osadía de su padre fue un reto para que la hija pudiera leer El Coran y comenzase su andadura en la literatura. Era la intención de los padres nómadas que los hijos diesen sus primeros pasos en el conocimiento religioso y dejasen cabida a lo tradicional para facilitar la interpretación de cualquier otro género del saber.

El primer libro de lectura que leí con cierta perplejidad fue Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. Más adelante en otra etapa de mi vida y no por casualidad caía en mis manos la obra de Cervantes Don Quijote de La Mancha. Hubo una época en la que leía todo tipo de novelas, por citar algunos ejemplos “The happy hooker”, La prostituta feliz, de Xaviera Hollander, una prostituta holandesa que acabó como escritora, autora y productora teatral. Incluso libros polémicos como Los Versos Satánicos, de Salman Rushdie o Nuestro amigo el rey, de Gilles Perrault, otros del género negro como El Padrino de Mario Puzo o la Orquesta Roja también de Gilles Perrault. Y de la literatura oriental El Don Apacible de Mijail Sholojov o Guerra y Paz de Leon Tolstoi, estos últimos los leí en los años ochenta para huir de la soledad y evitar el mal sabor de la guerra. Otros de gran calado que me marcaron en diferentes circunstancias son Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez o la reciente novela Mira si yo te querré de Luis Leante, premio Alfaguara 2007. Y la lista es inabarcable.

Sin duda Le Clézio es un explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización al fusionar dos historias mutuamente ligadas y darle vida entre dos civilizaciones y épocas diferentes. Desierto como novela histórica deja buen sabor devolviendo los protagonistas a sus raíces, como la vuelta de Lal-la a sus umbrales huyendo de un inabarcable espejismo diferente al suyo, rechazado rotundamente desde que conoció las ahogadas callejuelas de un antiguo barrio marsellés. Lal-la retorna para volver a restablecer consigo su vida y la de otro ser que palpita en sus entrañas, ambos dichosamente vueltos a sus orígenes y naturaleza, como el regreso de los discípulos de Chej Ma El Ainin tras su muerte.


Bahia Mahmud Awah

domingo, marzo 22, 2009

La magia de la palabra. Festival de la oralidad de Tolosa 2009





Una venezolana alza su voz en medio del escenario con su peculiar acento caribeño, mientras un alemán adapta una obra de teatro a la vida cotidiana en Aragón y una cuenta-cuentos vasca nos recita un bello poema de Gioconda Belli; sube al escenario un africano y una valenciana y cada uno nos contagia con su propia historia, por fin suben los saharauis, el teatro se queda en silencio y en la noche de Tolosa se oye la palabra siroco.

Jamás un festival de la oralidad había unido tantas voces, cada voz con su propio eco; bonitas y bellas palabras en Euskera, Castellano y Hasania impregnaron la noche de humor, música y poesía.

Tolosa por una semana fue la capital de un sueño, un sueño de palabras, de risas y lagrimas, en las entrañas de su cine desfilaron todos los cuenta-cuentos y poetas, de sus labios brotaron hermosas voces que se hicieron amigas del silencio.

El universo del arte se hizo más grande y el hombre volvió a su esencia más primitiva y natural.



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domingo, marzo 15, 2009

La vuelta a las raíces




El avión despegó del aeropuerto internacional José Martí a las seis de la tarde, las nubes cubrían el cielo de La Habana, desde mi asiento miraba por la ventana las casas y los campos de caña de azúcar, cómo se hacían más pequeños a medida que nos íbamos elevando. En mi mente quedaba aquel hermoso recuerdo de despedida, una carta de dos páginas escrita a mano que terminaba con un hermoso verso de Pablo Neruda de su poema quince “como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llenas del alma mía” así de contundente eran esas palabras que cerraban uno de los capítulos más profundos de mi vida.

Intentaba resignarme a los sabores amargos y dulces de cada momento, pero mi cuerpo seguía bailando un hermoso bolero en la plaza de la Universidad de Oriente, no era consciente que en un par de días iba a reencontrarme con mi familia después de catorce años. Una sensación de amnesia y olvido prevalecía sobre mí, ya no recordaba las dunas, ni los oasis, ni las jaimas incluso tenía unas enormes dificultades para hablar el hasania que es la lengua de mis padres, me sentía más cómodo hablando castellano, comiendo un mango o una guayaba. Por más que intentaba volver a mis orígenes saharauis siempre terminaba perdido en un laberinto sin salida.

Mi corazón seguía en las calles de Santiago de Cuba y en el Cine Rialto viendo una película cubana que se llama Una Novia para David. Pero la novia que buscaba también estaba sentada a mi lado en aquel oscuro cine tocándome con sus finas manos la cara y la cabeza, mientras yo le susurraba en el oído bonitas palabras y le recordaba que mi nombre es de origen africano lo que significaba que éramos distintos pero a la vez iguales porque nos unía la fuerza de un deseo que estaba por encima de nosotros mismos. Abrí los ojos y de nuevo estaba en el avión rumbo hacia mi destino que eran los Campamentos de Refugiados Saharauis, la azafata del avión me miró con su sonrisa y colocó delante de mi asiento, en una pequeña mesa, una bandeja llena de comida. De primer plato había una ensalada sencilla con lechuga, tomate, pepino y cebolla, de segundo pollo con patatas fritas y de postre arroz con leche y canela, eran las once de la noche y estábamos atravesando el Océano Atlántico rumbo a Madrid.

Aquel veintidós de julio de 1995 volvía después de una larga estancia en la que aprendí a leer los Versos Sencillos de José Martí y a entender aquella parte de mí caribeña que aún se despierta cuando se acuerda del sudor, la música Salsa y el olor exótico de las frutas tropicales. Tenía una enorme duda y a la vez un extraño misterio, todavía no me acababa de creer que después de tanto tiempo vería por fin el verdadero rostro del desierto, un rostro de arena, dromedarios, turbantes y aquellas gacelas de las que de pequeño siempre me hablaba mi abuelo antes de dormir.

Después de cinco horas durmiendo incómodamente sobre la silla, anunciaron por megafonía a todos los pasajeros ajustar sus cinturones porque el avión en breves minutos iba a aterrizar en Madrid; salí corriendo al lavabo, mojé bien mi cara y mi cabeza con agua hasta que me desperté y luego volví a mi asiento y me despedí de mí mismo, porque tenía miedo al impacto del avión cuando roza la pista, siempre me da la sensación de que todos podemos explotar en un instante, lo que me llevó a sentir en el lugar más recóndito de mi alma un último adiós.

Bajé al aeropuerto de Barajas junto con varias estudiantes saharauis que terminaban sus estudios, cruzamos todos los controles y luego recogí mi maleta llena de libros, me dirigí a la oficina de cubana de aviación y una chica alta de pelo negro y ojos verdes me informó que tenía que esperar hasta el día siguiente para coger el próximo vuelo con destino a Argel y me dio cuatro tickes para la comida, cena, desayuno y comida. Me dijo “no podéis salir de esta sala”. El bar-restaurante estaba cerca; nos sentamos todos y empezamos a charlar de forma animada hasta que llegó el camarero y al intercambiar unas palabras con todos pensó que éramos latinoamericanos o libaneses le explicamos que éramos saharauis que acabábamos de llegar de Cuba; seguimos riéndonos y recordando lo que hicimos el último día en La Habana, pero yo no quería pensar en la foto de aquella hermosa chica e intentaba a toda costa escuchar, pero no hablar, mi corazón estaba atrapado en su propia encrucijada.

Cuando subí al avión de las aerolíneas argelinas empezó a cambiar todo, no entendía ni media palabra de francés y el acento con el que se habla el Árabe en Argelia me resultaba difícil de entender, me quedé recluido en mi asiento mirando alguna revista y sin hablar absolutamente nada. Pasadas dos horas llegamos a Argel y al otro día salimos a Tinduf; seguía sin entender nada y me limitaba a observar y callar porque tenía un enorme temor a equivocarme o decir alguna palabra fuera de contexto.

Todavía sin acabar mi desayuno llegamos a Tinduf, bajé rápidamente para ver el desierto después de tantos años, cuando pisé la escalera y miré hacia abajo, una masa de aire caliente impactó en mi cara, sentí que me estaba quemando. Volví dentro del avión terminé de desayunar y fui el último en salir sin ninguna prisa.

Catorce años después volví a ver a mi madre, mi padre, mis abuelos y mis hermanos, de todos ellos solo reconocí a mi abuelo; observé la jaima y aquella enorme planicie desnuda y volví a recorrer con mi alma de cubano y mis raíces beduinas la intensidad de una noche mágica llena de estrellas y silencio.

Ali Salem Iselmu

domingo, marzo 08, 2009

Soñando un día...



Soñando un día..., soñó ser pájaro. Retiró suavemente la tela que cubría la puerta e inició el vuelo. Sintió como su cuerpo se elevaba fácilmente, sin esfuerzo, el aire fresco sobre su rostro, cada vez más alto, para caer en picado, y de este modo sentir la velocidad, el vértigo, la sangre corriendo por las venas, su corazón acelerado palpitando. Planear durante horas y descansar un instante en las copas de los árboles, para reanudar de nuevo el viaje, viviendo eternamente entre el cielo y la tierra, en ninguna parte.


Bachir abre los ojos, y como en un sueño aparta la tela que cubre la puerta, se calza sus botas y una vez en el exterior respira profundamente el aire caliente.
Desde el interior de la tienda se escapa una voz femenina:
- Bachir, entra y come algo.
- No, no tengo hambre mamá.
El muchacho comienza a caminar mientras se despereza. El sol como arma amenazante va aumentando su presencia. Bachir camina rápido, va dejando a su paso el conjunto de jaimas. Sudor sobre su tez morena, asfixiante calor, continua andando. Atrás quedan las improvisadas jaulas de las cabras, también el griterío de los niños. Sequedad en sus labios, continua andando. Y por fin, como en un duelo que necesita siempre de un vencedor, se observan los guerreros, la inmensidad del desierto frente al cuerpo insignificante del valiente muchacho.


Soñando un día..., soñó ser pez. Corrió unos metros y se impulsó para deslizarse sobre la suave elevación de la arena, y de este modo poder sentir como la caricia del agua colmaba su rostro. Ligero y flexible, dulcemente mecido por el balanceo lento de las olas, viviendo eternamente entre el cielo y la tierra, en ninguna parte.


- Pero chico, ¿te has vuelto loco?, ¡despierta!
Bachir siente voces cada vez más cercanas que irrumpen de golpe en sus pensamientos. Abre los ojos, turbantes y agitación a su alrededor, y como en un sueño siente su cuerpo hundido en la duna de arena.
- ¿Qué ocurre? - exclama Bachir.
- ¿Qué ocurre?, ¿se puede saber donde ibas?, ¿por qué te has alejado tanto?, ¡te podías haber matado!, pero, ¿es que no te das cuenta? - el hombre no deja tiempo para que Bachir se explique.
- Creí que podía atravesar el desierto.
- Parece mentira, ¡ni que no conocieras esto! - el hombre retrocede unos pasos indignado, una mujer se acerca a Bachir para ofrecerle pequeños sorbos de agua, e interrumpe al hombre cariñosamente:
- Tranquilo papá, es sólo un muchacho y está aturdido por el sol.
Sobre la cabeza de Bachir la mujer coloca delicadamente un paño húmedo, el hombre acerca su jeep que descansa a unos metros, y avanza refunfuñando:
- Agradece a mi hija el que te hayamos visto. Ella ha insistido en que el bulto negro que veíamos a lo lejos era una persona, que si hubiera ido yo solo...
- Mi padre decía que el bulto negro era un neumático viejo.
Bachir sonríe. No resiste el peso de sus párpados. Un viejo neumático rodando..., siente como su cabeza no para de dar vueltas.
El hombre ayuda a Bachir a subir al coche, está anocheciendo, le sitúa en la parte trasera del jeep con unas mantas por asiento y el cielo estrellado por techo.


Soñando un día..., soñó ser estrella. Elevó sus brazos intentando tocar la luna con sus delgados dedos. Sintió como sus extremidades se estiraban infinitas, desintegrado, abarcando con sus manos el firmamento. Etéreo, luz en la oscuridad del mundo. Viviendo eternamente entre el cielo y la tierra, en ninguna parte.


El coche de pronto se detiene, Bachir abre los ojos, la noche ha caído bruscamente como un manto frío. Y como en un sueño siente su cuerpo dolorido, cansado, exhausto.
- ¿Cuál es tu nombre, chico? - pregunta más calmado el hombre que horas antes le ha socorrido.
- Bachir Mohamed Salem.
- Te llevaré a casa, estamos cerca.
Una nube de polvo, la huella de las ruedas sobre la arena. Arranca el coche en dirección a la casa del muchacho. Su familia le espera. La tetera hierve en el infiernillo de butano, sus hermanos pequeños duermen. Bachir entra en la jaima, saluda y se sienta a comer algo.
- ¿Qué tal el día, hijo?
- Bien.
El padre se sirve el último té, posteriormente se apresura a beberlo de un trago.
- Come bien, pareces cansado.
Bachir permanece sentado, sus piernas cruzadas, un trozo de pan y un plato de lentejas a sus pies, tiene mucha sed, es tarde.
Se escucha el sonido de la tela gruesa de la tienda en cada arrebato del viento. Penetra el irifi por las ranuras de la jaima. Resiste cada sacudida.


Soñando un día..., soñó ser aire. Sintió la pesadez de su esqueleto contra el suelo. Piernas, brazos, cabeza, cuerpo entero, una mole pesada tumbada sobre la colorada alfombra. Un golpe brusco de viento y la vida, en un soplo, esparcida en cientos de miles de diminutos pedazos. Contuvo la respiración, para expulsarla lentamente, mezclada con las melodías nocturnas del viento. Fuerte, poderoso, dominante. Indestructible. Siempre libre, activo, moviendo el mundo. Viviendo eternamente entre el cielo y la tierra, en ninguna parte.


La luz de la mañana despierta a todos muy temprano. Bachir abre los ojos, y como en un sueño observa su cuerpo oscurecido por el sol, envejecido, arrugado. Entre sus dientes mastica la arena, el polvo, escupe asqueado.
Olor a hierbabuena, sus hermanos están en el colegio, silencio. La madre prepara la comida, el padre dibuja ensimismado espuma en los vasos, comienza un nuevo día.
Bachir reúne las fuerzas necesarias y por fin expulsa atropelladamente:
- Odio vivir aquí.
La voz suena temblorosa y las palabras como un eco permanecen esparcidas en el aire.
- Lo odias tanto como lo odiaba yo.


Soñando un día..., soñó ser hombre. Se levantó del suelo y caminó rápido avanzando unos metros sobre la dorada arena. El sol cegó sus ojos, el calor brotando de la tierra quemaba sus pies descalzos. Anduvo hasta alejarse lo suficiente del campamento. Miró hacia el norte, sur, este y oeste. El corazón paralizado ante el brusco empujón de realidad, el vacío, la nada. Soledad y abandono. Sintió como se ahogaba en infinitas y espesas arenas, tierra estéril, tierra muerta. Viviendo eternamente entre el cielo y la tierra, en ninguna parte.


Bachir abre los ojos, escucha sonidos de alegres canciones que le despiertan. Y como en un sueño se levanta y camina despacio pero seguro de sus pasos. Avanza por el desierto. Altivo y valiente. Entonces ansía volar como un pájaro, para dejar de agitar sus alas y caer en el mar sereno donde volver a brotar. Ansía ser pez, bucear en las profundidades de los océanos, también ansía ser estrella, aire, ansía la libertad. Despertar por fin de la interminable pesadilla, dejar de sentirse prisionero, dejar de soñar, retornar. Para vivir eternamente entre el cielo y la tierra.


Sukeina Aali-Taleb


miércoles, marzo 04, 2009

Poesía saharaui en la Universidad de Valencia para conmemorar el 33 aniversario de la República Saharaui







En conmemoración del 33 Aniversario de la RASD, la Federació d'Associacions de solidaritat amb el Poble Saharaui, en colaboración con la profesora Begoña Pozo, celebró un acto en la Facultad de Filología de Valencia. Tomaron la palabra el delegado saharaui en la Comunidad Valenciana Mohamed El Mamun Ahmed Brahim y los poetas Mohamed Ali Ali Salem y Zahra El Hasnaui.
Los ponentes acercaron a la audiencia la realidad saharaui desde el punto de vista político, social y cultural para clausurar el acto con un recital de poesía.





Venías... (Mohamed Ali Ali Salem)

Venías...
Venías enterrando pañuelos,
cerrando llagas,
llenando los espejos de la noche
de rocío de aurora.

Llegaste benévola, pura, triunfal,
derrotando a los agresores,
tú, ocaso de cadenas,
vencedora de la muerte,
infinita mirada
de indeleble amanecer,
hija del palomar de leones,
amparo de epopeyas,
jubiloso grito de bandera
de ecos encallecidos
nunca mudos.


*Al nacimiento de una realidad que vio la luz el 27 de febrero de 1976