miércoles, enero 14, 2009

La pregunta



Dicen los saharauis que al viajero, al ausente, no se le pregunta por el tiempo que ha estado fuera. Se le pregunta por lo que ha traído.

Cuando se vuelve de un gran o pequeño viaje, Cuando se termina la misión y llega la hora del retorno. Cuando se regresa después de estar ausente, no importa dónde se haya estado ni cuánto tiempo haya pasado, ni cómo uno ha estado, ni cómo ha regresado.

Después del recibimiento de rigor, la alegría, el jolgorio y los incontables “yac labas, yac eljer y shtari”, llega un momento muy difícil, importante y a la vez decisivo.

Generalmente, después de unos días, alguien hace LA PREGUNTA con mayúscula, la que realmente importa, la pregunta definitiva. Suele llegar después de una pausa en una conversación, o después de un silencio tedioso, de puntos suspensivos. Llega como un gancho en la boca del estómago, que ahoga, que aturde y aunque bastante esperada, nunca deja de sorprender.

¿Y tú… qué has traído?

La respuesta puede condenar al infierno o a la gloria. Puede elevar hasta la cima más alta y gloriosa o abandonar en la sima más denigrante y oscura.

El encargado de tan decisiva pregunta suele ser una persona mayor, generalmente el padre de la familia. También pude ser el abuelo o tío, o algún pariente varón. Las madres jamás harán semejante pregunta, porque lo más importante para una madre es tener de nuevo a un hijo o hija cerca.

Cuando yo volví de mi viaje, después de dieciocho años, seis meses y veinte tres días, mi padre no pudo hacerme la pregunta. ¡Qué más quisiera yo que mi padre pudiera hacerme la dichosa pregunta! ¡Qué feliz hubiera sido si mi padre estuviera para tan delicado momento!

Un año antes de mi partida, en una aciaga tarde de enero de 1976 dos aviones marroquíes sembraron el terror y la desolación entre la población saharaui, que había hecho un alto en su camino hacia el exilio. Fue en Tifariti. Aún recuerdo el brillo de las lágrimas sobre el rostro de mi madre. ¡Han matado a vuestro padre! gritaba, mientras intentaba abrazarnos a todos.

Mi padre se quedó en Tifariti, en medio de un rosario de piedras, abrazado a la sombra de una acacia. Fecundando con la sangre y los huesos la tierra que le retiene, le atrapa, le cuida y resguarda.

Tres meses después mi hermanita inauguraría, junto a muchos niños, los cementerios del exilio. Ella tampoco podrá escuchar la pregunta ni hará ningún viaje, salvo en la mente de sus seres queridos.

Ocurrió una de las mañanas de un agosto infernal ¡Qué calor! Yo había ido a visitar a uno de mis tíos, hermano de mi madre, victima de la guerra. Heridas tenía hasta en el corazón.

Desayunamos y después de tomar el té, mi tío cogió mi mano y la observó detenidamente ¿Ya no dibujas? Preguntó como si quisiera recordarme y de paso mostrarme que no ha olvidado la enorme bandera que dibujé sobre la fachada blanca de su tienda y que me costó un gran disgusto.

-A veces, respondí.

-Y después de tantos años, dijo soltando mi mano, ¿Qué has conseguido? ¿Qué has hecho? ¿Qué nos has traído?

Eran tres preguntas bastante parecidas y que supongo quería preguntar lo mismo, sin embargo en la tercera pregunta, lo que en las dos primeras era individual, iba a adquirir, además, una dimensión colectiva. Ese nos podría significar desde mi tío y su mujer, hasta toda la familia, o incluso toda la sociedad. Ese nos conlleva la atribución de una responsabilidad, o de una deuda que hay que pagar.

- La licenciatura en Filología Inglesa, contesté y una maleta de libros, añadí, aunque mi tío, y viniendo yo de Cuba, no se refería a nada material, yo apelaba a su sentido del humor.

- ¿Y eso para qué sirve?, preguntó sin ninguna reacción, y menos la que yo buscaba.

- Puedo enseñar la lengua inglesa o hacer traducciones…

- ¡Dieciocho años y tan lejos ¿Sólo para esto…?! ¡Pero si hasta en el doce se enseña eso!

Me quedé en silencio, hundido, cabizbajo…

- ¿Por lo menos sabrás conducir un coche?

- No, dije con un hilo de voz casi imperceptible.

- ¡Trae la radio, le dijo a su mujer, a ver si mi sobrino te la arregla! O no, mejor déjala, que lo más seguro es que no sabe…

- No sé, dije moviendo la cabeza.

- Dieciocho años y no has aprendido nada importante… Espero que no se te haya olvidado cómo rezar, hijo.

Para mi tío, yo había perdido el tiempo. Se levantó y salió de la jaima arrastrando sus heridas y la decepción por la frustración de una más de muchas expectativas.

Curiosamente la misma respuesta que para algunos es una insignificante menudencia, para otros tiene tal relevancia que sube la moral, la autoestima. Pero, quizás, lo más importante sea que a uno le hagan la pregunta, porque el viaje ya no se lo quita nadie y a veces es más importante lo que dejas, que lo que puedas traer.

Sin embargo hay viajes y viajes…

Hace treinta y tantos años que estamos volviendo al extranjero. Vamos yendo y volviendo al extranjero. Sitios amables, cálidos, hospitalarios, pero definitivamente extraños.

Siempre estamos volviendo, aunque a veces no a los sitios que queremos. Volvemos a donde podemos, a donde nos dejan. Tengo ganas, muchas ganas de volver, por ejemplo a Amgala y encontrar a mi madre moliendo trigo tostado o meciendo su enorme odre de leche de cabra.

Pero no puedo. Amgala está prisionera, o desaparecida, o tal vez muerta, asesinada. Mi madre en un campamento de refugiados, olvidada, abandonada, traicionada, lejos de Amgala, lejos del Sáhara, lejos de su vida.

Como Amgala, cientos de pueblos y ciudades y como mi madre, miles de madres.

Un pueblo entero espera retornar a su tierra, a su casa. Espera la vuelta para encontrarse con su pasado y su presente. Un pueblo entero quiere regresar del viaje al que fue condenado. Volver para encontrarse con sus abuelos, sus padres, sus hermanos, sus hijos, sus nietos, y espera, con ansiedad, escuchar la famosa pregunta y poder responder con orgullo y sin vacilar ¡LA LIBERTAD!

Ebnu
*Imagen: Escultura de Carlos Montaño

viernes, enero 09, 2009

Especial Poesía Saharaui en la revista argentina 'Confines'



El trabajo literario de Generación de la Amistad saharaui ha llamado la atención más allá de las fronteras del Sahara y España, donde están instalados los miembros del grupo. En concreto en Estados Unidos y varios países de Latinoamérica como Cuba, Venezuela, México o Brasil.


En esa línea, la revista literaria argentina Confines (suplemento de El extemo sur de la Patagonia) ha dedicado un especial a la poesía saharaui en español, centrándose en el trabajo de Generación de la Amistad. Bajo el título "Poesía saharaui: lucha y resistencia en el Sahara Occidental" Pablo San Martín y Ben Bollin, profesores de la Universidad de Leeds, Gran Bretaña, realizan un ensayo sobre la nueva literatura hispano saharaui a partir de la actualidad y la obra de la Generación de la Amistad, junto con una antología de sus poemas.






viernes, enero 02, 2009

El fuego de las piedras


Salió corriendo de aquel bombardeo a las cinco de las mañana, su única salvación eran las montañas de Gueltat Zemur. Él conocía las montañas como la palma de su mano, de pequeño solía escalarlas con sus amigos en busca de las piedras que hacían fuego de noche, con esas piedras jugaba colocando una encima de la otra para formar una enorme pirámide y dentro de esa pirámide hacía un bonito fuego que podía verse desde muy lejos.

Pero esta vez el fuego era mortal y los aviones marroquíes F15 querían destruirlo todo matando a toda la población del poblado. Él había escapado descalzo y con una pequeña cantimplora llena de agua, en el abrigo de una pequeña cueva se escondió y esperó su oportunidad para salir hacia Tifariti, era febrero de 1976 y todo el territorio del Sahara Occidental estaba sometido a un permanente bombardeo.

De día el ruido de los aviones lo mantenía en alerta, de noche y siguiendo la luz de la estrella polar se dirigió a Meheriz que estaba a unos cien kilómetros aproximadamente, él solo en medio del desierto quería caminar y caminar alejarse todo lo posible del sonido de las bombas y los aviones que no descasaban ni un minuto, cada vez que detectaban cualquier movimiento hacia allí iban y arrojaban sobre los nómadas saharauis su alma asesina.

Pero su profunda fe y su deseo de alcanzar la libertad en otra tierra lejos de aquella escena apocalíptica en la que vio cuerpos calcinados, casas destruidas y miles de personas huyendo de forma despavorida mientras las bombas iban borrando las huellas de sus dromedarios y quemando sus jaimas; él quería alejarse de aquel horror y poner su vida a salvo.

Durante su primera noche de travesía recorrió cerca de cincuenta kilómetros, cuando divisó en el cielo el primer rayo luz, buscó el refugio de una enorme acacia espinosa, se sentó y apoyó su espalda sobre el tronco del árbol, bebió un poco de agua e improvisó un pequeño refugio, con su turbante hizo un pequeño cojín y cayó rendido de sueño y cansancio, pero dentro de su corazón aún prevalecía una enorme sensación de miedo y escalofrío las imágenes de caras ensangrentadas y cuerpos rotos de dolor estaba dentro de su mente.

Se levantó avanzada la tarde, en el cielo se oía el ruido de los aviones y cerca de su pequeño refugio escuchó a un Land Rover acercarse pero decidió mantenerse quieto, evitando de esta forma ser detectado, porque él sabía que Gueltat Zemur es una zona estratégica y el ejercito invasor quería controlarla para bloquear el paso a todos los saharauis que venían huyendo de Umdraiga.

Se quedó quieto no hizo el más mínimo movimiento hasta que oscureció totalmente, salió debajo de la acacia y de su turbante arrancó dos trozos de tela e hizo de ellos dos sandalias porque sus pies estaban sangrando pero sabía que la noche y las estrellas eran su mejor aliado, se encomendó al destino y siguió caminando en dirección a Meheriz, cerca de las cuatro de la mañana observó un pequeño fuego y hacia allí se dirigió tenía una enorme esperanza en encontrar a algún saharaui con el cual podía seguir hacia Tifariti y después cruzar hacia Argelia y así poner su vida a salvo lejos del saqueo y exterminio que estaban sufriendo las ciudades saharauis.

A medida que se iba acercando, la luz del fuego le transmitía una mayor confianza y le traía aquel recuerdo cuando de niño cogía las piedras y de ellas hacía una pequeña hoguera, esta vez tenía una enorme convicción de que su salvación quizás estaría escondida en la luz de esas rocas de color blanco.

Cuando llegó escuchó de lejos la conversación y se alegró porque eran saharauis y hablaban hasania; estaban sentados tres hombres, dos mujeres y cuatro niños alrededor de aquel bonito fuego que le recordó las piedras del fuego cuando de pequeño jugaba con ellas en las montañas de Gueltat Zemur.

Al otro día salieron en un viejo Land Rover, él se subió en la parte de atrás, miró por última vez las montañas de su tierra envueltas en el fuego de las bombas, del bolsillo de su camisa sacó una pequeña piedra la besó con sus finos labios, de sus ojos negros nacieron las lágrimas de dolor, tristeza y la rabia contenida en su corazón.


Ali Salem Iselmu
*Foto: Palins Travels Fotógrafo: Basil Pao