domingo, octubre 19, 2008

Vuelta a El Aaiun



Sin que nadie de la familia me viera, salí de casa sigilosamente y me zambullí en la marabunta que iba y venía por lo que parecía una calle principal de la desdichada ciudad. Ahora, ya fuera y libre de ataduras, me veo hostigado por un incesante martilleo de recuerdos y emociones a medida que me iba introduciendo en las entrañas de mi pobre ciudad natal. Los aires de antaño inundan mi mente y una sonrisa inocente y perdida subyuga mi cara, me emboba y atonta sin remedio. Sin caber en mí de gozo, huelo, siento, veo el tan querido Barrio Cementerio, mi nariz se estremece acariciada por el tibio aroma de café catapultado por el ruidoso Bar Morales; me giro en sueños y diviso adormecido al emblemático barbero Shaui de cuyos dedos, pálidas, cuelgan las tijeras. Cierro los ojos y en mi cabeza resuenan los golpes de tambor de las madrugadas ramadeñas de aquellos maravillosos años. Los abro y me deslumbra el balido de cabras y ovejas acorraladas al aire libre para ser vendidas en polvo de carbón y arena, levanto la vista y me lloran los perros enjaulados en el matadero solitario y triste de la colina mil veces perdida. A la izquierda, el híbrido de jaima y barraca medio enterrada me escupe su dulce canción coránica de vocecitas infantiles al son de la batuta angelical de Arrubai. Más allá, la panadería encorvada y sencilla humea alegremente bajo la mirada misteriosa de las rocas. Arriba, imponente y amenazador, el Polco, esa huella tardía del monstruo americano.


Giro hacia la derecha y me acaricia la brisa serpenteante de Luad enroscada eternamente al rugido vibrante de los apacibles camellos. Me pita un coche. Vuelvo en mí. Vuelvo. Vuelvo sobre mis pasos y me despierto risueño paseando por el Zoco Pequeño, oliendo pieles, telas, humos y sueños del pasado. Me sorprende, una vez más, el tumulto que ahoga la carnicería de Foidal. El autobús de la Playa sigue aletargado en la parada de siempre y, de vez en cuando, da un brinco como asustado por el ruido de las escopetas de aire comprimido de la vecina caseta. Miro al cielo y se me cae encima el blanco embriagador de la mezquita Aba Haya. Bajo la vista y mi corazón se rebela, me cocea excitado por las risas y gritos de alegría de los niños radiantes de felicidad al recibir de Suelam, el panadero, los paradisíacos panecillos greisat.


Cierro los ojos y me alcanzan las ráfagas inofensivas de varias Singer, máquinas de coser eléctricas estratégicamente situadas; los abro y me deslumbran las docenas de sandalias de pulmón, colgantes cual coloreados murciélagos en espera de la noche. Sigo caminando. La polvorienta calle Trasera dispensario me hace estornudar, me ahogo y huyo hacia el bullicio de la calle principal. A un lado, las Casitas del Retiro se flirtean como enormes orugas encalladas; al otro, la Guardería, las Casitas de Chiuj y el Zoco Lamjaj. Cierro los ojos y, como si fuera mi último suspiro, una sucesión de imágenes y emociones desfila por mi cabeza vertiginosamente: el horno de Lhihi, la Oficina del Frig, el cuartel de la Policía Territorial, la Sección Femenina, el Hospital Grande, el Parque, Cine las Dunas, el cuartel de Artillería, la cafetería Natacha, el Zoco de cristal, calle Fuente, el Instituto, la Piscina, la Cochera, el Jarsitu, las granjas de Chano, el colegio La Paz, Aviación, Transáhara, las Casitas Ladaru,... todo un sueño de dulces recuerdos de niñez que me embriagan y me alivian.


Desgraciadamente, vuelvo a la realidad, me despierto. La calles por las que me arrastro me son extrañas, mis ojos las repudian, repelen su omnipresente rojeado y rojizo rojo. Mis recuerdos han sido aniquilados por olores ajenos y cochambrosos, por escenas patéticas y rancias, por voces desagradables y cacofónicas. El Aaiún ha desaparecido y en su lugar yace un monstruo artificial en el que apenas se reconoce el esqueleto inerte de una radiografía borrosa de mi ciudad natal. Rojo, rojizo y rojeado. El invasor campa a sus anchas. Polvo y suciedad. Tristeza, miseria y terror. Impotencia ante la cruda realidad que, de un bocado, se tragó mi ciudad, mi bonito Aaiún, mi pobre Sáhara. No puedo más y sólo puedo recitar, entre lágrimas, los versos de mi poema ¡Qué pena!:

Recuerdo las dunas esbeltas
de antaño
y ahora en mi mente
se empujan humilladas
por los vientos del norte.

Recuerdo dóciles rebaños
a mares
por el amado desierto
y hoy ocupan su lugar
alimañas de norte incierto.

Recuerdo beduinos sonrientes
honestos
encariñados con su tierra
ahora veo criaturas norteñas
rencorosas y deshonestas.

Recuerdo el mágico perfume
ceniza
de alcance infinito y ahora
todo huele a ajos, cloacas
nortes, arenas movedizas.

Recuerdo seductores mantos
en guitarra
símbolos de exquisita finura
y ahora me ciega la costura
norteña de tela y capucha.

Lo recuerdo y me acuerdo
aciago
que hoy la patria es reo
de reyes y oscuros intereses
y el dolor me rompe las venas
por tu destino
Sáhara ¡qué pena!


Larosi Haidar

miércoles, octubre 15, 2008

La poesía saharaui llega a Alemania




La poesía saharaui tuvo un hueco dentro del marco de las Jornadas "Causa Saharaui" celebradas en Würzburg, Alemania, entre el 2 y el 9 de octubre, y organizadas por los amigos del pueblo saharaui de Suiza y Alemania .

El escritor Bahia Mahmud Awah participó en el apartado cultural de las Jornadas junto con el pintor saharaui Fadel Jalifa. Bahia Mahmud hizo una lectura poética de sus versos, junto con una charla sobre cultura y poesía saharaui. Varios poemas de este autor han sido traducidos al alemán con motivo de estas jornadas.
Las Jornadas, en las que ocuparon un destacado papel la Ministra saharaui de cultura Jadiya Hamdi y la Representante del Polisario para Alemania Nayat Hindi Dan, tuvieron una importante acogida por parte del público que se acercó a los diferentes actos y fueron recogidas por la prensa local.

martes, octubre 07, 2008

Los niños y los gatos de El Aaiun


Eran las seis de la tarde de un día caliente de otoño. Los marroquíes habían cercado a la ciudad de El Aaiun nadie podía salir ni siquiera de su casa para comprar una barra de pan. Los barrios saharauis sufrían su particular cerco ante la cobarde indiferencia de los soldados y observadores de las Naciones Unidas que contemplaban con toda frialdad como los colonos provenientes de Fez, Casa Blanca, Rabat, Marrakech destruían comercios, casas e humillaban la gente con la ayuda de la policía que les señalaba las personas que había que eliminar.

Mientras tanto los niños saharauis del barrio Maatala se organizaron dentro del patio de una casa y cogieron cientos de gatos y les amarraron a cada uno en el cuello una bandera saharaui y los sacaron a la calle. Cuando la policía marroquí vio aquello se quedó atónita y confundida, no sabía si perseguir a los niños o los gatos; en medio de aquel escenario los gendarmes empezaron a detener a todos los niños que en su mayoría tendrían entre once y doce años, los llevaron a la comisaría más cercana y los encerraron en una enorme celda, hasta que los pequeños comenzaron a gritar y gritar. En ese instante entró un carcelero y les dijo:

- Vale os dejaremos en libertad pero decidnos quién colgó la bandera en los gatos.

Uno de los mayores del grupo levantó la mano y dijo:

- Ha sido mi hermano el de la idea de los gatos, si nos dejáis libres os llevaré hacia él.

Inmediatamente el carcelero le informó al gendarme de que tenían información acerca de quién se le había ocurrido la idea de utilizar los gatos colgándoles la bandera; entraron y liberaron a todos los críos, menos al que les había proporcionado una pista para detener a la persona a la que se le ha ocurrido semejante desafío.

Entre gritos se lo llevaron en una furgoneta de color negro, estaba rodeado por cinco torturadores vestidos de paisano, constantemente le iban diciendo las ventajas y los beneficios que podía tener si les suministraba bastante información, el niño iba observando las casas de su barrio, en su mayoría de color amarillo oscuro. Las calles estrechas dificultaban la entrada de cualquier coche, mientras la gente estaba totalmente descontenta y frustrada con la presencia de policías y colonos que intentaban sin éxito erradicar cualquier intento de levantamiento saharaui en su contra.

En un pequeño callejón al cual solo se podía acceder a pie, estaba la casa del pequeño. Tenía mucho miedo de no volver a ver a sus padres y a su familia, pero estaba tranquilo porque veía desde el interior de la furgoneta que se estaban acercando a la zona y sabía que de un momento a otro podría abrazar a sus seres queridos. En ese preciso instante decidieron parar en una esquina de la calle bien oscura, abrieron las puertas del coche y bajaron dos torturadores con el niño esposado, lo llevaron en dirección hacia su calle. La gente con rabia e impotencia observaba la imagen del pequeño acompañado por sus verdugos pero nada se podía hacer, porque en cada esquina había militares y agentes de la seguridad marroquí vestidos de civil.

Lágrimas de miedo saltaban de sus ojos y el brillo inocente de su mirada se escapaba en medio de aquel estrecho callejón lleno de gendarmes, policías y colonos; llegaron a un portal enorme pintado de color negro, frente a aquella puerta se pararon y tocaron varias veces, hasta que salió la madre del niño vestida con una melhfa azul, los saludó y en medio de los saludos empezó a llorar cuando vio a su hijo esposado y acompañado por dos carceleros de enorme estatura y fuerte musculatura, se adentraron en el patio de la casa y solo vieron un niño pequeño que apenas tendría nueve años, su hermano rápidamente les dijo:

- Este fue quién nos enseñó como colgarles en el cuello a los gatos la bandera, este es el autor de la idea.

Los dos carceleros se quedaron sorprendidos al ver que no se trataba de un hombre sino de un niño pequeño de nueve años; inmediatamente llamaron por teléfono a sus superiores para tomar una decisión, si llevar a los dos niños a la cárcel o dejarlos en libertad; al final no les quedó más remedio que liberarlos.

Los niños al verse libres se fueron corriendo hacia un gato blanco que era su mascota preferida y lo abrazaron en medio del patio y ante la mirada de los dos carceleros.
Ali Salem Iselmu
*Foto: niño detenido y torturado en El Aaiun en 2006. Ver documental Children of the Clouds