viernes, abril 25, 2008

Un beduino en el Caribe



A toda prisa se marchó el tren desde la bahía de Santiago de Cuba en dirección al municipio de Banes en Holguín, eran las tres de la tarde y hacía un calor sofocante. Decidimos entonces comprar unos batidos de Zapote para refrescarnos un poco, había demasiada humedad y estábamos sudando mucho. Entonces nos sentamos cada uno en su asiento y dormimos una siesta larga mientras el tren recorría pueblo por pueblo la provincia de Santiago y Holguín.

Pasamos a toda velocidad Palma Soriano y después de una hora llegamos al último municipio de Santiago de Cuba antes de entrar en la provincia de Holguín. Contramaestre era un pequeño poblado situado entre montañas a su alrededor se encontraban muchas plantaciones de café y cítricos con las cuales se surtía a la ciudad de Santiago, el ambiente rural estaba dominado por la constante presencia de campesinos que se acercaban al tren para vender sus productos. En esos días, corría el año 1993, en Cuba se empezaba a notar la crisis económica a raíz de la caída del bloque socialista.

Fascinado por el color de las plantas de café y por su olor decidí bajar a toda prisa del tren y me acerqué a una pequeña cafetería donde tostaban los granos y luego los exprimían en una cafetera sacándoles todo el café. Recuerdo cuando aquella delgada mujer de ojos negros se me acercó y me puso una taza de café bien caliente con un aroma intenso, en ese momento experimenté una sensación de alegría y satisfacción enorme, a lo lejos se veían montañas y palmeras perdiéndose en aquel auténtico paisaje cubano.

Quince minutos después estaba en el tren que seguía corriendo a toda velocidad hacia Moa un pequeño pueblo con unas minas de níquel en sus cercanías, mientras yo seguía inmerso en aquel relieve verde y montañoso dominado por la Palma Real, árbol que caracteriza a la isla de cuba y aparece en el escudo nacional, enormes extensiones de tierra con plantaciones de azúcar se observaban a lo largo de todo el viaje.

Aquel tren también servía de punto de encuentro de viajeros que venían de la ciudad y campesinos de diferentes comarcas que tenían necesidad de enseñar sus productos y algunas veces venderlos cuando había alguna parada. Yo y mis amigos de Banes, a los que recuerdo hoy con mucha claridad, ocupábamos cuatro asientos, nos sentábamos cada uno al lado del otro y empezábamos a hacer chistes a reírnos de las dificultades económicas que vivía cada uno y cuando alguna chica pasaba cerca de nosotros le soltábamos algún piropo hecho en Cuba. Con todos los problemas a los que nos enfrentábamos jamás perdimos el humor, esa era nuestra medicina con la cual vencíamos cada reto que nos planteaba la vida.

A las siete de la tarde llegamos a un pueblo conocido como Deleite, allí nos bajamos de aquel tren que iba corriendo a su ritmo a la ciudad de Moa, mis amigos y yo cogimos el autobús en dirección a Banes y en unos cuarenta minutos hicimos el trayecto. Era de noche y se veía en medio de la oscuridad aquel precioso poblado de casas de madera de color blanco y rojo. El ambiente a fiesta y carnaval era total, la música a todo volumen y la gente bailando salsa y sudando, nosotros lo único que hicimos a pesar del cansancio que teníamos era incorporarnos a la fiesta.

Cuando llegamos a la plaza de Banes después de bajar del autobús comprobamos con nuestros ojos aquella famosa frase que dice “con una lata y un palo bailan los cubanos” porque la naturaleza del Caribe y su alma son bien distintas a aquella sobriedad que impregna a un nómada beduino, reconvertido en caribeño a través de los ritmos que marca la humedad de la noche.

Ali Salem Iselmu

jueves, abril 17, 2008

Cine saharaui



Y ya van cinco ediciones del Festival internacional de cine del Sahara, (FISAHARA) y seguimos sin producción cinematográfica saharaui. Seguimos sin documentales, sin cortos, ni animados, ni largometrajes, seguimos sin nada hecho por nuestras propias manos. Seguimos desperdiciando esa gran cita, esa gran oportunidad que cada año se nos presenta.

Uno de los fines del festival es atraer actores, directores de cine, músicos de otros países, especialmente de España, para que conozcan -nunca mejor dicho, el dicho saharaui - “la distancia de cuatro dedos, entre el ojo y el oído: no es lo mismo lo que te cuentan que lo que ves”- sobre la realidad saharaui, sobre el conflicto y esa larga espera de más de 30 años; una realidad tristemente ninguneada por la inmensa mayoría de los políticos y los medios de comunicación españoles.

Pero lo esencial del festival, a mi entender, debe ser que los propios saharauis empecemos a creer en el cine, no sólo como arte, sino como un arma potentísima para difundir la causa, y empezar a producir cine, será pequeño y modesto, pero es algo, y es mejor que nada. Pero para eso hace falta voluntad individual y política por parte de nosotros los propios saharauis. Y es primordial que se crea un festival nacional de cine, en el que participen solo saharauis. Un festival en el que compiten – este festival sí debe tener carácter competitivo - por ejemplo entre las dairas y wilayas, y en el cual también puedan participar saharauis a nivel personal e independiente.
Sería un festival pequeño, con muy pocos recursos, pero sería un principio, y los principios siempre son difíciles, pero pueden ser el germen de algo importante y muy especial, para proyectar nuestra propia visión del mundo, y “para dejar de ser imaginados por otros”.

Limam Boisha.

lunes, abril 14, 2008

Lloraba porque lo reducían a su brutal manera


Nunca imaginé ver un dromedario derramando lágrimas, horrorizado por la brutalidad de sus captores. Lo vi impotente, reducido por hombres torpes que ignoraban la cultura saharaui y el trato que en ésta se le otorga. Un majestuoso y elegante animal, el fiel amigo de los hombres del desierto, con su aguante frente a las inclemencias del calor, el frío, la sed y el agotamiento, el profeta que, cuando el hambre o la sed sitúan al deyar[1] al borde de la muerte, está allí para ofrecerse al ángel Izraila[2] a cambio de una vida.

Todo lo vieron mis ojos, ojalá no hubiera sido así, un escenario cruel que se desarrollaba brutalmente ante mí devolviéndome por unos instantes a mis infernales años de cárcel en Kalat Maguna, Kenitra, Derb Mulay Shrif y la Cárcel Negra de El Aaiun.

No querría haber contemplado este panorama ni contarlo para no volver a sufrir, porque soy un hombre que se alimentó de la rica leche de las dromedarias y disfruté contemplando sus crías mientras dormían largas siestas en los lomos de las dunas. Yo los despertaba para jugar con ellos, acariciando su suave pelaje, a veces oscuro, a veces grisáceo y a veces blanco manchado, asomado a sus graciosos ojos azules o color miel. Elmactuba[3] me había conducido ese día a las afueras de mi ciudad, El Aaiun, para respirar, sentirme libre, encender mi hoguera, preparar mi té saharaui, mirar hacia donde apetecía a mis ojos y gritar a la inmensidad los desahogos presos en mis adentros. Pero mi destino de vuelta, ya cerca de la ciudad, pasaba por unos hangares donde los marroquíes sacrifican a estos indefensos animales.

Entonces fue cuando vi cómo atrozmente los cargaban y descargaban; imaginé en seguida cómo los habían atrapado, rompiéndole las robustas patas para neutralizarlos. Porque los marroquíes no conocen el arte de noush[4], cómo los saharauis cogemos a los dromedarios tranquilamente sin hacerles ningún daño. La carnicería se desarrollaba diariamente en el oeste de la ciudad, cerca del río Uad Saguia, sin testigos y en el más absoluto aislamiento y terror. Qué crueldad volvieron ver mis sobrecogidos ojos, qué inhumanos hombres sanguinarios, qué ignorantes y crueles para tratar así a un animal, profeta en mi desierto.

Era el horario de la oración de El Asar[5], indignado me alejé de allí y paré mi coche en la falda de unas dunas para rezar y pedir que Alah la yahcamna bi eyraim ahel adnaib, es decir “Que Dios no nos juzgue por los delitos de los criminales”. Porque sentí que aquel dromedario que estaban levantando, entre lágrimas y berridos, me miraba, me reconocía como uno de los suyos y me pedía ayuda, y yo no podía hacer nada por él, viéndolo colgado en una grúa y reducido por cadenas de hierro hundidas en su ensangrentado cuerpo. Aquel cruel escenario me estremeció el corazón y me hirió el alma. Porque mi abuelo me enseñó de pequeño que a los animales no hay que enseñarles el arma ni la mala intención cuando se necesitan para sacrificar, no merecen sufrir cuando la ley de la vida nos dicta su utilidad.

Bahia Mahmud Awah


[1] Deyar, el buscador de camellos en la cultura saharaui
[2] Izraila, ángel de la muerte en cultura árabe
[3] Elmactuba, es lo predestinado o lo ya escrito
[4] Noush, el arte de coger el dromedario sin hacerle daño
[5] El Asar: tercera oración del día para los musulmanes

martes, abril 08, 2008

Descubriendo la literatura africana en español. Mª Jesús Alvarado



LA OPINION DE TENERIFE. 18/03/2008

MARÍA JESÚS ALVARADO (*) Desde su constitución, en el año 2000, la editorial Puentepalo1 ha tenido entre sus objetivos acercar y acercarnos a los escritores de otras latitudes, que por variadas circunstancias como la poca solvencia económica, desconexión de los circuitos literarios y/o lejanía geográfica, tienen muy difícil hacerse presentes en nuestro panorama literario. En esa línea, elegimos empezar por los autores del continente vecino, teniendo en cuenta la grandeza e importancia de su patrimonio cultural y el enorme desconocimiento que de él tenemos en estas latitudes, a pesar de estar tan cerca.

Pero, si bien cuando hablamos de literatura africana, inevitablemente pensamos en literatura traducida del árabe, de alguna de las muchas lenguas subsaharianas, o bien de cualquiera de las lenguas heredadas de la colonización europea -preferentemente el francés- existe, no obstante, una extensa y aún desconocida, producción literaria en español en muchos países del continente africano.

Nos parece muy importante descubrirla para el público lector de nuestro país, no sólo por lo que pueda tener de sorprendente y peculiar, sino porque es una manera más de crear lazos y vínculos, en este caso literarios, con los pueblos de África que ahora, por las circunstancias sociales y políticas que atraviesan, se ven abocados a emigrar y compartir su futuro con nosotros.

Las circunstancias favorecieron que, en un primer momento, decidiéramos sacar a la luz la poesía nueva, joven y fresca del Sáhara Occidental, un pueblo que, a pesar de las adversas circunstancias políticas que atraviesa, y del nefasto papel que España ha jugado en ellas también en el ámbito lingüístico, mantiene con orgullo el español como segunda lengua oficial, detrás de su lengua materna, el hasanía, convirtiéndose así, en el único país árabe de habla hispana.

Los niños saharauis aprenden español en las escuelas de los campamentos de refugiados del desierto argelino (con material impreso en Suecia o Austria, o donaciones particulares de la solidaridad española) y muchos de ellos, se trasladan después a Cuba para terminar allí la secundaria y los estudios universitarios.

Si bien hay algunos textos literarios, tanto en prosa como en poesía, escritos por saharauis formados en la antigua provincia del Sáhara Español, es ahora, en manos de estas jóvenes hornadas de saharauis del exilio donde se encuentra la mayor y mejor expresión literaria en español de este territorio.

Así, publicamos en el año 2003, Bubisher. Poesía saharaui contemporánea, una antología de los poetas Luali Lehsan, Limam Boicha, Saleh Abdalahi, Mohamed Salem Abdelfatah-Ebnu-, Alí Salem Iselmu y Chejdan Mahmud (ya existía un precedente de publicación de este mismo grupo editado por la Asociación de amigos del Sáhara el las Islas Baleares titulado Añoranza).

A partir de Bubisher, que va camino de su tercera edición, gestionamos la publicación por parte de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria del magnífico poemario de Ebnu, Voz de fuego (Servicio de publicaciones de la ULPGC, 2003) y editamos nosotros Los versos de la madera, de Limam Boicha (Puentepalo, 2004).

La poesía saharaui es dulce, serena y profunda, y nos habla del dolor del exilio, de la guerra, de la añoranza, pero también de la grandeza de su tierra y de sentimientos que a todos nos son propios, como el amor o la necesidad del otro.

En el verano de 2005 se constituye en Madrid, la llamada "Generación de la amistad saharaui", formada por estos mismos poetas y algunos más que se han incorporado en estos últimos años y que, apoyados por diversas instituciones y universidades, han podido ir publicando varias de sus obras. Entre ellos hay varios que destacan especialmente por su calidad literaria y cuya obra merece irse conociendo cada vez más ampliamente.

Pero la literatura africana escrita en español no sólo pertenece, como cabría esperar, a autores procedentes de las antiguas zonas del protectorado español en Marruecos, o de las colonias del Sáhara Español y Guinea Ecuatorial, sino que hay literatura escrita en español en muchos países africanos cuya lengua "colonizadora" fue el francés o el inglés, por ejemplo, pero en los que, sin embargo, sus autores han estudiado con dedicación el español y lo aman hasta el punto de elegirlo como lengua para la creación literaria.

Tal es el caso de Camerún, uno de los países más escolarizados de África y con excelente disposición al aprendizaje de lenguas extranjeras, y a donde saltamos en el mapa para editar Equinoccio. Poesía hispanocamerunesa (Puentepalo, 2007), una recopilación realizada por Guillermo Pié Jahn, profesor de español del Instituto Cervantes en Malabo y la hispanista malgache Irina Razafimbelo, de los poemas de Guy Merlin Nana Tadoun, Germain Metamno, Céline Cléménce Magnéché Ndé y Mbol Nang, e ilustrada por el pintor, también camerunés, William Kayo.

Equinoccio nos trae una poesía cercana, ligada a la tierra, que nos habla de su realidad, de la injusticia, de la negritud, de sus tradiciones, de la necesidad de libertad, de los sueños y las ilusiones comunes a todos los seres humanos.

Estos mismos cuatro poetas participarán junto con los escritores Inongo vi Makomé y Robert-Marie Johlio, en un libro de relatos que editaremos próximamente y que, con la colaboración de casa África esperamos presentar en Yaundé (Camerún) a finales del presente año.

En Camerún es habitual encontrar en la calle personas que hablan español, que han cursado estudios en España, que tienen familiares o que han viajado a cualquiera de nuestras comunidades. Para nosotros, mayoritariamente monolingües (bilingües en el caso de Cataluña, País Vasco y Galicia), resulta sorprendente su facilidad para la alta competencia en varios idiomas, ya que dominan su lengua materna (existen más de 250) más el francés y el inglés que son lenguas oficiales, y eligen como lengua extranjera en la secundaria el alemán o el español, perfeccionando después la lengua elegida, hasta el punto de expresarse con total corrección, y llegando, como hemos visto, a elegirla para la creación.

El origen de la literatura hispana en África se remonta a los años treinta del siglo pasado en Madagascar, de la mano de Jean-Joseph Rabearivelo; pero el interés que despierta actualmente el español en el continente es enorme y creciente. Desde Marruecos a Madagascar, pasando por Costa de Marfil, Camerún, y muchísimos países más de los que aquí apenas conocemos nada, nuestra lengua despierta emociones y pugna por llegar hasta nosotros, por ser compartida.

Canarias y África están inevitablemente destinadas a conocerse y a relacionarse, y nada más idóneo que los intercambios culturales para propiciarlo. Para nosotros esto es sólo el principio. Queremos que este vínculo enriquecedor que es la lengua, este puente capaz de unir culturas de lo más diversas, encuentre en nuestros libros razón de ser, con la esperanza de que la palabra escrita sea el lazo (y el abrazo) entre dos pueblos.


1 La editorial Puentepalo está dirigida por Juan R. Tramunt y tiene su sede en Las Palmas de Gran Canaria.

* María Jesús Alvarado es directora de la colección Palastro de poesía de la editorial Puentepalo.
Puentepalo ha publicado los libros de literatura saharui en español Bubisher (antología) y Los versos de la madera de Limam Boicha