domingo, marzo 30, 2008

La visita. Homenaje a José Agustín Goytisolo


GENERACIÓN DE LA AMISTAD SAHARAUI EN

EL CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO “ASTURIAS ENTRE VERSOS”.


LA VISITA

Vuelven los dueños


Pasada la hora de las ignominias
los viejos apagaron con tierra las fogatas
las mujeres y niños recogieron las tiendas
los hombres empuñaron el fusil.

La ruta del desierto fue muy dura:
se abrieron paso a tiros en medio de la noche
para no ser esclavos para no ser vendidos
igual que reses en su propio hogar.

Hoy con su pueblo a salvo los guerreros
han vuelto al territorio de la casa invadida
y el enemigo sabe que si alcanza un momento
a ver sus rostros es que va a morir.

¡Oh tú que me censuras pues no escribo
de dioses y me exalto por cosas de la tierra !
conoce a estos hombres: como los inmortales
luchan ardiendo por su libertad.

José Agustín Goitisolo


Era el año 1981, yo apenas tenía ocho años y estudiaba en el internado “9 de junio”, que no era más que un conjunto de casas de adobe construido por los saharauis a toda prisa para albergar a cientos de niños del éxodo, del exilio, de la guerra. En aquel tiempo nuestros padres estaban en la guerra y nuestras madres sobrevivían en los campamentos de refugiados trabajando duro: cavaban refugios para resguardarse de la aviación marroquí de la que se esperaba su inminente y mortal visita, como había ocurrido cinco años antes en Um Draiga y Amgala.

Por nuestra supervivencia y nuestro futuro ellas levantaban guarderías, escuelas y hospitales; lo hacían soportando tormentas de arena, calor y privaciones. En la intimidad de sus frágiles jaimas rogaban al Altísimo para que se acordara de nuestro sufrimiento y a la muerte que se olvidara de nosotros. Del estéril desierto ellas obraban el milagro de adobe que todavía sostiene las estructuras de nuestro largo exilio.

El trueno de la guerra alcanzaba nuestros oídos de niños, y en el traje de los militares que venían de permiso olíamos la pólvora, el denso humo, la sangre y el fuego de la metralla. En nuestros ojos estaba todavía nítida la imagen de la invasión. La persecución, los bombardeos y la muerte. En medio de aquel escenario lejano y solitario acudió a nuestra escuela una visita de varios hombres y algunas mujeres. Bajaron de tres Land-rovers vestidos con turbantes saharauis, magullados y polvorientos por la dureza del camino, un camino anónimo y pedregoso, poblado de interminables gibas y costillas, pellejo de la tierra. Un camino duro, impío y gris que sin embargo los traía hasta nosotros.

El maestro nos dijo que eran poetas y escritores venidos de España. Nos sentíamos felices porque rompían la rutina de la aburrida clase. Hicieron preguntas al maestro, se interesaron por nosotros… Uno de ellos se acercó al primer pupitre y miró con curiosidad el cuaderno de una muchacha llamada Agaila, lo hojeó un poco, sonrió y se lo devolvió. Visitaron otras clases, vieron nuestros dormitorios, el lugar donde comíamos… Cuando salimos al patio en la hora del recreo todavía estaban ahí, algunos no paraban de disparar con sus cámaras, sobre todo a los niños que bebían de los grifos del depósito de agua. Parecía la panza de un tanque, un tanque desmantelado y varado en medio del patio del colegio.

Se montaron en sus Land-rovers, y desde el interior de los coches algunos levantaron sus manos para hacer el signo de la victoria. Devolvimos su saludo con lo único que teníamos: ramos de tempestad. Escribí, muchos años más tarde:

El niño ofrece
Con sus ojos,
Con el triste brillo
De su rostro,
Lo único que tiene.

El niño no tiene nada,
Y en medio de la nada
Hay un árbol de duna,
El Dios del viento estornuda
Y el niño ofrece
A su amigo
De otra cultura
Un ramo de tempestad,
Lo único que tiene
En esta vida dura.

Al año siguiente, 1982, junto a más de quinientos niños y niñas fui a estudiar a Cuba. Después de trece años me licencié en Periodismo, volví al Sahara, y empecé a trabajar en la sección de español de la Radio Nacional Saharaui. Era 1995 cuando llegó una visita de algunos medios de comunicación catalanes. Una periodista me regaló un libro verde y pequeño: un libro de poemas de José Agustín Goytisolo, sencillo y hermoso, que hizo crecer en mí la vocación poética.

Unas semanas después encontré en el archivo nacional saharaui fotos de unos intelectuales que habían visitado el Sahara, y cuán grata fue mi sorpresa al descubrir que el autor de aquel maravilloso libro, venido desde tan lejos para visitar y solidarizarse con nuestro pueblo, era uno de los que habían estado en mi internado cuando yo era niño.

De la siguiente experiencia, que viví con el escritor Gonzalo Moure en el profundo Tiris, prefiero sus propias palabras, tomadas de su hermoso libro: La Zancada del Deyar…

“A la caída del sol, Limam y yo empezamos a hablar del futuro. Traducir El beso del Sahara al hasania, convocar un premio de narrativa saharaui en castellano y hasania, escribir y potenciar la escritura de cuentos para niños, también en hasania, buscar la edición del primer libro de poemas de Limam Boisha… Todo lo que significara despertar la literatura escrita saharaui, que no existe a pesar de la rica tradición oral, y encontrar a un grupo de jóvenes intelectuales saharauis que llevara la presencia de su país a los círculos culturales de todo el mundo. Aquella conversación fue el prólogo de lo que poco después pude escuchar en el índice de noticias de Radio Nacional de España.

Nih había llamado a los hombres a la oración y yo me había quedado solo en la jaima. Entonces conecté la radio y, por debajo de los zumbidos y chasquidos, pude oírlo: José Agustín Goytisolo, el poeta amigo del pueblo saharaui, el autor de algunos de los poemas más bellos de la literatura contemporánea, el inspirador de las canciones más conmovedoras de Paco Ibáñez, el hombre que había despertado en mí el deseo de escribir El beso del Sahara con el texto con el texto que redactó para la edición del disco “Polisario Vencerá”, había muerto. Había caído por la ventana de su casa en Barcelona, había dejado huérfanos a quienes creemos con él que a pesar de los pesares la vida es bella, que tendremos amigos, tendremos amor…

En España, la noticia de la muerte de José Agustín Goytisolo me habría llegado como lo que era: una mala noticia, pero también una parte más de la vida, ineluctable y simple. Sin embargo, en el frig de los Ebhoya, en el ambiente de fiesta que se vivía aquella noche, con la animación de las primeras hogueras que se iban encendiendo alrededor de las jaimas, con la risa de las muchachas y los juegos de los niños, con los saludos afectuosos de los hombres y las mujeres de la badia, con el olor de la leña de askef, y los primeros guisos, con el mugido confortable y rumoroso de los camellos aposentándose en su majada, la muerte de Goytisolo me llenó de melancolía. Me alejé del bullicio del frig y me senté en la arena, con la radio pegada a la oreja, para escuchar un programa cultural nocturno, donde suponía que se hablaría largamente del tema. Así fue. Hubo un desfile de voces amigas y familiares, con el peso de la noticia recién recibida y la incredulidad, pese a todo, porque Goytisolo hubiera dejado de vivir. Algunos de los invitados al programa recordaron, con emoción a penas contenida, los quince días que habían pasado juntos en el Sahara en 1981: quince días en los que habían sido generosos, gigantes, solidarios, felices, manos delicadas de intelectuales con las que ayudar a las manos fuertes de los nómadas desposeídos.

Muchos años más tarde, con la radio apoyada en la oreja, sentado en la arena, escuchaba el dolor de sus amigos bajo las estrellas que él había contemplado entonces en Tinduf, las mismas. Me llegaba hondo ese dolor. Escuchaba por enésima vez sus versos en la voz tensa de Paco Ibáñez, sus palabras para Julia, que ya no podían ser para él, a quien, al final, le pudieron los pesares.
Una nube de tristeza se debía elevar sobre mi cabeza. Se acercó hasta mí un joven soldado, Hamma, se acuclilló y, con voz dulce, me preguntó:

- ¿Qué estás escuchando que te pone tan triste?

¿Cómo lo había sabido? Estábamos a oscuras, yo estaba quieto, no había dicho una sola palabra…

- Ha muerto un poeta, José Agustín Goytisolo. Fue un gran amigo de vuestro pueblo.

Sin que el joven soldado dijera nada, los demás se fueron acercando, se sentaron alrededor de mí y, sin darme cuenta, me encontré hablando del poeta, de sus versos, de los quince días de 1981, de su texto breve y perfecto en el disco “Polisario vencerá”. Nunca había sentido una ola de compasión tan sólida y sincera, nunca. Compartían mi dolor, lo hacían más liviano. Luego se dispersaron poco a poco, volvieron a sus hogueras y a las risas quedas, a las mantas oscuras y las caricias. Aquella noche había muerto Goytisolo; todas las noches muere un poeta, pero nace otro. Hamdulilah”.


Limam Boisha

lunes, marzo 24, 2008

Am Diab, el año de los chacales


Aquel año los animales pasaban hambre en los montes de Auserd, no sé por qué razón, ya que es una región de montañas y vegetación suficiente para dar vida a los conejos, lagartos y muchos roedores como el jerbo y otros animales que habitan estas cordilleras.

Pero cuentan mis tíos que aquel año, al anochecer, los habitantes del pueblo no podían salir solos entre las jaimas porque les atacaban los chacales y los lobos si llevaban alimentos.

Robaban la comida, tiraban del fuego las cazuelas, las vertían y comían los guisos, atacaban los rebaños de día y de noche. Los pastores vigilaban su ganado todo el día sin perderlo de vista. Y de noche cuando encerraban los rebaños en sus zribas[1] montaban mundaf[2] entorno al recinto para matar a los chacales más atrevidos que habían perdido el miedo a los hombres y atacaban de forma abierta a los rebaños sin temor alguno, porque estaban hambrientos aunque no entendiéramos el por qué, algunos expertos beduinos decían que era producto de la superpoblación que estaba causando un desequilibrio en la naturaleza.

Eso fue en 1964, yo tenía cuatro años y mi familia vivía en unas jaimas cerca del cuartel militar de Auserd. Había muy poca población, casi no llegaban a cincuenta jaimas en todo el pueblo. Era verano y, debido al calor, desde las primeras horas de la tarde las familias sacaban sus esteras y alfombras fuera de las jaimas y ahí se refrescaban hasta la hora de la cena, que era cuando entraban para cenar y dormir.

Nuestra jaima estaba junto a la de mis tíos maternos y otros vecinos, primeros habitantes de Auserd. Esa noche nos dejaron dormidos a mi prima y a mí sobre las esteras de fuera, mientras que mi madre y mis tías y tíos entraron a cenar. De repente escucharon el grito de un niño y salieron disparados hacia donde estábamos, entonces vieron que un chacal llevaba mi prima Badra agarrada por el cuello y la estaba asfixiando mientras huía hacia el monte.

Mis tíos lo alcanzaron y el chacal la soltó, por fortuna no pasó nada a la pequeña. Sí se llevó un tremendo susto y una herida que se le ha quedado como una cicatriz en el cuello hasta hoy día. A ese año lo llamaron los habitantes del pueblo Am Ediab, el año de los chacales.

Aún hoy yo me pregunto qué le pasaba a los chacales justamente en ese año, no encuentro respuesta alguna, tal vez sintieron que el hombre estaba invadiendo su entorno y aquellos ataques eran una forma de defensa, o querían arrebatar la comida del hombre invasor del entorno natural o simplemente su instinto de fieras les dictara que buscaran cómo sobrevivir en aquella mala racha de hambre. Al menos dejó para la historia un nombre beduino para el año 1964, Am Diab, el año de los chacales de Auserd.

[1] Zriba: corral hecho con ramos de acacia
[2] Mundaf: cepos para cazar animales
Bahia Mahmud Awah

miércoles, marzo 19, 2008

La Generación de la Amistad en el simposium "Poetics of resistance"




El departamento de Español y Portugués y los Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Leeds, Inglaterra, organizó los días trece y catorce de marzo un simposium sobre “Poesía de la Resistencia”. Al evento asistieron académicos de universidades de Leeds, Lancaster, Bristol, y otras universidades inglesas. Además representantes de otras universidades de México Argentina, Holanda, de Florida (Estados Unidos), de Galicia (Universidad de Compostela, entre otras. También participaron poetas, periodistas, cineastas informáticos y traductores.

La temática que se abordó en las ponencias fue variada desde Pensar la Poesía, hasta el Papel que desempeña la poesía en los movimientos sociales y políticos como el del Sahara Occidental, la sociedad civil en Argentina, los zapatistas, en México, los intelectuales en Guinea Ecuatorial, el movimiento Bravú o Nunca Mais. Desde las Identidades Periféricas y militancia política, tomando como ejemplo el caso de Galicia hasta culturas audiovisuales; desde la creación poética, pasando por el papel de las telenovelas, en el caso de México, Internet, hasta el documental como forma de divulgación y resistencia, ejemplificada en el caso: “Zapatistas: Crónica de una rebelión”.

Los participantes en el Simposium crearán una red de resistencia informativa y de divulgación, que no solo es un mecanismo para teorizar y trazar planes, sino también para elaborar proyectos concretos a favor de las causas justas que apenas tienen divulgación. Y trabajar con la cultura y sus espacios y coordinar acciones de resistencia eficaces y con contenidos de calidad para su divulgación a nivel de redes ya establecidas o nuevas como “Poetic of resistence” que acaba de nacer, y que su página web es:


domingo, marzo 09, 2008

Venganza


El nómada llegó a Leyuad, la Cueva del Diablo, Santuario de Magnánimos, justo a la salida del sol y contempló con indiferencia aquella soberbia belleza. Entró decidido y se fijó en las tumbas de los Gigantes de la Luna. Frente a él había tres, todas en forma de media luna. La más pequeña medía más de dos metros y medio. Las piedras de cada tumba estaban colocadas de pie de tamaños distintos. La más alta de las piedras estaba colocada justo en el ombligo de la media luna.

El nómada tocó una de ellas. La frotó. Con sus dedos acarició su piel suave queriendo indagar en la leyenda dormida. La piedra proyectaba su señal hacia una dirección para él invisible. El hombre excavó en la más grande de las tumbas buscando un tesoro. Removió la tierra, sin miedo, con aplomo.

Después de una larga jornada removiendo la sagrada tierra encontró unos enormes huesos de una raza extinguida, bárbara. Se le erizó la piel ante los descomunales restos y salió disparado de la cueva.

Por la tarde volvió al Santuario su único guardián, el Gran Pájaro. Antes de depositar la comida que traía a su nido al fondo y en lo más alto de la Cueva, vio una tumba profanada. Era la tumba del más noble de los Gigantes de la Luna.

El Gran Pájaro estaba enfurecido, porque en su ausencia, habían alterado la eterna siesta del Más Noble. El Único Guardián revisó la tumba y vio huellas y las siguió hasta que anocheció. A la luz de la luna las leyó detenidamente y regresó a su nido.

Después de aquel acto, cada noche el Gran Pájaro se acercaba a la jaima del nómada, y desde lejos lo vigilaba con su aguda vista, hasta que el hombre dormía. Sigilosamente se le acercaba y lo picaba ora en el ojo o en la nariz, a veces en la cabeza o los dedos de los pies…

Aquel martirio siguió noche tras noche, hasta que el nómada calló en una inexorable locura y en el oscuro cielo apareció la nueva luna.


Limam Boisha

jueves, marzo 06, 2008

“Wathiqat Al-Asir”. EL ACTA DEL PRISIONERO



Dedicado a los 66
ex prisioneros
de guerra saharauis.



--Din, don, din. Aquí London.
--Son las 4:00 p.m. hora de Grenwitch de hoy 02-10-1985.
--Estimados oyentes, comienza nuestro informativo:

“El gobierno socialista de Felipe González, ha expulsado, en el día de hoy, al representante del Frente POLISARIO en España, D. Ahmed Bujari, después de haber cerrado su oficina en Madrid. A esta hora, el Sr. Bujari, que tiene la orden de abandonar España en un plazo inferior a 24 horas, se encuentra desde anoche en el aeropuerto internacional de Barajas de donde saldrá probablemente hacia París, porque hacia Argelia no hay vuelo hasta pasado mañana ”.

Omar, con el volumen de su transistor en el umbral mínimo de audición y la respiración contenida, gira aún más la rueda del volumen hasta apagar la radio.
Pasada ya la medianoche, el guardia de la prisión pasa la última revisión y golpea la puerta de la celda de Omar.

- Omar contesta: presente.

El silencio invade el recinto y acto seguido, Omar, vuelve a sacar su transistor, que llevaba varios días celosamente guardado, lo coloca pegado a la oreja izquierda, la derecha es sorda, y sintoniza, con un volumen apenas audible, la voz de Sahara Libre. Pero ésta no dice nada de la información ofrecida, al mediodía, por la radio de la BBC en árabe. Entonces, apaga la radio y se tumba.

Tirar de la memoria es algo que lleva haciendo desde finales de diciembre de 1980. Una celda de poco más de dos metros de largo por uno y medio de ancho y dos de altura, en medio de la oscuridad eterna, ciertamente, ofrece escasas alternativas al ejercicio de la memoria. Su cuerpo, casi esquelético, sobradamente torturado, ajado y castigado ya no le merece mayores atenciones. Su preocupación fundamental es ejercitar su memoria para no perder la cabeza.

Ya caída la noche, la noticia ofrecida por la radio London sigue rondando en su cabeza, pero al final, el nombre de Madrid, por asociación, recrea en su imaginación los recuerdos de sus felices años setenta en Canarias, Barcelona y Bilbao. Su melena, sus pantalones de pana y la música de las discotecas.

Esa noche se acurrucó, para dormir, recordando su viaje a Canarias a principios de 1973 en busca de trabajo y oportunidades. El trabajo en la obra, los barracones donde dormía levantados en mitad de la propia obra, la hostelería, la lejanía de la familia, las visitas a aquél lejano Aaiún colonial, la alegría de su familia cuando volvía y su tristeza cuando se marchaba de vuelta a Canarias, etc, etc, etc. Esos recuerdos le llevan a seguir en vela recordando que en 1974, cuando la crisis económica arreciaba en las Canarias, el trabajo escaseaba y la colonia saharaui se redirigía a Barcelona, Bilbao y las minas del carbón en Castilla León.

En su plena juventud ya había cruzado el Atlántico sin más medios que un castellano bastante rudimentario y unos doscientos duros. Ya en la península siguió encontrando trabajos, generalmente en la obra o en la hostelería, hasta que un día, en el tajo, lo invadió un dolor intenso. Fue ingresado en el hospital y operado de apendicitis. Durante los diez días que duró su ingreso, no lo visitó nadie, a excepción de una tal Ana, estudiante de medicina, que por entonces era amiga de alguno de los jóvenes saharauis que estudiaban en las universidades de Barcelona. Fue durante su estancia en la península cuando empezó a oír hablar del Frente POLISARIO.

A la mañana siguiente, se levantó ansioso por contar la noticia al resto de compañeros de cárcel. Y en el único momento del día en que podía ver el sol, un escaso cuarto de hora alrededor del mediodía, en un diálogo que tenía más de mímica que de susurros, informó a sus compañeros de presidio que, según Radio London, la Representación del POLISARIO en Europa, con sede en Madrid, había sido clausurada por decisión de Felipe González. Enseguida la noticia se propagó a todo el colectivo de prisioneros de Kenitra conocida, entre los saharauis, como Legneitra.

A la noche siguiente, sintonizando la Voz de Sahara Libre, se enteró de que unos seis pescadores españoles y el cadáver de un contramaestre estaban en manos del POLISARIO y que iban a ser entregados a las autoridades españolas en Argel. Entonces, intuyó que, en alta mar, sus compañeros, ex compañeros, de armas habían realizado una operación con éxito. Y que tal suceso debió ser la excusa esgrimida por Felipe González para expulsar al representante del POLISARIO en Europa.

Mucho antes, a finales de diciembre de 1980, en mitad de la noche y en el Atlántico próximo a Bojador, Omar había caído prisionero en una incursión marítima mal planeada. Justo en el momento en que comenzaba la maniobra del abordaje y la lancha fueraborda de su unidad había lanzado sus cuerdas por la aleta estribor de la popa, los oficiales marroquíes se percataron de la operación y dispararon en su dirección, obligando a dos de sus compañeros a soltarse de las cuerdas y a saltar al agua hiriendo al conductor, todo ello, después de que Omar hubiera saltado a bordo del buque.

Consciente de que el buque se dirigía mar a dentro a toda velocidad, Omar se dio cuenta de que había caído en manos del enemigo y se preparó psicológicamente para dos situaciones posibles: muerto o prisionero. Escondido en lo alto del buque, solo y mirando el cielo estrellado del Atlántico, preparó toda la estrategia con la que debería afrontar el, para él desconocido, hecho de caer prisionero. Ya amaneciendo se dio cuenta de que había otro buque militar alrededor del suyo. Lo detuvieron, le vendaron los ojos, lo pisotearon, lo abofetearon, lo maltrataron, lo esposaron y lo trasladaron, junto al cadáver de un oficial marroquí muerto de un disparo suyo, al otro buque. Lo llevaron a Dajla. Ahí fue torturado e interrogado sin que le quitaran ni las esposas ni las vendas que llevaba sobre los ojos. Luego lo subieron en un helicóptero, lo tiraron en el suelo de la aeronave, lo ataron y lo llevaron a Agadir.

En Agadir empezó de nuevo la tortura y el interrogatorio. Ahí experimentó, en carne propia, la enorme capacidad del hombre para inventar técnicas para la tortura. Y se dio cuenta de algo mucho peor para él: los oficiales que lo interrogaban disponían de muchísima más información de la que él suponía que debían saber, poniendo en serio peligro toda la estrategia que él había estado preparando aquella madrugada en la cubierta del buque, antes de su detención. En efecto, los oficiales de la inteligencia marroquí, disponían de tal información que llegaban a preguntarle por todas las personas que él pudiera haber conocido. Le preguntaban, pronunciando los nombres, por sus familiares, sus vecinos, sus amigos y hasta por los líderes del POLISARIO. Menos mal que el esquema central de la estrategia que había preparado consistía en afirmar que llevaba cinco años viviendo en un centro alejado de toda actividad, en mitad del desierto.

Después de tres semanas interminables de tortura, fue conducido a su celda en una cárcel de Agadir. Ahí se da cuenta de que había otros cuatro prisioneros de guerra saharauis. Y a medida que iban pasando los años, se fueron incorporando a su infierno nuevos prisioneros de guerra. El caso más trágico que recordaba era el de un joven soldado de diecinueve años al que trajeron a la cárcel completamente enloquecido, como consecuencia de un disparo en la cabeza. Estuvo fuera de sus cabales durante tres meses, creyendo que estaba hospitalizado en un centro en Argelia y gritando que le trajeran a Brahim Gali, comandante de la Segunda Región del Ejercito Saharaui, para hablar con él. Cuando recuperó la cordura, sus compañeros dudaban de si, en ese infierno, era mejor estar cuerdo o estar loco. Aparte de este joven soldado, los ocupantes de las dos celdas contiguas a la de Omar, tenían algo especial que añadir a la dramática historia de los prisioneros de guerra saharauis: Jatri, el ocupante de la celda derecha, había caído prisionero de guerra en abril de 1977 en los alrededores de Hasi Lebgar, más allá de la pared del Adrar mauritano, durante la guerra que se libró contra Mauritania, sufriendo en sus carnes la legendaría crueldad de las cárceles mauritanas. Y, al igual que él, Saleh, el ocupante de la celda izquierda, también había caído prisionero en 1977, durante una incursión a la vía férrea que transporta el hierro desde Zuerat a Nouadhibou. Pero ambos fueron liberados en 1979, después de los Acuerdos de Argel que ponían fin a la guerra entre Mauritania y el Sahara Occidental.

Hasta 1984 y dada la crueldad con la que eran tratados, Omar, no tenía indicio alguno para pensar que sus carceleros eran personas humanas. Cuatro interminables años, con sus días y sus noches, en los que nunca habían visto el sol, ni se habían cambiado de ropa ni una sola vez. Se vestían con una camisa y un pantalón corto ya roídos y llenos de piojos. Nunca se habían lavado y dormían directamente sobre el suelo junto a sus excrementos y orines y sin más compañía que un ejército de ratas, topos y cucarachas.

Marruecos, para eludir tratarles como tales prisioneros de guerra, en ello le iba el reconocimiento oficial de la existencia del Frente POLISARIO, se había negado siquiera a declarar su existencia. Y cuando alguien no consta a los humanos, parece que su existencia y cuidados tampoco le constan a Dios. Por lo que la crueldad con la que eran tratados lindaba con los márgenes remotos de la capacidad de imaginación del hombre.

Pero más tarde, en 1985 Marruecos, quizás debido a la presión internacional, había procedido a juntar en una misma cárcel a los dos grupos de prisioneros de guerra saharauis que tenía en su poder. En total, un grupo de 72 hombres de distintas edades que habían caído prisioneros en manos de Marruecos, estaban en dos bloques de celdas individuales, en unas condiciones de vida que distaban mucho de lo que aconsejan los Tratados Internacionales sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra. Nadie sabía nada de ellos. El POLISARIO había tocado las puertas de todas las organizaciones internacionales para averiguar su paradero, pero nadie ofreció, nunca, pista alguna sobre ellos. Algunas de las esposas de los presos habían solicitado a los jueces saharauis que declararan la muerte o la desaparición de sus maridos para poder contraer nuevas nupcias. Algunas llegaron a casarse y procrear en la creencia de que sus maridos ya no estaban en el mundo de los vivos.

A finales de 1985, Marruecos inició una nueva fase para seducir a los prisioneros. Intentó reducir la crueldad con la que eran tratados. Al menos empezaron a ver el sol durante un cuarto de hora al día en un recinto a cielo abierto, de 20 metros de largo por 15 de ancho. Para entonces ya era visible la intencionalidad de Marruecos para atraerse la voluntad de un grupo de hombres que le estaban generando más problemas de lo que pensaba. Entonces les visitó en la cárcel una Comisión Real que les ofreció la posibilidad de pedir el indulto real, garantizándoles que les iba a ser concedido, tan pronto como admitieran que era marroquíes y se comprometieran a quedarse en Marruecos. La oferta además, venía aderezada con elevadas sumas de dinero, buenos trabajos, casas, coches, etc. Delante de esa misma Comisión Real, expusieron que aceptarían ser liberados, únicamente, si era para ser devueltos al Frente POLISARIO o puestos a disposición de las Naciones Unidas. A partir de entonces, se les invitaba continuamente a pedir el indulto real. Pero ellos, los 72 prisioneros, rechazaron una y otra vez la petición del indulto, muy a sabiendas de que detrás de cada rechazo venía una sesión de torturas, jornadas seguidas sin ver el sol y el aislamiento individual en las celdas sin poder hablar entre ellos. Ciertamente, en raras ocasiones la conciencia del género humano soporta un examen tan severo. Quizás su inquebrantable fe en la justicia de la Causa por la que habían caído prisioneros era de tal magnitud que les impedía traicionarla.

Para soportar semejantes niveles de represión, los prisioneros de guerra saharauis habían creado la conocida como “Wathigat Al-Asir” o “Acta del Prisionero”, documento que recogía sus convicciones más íntimas y que cada cual se había copiado a mano como podía. Todos la leían y la volvían a releer para identificarse con el grupo. En dicho documento se aludía a las técnicas para afrontar los interrogatorios y todos los derechos del prisionero de guerra.

Entre ellos el clima de relaciones humanas creado condensaba lo mejor de la amistad, la hermandad y el verdadero amor al prójimo. Todos enseñaban a todos. Todo el que podía enseñar algo lo hacía. Todas las materias del universo de la Cárcel de Legneitira, desde conocimientos básicos de fauna y flora hasta teología coránica, pasando por el cálculo, la gramática y las lenguas árabe, español y francés, se lo enseñaban unos a otros.

En cierta medida también habían reproducido el orden jerárquico que tenían cuando estaban en sus unidades de combate. De modo que su portavoz era el que mayor rango había ostentado en el frente de guerra.

Pero el año clave iba a ser el año 1991. Ese año Marruecos comenzó a permitir las visitas familiares y organizó una gira tal que las ciudades del Sahara ocupado recibieran cada una a los prisioneros de las que eran originarios. Así en Dajla, Bojador, Smara y El Aaiún, se montaron unos campamentos para recibir a los prisioneros. Ellos, los prisioneros de guerra, uniformados por “Wathigat Al-Asir”, impusieron la condición de que no se le prohíba a nadie visitarles. Y además se auto impusieron la medida de no hablar ni saludar a nadie de los que se hubieran pasado del POLISARIO a Marruecos. Durante aquellos días, en las distintas ciudades del Sahara y ante la vista de todo el público incluso el saludo le era negado a todos los traidores de la Causa.

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--Din, don, din. Aquí London.
--Son las 4:00 p.m. hora de Grenwitch de hoy 21-10-1996.
--Estimados oyentes, comienza nuestro informativo:

“A media mañana de hoy, y gracias a la mediación de la Embajada de EE.UU. en Rabat y la Cruz Roja Internacional, un avión cedido por Alemania transportó, desde la ciudad marroquí de Agadir hacia los Campamentos de Refugiados Saharauis en Tinduf, al grupo de prisioneros de guerra del Frente POLISARIO que Marruecos mantenía en cautividad.. En total ha sido un grupo de 66 prisioneros de guerra puestos en libertad”.

Jatri, el padre de Omar, que desde antes de la invasión de Marruecos vivía y seguía viviendo en El Aaiún, pasó sus manos por los ojos y apagó la radio.

En efecto, sobre las once de la mañana, el grupo de prisioneros de guerra saharauis, estaba en formación listo para embarcar en la aeronave alemana con destino a Tinduf. Para asombro del personal de la Cruz Roja encargado de su liberación y traslado, hasta ese instante el grupo entero no había mostrado el más mínimo indicio de alegría. Ni una sonrisa, ni un grito de libertad ni nada por el estilo. Curtidos ya por más de dieciséis años de cárcel, mantenían la serenidad y la calma.

Y aterrizaron en Tinduf. Vehículos oficiales los trasladaron al Centro de “Enjeyla”, recorriendo en su trayecto columnas enteras de vehículos, hombres, mujeres, ancianos y niños dándoles la bienvenida.

Después de los pertinentes recibimientos oficiales, en los días sucesivos, y como correspondía a un hecho de tal envergadura, recorrieron las distintas “wilayas”, “dairas” y regiones militares, envueltos en la aureola de auténticos héroes. No sin antes haber sido oficial y puntualmente informados sobre los cambios copernicanos, en los aspectos social, político, civil, militar y económico, que la sociedad saharaui en el exilio, había experimentado durante su larga ausencia.

Ahora que habían recuperado la libertad tantas noches soñada, cada cual se dirigió a su familia para disfrutar en la intimidad, de esa libertad y, algunos, saborearla.

Omar, no tenía familia alguna en el exilio. Su madre había fallecido cuando él aún era niño y su padre había contraído nuevas nupcias y estaba en El Aaiún ocupado. De modo que se dirigió a la jaima de un tío materno en el Centro 27 de febrero, por ser el familiar más próximo.

Reincorporado nuevamente a una unidad militar del sur, pasaron los años y le volvió con fuerza la necesidad de emigrar, quizás producto de esos cambios copernicanos de los que había sido oficialmente informado y que él mismo había ido observando sobre el terreno.

A finales del año 2003, se trasladó a la ciudad mauritana de Zuerat y ahí inicia su nuevo periplo hacia las Islas Canarias. El pasaporte, el visado, el trabajo en la obra, en la hostelería, volvieron sobre un cuerpo ya castigado.

Con ayuda de “Wathigat Al-Asir” había conseguido vencer a Marruecos, pero nada ha podido hacer, ya en libertad, para no resultar vencido en Tinduf.

Para su desgracia, los mismos principios que le empujaron a rechazar las peticiones de indulto real tantas veces ofrecido cuando estaba prisionero, volvían a perturbar su conciencia cada vez que intentaba poner su cabeza sobre la almohada. Al fin y al cabo, ahora, que ha vuelto a emigrar, al igual, que antes cuando estaba prisionero, las lágrimas siguen ajando las mejillas de El Aaiún.


Huneifa ibnu Abi Rabiaa

sábado, marzo 01, 2008

La poesía saharaui en la Universidad del País Vasco

Celebración en Vitoria de la proclamación de la RASD con poetas vascos y saharauis.



Con motivo de la celebración del 32 aniversario de la proclamación de la república saharaui cuatro miembros de Generación de la Amistad fueron invitados por la Universidad del País Vasco, Facultad de Filología e Historia del Campus Vitoria-Gasteiz, con la colaboración con la Asociación de Amigos del pueblo Saharaui de Vitoria. La jornada estuvo organizada por Edu Zelaieta, poeta y profesor de la Universidad del País Vasco y Jesús Garay, profesor en la misma universidad y miembro de la asociación de amigos del Sahara.

El encuentro se realizó en dos etapas. La primera, el miércoles 27 fue una velada poética en la Taberna Parral situada en el casco viejo de Vitoria, con asistencia de numeroso público del mundo de la cultura, literatura y simpatizantes de la causa saharaui. También en el acto estuvo presente la comunidad saharaui representada por su secretario general, quienes ofrecieron al público una degustación de té saharaui. Los escritores Limam Boicha, Chejdan Mahmud Yazid, Ali Salem Iselmu y Bahia Mahmud Awah ofrecieron a los asistentes los resonantes versos de su creación literaria, cargada de lucha, amor a la vida y la convicción de resistir en paz por un Sahara Libre.


En la velada el poeta vasco Edu Zelaieta dejó oír sus versos propios de esa tierra trasladado a los que ahí lo escucharon en euskera. En esa noche poética, no faltaron anécdotas sobre la poesía saharaui y personajes de su cultura ante un público muy cercano y atento. El acto concluyó con una recepción ofrecida por la Asociación Amigos del Sahara en Vitoria.



Al día siguiente los cuatro escritores dieron una conferencia en el aula magna de la universidad sobre cultura saharaui y creación literaria. Los poetas ofrecieron una ponencia sobre historia y cultura saharaui a cargo de Bahia Mahmud Awah; Ali Salem Iselmu habló sobre el grupo de escritores y poetas saharauis de la Generación de la Amistad; Limam Boicha presentó un trabajo sobre poesía en la resistencia y concluyó Chejdan Mahmud Yazid con una reflexión entorno al exilio.