lunes, febrero 25, 2008

Desde la otra acera


Sabes, esto ya lo sé, sé lo que tú también quieres ignorar y te rasca el cielo de la boca cuando sin querer se te escapa este pajarito azul de la verdad que te picotea con la habilidad del carpintero la memoria. Pero tú siempre lo tragas junto con tu saliva, como se traga la mentira, porque sabes que nadie te mira, en definitiva la mentira no cojea y suele ser insípida e inodora, y esto quizá te anima a seguir tus pasos con las manos en el bolsillo para no estrechar un saludo de contratiempo, en un día como este, que te invita a juntarte a la otra acera. Pero te consuela que no estás solo, hay gente, incluso te parecerá mucha gente, aunque es gente insípida e inodora; pero claro, tú no lo notarás si estás cómodo en este meollo donde lo que importa es el corazón del bolsillo, porque otros un poquito antes que tú se llenaron y se llenarán de mentiras, y ahora te dibujan en un pozo sin fondo tu futuro.


Desde la acera, con las manos en el bolsillo te paras y contemplas el bullicio de la gente, los tambores de protesta, las alegrías de la lucha. Tu olfato se impregna con el sudor amargo de los que gritan, bailan, claman y reclaman la libertad para todos. Pancartas que reflejan todas las injusticias, y sin darte cuenta estás leyendo, “Justicia para los astilleros”, ”Somos homosexuales, somos obreros”, “STOP a la guerra de Irak “, “Sahara cuestión de estado”... Te encoges de hombros y sigues tu camino, en tu misma acera como quien niega ser palabra para el vecino. Porque hoy te levantaste como casi siempre, cuando el sol ya pasó a calentarte por debajo de la cintura y en el espejo sin mirarte decidiste ir a la peluquería.


Entras en la peluquería donde te acomodan en un sillón, delante de un espejo que te mira, y el barbero con una palanca te va subiendo para que no te sientas tan pequeño, te cubre con una sábana blanca, te moja el pelo, lo frota entre sus dedos y te peina con mucha suavidad. Mientras tú estás mirándote, mirándote y mirándote hasta la memoria, y descubres que la historia no la habías aprendido en los libros de la escuela, es la memoria de tu abuelo, que el destino por un pelo le perdonó la vida para contarla. El barbero, ausente, con su cepillo te quita el pelo mientras te miras y te mira desde las lágrimas de tu madre cuando tu padre la discriminó por el simple hecho de salir de casa con pantalones, la voz ronca de tu tío después de su larga ausencia cuando te contaba que lo del Sahara fue una vergüenza para España. Y sientes el picoteo en la garganta mientras el barbero con su delicadeza te engomina el pelo. Desde fuera el eco de los tambores te estremece la sangre y la imagen de aquel rostro ensangrentado de la pancarta que te llama desde la esperanza y te coge la mano. Entonces, tú estornudas la herencia de la memoria y el pajarito azul se libera de tu boca.

Saleh Abdalahi Hamudi

sábado, febrero 23, 2008

Presentación del nuevo poemario de Ebnu "Nómada en el exilio"



Este viernes a las siete de la tarde se presentó en Marbella, el libro “Nómada en el exilio” del poeta de la Generación de la Amistad Saharaui, Mohamed Salem Abdelfatah EBNU.

La presentación estuvo a cargo de Miguel Díaz, Presidente de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui Málaga-Sahel y de Enrique Monterroso, fundador del Foro Social y Cultural ALMENARA.

En sus intervenciones se refirieron al trabajo que está desarrollando el grupo de poetas saharauis de la Generación de La Amistad y en especial a este nuevo trabajo del poeta, Ebnu.

Con su poesía, Ebnu, fortalece la causa y la coherencia de su pueblo, dijo Miguel Díaz.

Por su parte Monterroso dijo de Nómada... que es poesía fresca y nueva, asentada sobre las bases más sólidas de la cultura tradicional saharaui. Poesía necesaria como el agua que anhelamos. Es su fuerza y su arma, siempre al servicio de su pueblo, que tanto sufrimiento acumula en los pliegues de su historia.

Ebnu, habló de la Generación de la amistad y de los logros que ha cosechado en estos años. Recordó las publicaciones que han salido a la luz y de su valor e importancia para el Sáhara y para el pueblo saharaui, así como para su cultura y su causa.

Ebnu leyó varios poemas, algunos con dedicatorias especiales. Al poeta de la generación del 27, Rafael Alberti “Nómada en el exilio”, y a los hermanos y hermanas saharauis de las zonas ocupadas “Esperanza”.

A continuación algunos asistentes a la presentación leyeron poemas del libro.

El acto concluyó con un debate sobre la situación del Sáhara y las perspectivas de una solución al conflicto y de la importancia de que la cuestión del Sáhara pueda entrar en la campaña electoral española.


viernes, febrero 15, 2008

"Poesía saharaui en castellano", por Francisco Cenamor


(Artículo aparecido en el Blog de Ediciones Letra Clara, 12-2-2008).Uno de los fenómenos más peculiares de la literatura actual en castellano se da entre los habitantes de una de esas llamadas “naciones sin Estado” que no está lejos de España, pero cuya realidad es poco conocida. Se trata del Sáhara Occidental, un país ocupado por Marruecos, única nación árabe de habla hispana, poco o nada reconocida por la Real Academia Española de la lengua y el Instituto Cervantes, algo de lo que ellos se quejan amargamente, pues se sienten muy orgullosos y orgullosas de hablar castellano y solicitan que estas instituciones tengan delegaciones en su territorio.

Su tradición se ha trasmitido por vía oral. Las formas literarias fundamentales son la narración y la poesía, principalmente en lengua árabe. Pero en los últimos años se viene produciendo un nuevo e interesante fenómeno: la literatura ha pasado de la tradición oral a la escrita, preferentemente en castellano.

Sin lugar a dudas, los principales impulsores actuales de este cambio son los poetas agrupados bajo la denominación Generación de la Amistad, formada por Mohamed Salem Abdelfatah (Ebnu), Mohamed Ali Ali Salem, Limam Boicha, Ali Salem Iselmu Musa (Pirri), Bahia Mahamud Hamadi Awah, Zahra Hasnaui, Lehdia Dafa Mohamed, Chejdan Mahmud Liazid, Saleh Abdelahe, Luali Lehsan y Mohamidi Fakal-la. Se constituyeron como grupo en julio de 2005 en un encuentro que tuvieron en la ciudad de Madrid. Hay que decir que todos residen en España y se dedican a difundir en este país la cultura y reivindicaciones saharauis.

Grandes amantes de la poesía española y latinoamericana, el nombre, Generación de la Amistad, fue elegido emulando a aquella famosa Generación, la del 27, que en sus orígenes también se denominó “de la amistad”, por ser todos ellos amigos y amigas. Su actividad es incesante: han publicado al menos 7 libros individuales o colectivos; mantienen activas cuatro páginas web (
Generación de la Amistad web, Generación de la Amistad blog, Tiris, novia de poetas y Poemario por un Sáhara libre), beben de las nuevas formas de la poesía y se atreven con la vídeopoesía, dan constantemente recitales por toda la geografía española y latinoamericana… Otra de las labores importantes de estos poetas es precisamente la de rescatar esa tradición oral de la que proceden y comenzar a poner en papel a todos sus compatriotas poetas que les precedieron en la labor de cantar a su pueblo. En el mundo árabe, el saharaui es conocido como un pueblo de poetas.

Merece la pena leer a estos poetas. Su poesía está influenciada, principalmente, por tres fuentes: su tradición oral fuertemente apegada a la naturaleza y vivencias de su país, la poesía en lengua española de España y América y la lucha por la independencia del Reino de Marruecos. Estas tres fuentes confieren un carácter muy especial a su poesía y uno no deja de sorprenderse por su mezcla de rabia e inocencia, sus referencias naturalistas al sol, al mar, las dunas o la valentía de sus gentes.

Pero también destaca, muy en la tradición árabe, la poesía amorosa, y, fruto de esa presencia en España de los poetas de la Generación de la Amistad, espacios nuevos, vivencias nuevas desde las que han ido construyendo una poesía propia, mezcla de cercanía al país de acogida y aceptación de sus influencias, pérdida por el exilio y añoranza de los espacios abiertos que quedaron atrás.

Finalizo este artículo con el texto que encabeza su página web:

“Estamos escribiendo la historia del Sahara Occidental. Al margen de la guerra, hay vida feliz, hay infancia audaz y juventud soñadora. Historia de una generación que nació con las balas chillando en sus oídos y, a pesar de ello, para nosotros todo es literatura y ahora lo estamos cosechando para refundar la literatura saharaui y de paso liberar nuestra tierra, porque la lucha de la intelectualidad es la más potente de todas las luchas.”

domingo, febrero 10, 2008

El viajero nómada


Irremediablemente solo, quiso cruzar en medio del calor y el espejismo con apenas cinco litros de agua, montado encima de su dromedario, un desierto completamente inhóspito sin árboles, sin hierba, sin agua y sin sombra. Pero en el fondo estaba convencido de su conocimiento de la tierra, de su habilidad para imponerse frente a cualquier adversidad. Él sabía que su vida estaba destinada a correr todo tipo de riesgos, a sus sesenta años ya nada le asombraba, había visto y vivido lo suficiente. Se sentía como un objeto más de esa estéril inmensidad.

Sabía de memoria el nombre de las rocas, de las dunas, de los pequeños arbustos que crecen con la lluvia. Su afán de supervivencia, el silencio y la soledad eran sus amigos. No conocía la ciudad, ni conocía el mar, la única agua que había visto en su vida la vio en los pozos y en la lluvia cuando llevaba sus camellos a beber. El hombre conocía los años a través de los sucesos más importantes ocurridos y memorizaba muchísima poesía en hasania que le servía como guía cuando cruzaba Tiris lentamente. Su único reloj era el sol y la sombra. Con ellos sabía la hora e incluso calculaba las distancias.

Jamás tuvo miedo al desierto porque con el tiempo había hecho una profunda amistad con la tierra y los dromedarios. Siempre encima de la montura de Zeireg, su animal de carga, en su tasufra llevaba una tetera, un cuenco, vasos pequeños, harina, azúcar, arroz, carne seca y té verde. Con eso era un hombre totalmente feliz no necesitaba absolutamente nada más.

Vivía persiguiendo gacelas, montañas, acacias y de noche hablaba con los zorros. Su turbante negro era su cojín y su darra era su sábana. Distinguía a la gente por su forma de hablar y pronunciar.

Perdió el miedo al desierto en una tarde extremadamente calurosa. Las temperaturas rebasaban los sesenta grados. Prácticamente deshidratado había entregado sus manos al destino, estaba totalmente confundido. Aquella tierra de aspecto negro surcada por pequeñas dunas parecía el fin del mundo, vencido por el calor no tenía fuerzas para orientar a su dromedario. En un último intento miró al cielo para buscar parte del milagro y no vio ninguna señal que le pudiera devolver la esperanza. A partir de ese momento sabía que era cuestión de horas el poder mantener la vida en esa situación.

Cuando el hombre se quedó sin conocimiento subido encima de su camello Zeireg, en ese instante toda su suerte quedó encima de aquel dromedario que había criado con sus propias manos. Lejos en el horizonte sólo se veían más dunas, no había señal de vida en ninguna parte, parecía que lo inevitable iba a suceder de un momento a otro.

Zeireg aceleró sus pasos porque encima de su joroba seguía sintiendo un último hilo de vida, bajaba una duna y subía otra impulsado por una fuerza extraordinaria. Sabía que en las entrañas de ese desierto probablemente estaba escondida una gota de agua que podría cambiar el destino.

El sol se quedó inclinado detrás de una pequeña colina. A lo lejos Zeireg avistó dos palmeras y hacia ellas se dirigió con las pocas fuerzas que le quedaban. El animal tenía la capacidad de oler agua a muchos kilómetros y eso le permitió guiarse en medio de aquel infierno. Desesperado, subiendo y bajando montículos de arena, llegó al único punto en el que había vida.

En aquel oasis sólo había dos palmeras, cuatro cabras, dos camellos, tres pájaros y un hombre todos reunidos cerca de ese pequeño pozo de agua. El único ruido que se escuchaba era de un cubo de agua sujetado entre dos palos con una pequeña soga. Cuando llegó Zeireg todos se apartaron ante su desesperación y él dobló sus largas patas acercándose a un bidón lleno de agua. Empezó a beber y a mover su cabeza como queriendo decirle algo al único hombre que estaba allí, de repente el hombre se percató que había una persona encima de la montura que estaba colocada sobre Zeireg.

Se acercó rápidamente y al mirar allí estaba el viajero nómada esbelto y delgado; sus ojos cerrados y sus pequeños labios secos. Ninguna parte de su cuerpo se movía, parecía que estaba totalmente paralizado. El hombre del pozo lo bajó de la montura, lo tendió sobre la arena cerca del pozo, empezó a echarle agua encima de la darra y todo el cuerpo. Luego cogió un pequeño vaso lleno de agua y empezó a darle de beber lentamente hasta que notó cierto movimiento en su garganta y sus labios, precisamente en ese instante gritó de alegría “Está vivo, está vivo”. Todos los animales se quedaron sorprendidos mirándole y los pájaros volando encima de su cabeza porque sabían que una nueva vida acababa de renacer en aquel solitario y remoto oasis.

Con sesenta años cumplidos, todo su pelo blanco de canas y la frente y las cejas arrugadas, el viajero nómada volvió a nacer del polvo de la arena, una vez más salía victorioso en su permanente huida de la muerte. Él era amigo del agua de los oasis, de las tormentas de arena y amaba el desierto desde la profundidad de aquel pozo que le devolvió el último aliento cuando creía que todo estaba perdido.

Ali Salem Iselmu

domingo, febrero 03, 2008

Lavapies


Lo cierto es que esta frase no es mía: “La historia se repite” y si lo fuera, ¡cómo me sentiría! Pero hará un cuarto de siglo que dejé en mi tierra una armónica convivencia entre dos religiones y varias civilizaciones, musulmanes, cristianos, africanos, orientales, occidentales…Este recuerdo vuelve a mi memoria cada vez que tomo la línea 1, metro azul, y la 3, metro amarillo, y bajo a ese barrio de Lavapiés anclado en el corazón de Madrid. Arabes, europeos, orientales, latinoamericanos, componen la sangre que alimenta la vida de estas calles con sus diferentes lenguas y ropas, sus comercios, restaurantes, comida turca o libanesa, carnicerías con mercancía sacrificada según las creencias musulmanas, los puestos de los africanos con sus collares y abalorios de preciosas piedras, figuritas talladas que representan sus milenarias culturas, ropa de infinitos colores y, adaptados al nuevo siglo, se prodigan locutorios que facilitan el contacto con sus raíces en los diferentes continentes.

Cada vez que transito por la calle Ave María, la más fluida del barrio, recupero un lejano pasado, cuando por los años 70, en mi infancia, caminaba por las calles de El Aaiun, Villa Cisneros, Smara, Lagüera o Auserd. Allí no distinguíamos entre la palabra extranjero y saharaui. Senegaleses, mauritanos, malineses, argelinos, marroquíes y españoles de diferentes regiones hacían su vida con total tolerancia y sin hacer diferencias entre todas esas culturas.

Y ahora, cuando escucho palabras como inmigrante, ley de extranjería, sudaca, moro, invasión, o hasta el extremo de llegar a hablar de “reconquista”, yo me pregunto por qué no se quiere entender que la gente desea convivir sin hacer diferencias raciales y que el Tercer Mundo, azotado por las crisis económicas, políticas y el subdesarrollo creado por las grandes potencias ha sido el catalizador de esta enorme masa de seres humanos que buscan hacer una mejor vida y ayudar al desarrollo de sus pueblos. Mucho me irrita la palabra extranjero, tan usada aquí para nombrar lo que para nosotros es huésped.

Yo no puedo olvidar que España fue un país de inmigrantes por razones de guerra, de pobreza y de problemas políticos. Espero que sepan mirar hacia atrás y recuerden este pasado. Ese pretérito lo es hoy Africa, América Latina y otros países de la misma Europa. La historia y el progreso de los grandes les condena a mirarnos a nosotros los pobres y a entender que nuestro futuro es común, el de los pobres y el de los ricos.

Me siento ciudadano del mundo, no concibo fronteras, ojalá existiera una ley universal que nos concediera un pasaporte común y sin visa. Tengo un sueño que me gustaría que fuera igual para todos, me encuentro en Bombay, Damasco, El Aaiun, Nueva York, París, Londres, Sidney, Tombuctú o este mismo barrio de Lavapiés, y nadie mira de reojo, con ese gesto de “no es de los nuestros”, por el color, blanco, negro o mestizo, o la forma de hablar, de vestir o de rezar. Somos ocupantes de un arca a la que amenaza mal tiempo, o aunamos nuestros esfuerzos o nos hundiremos todos juntos.

Y aquí me encuentro, haciendo esta pequeña reflexión un domingo por la mañana sentado en la Taberna La Inquilina, en plena calle Avemaría de este barrio de Lavapiés en medio de carteles de músicas del mundo. Me miran músicos gallegos, gitanos, franceses, argelinos, ingleses, estadounidenses, andaluces e incluso de Cabo Verde y sentado a mi lado tengo un grupo diverso de personas, diferentes tonos de piel y diferentes acentos. Todos estamos aquí, algunos a miles de kilómetros de nuestra tierra, pero por alguna extraña casualidad, aquí nos encontramos, en Lavapies, deseando que no nos hagan sentir extranjeros.

Octubre 2001

Bahia Mahmud Awah