lunes, julio 30, 2007

Desde mi ventana



Del especial “La memoria en la cultura saharaui”, Revista Ariadna R-C (octubre 2004)

"Despierta, despierta, te necesito". El martilleo incesante en mis sienes me impide ubicar a la autora de la llamada apremiante. "He oído rumores, hay cambios y muy buenos", comenta intrigante, "préstame tus ojos".

Apenas puedo abrirlos, pienso con dificultad. La huella del escaso descanso en mi castigado cuerpo influye negativamente en mi tiempo de reacción. Decididamente, tengo que pedir un cambio de horario laboral.

Me arrastro pesadamente en busca de mi moreno favorito… bendito aroma. Mi discernimiento agradece el efecto milagroso de la cafeína. Ya reconozco el origen de la voz: mi desvalida curiosidad. "¡Mi reino por unos ojos!". ¿Lo ha dicho realmente? Desconocía su afición por Shakespeare.

Accedo a su desesperada petición, asomándome por la ventana. No observo nada inusual. La algarabía de los niños de camino al colegio, el ajetreo del mercadillo callejero, asesino impune de mi sueño matutino, la omnipresente contaminación acústica, irradiando desde todos los ángulos, la siniestra sombra de los bloques de oficinas, el zumbido de los aspersores en los jardines…
Enfoco mis ojos miopes hacia el fondo del cuadro. Nada.

Después de un largo lapso de contemplación en vano, vuelvo a por más ayuda. Un té, esta vez. Un té saharaui cargado. Sí, saharaui. No se asombre, querido/a lector/a. Ah, perdone mi falta de modales. Soy una mujer saharaui de edad …provecta, que trabaja en un programa de madrugada de la Radio Nacional del Sáhara.

El líquido espumoso (en el Sáhara, es de ley servir el té con espuma) consigue abrir definitivamente mis ojos a la situación saharaui actual. El anhelo por una realidad diferente ha anegado nuestra razón, desorientándonos tanto a mí como a mi ciega compañera.

No hay bloques de oficinas, ni jardines, ni ajetreo mercantil. Veo a un pueblo luchar por su supervivencia en un entorno hostil, árido, el desierto de la Hamada, organizado en campamentos de refugiados. Veo edificaciones de adobe hechas por ellos mismos. Veo tiendas de lona desvencijadas por el inclemente sol. Veo huertos pequeños de diferentes hortalizas que han conseguido arrancar al tacaño desierto hamadeño, y ansío la envolvente contaminación, los impersonales bloques de oficinas, hasta el supuesto criminal causante de mi vigilia, porque todo ello supondría una cotidianidad imperfecta, pero más justa de la que los saharauis nos vemos privados.

El tesón y la esperanza triunfante reflejados en las caras de los transeúntes, tantas veces desalentados por la intransigencia marroquí, me animan a escribir en este mismo instante una carta al Secretario General, exigiendo al Reino de Marruecos el cumplimiento de las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el conflicto del Sáhara Occidental. Estimado señor Annan: …

Zahra Hasnaui

martes, julio 24, 2007

Antes de volver a encontrarte




A Chej Malainin, mi primer maestro saharaui.

Aprendí de mi madre esta cita, según ella de un sabio árabe, no recuerdo su nombre, pero sé que estas célebres frases siempre son referencia a lo culto y se asocian al saber, a los maestros y sus discípulos.

“No es huérfano aquel a quién se le han muerto sus padres. Lo es, el huérfano del saber y la cultura”.

ليس اليتيم من مات ولديهي ان اليتيم يتيم العلم و الادب

No hace mucho que escribí un artículo consagrado a mis primeros maestros españoles con los que me eduqué en la lengua de Cervantes, también lengua del desierto. Puede que esto suene algo exótico, desierto y lengua española, pero la paradoja es historia vislumbrada.

Creo que lo dejó muy claro el filósofo griego Aristóteles cuando arbitraba que “Lo que tenemos que aprender lo aprendemos haciéndolo”. Un siglo de amor y desamor por la misma dama que fue siempre limpia, fija, y a todos nos daba su esplendor, hasta que un día se marchó para siempre, y quedó un maestro, la lengua y muchos niños. Aún guardo la imagen de aquel patio que daba a las dos únicas aulas que había dentro de un cuartel militar, olía a pizarras, libros, gomas de borrar y tizas. Dábamos en ella español y árabe. Nuestro idioma lo estudiábamos con Chej Malainin, descendiente de la estirpe del legendario fundador de Smara. Mi primer maestro en Auserd, el primero que la metrópoli asignó a mi pueblo para enseñarnos el árabe y su historia.

Su familia fue una de las primeras que se asentaron en el poblado de Auserd, junto con las de Ahel Barray, Ahel Ahmed Lebrahim, Ahel Mulay Ali, Ahel El Kinti uld El Jalil y Ahel Hama uld Abula. Estas familias fueron los autóctonos testigos que vieron como nacía y se construía el pueblo, de bóvedas blancas y muros de auténticas rocas de sus montes. Las primeras casas que se asentaron alrededor del pozo y el cuartel militar fueron las de los Chej El Kabir, familia de mi maestro saharaui Chej Malainin.

Me matriculé en mi naciente escuela a través de él, porque mis padres lo conocían muy bien. Con él por primera vez estudiábamos textos en árabe en libros y en pizarra, hasta entonces sólo habíamos conocido nuestro “cuaderno” tradicional, el louh. Estudiábamos gramática y hacíamos lectura y dictados. Hasta que un día no supe más de él, cuando estudiaba primaria, creo que lo trasladaron a una secundaria en Dajla, antiguo Villa Cisneros, y más tarde al instituto de El Aaiun.

No volvimos a vernos hasta pasados más de treinta años. Las Universidades madrileñas celebraban una conferencia sobre el conflicto del Sahara que se desarrollaba en los solemnes salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. El reencuentro fue una pura casualidad, mi maestro, en un descanso de la conferencia, estaba leyendo en un libro un poema de un diplomático y escritor saharaui de su familia, Mohamed Sidati, que yo había traducido, titulado “Antes de volver a encontrarte”, donde al pie del texto firmaba con mi nombre, Bahia Mahmud Awah. Qué coincidencias en este reencuentro, causa en común, un libro, un poema, un evento y todo convergiendo en la compartida historia de maestro, alumno y una causa de común denominador.

Pasé cerca de él, me llamó y me dijo “Tú eres Bahia uld Mahmud uld Awah”, y yo asentí. Ya alguien le había comentado que aquel uld Awah era yo. Me dijo ”Tú no recuerdas quien soy yo”. Tras un largo saludo que intercambiamos, me reencontraba otra vez con la historia del primer maestro de Auserd y uno de sus primeros alumnos.

Supe mas cosas del él en nuestra charla ese día y también a través del escritor Ramón Mairata, que le acompañaba. Chej Malainin participó junto a este escritor como funcionario de la administración española en la elaboración del primer estudio antropológico social sobre el Sahara, base para el posterior informe del 16 octubre de 1975 del Tribunal Internacional de La Haya, que desvincula cualquier lazo jurídico o histórico del régimen marroquí con los saharauis.

Chej Malainin también me comentó que trabajó con la comisión española que elaboró el último censo español de la población saharaui en 1974. Charlamos de toda la historia de Auserd y sus habitantes, de los primeros maestros españoles que daban clase allí, de otros alumnos suyos, de la última vez que vimos Auserd, tanto alumno como maestro. Me emocioné mucho porque me trajo muchos recuerdos de mi madre, que tanto empeño puso en que estudiáramos. Cuando me enfermaba y faltaba a clase, mi madre me llevaba después hasta el colegio y le explicaba a mi maestro por qué había faltado. Ella se tomaba muy en serio nuestra educación.

Volví a ver a Auserd en julio de 1986 liberado de los mauritanos y pocos meses antes de caer en manos marroquíes. Me impactó ver mi casa en ruinas rodeada de obuses de artillería sin explotar, y me sentí dolido e impotente al ver la casa de la familia de mi maestro Chej Malainin desapareciendo debajo de las dunas, ni la densa copa de aquel verde árbol que sobresalía del patio de los Chej Malainin ni sus muros de piedra sobrevivieron a todas estas injusticias.

Chej Malainin es una persona dulce, amable y acogedor, todos esos dones aún se reflejan en su agradable rostro. Me recordó que yo era muy educado y aplicado y que tenía una bonita caligrafía.

Me preguntó por mi madre y yo le pedí que siempre que se acuerde rece por ella.

“Enseñar es un ejercicio de inmortalidad”. Ambos fueron mis primeros maestros. La primera fue mi madre, porque aprendí con ella las primeras letras del abecedario en una tabla de madera. Me abrió el afán por aprender y me ayudó para sentirme a gusto con Chej Malainin en un aula diferente al de mamá o al de la badia. Uno y otro quedarán eternamente en mi corazón porque “el objetivo más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes”. Lo dijo Simón Bolívar.

sábado, julio 14, 2007

Recuerdos del internado


Ahora mientras escucho la voz desgarrada de Tracy Chapman, en la habitación donde me encuentro veo tantos colores, en el rostro de la alfombra que está en el suelo y en las fotos que cuelgan en las paredes de la sala, esa viveza contrasta con los recuerdos que en este momento se atropellan en las polvorientas veredas de mi mente. Recuerdos del internado, especialmente uno, el de una temporada en la que se desató la "fiebre" de ser jefe, no de cualquier cosa, sino de algo tan trascendental en aquel tiempo para nosotros como lo era toda cuestión relacionada con la comida.

Ser el responsable de una mesa en el comedor del internado era algo nuevo, excitante: tener el poder de decidir qué trozo de pan colocar a cada compañero, era un privilegio que sólo tenían los cocineros y estaban tan acostumbrados a ello, que lo hacían con tanta indiferencia que nos exasperaba, por el hambre que padecíamos.

Lo de designar un jefe para cada mesa, todavía a estas alturas, no sé si fue una idea seria, que plantearon algunos maestros como una tarea didáctica en aquellos caóticos años de enseñanza, o no era más que un perverso juego para divertirse a costa nuestra, o por otra razón desconocida que nunca he podido descifrar.

Ya sé que no es nada agradable hablar del hambre, y a veces cuesta entender lo que significan sus golpes, sobre todo para esas personas que siempre han tenido un plato caliente en la mesa, que gozaron del privilegio de comer mientras mamá o papá les obligaban a no dejar nada en el plato, sino, no irían de excursión, que para crecer, les decían, y ser fuertes debían comer, comer mucho y bien, esos, quizás, no podrían entender lo que significaba que a veces, cuando ibas a dormir te apretaba tanto la boca del estómago que no podías conciliar el sueño, y tenías que acostarte de lado para aplacar las uñas de ese fantasma, que te desgarraba hasta casi desmayarte. Esas personas, digo, que nunca pelearon como fieras para que no les quitaran su merienda o su comida o su mísero pedacito de pan, no podrían asimilar ni de lejos lo que digo, pero eso no tiene importancia.

Hablar de comida básicamente era hablar de una rebanada dura y llena de bichos, muchas veces hecha de la peor harina. Una rebanada amasada con desinterés, que era lanzada en el trasero de un camión, un coche o hasta en el interior de una ambulancia, si fuera preciso, con tal de que llegara a esas bocas hambrientas del exilio, que viajaría por un camino lleno de baches y piedras y polvo, y que por fin cuando alcanzara su destino se amontonaría en sacos y sería lanzada de una puerta a una ventana, y de ésta a una esquina de una pared de adobe oscura y mugrienta. Habría cientos de corazones esperando esa rebanada como si fuera el mejor alimento del mundo. A esa edad, y lejos del tierno calor de mamá, había que agudizar el genio en cada batalla diaria por esa rebanada de pan y cualquier otra cosa que se pareciera a comida.

Recuerdo que se desató la "fiebre" de ser jefe de una mesa en el comedor. Los maestros, para nuestra sorpresa, puede que estuvieran intentando ensayar cómo funcionaría la "democracia"en nuestro internado. Nos dijeron, así sin más, que cada mesa podía elegir a su "jefe". La tarea era complicada, porque nunca nos enseñaron qué significaba elegir, ¿darle plena confianza a una persona para que llegara antes que tú a la mesa, y te colocara un pan frente a tu plato de lentejas? Eso era una tarea ardua.

"El elegido" ¿tenía que ser el menos glotón?, eso opinaba la mayoría, pero eso era difícil de saber. ¿El más justo? y ¿cómo se podía adivinar eso? En unas mesas se imponía el más fuerte, en otras, el más astuto. Cada cual sacaba a relucir sus armas, había quién amenazaba, otros guiñaban el ojo para tener ese privilegio, y prometían a todos, cada uno por separado, que tendrían el pan más grande. Debo confesar que adulé, trabé amistad, confabulé, y hasta traicioné a compañeros, con tal de ser jefe de una mesa, pero todos mis intentos fueron en vano. Sin embargo, mi amigo Mansur fue el que más duró en el cargo, porque muchos no permanecieron ni un día en sus puestos, pensaban que la prole era tonta o algo por el estilo, en cuanto entraban los primeros en el comedor y repartían el pan a sus respectivas mesas agarraban la rebanada más grande y se olvidaban de los demás, al siguiente día, la mesa se reunía, y anunciaba su fulminante destitución.

Mi amigo me contó el secreto, porque yo no estaba con él en la mesa, en cuanto entraba cogía el pan más grande, comía de él hasta volverlo el más chiquito, lo afinaba con la sierra de sus duros dientes y lo golpeaba sobre la mesa para que pareciera cortado con un cuchillo, y cuando venían los demás, veían que su jefe repartía justicia, y era tan justo que siempre dejaba para él el pan más "pequeño". Conociendo la idea de mi amigo quería exportarla a mi mesa, pero nunca me eligieron, era como si vieran la maldad en mi rostro polvoriento y mocoso, o porque era un niño peleón y siempre andaba con la cara arañada por las peleas y los golpes y mis compañeros de mesa resultaban potenciales enemigos. Ellos sólo querían como jefe a esa muchacha de ojos dulces, aunque siempre escondía en su gorro el pan que sobraba, porque su dueño estaba ingresado en el hospital.

La muchacha de los ojos dulces, al ver que yo había intentado varias veces despacharla del cargo, me castigó por mi insolencia de la peor manera: se encargó de que el pan más pequeño siempre estuviese al lado de mi triste plato. Fue así hasta el día en que la desenmascaré ante todos: la sorprendí mientras escondía el pan en su gorra, y todos fueron testigos de su "pecado". A la mañana siguiente, cuando nos reunimos para destituirla, yo pensé que era mi oportunidad de ser el jefe de la mesa. A los maestros se les ocurrió entonces terminar con el experimento, o la broma.

Limam Boisha

sábado, julio 07, 2007

Detrás de la cisterna



El pequeño oasis de la wilaya de Dajla era una parada obligatoria para la cisterna que iba todos los viernes en dirección hacia la familia que estaba a unos quince kilómetros del campamento, tenían una camella lechera y unas ovejas. Había caído la lluvia y querían aprovechar para sus animales la hierba que creció con el agua y pasar unos meses allí.

El pequeño Bahia ajeno a todos los acontecimientos tenía que seguir estudiando en la escuela primaria y para ello debía de quedarse con la vecina, pero a mi hermano le resultaba muy difícil separase de su madre y sus abuelos, mientras su padre estaba en el frente de guerra con los guerrilleros.

A medida que iban pasando los días a mi hermano le aconsejaban siempre quedarse a estudiar con nuestra vecina en la daira de Um Draiga pero el pequeño Bahia tenía una relación inseparable con su abuelo. El abuelo le contaba muchas historias sobre España, la historia de las cortes españolas de aquel entonces, la historia de las tropas nómadas y otros tantos relatos sobre la badia, el pequeño estaba definitivamente apegado a su abuelo lo echaba de menos siempre y la relación era tan estrecha que resultaba prácticamente imposible su separación.

Llegó mi padre de la segunda región militar e intentó primero hablar a solas con mi hermano para convencerle de que debía llenar su tiempo jugando al escondite, a hacer coches de latas de aceite o a dibujar gigantes en medio de la arena. El pequeño Bahia estaba apegado a la voz de su abuelo, a su mirada, al olor de su turbante y a ratos cuando quería dormir la siesta se metía con su diminuto cuerpo en su darra.

Mi abuelo y hermano eran inseparables los dos y cada uno por separado les unía una relación muy estrecha, porque mi hermano era una especie de niño prodigio tenía la capacidad de memorizar todas las historias de avestruces, gacelas, gazzi e imaginarias criaturas que se paseaban en el desierto de noche; él las aprendía de memoria y en sus ratos libres las iba contando a sus amigos de colegio.

Cuando estaba con sus amigos empezaba a narrar en voz alta el cuento de Budarra aquel personaje fantasma que no existía y que los padres se inventaban para meter miedo a los niños para que ninguno se atreviera a salir por la noche de la jaima; pero la voz soberbia de mi hermano acompañada del silencio del desierto hacia la historia creíble y despertaba cierto temor y curiosidad en los niños. Budarra empezaba sus andanzas a partir de la diez de la noche e iba de campamento en campamento ofreciendo caramelos falsos y el niño que aceptaba coger el caramelo lo llevaba encima de su burro y lo escondía debajo de la arena.

Imposible era aquella situación de separación, pero era necesaria porque mi familia como todas las familias saharauis siempre persiguió las nubes y el agua, jamás aceptó las conglomeraciones humanas de las grandes ciudades siempre encontró su felicidad en la inmensidad del espacio infinito y el silencio del desierto, estas circunstancias le daban cierta estabilidad emocional a mis padres y abuelos.

Mi hermano tenía que estudiar en el colegio de la wilaya, lo que implicaba convencerle prometiéndole ir todos los viernes y pasar un día con la familia; finalmente accedió y aceptó quedarse a estudiar y solo venir un día a la semana.

Todos los viernes cuando acababa las clases iba al pequeño oasis de Dajla donde la cisterna llenaba su depósito, allí era donde lo recogían; pero un día el conductor que le traía agua a la familia estuvo esperándolo hasta las seis de la tarde, el niño no llegaba y el hombre se le hacía tarde y tenía que distribuir agua en otros lugares del campamento, entonces decidió marcharse. Cinco minutos después llegó mi hermano y decidió correr detrás de las huellas de la cisterna pensando que la podía alcanzar. Sin agua y en medio del implacable calor del desierto apenas pudo correr dos kilómetros, empezaron a flaquear las piernas y la deshidratación iba invadiendo su cuerpo. Cuando vio la primera acacia decidió acostarse bajo su sombra y esperar, pero la espera se hizo eterna y el rescate no llegó a tiempo. Dos días después de una larga búsqueda entre vecinos y autoridades de la wilaya empezaron a preguntar hasta que llegaron a su mejor amigo que se sentaba con él en la misma mesa, les indicó que había ido al oasis para irse con la cisterna hacia la familia; encontraron sus huellas corriendo a mucha velocidad y fueron tras ellas hasta la acacia donde encontraron su cuerpo sin vida.

Debajo de la sombra de aquella acacia estaba él con su cuerpo, sus ojos negros y un pequeño turbante debajo de su cabeza que le sirvió de cojín; no quería morir en aquel desierto lejano y triste, tenía mucha fe en la vida y a ella se agarró hasta el último instante. Cuando mi abuelo lo supo se quedó sin voz, mi abuela estuvo llorando durante muchos años y a mi me lo ocultaron seis años seguidos.

Mi hermano perdió la vida corriendo hacía la vida, intentaba hacer del milagro realidad persiguiendo los relatos e historias de su abuelo en medio del espejismo, quería escuchar una nueva historia ponerle su voz de narrador y en la mitad de las dunas reunir a su alrededor a todos los niños y hacerles soñar con un nuevo héroe, un héroe que quería con su voz devolverles la ilusión perdida en la infancia.


Ali Salem Iselmu

lunes, julio 02, 2007

Presentación en Zaragoza de "Um Draiga", antología de poesía saharaui en español





Vamos a despertarnos

Vamos a despertarnos del letargo de este sueño
que corroe nuestra memoria.
Disparad vuestras carabinas de olivo
contra las tempestades del olvido,
que pretenden vaciar nuestros cofres,
del dolor de las guerras,
del suicidio del tiempo,
de la esterilidad del alma.

Mirad hacia el espejo de ayer para contemplar
nuestro peor rostro;
el de los escombros del amor en la ciudad ausente,
el de los espejismos donde vaga nuestra infancia,
el de la tempestad de lágrimas que ensució el rostro del cielo.

Y recordad la ignominia de los pechos que amamantan
la voraz apetencia de la guerra.
NO OLVIDAD, NO OLVIDAD


Luali Lehsan