domingo, septiembre 30, 2007

Poesía vasca y saharaui en el XX Aniversario del hermanamiento de Vitoria y La Güera

La poesía vasca y saharaui se unieron el pasado sábado en Vitoria-Gasteiz para trasmitir el sufrimiento del pueblo saharaui, un pueblo abandonado que pide justicia y paz en medio del exilio. Este recital poético se inscribe dentro de las celebraciones del XX aniversario del hermanamiento de la capital alavesa con la daira de La Güera, en los campamentos de refugiados saharauis.
Zahra Hasnaui, Ali Salem Iselmu y Bahia Mahmud Awah estuvieron acompañados por los poetas vascos Ricardo Arregi, Angela Serna y Edu Zelaieta. Se leyeron poemas en español, euskera, hasania e inglés en una de las jaimas instaladas para el festival.



Me despojaron de ti,
y ahora no soy nadie.
¿Sabes?
talé ladrillos
bajo tu atenta mirada,
tratando de lograr una imagen,
y no pude.
Corrí por campos minados
y disparé balas vírgenes
para el bien de mi futuro
y se me olvidó el porvenir.

Chejdan Mahmud


Puedo entender que la tierra
gira sobre un eje
que la luna brilla porque existe
un sol,
que la lluvia caiga del cielo
y luego la busquemos de las profundidades
de la tierra.

Saleh Abdalahi


Dicen que la
noche se adueña
de tus tonos añiles,
violeta y cobalto.
Que se secaron
en tu regazo
los besos de sal.

Zahra Hasnaui


Después de las lecciones
vertía agua en la poesía.
Un caudal de versos descendía.
"Tómatelo todo-dijo-
para que fecunde tu mente".
En mi infancia yo bebí
los versos de la madera.
Un almurabit me enseñó
a fundirlos en el alma.

Limam Boicha




¿Cómo hago la compra en Sarajevo?
Desde que un kilo de patatas cuesta diez marcos
Me paso las horas haciendo sumas y restas
Pero los resultados siempre tienen hambre.
Y pienso y me sobresalto
Que el hambre, el frío, el terror, las cosas, la mala suerte
Son costumbres demasiado vulgares
En tiempo de guerra.

Rikardo Arregui


Olvida que existen las despedidas,
porque la húmeda lluvia,
aún abraza mi cuerpo,
y yo te abrazo con mi mirada,
porque tu rostro se dibuja en mis ojos.
Entonces ya no hay tristeza.

Ali Salem Iselmu


Arribó a Tarabulous al atardecer.
Los lugareños preguntaban una y otra vez si era australiano,
y el forastero una y otra vez daba la misma explicación:
“El mar que vosotros veis aquí es el agua salada de nuestro país.
Las olas también nos las enviamos mutuamente de costa a costa”.

Edu Zelaieta





Supón que cada amanecer sea una puerta de acceso al día
Supón que los sueños sean armas de fuego
Supón que el alba sea un detector de sueños
Supón que algún día no te dejen entrar.

Luali Lehsan


Yo soy otro Beirut al que nadie llora,
yo soy otro Beirut del que nadie habla,
yo soy ese Beirut hace treinta años,
cada día me matan y resucito.

Bahia Mahmud Awah


lunes, septiembre 24, 2007

Recuerdos del internado (y III)




El maestro ordenó a los tres muchachos ponerse de rodillas, con las manos extendidas en el aire, y la nariz contra la pared, el más grande de los tres no quiso obedecer e intentó discutir. Otro maestro de aspecto flaco, con un bigote confuso y ridículo, que se encontraba un poco apartado, apareció desde atrás con un palo de madera y le propinó al chico un golpe en la espalda, con una fuerza tan brutal que el chaval cayó de rodillas, aquel inesperado gesto violento nos dejó a todos sobrecogidos.

Era el principio de la noche cuando varias muchachas salieron precipitadas de su recinto hacia el patio del internado. Algunas hablaban y se lamentaban en voz alta, otras movían las manos y la cabeza haciendo mil gestos, se reunían y se dispersaban, a veces levantaban la voz y otras se susurraban cosas. Cerca de donde se encontraban pasó un hombre, que al verlas en esa situación se acercó a preguntarles. Ellas formaron un círculo en torno a él y más que responder, le abrumaron con preguntas al unísono, como si aquél hombre alto y flaco, con la espalda encorvada, cuyo oficio no era más que encender y apagar el generador de luz del internado y mantenerlo en condiciones, pudiera hacer algo al respecto.

Al principio no era más que un murmullo, un ligero rumor probablemente difundido sin ninguna intención, que se expandió en el aire como una densa nube, una nube que a medida que avanzaba se iba volviendo cada vez más delgada, al dejar algo de ella en cada lado, de una esquina a la siguiente, de un oído a otro y de ese oído a una boca alegre y nerviosa y en forma de brisa verbal, que también nos alcanzó a nosotros, que andábamos sin rumbo por el internado. Aquel susurro llegó y se mezcló con nosotros y con nuestras pisadas, con el polvo que levantábamos en medio de los juegos y gritos y lo asumimos como si fuera un invento nuestro, una decisión plena adoptada por cada miembro del grupo.

Fue durante el transcurso de la noche, que era calurosa, con una encantadora luna llena, y había un silencio extraño que se derretía por los pasillos de los dormitorios, cada hora que pasaba olía a soledad y abandono, un abandono sutil y nada anunciado. Debieron ser ellas las primeras que lo notaron aquella noche, cuando habían ido a revisar todos los dormitorios y se percataron de que sólo quedaban alrededor de veinte muchachas de un total de ciento y algo, y dijeron al hombre encargado del generador de luz que fueron a mirar en otras partes y no habían visto más que cinco o seis, que algo raro estaba pasando, que cómo era posible que no se enteraran antes, que no era normal, que dónde habían ido a parar el resto de las muchachas.

Ellas nunca se fugaban pero todavía no se sabe cómo desencadenaron la mayor y la más inusual de las fugas que se recuerda en el internado, nadie sabe si la manera en que comenzó fue premeditada o no, pero al menos sí es cierto que sin el ruido de aquél grupo de chicas que salieron a dar la “alarma” no se habría producido la espantada de los chicos.

– Si la mayoría se ha fugado, ¿por qué nosotros no? – preguntó Shuein, el más decidido y loco del grupo, cuando ya era demasiado evidente la fuga en tropel.

Nadie de nosotros sabía cómo se planificaba una fuga, estábamos al corriente de que los más lanzados que se escapaban del centro eran ya adultos y no tenían miedo, al menos eso era lo que confesaban cuando reaparecían los viernes por la tarde y alardeaban de todos los obstáculos que habían tenido que superar para llegar hasta los campamentos y volver. Casi siempre se burlaban de los controles que hacían los maestros y educadores del internado, mientras nos encandilaban con sus relatos. Y ahora éramos nosotros quienes íbamos a protagonizar lo que tantas veces no era más que un sueño lejano.

Recuerdo todavía cuando nos encaminamos al depósito para beber más agua, porque la única manera que existía de fugarse del internado en aquel momento era a pie y por el desierto. Subí encima del depósito de agua y mientras me pasaban un enorme plástico en forma de garrafa para beber, me embargaba una extraña sensación. Bebía el agua para espantar la sed y mientras el líquido descendía por mi garganta, golpeaba mi pecho indicando que me iba a escapar y movía la cabeza para confirmar a los demás que iba con ellos, que estaba decidido a embarcarme en esa aventura que siempre me sedujo, pero que también siempre pensé que era una batalla a la medida de unos pocos.

Aunque tenía miedo, sobre todo por las historias que se contaban sobre fantasmas que pululaban, no sólo en los pasillos de los dormitorios, las esquinas oscuras del internado o en la tenebrosidad de los baños, sino más allá del internado. El personaje más aterrador de ese invisible mundo era una loba-fantasma que decían vivía en la sebja, el lago reseco y salino entre el internado y los antiguos campamentos de Rabuni; ese, decían, era su hogar predilecto, allí comía y dormía y su fantasmal presencia era como un centinela, un espantapájaros, ideada quizás por la imaginación colectiva y la imponente presencia del cementerio a la entrada de los campamentos. Por allí sólo se aventurarían los adultos, que al ver o escuchar los gritos y lamentos de los fantasmas o de los seres de ultratumba no les saldría el corazón rodando como una pelota, pero aquella noche era espléndida, y tanta luz natural sólo podía inspirar confianza.

Después de medianoche, cuando el generador de luz fue apagado y dentro de las habitaciones todo quedó oscuro, decidimos salir. Éramos seis y partimos de dos en dos, en dirección al campo de fútbol, que no era más que dos porterías y arena y estaba rodeado de un muro de adobe. A través del muro esquivamos la colina que quedaba a la izquierda para no llamar la atención del guarda, su puesto estaba situado justo encima de la colina, pero probablemente a esa hora estaría durmiendo. Mientras, su aparato de radio, del que nunca se separaba, cambiaba de frecuencia según la intensidad de su ronquido. Nos alejamos de la escuela y durante un largo rato no se escuchaba más que el ruido de nuestros movimientos.

– Tenemos que dejar las colinas del hospital militar a nuestras espaldas, siempre a nuestras espaldas –dijo Labbatt, rompiendo el silencio que se había cobijado en nuestras mentes, desde que rebasamos la frontera del internado–. Vamos a guiarnos por Zralla (las pléyades), iremos por el camino correcto, hasta Smara.

Labbatt hablaba como un adulto y aunque era el mayor del grupo no tenía ni catorce años y lo hacía con la autoridad de quien ha vivido unos años con su familia en la badia. Le gustaba hablar como un auténtico nómada del desierto, como si conociera los secretos de la tierra y las señales del cielo, pero daba igual, la noche era blanca y nos infundía cierto aplomo y, como habíamos descartado la posibilidad de ir por el camino de la loba-fantasma, nos movíamos más satisfechos y tranquilos. Pero yo miraba al cielo y no lograba distinguir las pléyades y me preguntaba cuáles serían dentro de ese mar de estrellas y cómo Labbatt lograba reconocerlas. A veces se paraba para indicarnos la posición en el cielo y lo hacía con el dedo índice doblado, como si señalarlas con el dedo recto fuera un sacrilegio. Me consolaba que hubiera en el grupo alguien que conociera o creyera saber el camino, que siempre era monótono y gris, un vasto camino de arena y piedras. A veces, muy a lo lejos, reparábamos en unos focos de luz de coches que se dirigían a Smara o a Rabuni o a otros lugares, pero ninguno parecía tener la intención de hacernos compañía.

Después de horas de marcha atropellada, el cansancio comenzó hacer mella en mi cuerpo, sentía que me dolían las costillas, especialmente una de ellas, que parecía flotar y advertía cómo un extraño dolor subía y bajaba. Durante la marcha intentaba sujetar el punto que me causaba el malestar para que se calmara, pero no podía, por el ritmo que me imponían los demás. Una de las veces, cuando ya no podía más, pedí que paráramos a descansar y justo cuando me acomodé encima de una enorme piedra, sentí un extraño ruido que me hizo saltar, lancé un grito y salí corriendo, los demás me siguieron en desbandada. Todos corríamos y en medio de la carrera me preguntaban qué había ocurrido, no sé si fue un lagarto o una serpiente pero algo estaba allí, les aseguré, con aquella carrera se me quitó el dolor y seguimos pero esta vez un poco más despacio y volví a tranquilizarme.

Después de un tiempo sin precisar que me pareció largo, Labbatt tuvo que admitir que no se orientaba: “Se me ha cerrado la cabeza”, dijo, y qué desilusión nos llevamos con aquella declaración, era ya demasiado lejos para que pudiéramos volver y seguramente demasiado lo que todavía faltaba, alguien propuso que durmiéramos, pero la mayoría prefirió seguir. Hacía rato que habíamos dejado de ver focos de vehículos y ya nada se movía, lo único que cambiaba era el paisaje con alguna talha o una rueda deteriorada o los esqueletos de algún animal muerto de sed. Recuerdo que al pasar cerca de esos huesos, me entró pánico: “Dios, ayúdanos, que no nos pase lo que a este animal”. Los demás debieron sentir lo mismo, porque en medio del silencio Labbatt preguntó quién conocía la sura de AlKursi, y pidió que quién la supiera la fuera recitando.

­– ¿Para qué hay que recitarla? – preguntó Shuein.

– Pero tonto, tú no sabes que al leer esa sura, podríamos doblar la tierra y recortar el camino – afirmó con rotundidad Labbatt. Sólo él la conocía y más que recitar, lo que hacía era murmurar algo ininteligible a nuestros oídos.

Cuando la mañana se despertó nos descubrió perdidos en medio del desierto y Smara aún no se había dignado a asomar su rostro, pero en mi mente o delirio ya la veía, veía sus manos alzadas, sus brazos de madera, sus verdes rostros blancos, sus telas manchadas de grasa y arena, las puertas de sus jaimas, sus cocinas, el aroma de su pan recién hecho, los golpes de los vasos sobre sus bandejas del té, las miradas de sus mujeres, los ancianos paseando con sus darraas blancas y azules, y las manos atrás esposadas por el tiempo, las mujeres cargando sobre sus espaldas pesados fardos de sueños o de alimentos, veía también sus cabras somnolientas y perezosas y me alcanzaba su aire asfixiante y polvoriento y escuchaba cómo el eco de alguna de sus colinas me devolvía los gritos de los niños improvisando juguetes de latas de comida. Todos los ruidos de Smara escuchaba, pero en verdad nada de eso estaba cerca, ni se oía, ni se veía y la marcha iba cada vez más lenta y volvieron a dolerme las costillas y empecé a sentir sed.

Ni siquiera cuando salió el sol me interesó para nada su espléndido despertar, ni al descansar unas horas después, ni bajo la sombra de alguna acacia, cuando reparaba en su cercanía, ya nada me importaba y cuando el sol empezó apretar e íbamos a la deriva, lo único que yo tenía claro en ese momento era que el espejismo que se nos iba apareciendo era una dulce mentira, entre mis ojos solo estaba Smara, la imaginaba cada vez más cerca. Por qué tuve que enrolarme, si mi familia vivía en Dajla, qué hacía allí, por qué me dejé llevar, podía haberme quedado a corretear como otros viernes, entre el campo de fútbol y sus alrededores, por el comedor, o jugar con el agua del depósito, ¡ay!, ahora habría llegado la cisterna y el depósito estaría lleno y podría estar mojándome la cabeza debajo de uno de los grifos y bebiendo agua hasta reventar, por culpa de ellos me alisté en esa aventura irresponsable, que nos podría llevar al desastre… Fue Labbatt quien me sacó de estos pensamientos, cuando se acercó y me dijo:

– Búscate una piedra pequeña y fina y colócala en tu boca y saboréala como si fuera un caramelo.

Tenía la boca seca y deshidratada y me sorprendió cómo al poco rato aquel caramelo de piedra empezó a llenarme la boca de saliva y agua y a despertar mi mente y me invadió una inesperada alegría y no sé por qué ya sabía que nos íbamos a salvar, y mientras intentaba sacar el jugo a la piedra y caminaba a más ritmo, levanté la vista, presté atención y allí a lo lejos vislumbré un coche que iba a una velocidad alocada, por el polvo que levantaba no podía ser un espejismo y no cabía duda de que se dirigía en dirección a Smara. Grité y salimos en carrera a la desesperada hacia su dirección, movíamos las manos, recuerdo que arranqué la camisa que tenía atada a la cabeza y que me protegía del sol, para agitarla y gritar, pero el vehículo no nos hizo caso y siguió su camino: “No puede ser, no nos vieron, tienen que habernos visto, no es justo, nos moriremos de sed, Dios mío, nos moriremos de sed”. Hablaba en voz alta, tenía ganas de llorar y cuando ya deseaba que se les pinchara una rueda o se les estropeara el motor, enseguida vimos cómo el coche daba media vuelta y cómo se encaminaba hacia nosotros, empezamos a saltar de alegría. Era un Land Rover que entraba procedente de las regiones militares, sus ocupantes eran cuatro hombres con uniforme del ejército saharaui, dos estaban sentados en la parte delantera con el chofer, atrás un hombre con turbante y una pipa en la boca, junto a él nos arremolinamos, encima del equipaje y nos agarramos a la red que lo sostenía. El conductor antes de salir nos pasó una garrafa de agua, fresca y maravillosa, de la que bebimos hasta agotar su contenido; dominada la angustia de la sed, nos riñó por salir a pie y por no llevar agua en el desierto.

Cuando arrancó el coche o mejor dicho aquella dreimiza y sopló el aire fresco y puro, me reconfortó como nunca lo había sentido antes y me sentí relajado después de la larga marcha, miré los rostros de mis amigos y todos sonreían con una cara triunfal, mientras las ruedas del coche levantaban piedras y enormes nubes de polvo tras nosotros, hasta llegar a Smara.

– No vuelvan a repetir ese viaje, nunca – nos dijo el conductor cuando nos dejó en el centro de la wilaya.

A la mañana del siguiente día, casi de madrugada, un coche nos dejó cerca del internado y entramos sigilosamente en los dormitorios intentando no ser vistos, mientras los demás todavía dormían. Algunos maestros ya se habían informado de la magnitud de la fuga y después del desayuno nos reunieron en el patio de la escuela, y nos arengaron con discursos entre los consejos y las amenazas, querían saber de quién fue la idea, quién dio la orden y por qué fuimos tan irresponsables. Se acabaron los privilegios de ver películas, de no estudiar por las noches, sólo teníamos una opción: estudiar hasta la fecha del viaje a Cuba, nos decían. En medio de aquella perorata un maestro interrumpió a su compañero, porque traía a tres fugados que acababan de llegar, eran tres de los mayorcitos del internado, dos eran muy conocidos por sus constantes escapadas, uno de estos llevaba ropa en una bolsa, y cuando les preguntaron delante de la multitud, por el motivo de su huida el de la bolsa dijo que había ido a los campamentos para lavar su ropa, hubo varias risas, envalentonados en medio de aquella complicidad, los tres empezaron a burlarse de la situación.

El maestro obligó a los tres chicos a sentarse de rodillas con las manos extendidas en el aire y la nariz contra la pared, uno de ellos no quiso obedecer e intentó discutir y comenzó un forcejeo y como una aparición entró otro maestro con bigote confuso y ridículo y dejó caer un golpe de madera en la espalda del chico que cayó de rodillas, quizá como un escarmiento por su atrevimiento y una advertencia a todos, para que nadie volviera a fugarse.

Limam Boicha

*Foto: extrujado.com

lunes, septiembre 17, 2007

Caótica Ana y Sófocles


Caótica Ana, es un poema de imagenes que representan la heterogeniedad de nuestro mundo en un corazón grande, en este caso el de Ana. Sin duda es el mejor homenaje que puede dedicar Julio Médem a su hermana muerta en un accidente de tráfico, en la película Ana no muere sino revive humanamente desde nuestra diversidad humana contra la injusticia y el poder. Parece que el director busca en nosotros, los espectadores, respuestas al caótico mundo que vive desde su perspectiva y el mundo que vivimos en la actualidad. Mediante la hipnosis logra enfocar un rayo de luz sobre nuestras conciencias con interogantes visuales llenos de simbolismos que nos hacen retroceder en nosotros mismos para abrir o cerrar puertas de la historia. Caótica Ana es nuestro mundo, con todas sus heridas, desde la edad precolombina hasta nuestros dias.

En esta película el director nos ofrece a través del personaje de Ana, una joven que en apariencia puede ser cualquier chica, salvo que Ana en este caso acumula un tumulto de experiencias muy subjetivas y críticas a nuestro mundo, por lo que Ana encuentra un escape en la pintura naif, una pintura sencilla y superficial, en la que queda claro su temor a la profundidad (aparentemente en sus cuadros) y es allí donde el director nos quiere llevar para encontrarnos pendientes del mañana sin mirar donde estan nuestras culpas del ayer y de hoy.

A través del personaje de Ana, la magia de la escenografia y la música de Jocelyn Pooke nos van llevando de la mano a revivir lo que se ha quedado detrás de una puerta abierta por la vitalidad de Ana en otras vidas de mujeres que han muerto trágicamente por la injusticia del hombre blanco en épocas remotas o ha escalar las cimas más altas del Everest con la intrepidez de la mujer en su búsqueda por la igualdad de género.

En estas andanzas por nuestro pasado, Ana, se enamora de Said un joven Saharaui que encuentra en su pintura el eslabón de su otra vida, la de otra mujer bereber muerta por la invasión Marroqui al Sahara Occidental, aqui se queda patente el compromiso de Julio Médem con el pueblo saharaui que representa su historia mediante escenografías llenas de simbolismos y metáforas que a mi modo de ver estan encasilladas en la tragedia de Sófocles en Edipo Rey, ya que en la otra vida Said era hijo de Ana como el Sahara Occidental era provincia cincuenta y tres del Estado Español que actualmente prefiere arrancarse los ojos para no ver más allá de Marruecos y la “marroquinidad” del Sahara Occidental, Canarias, Ceuta y Melilla.


Saleh Abdalahi Hamudi

jueves, septiembre 13, 2007

Los olivos y la escarcha



El frío congelaba los labios, las manos, la cara y todo el cuerpo. Las plantaciones de olivos estaban totalmente heladas y el tractor iba a toda velocidad dirigiéndose a Valjunquera. Nosotros íbamos apretujados en medio de la cabina, la escarcha lo había dejado todo blanco y duro, no podíamos pisar bien el suelo ni caminar. El dueño de aquellas tierras decidió entonces encender una enorme hoguera para que nos calentáramos porque las temperaturas habían descendido por debajo de cero.

A las nueve de la mañana empezaron a descongelarse los primeros olivos, cogimos las mallas y las tendimos debajo de cada árbol y con unas pinzas las sujetamos a cada tronco, luego agarramos los palos negros que estaban en el tractor y empezamos a golpear las ramas con fuerza y así empezaron a caer las primeras aceitunas sobre la malla. Una vez que nos aseguramos que ya no quedaban frutos en la planta, recogíamos todas las olivas y las vaciábamos en una caja y así nos íbamos trasladando de un sitio a otro durante todo el día, mientras más campos acabáramos más contento estaba el dueño y al final de la jornada podía presumir en la cooperativa de haber recogido muchos kilos.

Cuando eran las dos de la tarde el jefe ordenaba parar y nos daba una hora para comer; yo sacaba tres fiambreras y una pequeña cazuela para calentar la comida al fuego de la hoguera, casi siempre traía arroz blanco, lentejas y huevos duros era una comida fácil de preparar y la comí muchas veces cuando estaba en Cuba. En media hora comía y luego sacaba mi termo y me bebía mis buenos sorbos de café negro, cogía un cartón y lo colocaba a lado del fuego y me acostaba sobre él durante el tiempo que me quedaba de descanso.

Por la tarde sentíamos que los músculos y el cuerpo estaban dormidos, no respondían con la misma fuerza que en las primeras horas de la mañana, de campo en campo seguíamos la batalla de los olivos, no se podía perder ni un solo minuto, había que aprovechar el tiempo al máximo y rendir con mucha eficiencia sino se corría el riesgo de perder el puesto de trabajo y para alguien sin papeles quedarse sin trabajo equivale a quedarse abandonado en medio de la nada.

Por la noche volvíamos a casa muy cansados, nos sentábamos los tres en medio de la cocina, yo cogía la bandeja de té y un pequeño hornillo de butano y le decía a mis compañeros “no hay nada mejor para aliviar el cansancio que un buen vaso de té verde bien amargo y una buena charla”. Mientras el otro compañero se ponía a preparar la cena, cogía yo la radio e intentaba sintonizar la Radio Nacional Saharaui para informarme sobre las últimas noticias relacionadas con el Sahara. A las diez de la noche cada uno estaba tendido en su cama esperando empezar un nuevo día en medio de la escarcha.

Varios meses intentamos sobrevivir en medio del frío, nosotros que nunca habíamos visto la nieve. Sólo conocíamos las arenas doradas del desierto y el bosque tropical, pero la lucha por transformar aquella situación en una mejor era una necesidad imperiosa, no teníamos ninguna alternativa que seguir trabajando en esas condiciones para no levantar ningún tipo de sospecha sobre nuestra situación.

El camino a veces es largo y otras veces puede ser corto, pero el camino para obtener los papeles muchas veces es imposible, en nuestro caso tuvimos que trabajar con un hombre casi analfabeto que no entendía de países ni continentes, solo sabía que nuestra piel era oscura y por lo tanto éramos forasteros y como forasteros pensaba muchas veces que no entendíamos castellano y empezaba a chillar y chillar, y nosotros a trabajar y trabajar, la comunicación no existía entonces, cada uno estaba inmerso en una realidad ajena totalmente al otro.

Quizás lo que nunca entendió es que alguien como nosotros, hijos del refugio y la extrema necesidad, también podíamos soñar y escribir incluso con la lengua de sus antepasados que es tan nuestra como de él.


Ali Salem Iselmu

sábado, septiembre 08, 2007

La Generación de la Amistad Saharaui en el VI Festival Internacional de Poesía Moncayo. Homenaje a Antonio Machado



¿No ves Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; / dame tu mano. Y paseemos.

Ha pasado un siglo desde que Antonio Machado se instalara en las tierras de Soria y viera por primera vez el Moncayo. En este escenario treinta poetas y otros veinte artistas le rindieron homenaje los días 31 de agosto y 1 de septiembre, reunidos por la editorial Olifante en el VI Festival Internacional de Poesía Moncayo.

En el homenaje han participado poetas de España, Portugal, Irak, Francia, Eslovia, Italia y el Sáhara Occidental reunidos por los impulsores del Festival, Trinidad Ruiz Marcellán y Marcelo Reyes. Además se pudo presenciar otras representaciones artísticas como pintura, danza, teatro, documental o música con las actuaciones, entre otros, de la cantante turca Âlime Hüma y su compañero Luigi Maráez y de la aragonesa Carmen París.

Durante el festival la editorial Olifante presentó una antología que recoge textos de Machado inspirados en el Moncayo, “Cancionero de Amor y de Muerte, poemas en Leonor, Moncayo, Soria y Aragón” que ha sido recopilada por el poeta aragonés Ángel Guinda.



Un momento del Festival

Por parte del Sahara Occidental estuvo presente el escritor y poeta saharaui Bahia Mahmud Awah, de la Generación de la Amistad Saharaui, que en su intervención de apertura habló sobre la poesía saharaui en hasania, subrayando las similitudes con la poesía de Machado en el canto a la geografía. También destacó la influencia de este canto a la tierra en las nuevas generaciones de poetas saharauis que escriben en su segundo idioma, el español, como es el caso de los poetas de la Generación de la Amistad.

La presencia de la cultura saharaui representada con la poesía en español y hasania y la ropa tradicional de los hombres del Sahara, darrá y serual, llamó la atención de los presentes y los medios de comunicación, quienes se interesaron por la cultura de la antigua colonia española y la situación actual del Sahara Occidental.


Los cantantes Âlime Hüma y Luigi Maráez




En la Casa del Poeta con Xoan Abeleira y Trinidad Ruiz Marcellán

Intervención del escritor y poeta saharaui Bahia Mahmud Awah

Queridos amigos poetas organizadores, poetas participantes, escritores, artistas, vecinos de la región. No puede ser casualidad que en un lugar histórico como éste nos juntemos para una causa que tenemos en común, un poeta y un homenaje. Nos reunimos aquí cada uno procedente de diferentes culturas y geografías, y todo por un homenaje al poeta de los campos de Soria, Antonio Machado.

El don de la palabra y el verso indudablemente son nuestros acompañantes para este evento literario y artístico, homenaje al gran poeta del siglo pasado, que hace cien años anduvo por estas tierras del Moncayo (“Hacia Aragón, lejana, la sierra de Moncayo, blanca y rosa”....)

Por avatares de nuestra historia común los poetas del desierto también conocemos la obra del poeta y compartimos su lengua, con esplendor conservada en aquel desierto que un día España abandonó sin dejar nada más que un hermoso legado que sobrevive a las inclemencias de la injusticia, la erosión del tiempo y la indiferencia de los políticos. Amado idioma patrimonio de más de 500 millones de parlantes, que nos une con tres continentes.

Queridos amigos, vengo del Sahara Occidental, soy el típico nómada, ligero de equipaje en palabras de Antonio Machado, para compartir con vosotros el homenaje al poeta que conocimos y leímos en nuestra tierra sahariana. Nosotros también sentimos la fuerza y la razón de sus versos como un patrimonio universal.

Nuestra poesía ancestral es cercana a la suya, y no por el idioma, sino por sus peculiares características, el canto a la geografía, el amor al entorno natural, como los verdes campos de Soria y las Sierras de Baeza. Se asimila este peculiar ingrediente literario a nuestra poesía en hasania, que se alimenta de unos propios recursos emanados de la geografía, vegetación y fauna de nuestro desierto. Los poetas saharauis en lengua española también hemos incorporado el canto a la tierra y a la naturaleza en nuestras creaciones, porque en nuestro desierto también crecen flores.

Nuestros versos del desierto tienden la mano a sus poemas sobre la tierra. Como en estos versos, Yo voy soñando caminos, inspirado en pinos, encinas y colinas de la tierra:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

(…)
Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

El poeta cantó las encinas y nosotros las acacias que llamamos talhas, su olor nos traslada a la vida del desierto, sus verdes copas alegran a nuestros dromedarios e inspiran a nuestros poetas. Y nosotros recordando la tierra usurpada, la hermosura y embrujo de nuestro desierto cantamos:


Olor a acacias

Estos días se precipita en los llanos
de la sierra,
Guadarrama, Guadalix,
y en las fluidas calles
el olor de esta tierra,
hondo y grato respiro.

Es el frescor de un mojado tronco
de una acacia
que llena a mis sentidos.
Olor a ríos secos en mi tierra.
Olor a plantas bañadas de su gracia.
Olor a lomos de jaimas que tensan
sus vientos.
Olor de patria me traen estas lluvias,
qué respiro,
en estos frescos llanos de la sierra.


Machado siempre defendió que la poesía debe hablar con el corazón, hacemos nuestras sus palabras, porque nos arrebataron el hogar, nuestras dunas, nuestros valles y nuestros ríos secos, nos usurparon nuestra infancia, que se convirtió en un eslabón perdido de nuestra vida, por lo tanto hay una causa por la que el corazón canta, llora, denuncia y lucha por recuperar.

Defensor de la libertad y la democracia, Antonio Machado sufrió el más amargo exilio, que le costó la vida, por sus ideas. Nosotros llevamos más de treinta años en un exilio colectivo por defender nuestra identidad y nuestro derecho a existir libres. Desde el desierto nos inspiramos en la vida y obra del poeta, que prefirió la fuerza y el sentido del verso, y que nos dejó este inmenso legado literario que hoy compartimos con otros pueblos, de los campos de Castilla, a los rincones más recónditos del Sahara Occidental.

Muchas gracias y shucran aleicum

Bahia Mahmud Awah, poeta escritor saharaui

Traducción al hasania del poema de Antonio Machado "La primavera besaba..."


هذ لخريف كان الا بكياس اقبل ذلكرار ولا من / كل اوقيت كيفت لقمام يطرطك لخظار
ومزونو توخظ من فوك ذلعظيم الناشي يقيران / بعد الاشفت اوراق اخريفو تتراعد منذي لمطار
تحت اشجيرت ذلوز الي يتعاط نوار / اذكرت اعلني ضيعت اشبابي ماحبيت
وليوم افنسف اطريكي للحيات هذان وكف نتخمم / يلالي من صابي نرجع نحلم ذشباب الي ماريت

domingo, septiembre 02, 2007

Del alimento de los mortales



1. Envidia

Desde la noche de los tiempos nos acompaña. Ovidio la describe como un ser espantoso, de piel verdosa y gesto descompuesto cuyo alimento principal era la carne de víbora. Ni siquiera Atenea, la diosa de la sabiduría y la belleza interior, pudo evitarla. Cómo, los simples mortales. Caín la reencarna en la mitología bíblica, para Unamuno los abelinos también envidian. Los británicos la ponen verde y aquí la disfrazamos de sana. No hay vacuna, ni remedio, ni experiencia que la ahuyente, y a pesar de ser pecado mortal, no nos mata. Por lo menos físicamente.

Consume la pelusa al niño, y al no tan niño. La sufre el gordo, el alto, el bajo y el delgado, el que trabaja y el parado, el que se va y el retornado. Los de mente poblada por la desierta azotea, los lampiños por la barba. Si eres guapa tampoco te libras pues de la fea la suerte envidias. Y aunque no se admita, no hay dios que la toree, caemos por sus banderillas.

Según Quevedo era flaca porque muerde y no come. Pero sí come, nuestro espíritu, y si está flaca es porque lo mastica lentamente, gozosa y triunfante. Codiciamos lo ajeno, desdeñando lo propio, ni los mejores logros, cualidades y posesiones son suficientes ante sus artes malignas.

Vivo exiliada desde que el vecino de arriba me robó la patria. Demasiado tiempo ansiando chapotear en mis playas atlánticas, perderme en los oasis de la infancia. Bien lo sabe la pérfida que lo menciona en cada visita. Con la edad he aprendido a esquivarla, a concentrar mis esfuerzos en llegar a la meta. He ganado esa batalla, pero surgen otras, y he de admitir mi más reciente derrota mientras caminaba como el poeta por los campos de Castilla. Mi sana intención era hacer eso que llaman "footing". Por cierto, ¿quién habrá inventado ese vocablo? Me quito el sombrero ante el ingenio popular. Bueno, pues, eso, iba a correr por el campo y por primera vez en mi vida pude ver campos extensos de trigo en primavera. El viento peinaba hacia el sur la infinita melena verde de mechas rubias. No pude seguir, me senté en una roca a contemplar el regalo.


Trigal

Calla el verso,
grita el alma
ante el lindo
esplendor
la cuna gallarda.

Quise gozar
y plantar la simiente
en el desierto de los desiertos.

Me vi
maldiciendo
al dios de la lluvia,
a la tierra tacaña,
y a la emboscada
que me hizo caer
en tanta belleza ausente.

Grita el verso, calla el alma.


Zahra Hasnaui

*Cuadro: Carlos García Medina